Si desaparece la raíz y el fundamento, no se podrá sostener

Hablar de lo que “aparece” y de lo que “se muestra”, sin dar la oportunidad de explicar los motivos y de ir a las raíces, termina por convertir cualquier proyecto en una pantalla gigante en forma de anuncio. Además, corre el peligro de ir perdiendo capacidad y fuerza, sostén y fundamento, porque termina poniéndose el centro donde no está. Y esta estrategia, que concursa junto a la superficialidad, provoca una muerte antes de tiempo construyendo una realidad que puede ser falseada, donde los sentidos predominan por encima de todo, o quedan legitimidados consumos y tareas por su proyección.

Leo estos días un par de artículos (que no voy a referir para no dar publicidad) que hablan precisamente de proyectos de éxito social, en ámbitos muy diferentes. Mezclan de forma interesada aquellos cuya motivación es el lucro con otros desinteresados y altruistas, como si pudiesen equipararse y proponerse por igual, dando más importancia a las estrategias de mercado que a los fines alcanzados por encima del éxito. Todo se quedó en la nada, sin llegar al corazón. Y al final, una terrible propuesta, que a muchos de los que lo escuchen probablemente les frustrará: “Tú también puedes.” En definitiva, dos o tres normas que debes seguir, con una idea que sea bien presentada, y alcanzarás la gloria que andas buscando. Por el camino, relaciónate bien (egoístamente) y muestra confianza en ti mismo (tapando agujeros).

Lejos estamos, a mi entender, de acoger lo que está pasando en el mundo (antes de la crisis, agudizado por ella) como una palabra y acontecimiento que pide nuestra seria y profunda reflexión y acción. Concluimos que el sistema no funciona, que genera desigualdades y termina proponiendo felicidades frugales y vacíos existenciales insalvables, y por el otro lado, en las mismas revistas, lanzamos apuestas alejadas de lo que estamos vislumbrando como demasiado real.

Deberíamos sentarnos a considerar qué está sosteniendo las luchas y los deseos de cambio que proponemos, las apuestas que lanzamos, las economías que desbaratan las vidas, las relaciones que entorpecen la sinceridad y potencias los egoísmos. Todas esas cuestiones no son barnizables o decapables, hay que entrar en el corazón y el meollo.

Proyectos de Colaboración 2.0

Gracias a la red se está multiplicando el número de proyectos en el que personas, que en principio no se conocen pero tienen mucho en común, colaboran juntas. En todas las áreas y campos. Desde la música (Whitecre es un ejemplo sublime de la calidad que se puede lograr) hasta la cultura más general (¿Quién no conoce Wikipedia? A día de hoy con 862.848 artículos publicados en español, que suenan ridículos frente al 1.351.547 en alemán o los 3,855,628 de la versión inglesa). Pasando por todos los ejemplos imaginables: juego en red, educación en red, ciencia en red, religión en red, búsqueda en red, solidaridad en red… Prácticamente todo puede ser sufijeado con cyber-. El esfuerzo que se realiza por parte de muchos en mejorar y colaborar en el desarrollo de programas que permitan la relación y el intercambio gratuito es de agradecer. Porque este cambio se ha dado en muy poco espacio de tiempo, y avanza a una velocidad vertiginosa.

La palabra compartir forma parte de la cultura general de internet (share, por si alguien todavía no lo sabe, aunque lo utilice usualmente). Sin embargo, observamos que crecen el número de relaciones vinculadas a proyectos concretos de mutua ayuda y colaboración que superan la unidireccionalidad del compartir esto-contigo-porque-me-parece-interesante-a-mí, abriendo hueco a trabajamos-unidos-en-un-proyecto-común en el que cada uno aporta aquellos recursos que conoce y maneja con mayor eficacia. Este paso exige para su cumplimiento el reconocimiento del otro, el encuentro casual o propiciado, facilitado a través de la red en una proporción desmesurada.

Por otro lado, son ya muchos los ejemplos en los que las paredes virtuales de la domus compuesta en internet se ven superadas para dar paso al encuentro “directo”. La red sirve de plataforma que exporta su modo de trabajo cooperativo quebrando la división estereotipada entre lo que es real y lo que es virtual. De este modo hablamos de internet como plataforma de encuentro (social) y verdaderas comunidades en todos los sentidos de esta palabra.

Las herramientas para la colaboración en red están disponibles, aunque no siempre son del todo conocidas, o bien utilizadas por los “usuarios”. A pesar de las posibilidades, la ignorancia y el consumo dominan en la mayor parte de los casos. Wikipedia es un ejemplo palpable, al que muchos recurren, pero no todos aportan. Entre ser usuarios (usar) y consumidores (consumir) existen diferencias notables.

Rescatando una parte de wikipedia sobre “Redes de Colaboración“, los siguientes puntos me parecen interesantísimos:

  • El medio debe ser el adecuado para el mensaje.
  • Comunicar en exceso y tener comunidades demasiado grandes da el mismo resultado que no comunicar y tener comunidades pobres.
  • El mecanismo de presencia, no es sinónimo de disponibilidad.
  • La simplicidad es clave para ser productivos.
  • Ser respetuoso de otras culturas.
  • Construir relaciones y aprovechar las tecnologías.
  • Hay que tener cuidado con lo que se expresa, ya que todo está en bitácora.
  • La colaboración no es sustituto de ser profesionales.
  • La colaboración construye mentores.
  • Los estándares abiertos fomentan y extienden la colaboración.

¿Te animas a colaborar en algún proyecto 2.0? ¿Cómo puedes entrar en este mundo? ¿Qué personas de tu red estarían interesadas en lo mismo? ¿Sabes qué es wiki y cómo usaro? ¿Participas de algún foro usualmente? (Todavía son fundamentales, porque existe algo más que redes sociales en internet) ¿Has creado comunidad y relaciones reales? ¿De qué te beneficias y qué puedes aportar?

Qué hacer cuando faltan las palabras

En la comunicación real, cara a cara, se puede recurrir al uso de muecas, gestos, onomatopeyas y silencios. Y reconocer la situación: “No sé qué decir.”

Escribir es diferente. Quizá tengas la idea, seas capaz de formularla, y delante del papel en blanco te quedes obnubilado y patidifuso sin arrancar decisivamente las letras que sabes que llevas dentro. Los últimos días me está ocurriendo. No ahondaré en los motivos, aunque los intuyo por otras razones.

¿Qué hacer entonces cuando esto sucede, y quieres seguir escribiendo?

  1. Dedicar más tiempo, y esfuerzo, a pensar y al silencio. Aprovechar que las palabras surgen con dificultad y pesadez para estrujar su contenido y saborear sus letras. Es tiempo de reposo, de serenidad, de ir en contra de la agitación natural que supone esta situación embarazosa y desalentadora, de sobreponerse a lo evidente y de reconocer las propias limitaciones con alegría y desparpajo. Si todos los días fueran iguales, si esta tarea se diese a golpe de inspiración, ¿qué mérito supondría?
  2. Abrir horizontes, acercarse a otras lecturas, variar las rutinas. Abrazarse a la poesía si se es narrativo, o al ensayo si hasta el momento se nutría de descripciones. No hay polo malo. Siendo selectivo, y picoteando en internet, donde encontramos verdaderas joyas encerradas en blog de apariencia simple y clonada. La novedad también surge, y lo sabemos quienes amamos la lectura y nos entregamos a ella con pasión, de la relectura de lo de siempre oteando flancos no descubiertos en la primera, segunda, tercera o cuarta pasada ojos.
  3. Escribir, pase lo que pase. Sin rendición, sin pesadumbre, sin arrinconarse. Escribir lo que caiga, y mantener viva la llama de la pluma y el teclado. Puede que nazca lo imperfecto y poco cuidado, y a pesar de ello sigue siendo tu aportación al mundo, a un tema concreto. Pobre y débil, y a la vez reflejo de constancia y firmeza. Es una forma noble de decir “sigo en la brecha, y no quiero perecer en el intento.”
  4. Cuidar el orden o el desorden. Sé que algunos se mueven más a través de puntos y guiones, porque necesitan párrafos sencillos y breves que contengan ideas claras y distintas. Aunque dentro de un punto sean capaces de divagar. Y otros comienzan aquí, se pasean por allí, y finalmente concluyen a su manera. Unos con orden cuidado se lanzan con mayor seguridad, y a otros la pasión por escribir les parece una aventura incontrolada en forma de balancín. Si no sabes de qué vas, prueba con las dos, y elige.
  5. Dejarse preguntar y dialogar. La web se construye verbalmente, no siempre a través de los monólogos de los blogs. Existen también foros y chats, la opción de comentar a otros y abrir debates fructíferos. Las palabras no nacen siempre en boca de quien es capaz de ordenarlas, y se recibe habitualmente por doquier más de lo que posteriormente podemos devolver. Esto último que he dicho creo que es la forma más bella de expresar el proceso creativo.
  6. Enfrentarse a las grandes cuestiones. Esas que habitualmente dejan sin aliento, sin voz y sin palabras. Porque de eso iba. Ante las grandes cuestiones, atento a esas grandes preguntas, es normal permanecer callado y a la escucha.
  7. No dejarse intimidar por la situación. La mayor parte de las veces hablamos de más. Así que es posible que quedarnos sin palabras, a lo Wittgenstein, sea de lo mejor que nos ha podido suceder. Devuelve el principio de realidad y obliga a una reflexión más detenida y pormenorizada de todo cuanto sucede dentro y fuera de nosotros mismos. No seré yo quien reclame esta actitud pasiva e indolente, más bien al contrario. Lo cual no significa aprovechar el momento para reconocer que lo otro, escribir y hablar con facilidad, es una excepción y privilegio que no podemos dejar de reconocer y agradecer infinitamente.
  8. Y por último, algún que otro consejo práctico. (1) Coger un papel en blanco y escribir cuantas palabras sueltas o enlazadas vengan a la mente. Después, hacer el esfuerzo por descubrir un tema central que pueda agrupar unas cuantas, y establecer relaciones entre ellas. De ahí deben salir al menos dos párrafos con sentido e hilados. (2) Seleccionar alguna imagen de la vida corriente, o cuadro de los que poseen los museos guardados del polvo y de las diferencias de temperatura. Y utilizarlo como nueva forma de lenguaje comunicativo. Si las palabras no vienen a ti, deja al menos que hablen las imágenes. (3) Reelaborar con densidad algo escrito con anterioridad. Ampliarlo, redistribuirlo, rediseñarlo, cambiar aquí y allá a placer, hasta que parezca distinto. Es una cuestión de apariencia, un nuevo barniz con el que no debemos conformarnos a diario. Pero al menos no será un plagio. (4) Escuchar música, contagiarse de películas, anidar recuerdos. Son materia para una posterior ruptura de esta situación. (5) Saber acoger el silencio.

Libres para anunciar el Evangelio

El Evangelio necesita ser anunciado. Requisito indispensable: anunciadores. Es decir, que no se puede hacer al margen de las personas, ni de la humanidad. Se ve entrelazada con su misma historia. Los anunciadores no son “canales de distribución” al modo de las mediaciones mal entendidas. Han sido receptores previamente, han acogido esta Palabra y Buena Noticia, se han dejado transformar por ella. Y en la misma lógica de toda gran noticia, se ven impulsados a seguir comunicándola a otros en cualquier forma y modo posible. Así de sencillo, así de simple. De algún modo, revisando este esquema, con sus simplezas y elementariedades, podemos descubrir que sólo se convierte en verdadero anunciador aquel que ha recibido y se ha dejado transformar. Esto es, el mejor signo de la presencia de Dios en su vida, es convertirle en mensajero para otros. La lógica se sigue en el Evangelio en todo momento: los primeros discípulos, la Samaritana, los leprosos, todo aquel que es curado, hasta llegar a María Magdalena y a los apóstoles tras la Resurrección.

Me preocupa que quieras vivir como si no tuvieses nadie a tu lado

Querido joven:

Espero que no sientas que me entrometo donde no me llaman. Hoy he vuelto, una vez más a ver tu cara triste sentada donde siempre, donde te corresponde o parece que te han dejado caer. Te miro y me cuestionas. ¿Qué estaremos haciendo para que quieras vivir al margen de todo y de todos? ¿De verdad te encuentras tan solo habiendo tanta gente estupenda a tu alrededor? ¿Qué te impide salir de ti mismo y viajar al encuentro de los demás, pedir ayuda?

No sé que estará sucediendo en tu vida. Intuyo que algo gordo. De esas cosas que cuesta soltar, porque desatar amarras puede suponer echarse a la mar embravecida. Deseo con todo mi corazón que pongas delante aquello que pesa tanto en tu interior, que sepas buscar refugio en quien puede dártelo y que no escapes ni huyas para aislarte en medio del bosque de tus miedos. Sé valiente. Da un paso, y empezaremos a caminar juntos.

Sea lo que sea, no estás solo. Nunca lo has estado, y no lo estarás. Son muchos los que te miran, y atienden. También aquellos que se dan cuenta de cómo estás, y se acercan cautelosos ofreciendo su mano tendida para que tú puedas tomarla. Repito, no estás solo.

Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2012

Metidos en la vorágine de las comunicaciones, donde las palabras de hoy parece que pensan poco para el mañana y nos sentimos desvinculados respecto a las de ayer, me parece que es interesantísimo el documento que presento a continuación. Primero, por lo esencial que supone tratar los medios de comunicación desde el paradigma más humano posible (la relación directa entre dos personas, cara a cara, con sus pausas, sus ritmos y su dedicación exclusiva), y segundo por la enorme cantidad de posibilidades que despliegan las nuevas tecnologías y que requieren de una visión positiva y creativa para que sigan potenciando la historia del desarrollo de la humanidad.

De todo el mensaje, que invito encarecidamente a leer y comentar, esperando que provoque reflexión común y diálogo sincero, me planteo específicamente los ecos que en mí ha provocado a modo de pensamientos y vida concreta:

  1. La mutua relación y dependencia profunda entre el silencio y la palabra. Es el marco de todo el mensaje, que no pocas veces pasa desapercibido. Muchas veces me he interrogado por la necesidad de tiempo para leer y escribir páginas internas que nunca serán publicadas. Más aún cuando la distancia entre pensar y escribir se va acortando, como también sucede entre pensar y decir. Si no se pasa por el tamiz del silencio, del reposo, de la oración, de la reflexión, las palabras que surjan estarán la mayor parte de las veces vacías, o se caerá en la repetición y falta de creatividad. Ciertamente, en todo diálogo sincero e intenso, cuando una persona habla, la otra calla amablemente haciendo hueco en sí a lo dicho por el otro, y al otro mismo a través de sus palabras. De igual modo, en relación a toda la realidad, la acogida, la atención, la presencia requiere de la contemplación silenciosa y del vacío personal. El silencio es la puerta y la clave. Es el valor de la comunicación, lo que da sentido a lo dicho.
  2. La exclusión de la palabra y de silencio frecuenta nuestras calles, las familias, las aulas, los grupos de amigos, incluso las celebraciones litúrgicas. Parece que existe un pánico generalizado al silencio porque provocará la escucha y el vacío. En los transportes públicos la gente se sube y engancha a sus dispositivos y a su música, pero si se los quita, está a merced de la radio del conductor o la melodía permanente del metro o del tren. Por doquier, sonidos. No palabras, ni diálogo con el compañero que está sentado, sino sonidos. Y en las casas, pelea que algunos todavía mantienen pese al derrotismo de la mayoría, la televisión es la única que no se silencia en ninguna ocasión, y multiplica su presencia. El silencio en las aulas parece un lujo al que sólo pueden acceder unos pocos, e incluso cuando los alumnos están haciendo sus tareas, piden “ambiente”, es decir, “música de fondo”. He asistido a no pocas celebraciones donde la creatividad consistía en introducir más y más intervenciones de unos y otros, para seguir diciendo más y más veces lo mismo y de muchas maneras, donde un tiempo de silencio se hacía incómodo por el hábito generado. Una y otra vez, constantemente lo de siempre. Siempre con palabras.
  3. Las palabras con densidad, es decir, las palabras grandes. Cuánto me alegra esta reflexión, que de casualidad probablemente adelanté en un post anterior. Constato que las palabras se van vaciando de significado y sentido (no puedo valorar si con ánimo o interés de fondo). Se utilizan indistintamente junto a otras de un calado y profundidad diferente. Todo lo cual conlleva su progresiva deformación. Los medios de comunicación, los anuncios publicitarios, la necesidad de hablar constantemente y llenar informativos y páginas de periódico, intuyo que tienen mucho que ver en este asunto. El hecho está ahí presente. Y también su impacto, por ejemplo en los jóvenes que van perdiendo riqueza de vocabulario y capacidad de comprensión oral y escrita. Es fácilmente contrastable comparando dos películas, una de los años 50 y otra que sea de anteayer. Las palabras grandes asustan a la mayoría, que prefiere la divulgación científica con menor exigencia y requisitos que las revistas científicas, de modo que se dan recortes y rodeos, hasta que no queda más remedio que enfrentarse a ellas. Se han retirado de la circulación tanto tiempo que, cuando aparecen se visten de “retro” aunque se incorporen y equiparen a otras “modas”. En definitiva, quedaron vacías, para el desguace, y pronunciando lo mismo no refieren la misma realidad, idea o impacto.
  4. Volviendo a lo anterior, lo que revela coincide con la necesidad de contenido y sustancia de toda realidad no meramente accidental. Es decir, toda palabra señala algo que le da consistencia y a la cual se debería dirigir en actitud de servicio, y no viceversa. Salvo que queramos, con nuestras palabras, cambiar la realidad para conseguir engañarnos; artimañanas empleadas en multitud de ocasiones, que en consecuencia desprotegen a cualquiera sintiendo que pueden pisotear más de lo que deben. Si las palabras llevan contenido no están huecas, y por lo tanto, son iluminadoras, guías, penetran en el mundo, acompañan a la persona, dan seguridad.
  5. Preguntas y motores de búsqueda. Como reconoce el mismo documento, gran parte de la comunicación está motivada por estas preguntas que se insertan en motores de búsqueda. Lo cual es maravilloso, porque ante nuestras cuestiones personales probablemente encontremos ecos personales muy cercanos, donde otros también se dejan cuestionar. E incluso puede darse el caso de que las preguntas de otros nos sirven para formularnos cuestiones a las que no habíamos prestado suficiente cuidado y dedicación. La presencia en la red de las preguntas sobrepasa los cálculos que podamos hacer en la actualidad. Y también es significativo que respuestas en 140 caracteres sean de gran densidad, como algunas veces nos encontramos, y sirvan para despejar horizontes y emprender un camino personal.
  6. Todo lo anterior, movido por personas y para personas, genera un diálogo insospechado hasta hace muy poco tiempo. A mi bandeja de correo electrónico llegan diariamente cuestiones y relatos de personas de diversas partes del mundo, curiosamente algunas muy cercanas. Verdaderamente podemos estar abriendo las puertas a la era de la comunicación, no sólo de la información, con tanto movimiento como hay por la red. El anuncio de esta nueva dimensión 2.0 más personal y directa, corre el peligro sin embargo de caer en un trato vulgar, cerrado o seccionado por botones “me gusta” que impidan un diálogo más allá de los mismos. Detrás de este mensaje está la invitación a considerar nuestra realidad emergente de modo más personal y humano, personalizante y humanizador.
  7. Hacia la búsqueda de la verdad. Cualquier opinión, por digna que sea y por respetable que sea quien la respalda, se queda en los márgenes de la mera subjetividad. Algo que no es propio, al menos en última instancia de la persona, que busca la verdad y desea huir del error y de la mentira. En los medios de comunicación podemos encontrar de todo, y de toda índole, anexionado y empaquetado para que cualquiera pueda acercarse, o pueda llegar a él por éste u otro canal. Sin embargo, se requiere una mayor capacidad de discernimiento, filtros mejorados para no dejarse manipular ni arrastrar de aquí para allá sin más sentido que el de “lo ha dicho él”, “lo he escuchado en algún lugar”. En la cuestión religiosa me parece acuciante la necesidad de formación cristiana para las nuevas generaciones. La información está a su disposición presentada en múltiples moldes y formatos, pero parece que no llega a modelar realmente su vida y a componer criterios sólidos de juicio y discernimiento. Lo encuentro diariamente en la escuela, donde una conversación de dos minutos sobre un tema con opiniones divergentes parece agotar la inteligencia de más de uno, como si lo lógico fuera resolver que cada uno piense lo que quiera, porque no hay que llegar necesariamente a ningún punto común, ni buscar la verdad de corazón.
  8. El exceso de información reclama, una vez más, del silencio y de la prudencia. Los números de la red son apabullantes, dejan sin palabras a cualquiera que se quiera adentrar en ellos, son directamente inabarcables humanamente.

46ª JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

Mensaje del Santo Padre

Queridos Hermanos y Hermanas,

Al acercarse la Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales de 2012, deseo compartir con vosotros algunas reflexiones sobre un aspecto del proceso humano de la comunicación que, siendo muy importante, a veces se olvida y hoy es particularmente necesario recordar. Se trata de la relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integranrecíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado.

El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido. Por esto, es necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de “ecosistema” que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos.

Gran parte de la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas en busca de respuestas. Los motores de búsqueda y las redes sociales son el punto de partida en la comunicación para muchas personas que buscan consejos, sugerencias, informaciones y respuestas. En nuestros días, la Red se está transformando cada vez más en el lugar de las preguntas y de las respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado, y a necesidades que no siente. El silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes. Sin embargo, en el complejo y variado mundo de la comunicación emerge la preocupación de muchos hacia las preguntas últimas de la existencia humana: ¿quién soy yo?, ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? Es importante acoger a las personas que se formulan estas preguntas, abriendo la posibilidad de un diálogo profundo, hecho de palabras, de intercambio, pero también de una invitación a la reflexión y al silencio que, a veces, puede ser más elocuente que una respuesta apresurada y que permite a quien se interroga entrar en lo más recóndito de sí mismo y abrirse al camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón humano.

En realidad, este incesante flujo de preguntas manifiesta la inquietud del ser humano siempre en búsqueda de verdades, pequeñas o grandes, que den sentido y esperanza a la existencia. El hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida: todos buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo, sobre todo en nuestro tiempo en el que “cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2011)

Hay que considerar con interés los diversos sitios, aplicaciones y redes sociales que pueden ayudar al hombre de hoy a vivir momentos de reflexión y de auténtica interrogación, pero también a encontrar espacios de silencio, ocasiones de oración, meditación y de compartir la Palabra de Dios. En la esencialidad de breves mensajes, a menudo no más extensos que un versículo bíblico, se pueden formular pensamientos profundos, si cada uno no descuida el cultivo de su propia interioridad. No sorprende que en las distintas tradiciones religiosas, la soledad y el silencio sean espacios privilegiados para ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas y con la Verdad que da sentido a todas las cosas. El Dios de la revelación bíblica habla también sin palabras: “Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada… El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio” (Exhort. ap. Verbum Domini, 21). En el silencio de la cruz habla la elocuencia del amor de Dios vivido hasta el don supremo. Después de la muerte de Cristo, la tierra permanece en silencio y en el Sábado Santo, cuando “el Rey está durmiendo y el Dios hecho hombre despierta a los que dormían desde hace siglos” (cf. Oficio de Lecturas del Sábado Santo), resuena la voz de Dios colmada de amor por la humanidad.

Si Dios habla al hombre también en el silencio, el hombre igualmente descubre en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios. “Necesitamos el silencio que se transforma en contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios y así nos permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra redentora” (Homilía durante la misa con los miembros de la Comisión Teológica Internacional, 6 de octubre 2006). Al hablar de la grandeza de Dios, nuestro lenguaje resulta siempre inadecuado y así se abre el espacio para la contemplación silenciosa. De esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia de la misión, la necesidad imperiosa de “comunicar aquello que hemos visto y oído”, para que todos estemos en comunión con Dios (cf. 1 Jn 1,3). La contemplación silenciosa nos sumerge en la fuente del Amor, que nos conduce hacia nuestro prójimo, para sentir su dolor y ofrecer la luz de Cristo, su Mensaje de vida, su don de amor total que salva.

En la contemplación silenciosa emerge asimismo, todavía más fuerte, aquella Palabra eterna por medio de la cual se hizo el mundo, y se percibe aquel designio de salvación que Dios realiza a través de palabras y gestos en toda la historia de la humanidad. Como recuerda el Concilio Vaticano II, la Revelación divina se lleva a cabo con ” hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas” (Dei Verbum, 2). Y este plan de salvación culmina en la persona de Jesús de Nazaret, mediador y plenitud de toda la Revelación. Él nos hizo conocer el verdadero Rostro de Dios Padre y con su Cruz y Resurrección nos hizo pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte a la libertad de los hijos de Dios. La pregunta fundamental sobre el sentido del hombre encuentra en el Misterio de Cristo la respuesta capaz de dar paz a la inquietud del corazón humano. Es de este Misterio de donde nace la misión de la Iglesia, y es este Misterio el que impulsa a los cristianos a ser mensajeros de esperanza y de salvación, testigos de aquel amor que promueve la dignidad del hombre y que construye la justicia y la paz.

Palabra y silencio. Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo. A María, cuyo silencio “escucha y hace florecer la Palabra” (Oración para el ágora de los jóvenes italianos en Loreto, 1-2 de septiembre 2007), confío toda la obra de evangelización que la Iglesia realiza a través de los medios de comunicación social.

Vaticano, 24 de enero 2012,

Fiesta de San Francisco de Sales.

Huérfanos de nuestro mundo

Cuando en el mundo nos ponemos a contar huérfanos, las estadísticas se disparan alarmantemente. Acabo de introducir esa palabra en la página de UNICEF y encuentro que la última referencia es del 21 de agosto de 2008. Cuando lo escribo en google, para preguntarme por el número que se calcula que hay en nuestro mundo, lo que recibo son las causas en cada uno de los primeros resultados: SIDA, guerra, hambruna crónica. También se habla de la situación de los niños de la calle, es decir, los abandonados o los que han huido literalmente de sus casas. La situación es delicada para todos ellos.

Por otra parte, me sorprende que la definición de “huérfano” no esté asociada necesariamente a “padres muertos”, sino que se amplíe a “padres ausentes”. Lo cual significa que a la hora de plantearnos el cálculo aproximado tengamos que considerar no pocas variables. Ésta ha sido la intuición básica de este artículo. Frente a la muerte de los padres, en determinadas realidades culturales y sociales, el niño no quedaba desprotegido sino que era integrado en otro núcleo familiar pasando a ser considerado como uno más de la familia. Sin embargo, y sin querer minimizar la catástrofe anterior, qué es lo que ocurre en aquellos casos en los que los padres están vivos pero pasan literalmente de sus hijos, no los educan, no buscan lo mejor para ellos, o sencillamente los hijos viven como si no tuviesen padres. Me encuentro diariamente estas situaciones, incluso más allá de los despropósitos de la adolescencia: la de quienes quieren vivir como si no tuviesen hijos, y la de quienes quieren vivir como si no tuviesen padres.

 

Niveles de exigencia

Como no sé muy bien cómo empezar, pero tengo claro lo que quiero decir. No me voy a parar en la primera línea.

Para algunas personas, la frase anterior les habrá parecido horrible. Para mí cumple con su cometido a la perfección. ¿Qué es exigible? ¿Qué es mejor? ¿Detenerme ininterrumpidamente sin saber cómo empezar hasta el punto de olvidar aquello que quería decir ? ¿Esperar a las musas inspiradoras hasta que lleguen? Me parece que estoy satisfecho con la forma de empezar, y a esto voy.

Cuando las exigencias son demasiado elevadas, o demasiado bajas, se producen desajustes importantes en las valoraciones. De partida nos podemos hacer una imagen de lo que sucederá, o podremos hacer, que sea casi perfecta o inmensamente pobre. La primera nos llevará a valorar todo sin atender a las circunstancias, sin tener en cuenta a las personas que lo han llevado a cabo con sus fortalezas y debilidades, y la segunda a tener en cuenta de forma excesiva todo lo que suceda como algo maravilloso.

Ajustar los niveles de exigencia requiere de un proceso de control, en todos los sentidos, elevado.

  1. Cómo se generan expectativas. Por una parte, cuando se produce un anuncio, se tiende a comunicar todo lo positivo que tiene. De ahí que luego, posiblemente, no se encuentre todo lo maravilloso que se decía que iba a ser. Exigencias altas, bajo nivel de satisfacción.
  2. Cómo se pide valoración a los participantes. Es muy importante centrar la atención de aquellas realidades que creamos que son opinables, y preguntar de forma adecuada. En un intento, no tanto de manejar la opinión de la gente, sino de darle una perspectiva adecuada. Las preguntas abiertas, en las evaluaciones, son de lo más peligroso que hay.
  3. La exigencia se debe ajustar al momento del proceso. Las primeras puestas en escena son normalmente deficitarias. Lo saben quienes están entre bambalinas. Lo cual dispara las reacciones para mejorar y perfeccionar el producto. Por otra parte, cuando llevan un tiempo en funcionamiento, y se han consolidado, la tendencia natural es rebajar estas exigencias. Humanamente debemos prestar atención, a la hora de valorar, en qué situación de partida nos encontramos. Comenzar algo conlleva grandes esfuerzos que están acompañados de grandes entusiasmos y esperanzas; sin embargo, mantenerlo y seguir potenciando es un tema mucho más delicado, porque seguramente se hayan tenido que superar objeciones y dificultades de calado.
  4. Contar con apoyos para ajustar las exigencias. Es decir, que no sea una persona aislada la que acuerda los criterios de valoración. Primero, porque se verá contaminado, aunque sea un experto, por su curriculum vitae o esfuerzos empleados restándole objetividad. Segundo, porque la continuidad del proyecto dependerá esencialmente de muchos factores complejos. Tercero, porque siempre es mejor que salgan las cosas entre muchos. Aquí hay dosis de realismo compartido que favorecen el ajuste.

En respuesta a Juan Manuel de Prada, sobre la Vida Religiosa y Gran Hermano

Un cordial saludo.

Acabo de leer un reciente artículo publicado bajo su nombre, y quedarme estupefacto con el contenido y las afirmaciones que en él se hacen. Todo sale a colación de la participación en Gran Hermano (13ª edición) de un religioso. Ahora no estoy para sellos congregacionales, ni divisiones en cuanto a carismas y misiones. El hecho me parece tan aislado y puntual que lo primero es tener la prudencia de considerarlo como tal, respetando las formas propias de la vida religiosa, y de sus superiores legítimos. Sin embargo, dado el revuelo que ha provocado, en medios de comunicación sociales y eclesiales, me atrevo a pensar al respecto y escribir algo, que de paso, también me pueda ayudar y servir.

La esencia de la vida religiosa no está en la perfección de su vida, sino en la excelencia y atrevimiento que ha tenido el Señor de llamarnos a compartir su vida. Me sigue sorprendiendo. Él, que nos conoce y ama, también acoge como parte del reto de nuestra vocación y del éxito de nuestra vida como signo y testimonio, nuestra propia debilidad. Él va transformando nuestro corazón a su imagen, con una paciencia infinita, nos recuerda diariamente que hemos sido enviados al mundo para compartir con los hombres sus anhelos y preocupaciones, sus alegrías y tristezas. Y diariamente nos da, como no puede ser de otro modo, el sustento y el auxilio necesario para la misma. De su parte, todo. De nuestra parte, la acogida y la capacidad de recibir, y también de poner en marcha una infinidad de cosas. Por lo tanto, mi primera conclusión es que la Vida Religiosa está llamada a seguir más de cerca al Señor día a día, y de hecho lo hace en mayor medida (sin que sea capaz de compararse) de la que participa y sigue Gran Hermano. A los amantes de las estadísticas les invitaría firmemente a considerar la desproporción de los que buscan al Señor con entusiasmo y pasión, frente a quienes participan en programas televisivos. ¡Qué gran don descubriríamos entonces!

Por otro lado, remitiéndome de nuevo al artículo de Juan Manuel de Prada, creo que hay que situar la vida religiosa en su grandísima diversidad y comunión. Su diversidad no es sociológica, ni fruto de los tiempos y opciones personales, más o menos acertadas en unos u otros casos, sino querida por el Señor. No sólo en la multiplicidad de carismas, en la inmensidad de misiones y tareas, en la ingente cantidad de lugares evangelizados diariamente con su palabra, acción y presencia, sino también en tanto que consideramos que cada persona que abraza esta forma de vida está llamada a construirla y ser reflejo de ella. De nuevo, la gran variedad de estilos, de planteamientos, de prioridades, de esfuerzos, de alegrías, de tristezas, de relaciones, de estudios, de formación, de comunidades incluso… cuando pretende ser reducida a una única forma de comprender y hacer, de rezar y vivir, de servir y amar, se muestra a sí misma como un factor de fuerza y de presión que nada tiene que ver con la Misericordia y el Amor de quien nos ha llamado. Tales “deseos” no vendrán del Señor que conoce la abundante mies, y que se preocupa por su pueblo. Entiendo que son muchos los que están interesados, dentro y fuera de la iglesia, en considerar a todos por igual; mas estimo que es imposible, mientras sea Dios quien sigue llamando para configurarnos al modo del Hijo.

Pero seguimos con el artículo, porque no tiene desperdicio. El Concilio Vaticano II pidió encarecidamente a la Vida Religiosa que actualizase su Regla de Vida. Para ello, volver a las fuentes, al carisma fundacional, a la intuición primera del Espíritu. Y al tiempo, que se escuchasen los signos de los tiempos. Hubo quienes hablaron durante un tiempo de refundación, luego de reestructuración, después de revitalización. Y siempre volvían al tema central y capital: la relación personal con el Señor Jesús, en actitud de escucha y docilidad a su Espíritu, entregado a los hombres. Espíritu que, para quienes no puedan verlo del todo, se pasea y aletea en nuestro mundo generando comunión, se hace presente en la conciencia de los hombres, e impulsa desde el interior la búsqueda, el interrogante, la pregunta por el sentido, la trascendencia, el bien, el amor. Espíritu que, estando presente en el mundo, no condena el mundo, sino que viene a salvarlo. Y, a lo que voy, cuando de forma reiterada y con sangrante desprestigio y protesta, se habla de forma tan despectiva de nuestro mundo, se señalan los aspectos negativos y el pecado, se critica denodadamente todos los esfuerzos humanos por la paz, se incide tanto en una única dirección, al final el corazón y la inteligencia se vuelven lo suficientemente sospechosos como para reconocer “todo el bien que ha hecho el Señor”. No digo que todo sea bueno ni digno de alabanza en el mundo, como tampoco lo digo de los cristianos y de la Iglesia. Ambas realidades comparten, ciertamente no a partes iguales, un misterio en su interior: la presencia del Señor, que salva. Reconocido en la Iglesia, guardado y custodiado por ella para comunicarlo y anunciarlo, y desconocido en el mundo. En ambos, como en el corazón de cada hombre, presentes y actuantes. Los cristianos somos unos privilegidos porque toda acción sacramental está inundada del amor del Señor, y superamos cualquier mirada condenatoria recibiendo Perdón y Misericordia a cambio; incluso en lo peor, que es la Cruz y el Abandono. Nuestro mundo sin embargo no conoce la acción del Espíritu de un modo tan manifiesto, y se tiene que esforzar por confiar y guiar sus pasos de otra manera. En nuestro anuncio y propuesta, en la Palabra del Señor recibida, hay tanta riqueza que proclamar que se desea recibir integramente. Sólo es necesario saber mirar. No de cualquier modo, sino con la compasión del Señor.

Por último, y por no alargarme demasiado, la adecuación a los tiempos presentes, para todos cambiantes a un ritmo espectacular, es cierto que no deja mucho margen algunas veces para la seria consideración de la transformación de las instituciones y de las comunidades, como tampoco del proceso de algunos de sus religiosos. Toda actualización conlleva el peligro de traición, y demanda una gran creatividad. Novedad no siempre acogida fácilmente. Hoy nos parece que Teresa de Jesús es tradicional, mientras que en su época causó estupor y provocación sin igual. Poner la comparación de la televisión, al modo que está hecho, me parece inadecuado a todas luces. Podemos ver peligros en todas partes, como también oportunidades. Las cosas no son las importantes, sino la actitud con la que se afrontan. Sea la televisión, sea el ordenador, sea el coche, sea la ropa, sea el dinero, sea todo aquello que no es material, que también puede caer en ser usado. El orden y el desorden siempre han estado presentes en la forma de vida de los religiosos, siempre se han orientado como ejercicios espirituales e iluminados en las relaciones comunitarias, personales y acompañamientos o direcciones. El que quiera perfección como tal, sin saber muy bien qué es eso perfecto que se propone a la vida religiosa, debería aclarar primero qué está buscando. Si su gloria o la del Señor. Y por otro lado, considero que, y lo digo desde el interior mismo de la vida religiosa aunque no estoy ni en el centro ni el corazón de nada, los religiosos se esfuerzan y son pacientes en su camino, dejándose guiar por el Señor. Su renuncia no es equiparable a todo cuanto han recibido, la libertad de sus pasos, ni siquiera del primer paso decisivo que dieron, se puede equiparar a la grandeza de su llamada y a la Grandeza de Aquel que los ha llamado a compartir su vida.

En mi despedida, un abrazo fuerte, tanto para usted como para cada hermano religioso.

Trastiendas

La trastienda permanece oculta, detrás de todo lo que se ve, aparece, se muestra y canta. Por lo general, lugar de engaños, donde está la verdad frente a las manipulaciones bondadosas y permitidas. Caben innumerables sospechas sobre esos rincones apartados donde todo parece decidirse y moverse con “hilos” poderosos detrás de los cuales parece que sólo se encontrarán intereses egoístas y quiebros a la realidad.

Conozco otro tipo de trastiendas. Las del trabajo bien hecho, las de la coordinación de personas para un proyecto común, la de los acuerdos y diálogos con unos y con otros, la de la búsqueda de la verdad y el ejercicio de la confianza. La trastienda del trabajo para que otros puedan disfrutar, la que monta y desmonta, la que llora y presenta sonrisas, y la que genera una comunión indescriptible. El verdadero encuentro se produce rompiendo las paredes de la apariencia, comprendiendo qué hay y qué queda cuando todos se van, qué has tenido que hacer durante meses para que un día salga bien, qué has tenido que estudiar para poder enseñar, qué has podido adquirir antes de entregar a otros. Grupos de trabajo, trabajo en grupo, preocupación de unos por otros, diálogos personales.

3 consejos sobre las cosas de “última hora”

  1. Estás a tiempo. Pero no pierdas esa última oportunidad que se te ofrece. Tienes opción, la última opción.
  2. Trabajarás con presión. Sé consciente, para después darte un respiro. Esa tensión obligará a sacar de forma casi automática, todo lo que llevas dentro.
  3. Pensarás que la próxima vez lo vas a hacer con más calma, porque has descubierto de qué eres capaz, y piensas en tu interior que, si ha sido posible hacer esto con tan poco tiempo, ¿qué no podrás hacer de otra manera?

Las dos primeras se pueden verificar. La última, por desgracia, para muchos queda en una noble intención que nunca se materializará. Lo digo por la experiencia que voy teniendo. Sin embargo, cuando la rutina se puede romper y se planifica con suficiente antelación, descanso, maduración, diálogo y reflexión, compruebo absolutamente la diferencia. Sin duda, era mejor de lo que me esperaba.

Sigo creyendo en las últimas oportunidades.

“Mejor modo de servir” (parte 3)

Cuando en el apogeo de una de las culturas más individualistas, como cristianos consideramos que es esencial a la persona “servir a Dios, lo cual incluye amar al prójimo”, nos encontramos con innumerables trampas. Una de ellas, es valorar que el servicio y el amor reportan un enorme beneficio al sujeto que se ejercita en ella. Así, la esencia de la vida cristiana queda reducida a una ética en la que se hace un balance de beneficios. Todo termina en un simple egoísmo. Y en la desvirtuación de lo fundamental, que no son ni normas ni dogmas, sino la centralidad de la persona de Jesucristo, en la historia, para el hombre, de cara a todo lo humano. Por lo que el primer anuncio no es “vive así y serás feliz”, ni “piensa esto porque es la verdad”, sino “aquel hombre, llamado Jesús, que pasó haciendo el bien, al que mataron, está vivo, es el hijo de Dios“. No es un reclamo ético, sino una invitación al misterio, a la fe, a la confianza. Dicho lo cual, el interés está garantizado. Ahora sí que me pregunto: ¿Cómo vive Dios en medio de los hombres? ¿Qué dice? Y es sorprendente. Porque el amor es lo primero.

Sin duda, la ética y el pensamientos nos hacen estar en medio del mundo de una forma deternimada. En principio, siendo reflejos del Hijo. En todos los sentidos, comunicando el amor del Padre, llamando a la verdad a los hombres. No da igual cómo se viva, nunca ha sido una cuestión indiferente para nadie.

Por lo tanto,cuando los cristianos hablamos vocación de servicio, tendríamos que pararnos con un poco más de cuidado y detenimiento para saber qué estamos diciendo y qué estamos proclamando. Por nuestro propio bien, y para no engañar a nadie. Lo central siempre debe ocupar el corazón. Y recuperando el Evangelio encontramos que el servicio se expresa en innumerables ocasiones, algunas de ellas paradigmáticas: (1) El lavatorio de los pies. Probablemente la primera referencia que se le venga a la cabeza a cualquiera. Es la dignidad máxima, el punto álgido, culminante de la entrega del Hijo a los suyos. Vínculo por el que pasan a “tener parte” en su vida. (2) Obediencia al Padre, y su proyecto de salvación. “He aquí la esclava.” Obediencia como libertad que libremente se entrega, sin que la humanidad pierda dignidad. Es una obediencia comprendida desde el amor liberador, no desde la dependencia e inutilidad. María es la mujer por excelencia, y su asentimiento no nace del egoísmo ni de su debilidad. Sino del diálogo con el Padre, desde la comprensión “del mejor modo”, para sí y para la historia. (3) El verdadero servicio evangélico, en repetidas ocasiones, se clarifica en el monoteísmo. “Un único Señor.” “Nadie puede servir a dos señores.” Es un contrato exclusivo, frente a las muchas divisiones del hombre. (4) El que quiera “que entregue la vida”. No hay otro camino. La llamada evangélica involucra lo humano, por encima de las cosas. El servicio se hace con la vida, se abre a la vida. En todas sus dimensiones y requerimientos. (5) Al prójimo como a uno mismo. Un índice de calidad que contempla también la debilidad. Dios ama a su manera, y ojalá fuéramos fácilmente dóciles a un amor tan grande. Algo que para el hombre, por sí solo, es imposible. Por lo tanto, la medida más grande es que el hombre ame al modo más grande que conozca. Como a uno mismo, sin amarse a uno mismo en exclusiva. (6) Pasa por la cruz. El que quiera, tendrá que perder la vida.

Una cuestión para el discernimiento es a qué me siento llamado, dentro de esta vocación universal a la santidad y al servicio. Y lo que pretendo es ofrecer una serie de cuestiones a continuación que, miradas con ojos de prudencia evangélica (no de cálculos empresariales, ni ajustes presupuestarios) abren a un mejor modo de servir. Lo importante entonces es haber comenzado, experimentar todavía los interrogantes de la vida y de la misíon, y seguir avanzando. Los siguientes puntos pretenden ayudar en este camino y proceso de crecimiento en el servicio.

  1. En qué se apoya, de qué se alimenta.
  2. Conocer otras posibilidades buenas.
  3. Me acerca a Dios y al Reino.
  4. Dialogada eclesialmente, en comunidad.
  5. Purificada con humildad y paciencia.
  6. Cada día más real. Principio de encarnación.
  7. Superando momentos difíciles, como miedo, oscuridad, presión, dudas.
  8. Agradezco porque es mío y más que mío.
  9. Conocer la fragilidad y cuidarse.
  10. Me identifica y construye.

Buscar y vivir “mejor modo de servir (parte 2)

Detrás de toda búsqueda clara y notoria, de esas cuestiones que se hablan sin demasiado pudor (demasiado, insisto) se esconden y parapetan otros anhelos y búsquedas que requieren una mayor profundidad y análisis, o un mayor aprecio por la sinceridad y la verdad. Encauzan, una vez reconocidas, la existencia de diverso modo. Por ejemplo, detrás de un abrazo existen múltiples variables. Una de ellas puede ser, sin duda, el cariño como tal. También la reconciliación, la búsqueda de paz, el punto final a un proceso de separación, la celebración común y agradecida por algo maravilloso, el impulso necesario para afrontar un reto. Y así sucesivamente con cuanto podamos comprobar de nuestro mundo. De lo visible, palpable y tangible, y de lo que no se percibe con esa nitidez y es indudable que está presente.

De entre las búsquedas de este orden, destaco una serie de ellas que vengo constatando también en los jóvenes (y en los que desean dejar de ser jóvenes) actualmente. Quizá la formulación no es absoluta, no pretende serlo. Tampoco es una lista que me plantee con intención de agotar el tema. Sin embargo, son constataciones, insisto, sobre realidades presentes con un cierto carácter universal. Entiendo que no son “de unos pocos y elegidos”, ni se reducen a “los mejores de una clase, ámbito, esfera social”, ni son privilegio de quienes han hecho un gran proceso personal, social, cristiano. Es cierto, al mismo tiempo, que para unos son más conscientes que para otros. Bien por la historia que han tenido, bien por algún acontecimiento decisivo que les haya sucedido, bien por la profundización personal, los enlaces que su razón ha sido capaz de construir, bien por el acompañamiento recibido, los diálogos de aquí y allá, o por lecturas. Hay quienes aprende, dicho sea de paso, en piel ajena. Las puertas que dan acceso a este ámbito son muy variadas. La fe es especialmente incisiva en este campo.

¿Qué suponen estas búsquedas, escondidas en toda otra búsqueda esencialmente humana? Tomar conciencia de ellas, de uno u otro modo, empuja a tomarse tanto los propios criterios, como las propias opciones desde parámetros inusualmente contundentes. No puede ser de otro modo, en la vida cotidiana es donde surgen. Es en ella donde las grandes preguntas se responden del modo más decisorio.

  1. Referencias en la propia vida. Uno de los primeros puntos es esta búsqueda de referencias, que muestren a qué ritmo se va por la vida y de qué manera. Entiendo por referencia todo aquello que me muestra cómo es el mundo desde que soy pequeño, junto a las cuales voy creciendo, y que me aportan tanto información como formacion y criterios de actuación. Algo más que modelos, dicho sea de paso. Referentes, en el mejor sentido de la palabra. Que intento alcanzar, que me plantean metas y horizontes. Y por lo tanto orientan decisivamente un camino y elección que, en bruto y contando con todas las posibilidades posibles, facilitan la inserción en la realidad, la apropiación de la misma, la búsqueda de sentido último y primero de todo. Evidentemente, si en un principio estos referentes son recibidos, llegado un momento del desarrollo, pasan a ser también elegibles (dentro de unos márgenes prudentes, tampoco nos creamos que son absolutos). Se dan transformaciones, los primeros cambios y giros, se hacen las primeras experiencias de vida más allá de los límites de la casa. Todo en una actitud de búsqueda y ajuste, racional y práctico, de sentido y desarrollo. Sin darnos cuenta, esa tendencia natural no sitúa en un lugar del mundo. Y lo hace continuamente. Y establece sobre la persona la primera afirmación sobre quién es, qué hace, dónde va, qué puede esperar.
  2. Afirmación de un lugar por encima de otros, sabiendo que no da igual qué lugar ocupe en el mundo. Es una certeza imprecisa, más bien una intuición abierta. Es una limitación humana encontrarse restringido a un único lugar. Y las búsquedas provienen precisamente de esa limitación. No da igual, repito, dónde y cómo. El dónde es fundamental para el cómo, dicho sea de paso. Son contextos que se construyen, donde uno interviene de una u otra manera, muestra algo particular o deja de hacerlo para ocultarlo decisivamente en el baúl de los recuerdos. Todo esto, sabiéndolo, hacen que el sujeto se muestre inquieto.
  3. Reconocer la propia insatisfacción. De hecho, si no fuera así, no buscaríamos. Si lo tuviésemos todo, no haríamos nada, no nos moveríamos. Platón puso el énfasis del amor en la “media naranja” pensando que a cada persona le “faltaba algo”. Al principio eran seres completos, que posteriormente fueron “castigados” a buscar su otra parte. Esto supone que la búsqueda nace en la insatisfacción. Poco más tarde, Aristóteles comienza su Metafísica hablando de la curiosidad, es decir, ése efecto que causa lo nuevo conocido. Algo que, al no ser normal, pone en marcha los mecanismos de búsqueda. La insatisfacción es parte de la búsqueda, aceptarla constituye algo nuclear en la dinámica que le es propia. A mayor necesidad, más intensidad en la búsqueda. Cuanto más insatisfecho se esté, habitualmente las búsquedas serán igualmente más intensas.
  4. Experimentar resistencias. Por otra parte, nos damos cuenta de que no es tan fácil ponerse en marcha y abandonar lo que se tiene. Por muy bonito que sea. Se presentan, a corto, medio y largo plazo resistencias, esto es, dificultades, interiores y exteriores que impiden la búsqueda, la dificultan o la imposibilitan.
  5. Está en juego la propia vida. Esto no hace falta explicarlo demasiado. Detrás de toda cosa está la propia vida.
  6. Inquietudes al descubierto. No una, sino muchas. Que además no se situán en la misma línea, ni convergen en una única dirección. Ponerse a buscar, seleccionar una dirección y punto al que ir, plasmará que no somos tan simples como un GPS puesto en marcha. La inquietud puede ser un interés, pero en castellano también significa miedo, temor.
  7. Afrontar el mal y el sufrimiento, o huir de él. Las búsquedas también tienen que situarse ante estas dos grandes cuestiones. Valorar y afrontar los riesgos necesarios, así como calcular con prudencia que en la búsqueda aparecerán dosis, altas o bajas, de sufrimiento.
  8. Necesidad y anhelo por una respuesta total. Ojalá pudiera darse una única respuesta. Ojalá pudiera pensarse de este modo. Pero no es cierto. Lo que sí que existen son opciones, libres y confiadas, nunca absolutamente seguras, que encauzan la vida de manera determinante en una u otra dirección. ¿Se omiten entonces otras posibilidades? Nunca. Pero las respuestas totalizantes que la persona va dando a lo largo de su vida, donde se la juega sabiendo que no se puede dar un paso atrás, sólo rectificar, y que son constituyentes de su existencia y de la mirada sobre su propia historia, adquieren una relevancia máxima cuando se tratan las grandes cuestiones de la humanidad, y de cada hombre y persona en particular. Por respuesta total, lejos de entender algo definitivo y cerrado, entiendo más bien respuestas que son de carácter absolutamente personal, de modo que la persona en todo lo que es y lleva a cabo se pone sobre la mesa. Por si alguien se pregunta si existen tales respuestas, le pediría un poco de sinceridad consigo mismo para revisar su propia historia. No sólo existen, sino que marcan hitos, y son muy deseables.
  9. Reconocer que Dios llama. Y es una llamada desde el conocimiento de lo que soy, cómo soy, qué he vivido, qué puedo vivir. Respuesta al sentido último de mi vida, que cubre amablemente el resto de demandas que he planteado anteriormente.
  10. Amar a Dios sobre todas las cosas. En último término, a los ojos de la fe, lo que toda persona busca no es satisfacer su amor sin más, tener éxito sin más, sino agradecer con la misma moneda que ha recibido todo cuanto supone estar vivo. La oportunidad no viene dada por la genética, la historia del hombre así lo pone de manifiesto. Por encima de todo, sin comparación, está presente Dios de forma amorosa con cada uno. El resto de cosas quedan como “cosas”, en un segundo grado.

Por la fe, no sin ella, no sin aceptar el salto que supone, el enorme reto que esconde, llegamos a una definición curiosa de esta búsqueda total del hombre. Su vocación, servir a Dios, amar al prójimo. Y todo pasa por lo anterior. El éxito inmensamente humano, el verdadero disfrute, el mayor de los placeres, dar la cara frente a las limitaciones del mundo, aprender de una libertad que sabe limitarse a sí misma, mostrar inquietudes más que personales y egoístas.

Recalculando

Tengo que hacer un viaje. Introduzco la dirección a la que quiero llegar. Sé dónde tengo que ir. El GPS me ayudarará, será soporte y compañía. Me pide alguna información sobre cómo deseo hacer el viaje. Si autopista, o carretera convencional. Decido mi trayecto. Y también qué vehículo utilizo. Y todo se pone en marcha. Como es normal, también cometo errores. Poseo de todo, tengo las mejores herramientas a mi disposición. La conducción es sencilla. Y aun así me equivoco. Lo que escucho del GPS no es un castigo por mi actitud, ni una condena, ni un insulto. Una voz afirma: “Recalculando.” Con total normalidad, como si no pasase nada. Y en menos de un minuto, ya tengo alternativas.

Una vez más, es significativo, muy significativo, saber dónde vas en la vida. O dónde quieres ir, al menos. Toda persona está llamada a algo, y alcanzarlo está dentro de sus posibilidades. Lo contrario sería una terrible injusticia. Tener esto claro es fundamental. Como también lo es, ante los fallos y debilidades, no perder la calma, no exacerbarse ni cabrearse hasta el punto de sentirnos derrotados. Escuchar cómo recibimos esa sencilla voz que, con contundencia, nos recuerda que no está todo perdido, que podemos volver a tomar la ruta conveniente aunque hayamos perdido algo de tiempo y nos hayamos fatigado. “Recalculando.” Porque la llamada no desaparece. Porque el punto de llegada sigue ahí, como si estuviera esperando.

Buscar y vivir “mejor modo de servir” (parte 1)

He encontrado mejor modo de servir a Dios,

y no lo dejaré por nada de este mundo.

Nuestra tradición escolapia recoge esta frase como punto de inflexión en la vida de José de Calasanz, cuando estando en Roma detrás de una canonjía que asegurara una buena vida en la España de inicios del siglo XVII, con la mejor intención del mundo dada su trayectoria. Presentada la oportunidad de alcanzar sus sueños, que con constancia había perseguido, decidió responder a la llamada que Dios le hacía para encargarse de dar educación a los niños más pobres de Roma. Todo un giro, de vital importancia. Si leemos la frase con detenimiento fácilmente encontraremos resonancias en ella de otras grandes palabras, cultivadas con ahínco por la humanidad, veladas en la experiencia más intensa del Dios que se hace hombre, ansiadas por tantas personas en su camino vocacional. Calasanz encuentra, porque busca.

A LA LUZ DE LA PALABRA

Tres verbos sitúan este camino vocacional, como tantas veces se nos recuerda. Preguntar(se), responder(se), vivir(se). En Jn 1,45 descubrimos que los primenos discípulos del Maestro, enviados por Juan Bautista al ver “a Jesús pasar”, se ponen en camino tras sus huellas. Se preguntan: ¿Dónde vive? Y se lo preguntan directamente, sin perder mucho tiempo. La respuesta que encuentran no cierra ámbitos, y abre una invitación: “Ven y verás”. El discernimiento último se ejerce, por otro lado, no en las preguntas y en las respuestas, no en la teoría y el planteamiento racional o personal, sino en la vida compartida. “Fueron, vieron y se quedaron.” O lo que es lo mismo, ejercieron, en el sentido más estricto de la palabra, de discípulos para poder reconocer así al Maestro, que será luego llamado Cristo.

Quizá la clave más importante del relato sea la que viene dada por la experiencia final, la del trato directo. ¡Ése es el verdadero discernimiento! Requieren, para llegar a ella, la libertad, la confianza y la fe necesaria para no disimular sus pasos, comprometerse, y decidir. Lo contemplativo da paso a la acción, no descarnada ni angustiada, sino la acción que se dirige a la fuente.

BÚSQUEDAS DEL MUNDO DE HOY

Ponernos en el lugar de los demás, de un cristiano medio y de un no cristiano  medio, para “tomar contacto con la realidad”, y no separarnos en exceso del mundo “real” cayendo en disertaciones vanas y vagas, ayuda siempre. Por eso sería bueno cuestionarnos sobre las búsquedas de nuestro mundo, y qué lectura podemos hacer de todas ellas. En no pocos textos, de todo tipo, se eleva la categoría de búsqueda a algo más de lo que se expresa, se sospecha de lo que se dice y de lo que se hace dando crédito a “las mentiras” que todos parecen profesar. Y ese juicio, duro y radical, tapa más de una pregunta que probablemente todos debamos afrontar en uno u otro momento de nuestra vida.

Dejamos que hablen los jóvenes, que nos cuenten de qué hablan por el camino y detrás de qué “pasos previos” se aventuran. Un breve listado (no completo, ni con pretensión de agotarlo todo) nos pone frente a las siguientes búsquedas y deseos actuales:

  1. Diversión. Pasarlo bien, disfrutar al máximo y a lo grande. Conectando con la parte extraordinaria de estar vivo, aunque sea de las maneras y modos diversos. La fiesta, la alegría, el encuentro forman parte esencial de la vida humana. Y como tales son deseadas y buscadas. Supone una ruptura con una forma de vivir anodina, se aprovecha para celebrar.
  2. No estar solo. Como búsqueda personal, y comunitaria. Partimos de la base de que somos sujetos libres e independientes, personas en el sentido pleno de la palabra. Y eso nos lleva a plantearnos que somos también seres necesitados y dependientes del trato con los demás. Se abren entonces decididamente ámbitos en los que reconozcamos al otro, en la misma categoría que yo me descubro a mí mismo, y donde ser reconocidos. La cuestión abierta es qué tipo de relaciones se entablan para “no sentirse solo”, porque es cierto que la mera compañía, la masificación, la falta de identidad dentro del grupo, dejan al descubierto la consecución de esta búsqueda.
  3. No aburrirme. Algo tedioso, ciertamente, y una constante vital en las sociedades modernas. El aburrimiento se asejema a una falta de sentido que aprisiona, y sitúa a la persona ante un abismo en el que no encuentra su sitio. Siendo cierto que no podemos estar todo el día “haciendo y haciendo”, también es verdad que el descanso equiparable con la falta de sentido, con “la nada”, abre las puertas a considerar que quizá lo falso sea esforzarse en creer que tengo un lugar en el mundo que me corresponde de forma directa. Dicho de otro modo, escapar del aburrimiento es escapar del sinsentido de la vida. Y a nadie se le ocurrirá decir que esto no es humano al cien por cien.
  4. Libertad. Algo le dice al hombre que, por mucho que se afirme que todo hombre nace libre e igual al resto, tanto la libertad como la igualdad se demuestran en el ejercicio de las mismas. Por lo tanto, la búsqueda de libertad, contraria a la esclavitud y a la sutil dominación y dependencia, está presente en nuestra sociedad legitimada y amparada por el hecho de ser personas, y tener que vivir como tales en la toma de decisiones, en la orientación de la propia vida. A eso le sumamos que, por mucho que digamos y escribamos, siguen existiendo campos, ámbitos y esferas de la vida, circunstancias o historia personal, que interrogan sobre la capacidad humana para ser libre. Por lo tanto, siempre se está en búsqueda del paraíso perdido donde la libertad sea un hecho, no excesivamente cuestionado, donde no se sufra ese “determinismo o condicionamiento continuo” respecto de esto o esto otro. Libertad, más que liberación ciertamente, pero con un pie puesta en ella.
  5. Satisfacer(se). Este verbo no tiene excesiva buena prensa en determinados círculos, y no termino de comprender algunas veces el motivo. Cuando hablamos de satisfacción personal (mucho menos atendiendo a su significado etimológico) nos referimos tanto a cubrir necesidades básicas de la persona, como a hacerlo de una manera agradable y digna, o lo que es lo mismo, de forma humana, a diferencia de los animales. Tampoco creo que (salvo las sombras y los errores, que cualquiera puede tener y cometer) hay que mantener un interrogante continuo respecto a la búsqueda de satisfacción personal. Es evidente, y natural, que las relaciones sean satisfactorias, que el trabajo deba de serlo, que la vida con uno mismo también.
  6. Éxito. Ligado a lo anterior, aunque planteado en futuro, la relación entre el éxito y lo humano es indispensable. ¿Cómo no vas a querer que las cosas salgan bien? ¿De qué manera prescindir del éxito cuando comienzas un proyecto, planteas una posibilidad, afrontas un problema? Entiendo además que no se trata de éxito sólo en los grandes acontecimientos o planes, sino llegando a cualquier cosa, de la más pequeña y de las más insignificantes. Nadie entra en la ducha, por poner un ejemplo cotidiano, sin la certeza de que saldrá limpio (al menos, más limpio) de como entró. En caso contrario, si creyese que recibirá una ducha de barro o que se quedará a medio camino sin agua, creo que se plantearía otras formas de resolver la cuestión que le acecha. Prescindir del éxito es humanamente absurdo.
  7. Vida. Saberse vivo. Tanto en el paso de los años, ganando experiencias, como en el día a día. Saber que la vida transcurre aportándole algo, y enganchando en lo profundo con ese misterio. Es indudable que todos, por caminos distintos, se cuestionan sobre esta realidad. Nadie está vitalmente tan tetrapléjico como para limitarse radicalmente al tiempo, sin más. Vida son retos, caminos, encuentros. La búsqueda de esta “vitalidad” referida a sí mismo, es absolutamente legítima. ¿Cómo es posible que alguien que está vivo quiera sentirse vivo y necesite recordárselo? Intuyo que toda persona aprende sobre la muerte desde muy joven, y reconoce que hay formas de muerte que comienzan a vivirse antes de tiempo. Jóvenes que envejecen a un ritmo impropio, horarios que machacan literalmente la existencia somentiéndola al trabajo. Cada hora del día, y cada día, tiene sus referencias fundamentales, de modo que no siempre se vivirá por vivir, por el hecho simple y sencillo de estar vivo, sino que en más de una ocasión (quizá para muchos la mayoría) la vida pase ocupado y preocupado en tantas cosas que no se den cuenta en el momento de cuanto está sucediendo.
  8. Intensidad. Si me diesen a elegir entre dos platos, uno con sabor y otro insípido lo tendría claro. Quizá pueda ser el mismo plato en todos los aspectos, sólo cambiaría la experiencia recibida. La intensidad ayuda, como búsqueda, al resto de elementos de esta sencilla lista y se involucra con todos.
  9. Seguridad. Elementos que permitan movimiento y confianza, que den facilidad para la toma de decisiones sin la duda razonable de que todo se vendrá abajo por un falso movimiento. De las seguridades también puede prescindirse en determinadas circunstancias, sin embargo, para los elementos más importantes de la vida, se intenta atrapar. Seguridad laboral, seguridad económica, seguridad familiar, seguridad de diversa índole relacionada con las relaciones que entabla a lo largo de la vida. Seguridad que lleva a la confianza y vincula de manera real con un modo de ver la vida, el mundo y a sí mismo.
  10. Cariño. He preferido referirme a la búsqueda de ser amado con la palabra cariño para incidir de manera real en la ternura, en la parte sensible del sujeto. El cariño como aquel amor que se recibía de niño, porque de algún modo intuyo que no hemos dejado de ser niños total y radicalmente, y compartimos con los pequeños características que nos hacen inmensamente felices.
  11. Comodidad. Por muy criticada que sea, por mucha mala prensa que se vierta sobre ella, en todos los sentidos, la comodidad posee cualidades claramente humanas y su búsqueda es racional y legítima. ¿Por qué hacer las cosas de forma difícil y costosa cuando puedo abordarlas con facilidad y sin pagar grandes precios? ¿Elegir caminos retorcidos, hacer viajes eternos pudiendo elegir líneas rectas? Otra cuestión es cómo se comprenda la comodidad, y a qué lleve. Comodidad y parálisis no es lo mismo, comodidad y pereza tampoco. Entiendo sus peligros, no que se condene al ostracismo. Al igual que pasaba con la seguridad, la comodidad
  12. Placeres. Mantengo un aprecio inmenso por el planteamiento de Epicuro de Samos sobre el asunto. Convido a todos a leer la carta a Meneceo, donde se habla de este asunto, con una distancia milenaria. El placer, y la búsqueda de placer, se presenta como algo natural a lo humano. No siempre prioritario, pero sí con una inquinación a él que no debe asustar a nadie. Una cosa es inclinarse, otra dejarse siempre llevar. Entiendo que se pueden considerar placenteras muchas realidades de nuestro mundo, unas de un perfil, otras de otro. Es más, pensado friamente, comprendería que se tratase como algo patológico la huida del placer por la huida del placer. Porque si el placer se pospone, se aparta o se rechaza, debería entrar en diálogo algo más importante que su misma consecución y disfrute.

Dicho lo cual, para el discernimiento, a elección de “el mejor modo”, lo que se pone de manifiesto es que todo depende de una jerarquía de valores y criterios personales en función de los cuales se rige la vida del sujeto. No hace falta incluir más variables para darse cuenta de que pueden surgir, de antemano, conflictos serios  que exijan tomar decisiones arriesgadas entre los doce puntos anteriormente propuestos. Por ejemplo, entre el éxito y el placer, que no siempre van de la mano; o entre satisfacer(se) y el ejercicio de la propia libertad.

Todo lo anterior, y quisiera insistir en ello, es bueno, y excelente. Pero no es una realidad aislada en ningún caso, esto es, entra en diálogo permanente con la humanidad, con el presente, con la historia del sujeto y su futuro y sentido para la vida. La cuestión religiosa ilumina estos aspectos tremedamente humanos dándoles legitimidad, apostado denodadamente por ellos. Sólo hace falta leer un par de líneas del Evangelio para comprobar que es así. Dios Padre no es indiferente a estas búsquedas humanas. Lo que difiere, y donde se pone el acento, señala que el hombre por sí mismo no puede alcanzar la plenitud de vida (algo que se esconde detrás de cada uno de los apartados anteriores, a poco que sepamos mirar) por sí mismo, porque está herido en su interior. Es decir, que olvidándose del resto de cuestiones, centrándose sólo en alcanzar estos maravillosos objetivos, no alcanzará la plenitud que realmente está deseando y en la que quiere vivir apasaionadamente. Dicho de otro modo, son búsquedas tendentes hacia el egoísmo de tal manera que el sujeto que pretendan alcanzaras a toda costa por sí mismo, acabará destruyéndose a sí mismo, rompiendo con los demás, usándoles y manipulándoles, y se servirá del mundo como un objeto de consumo que lejos de satisfacerle le dejará insatisfecho. Para que el hombre pueda alcanzar esta vida en plenitud necesita reconocerse necesitado (en una dimensión claramente diferente a la de las cosas materiales).

Todo lo anterior no legitima, por otro lado, tener presente la religión al estilo de un objeto de consumo al modo capitalista, como en una especie de mercado en el que opto y elijo dependiendo de intereses personales, de gustos, de otros criterios. Al menos el cristianismo no se entiende a sí mismo desde esta perspectiva, no es comprendido al modo como se habla de “religiones” en el mundo moderno. Lo central no deja de ser el anuncio de la Buena Noticia de Jesucristo, y por lo tanto, más que filosofía o teosofía o teoría o teodicea (siendo interesantes todas ellas), nace en el acontecimiento de Jesucristo y es el núcleo de su predicación. Cuando se habla de la historicidad de Jesús, se razona en torno a los pasajes evangélicos, nos situamos a las puertas del núcleo, en los previos tan previos, que falta la llamada y el reclamo del paso de la fe para situarse delante de una persona, más que de un código ético, de un estilo de vida, de una doctrina. Jesucristo como persona constituye el núcleo. Y en este sentido, como nueva humanidad, como salvación ofrecida al hombre, como plenitud encarnada, abre el diálogo sobre la comprensión de lo humano desde la relación con el Padre y desde el servicio al hermano (esto segundo, siempre derivado de lo anterior). Se transforma por lo tanto toda búsqueda, incluso las más nobles, como puedan ser las primeras, en aspectos que siendo humanos están llamados a ser superados, con holgura y calidad, y dar un salto cualitativo.

De lo anterior inferimos que, las búsquedas humanas no se pueden establecer como principios exclusivos, criterios únicos de verficación, para los hombres y mujeres que se adentran en el seguimiento de Jesucristo como discípulos, como hijos amados, como

Retomar el ritmo diario

Percibo que hay una dificultad grande, no pequeña, en la vuelta al ritmo diario. Hemos pasado unos días liberados de los horarios matuninos, verpertinos y nocturnos tan sólidos como los de la vida corriente, y retomarlos (con la sensación de encasillarse) es tarea ardua y costosa. Y no conoce edades. Es un hecho universal, o al menos muy extendido. Entiendo, de todos modos, la postura de quienes disfrutan tanto su vida que no sienten estos cortes como algo trágico, sino como oportunidades. ¡Esta gente debería ser noticia! ¡Como lo son los pequeños que quieren volver al colegio! A ellos también les cuesta, pero disponen de motivaciones añadidas que hacen del retorno algo sencillo a modo de puro trámite. (Dicho lo cual, siento mucho la situación de aquellos padres que transmiten, de palabra o actitudinalmente a sus hijos, desde pequeños, este injusto juicio sobre la condena de la vida diaria.)

Sin embargo, reconociendo el esfuerzo que hay que hacer para reengancharse a la vida real, también detecto que hay elementos que lo facilitan más que otros, y que pueden servirnos de discernimiento sobre nuestro caminar diario:

  1. Saber adelantar el final del descanso. Algunos pensarán que esto es perder tiempo de disfrute, que la vida hay que exprimirla al máximo. Sin embargo, se pueden hacer “pequeñas cosas” que serán significativas, para que la transción sea menos impactante. Igual que a los niños se les recuerda que “en breve” tendrán de nuevo que volver al colegio, a los mayores -que somos muchas veces como ellos, y respondemos a dinámicas parecidas- nos vendría bien algún que otro signo que nos recuerde que todo tiene un final. Sin ser un aguafiestas.
  2. A mayor grado de satisfacción, menos esfuerzo se necesita. Alguno pensará que es evidente, pero quizá es tiempo para plantearse, a la luz de los hechos que se revelan estos días, ¿qué es lo que estamos haciendo con nuestra vida? No todo se puede cambiar, ciertamente. Tampoco hay que llevarse a engaños. Sin embargo, cuando las circunstancias no se pueden transformar, a lo mejor está algo en nuestra mano para vivirlo de diferente modo. Dicho de otra manera: tenemos la oportunidad de alumbrar estos días las dimensiones de nuestra vida en la que encontramos plenitud y realización, frente aquellas en las que no encontramos ningún sentido, y que por lo tanto nos machacan y abruman; y por otro lado, podemos renovar de este modo nuestro compromiso y necesidad de “lo más grande”, de “lo mejor”, de “lo vocacional”.
  3. El ejercicio de la paciencia. Los primeros días son muy engañosos. Si dejamos que las percepciones de estos días dominen toda la vida y todo cuanto pasará después, caeremos en una espiral de sin sentido y agotamiento que empieza justo cuando más descansados y tranquilos podemos estar. Esta paciencia, que sabe esperar y aguarda, dejando que pase el tiempo sin intentar que todo vuelva a la normalidad “ya y ahora”, pospone sabiamente la angustia y la decepción. Aquello que más cuesta, aquello más grande, aquello mejor no se alcanza ni cómodamente, ni sin sacrificio, ni sin esfuerzo. Por lo que la capacidad de mantener una tensión y tomar opciones a medio y largo plazo conscientemente también ayudará.
  4. El periodo vacacional, el tiempo gratuito y de descanso, el tiempo de recuperar relaciones con freno y una cierta tranquilidad, nos revela que son algo fundamental en la persona. Por lo tanto, no hay que perderlo. Volver a la rutina no es aparcar nada de lo anterior. Quizá necesitamos hacer reajustes, disponer de más criterio para ordenar las cosas. Y sobre todo, no dejar ni permitir que se agoten todas las fuerzas, todos los entusiasmos, todas las esperanzas para pedir un respito, un tiempo libre, un encuentro apacible con alguien. Ser un buen estratega, dicho sea de paso, para colocar nuestras fuerzas en donde realmente conviene, y saber que disponemos al mismo tiempo de una retaguardia sosegada, un buen refugio donde sanar y reponerse.
  5. Disponer del orden necesario en el propio espacio doméstico y personal. Es decir, no regresar al lugar de descanso, después de las primeras jornadas, para encontrar todo “patas arriba” y “sin hacer”. Porque si esto ocurriera, la tarea se multiplicará -al menos- por dos o tres. Estos espacios deberían estar siempre a disposición de “nosotros” y no al revés. Se deben a nuestra vida, y están para sostenerlos. Hay momentos en los que su presencia alentadora parece pedirse con especial ahínco. Y la vuelta al trabajo, al cole, a las tareas es una de ellas.
  6. Afrontar el reto con positividad. Hemos pasado por ese trance unas cuantas veces, y la mayor parte de forma muy positiva. Quizá ni las recordemos. Por lo cual, no hay que venirse abajo, ni escuchar demasiado a quienes se quejan y lamentan continuamente. Realmente, a esos, no deberíamos escucharlos casi nunca. Afrontar el reto de forma positiva es confiar en las habilidades que hemos adquirido con el paso del tiempo, y también abrir nuevas formas que nos puedan servir y ayudar. Ser creativos en este tema, tan personal y vital, supone una herramienta bastante auxiliadora. Por ejemplo, montarse un “calendario personal positivo” para las dos primeras semanas. Si engancha, se puede continuar con él.

Mucho ánimo. Estamos todos en lo mismo. Al menos los del Norte.

A quién anuncio

Una de las mayores pobrezas que conozco es la de quien sólo se tiene a sí mismo, y la de quien sólo se anuncia a sí mismo. Más allá de si lo llamamos egoísmo, egolatría, narcisismo, o sus contrarios, me parece preocupante la voz de quienes sólo hablan desde su experiencia. Eso no significa, dicho sea de paso, que la voz de la experiencia no aporte un grado, y que haya que escuchar con atención a aquellos que hayan vivido más (y mejor). Sin embargo, cuestiono ampliamente la voz de quienes sólo hablan de lo suyo, de lo que han vivido o dejan de vivir, de sus criterios y de sus opciones de vida.

Centrarse exclusivamente en esta forma de anunciar y de vivir limitaría, por ejemplo, la gratuidad de quienes abandonan su casa para compartir tarea y preocupaciones con los hermanos del Sur, o la labor de quienes rodean y acompañan a personas maltratadas sin haber sido antes agredidas ellas mismas, o la terrible mediocridad de quien se calla ante algo que está mal porque también él está “presa”, de modo que nadie dejaría de criticar abiertamente el consumismo en el Norte, ni la pereza de la juventud, ni los caprichos de los niños. Para muchos, bajo la lógica del “anuncio y propongo lo que vivo” les da vergüenza hablar de algo grande porque se saben débiles, conocen sus fracasos y se dan cuenta de que pueden también caer. Lo cual me parece que, siendo comprensible, nos priva de un impulso social necesario, imprescindible y deseable. Hace falta valentía.

Saber anunciar es reconocer algo más grande que nosotros mismos, incluso aquello que no es del todo comprensible ni justificable. En el fondo, quien anuncia está siendo receptor también de sus propias palabras y propuestas, de modo que también en él impactan y le comprometen. Y lo hacen en primera persona, como una especie de abanderado. Ése algo más grande sigue siendo necesario que se escuche por las calles, que reclame una humanidad renovada entre nosotros, que conecte personas de forma real y directa, que nos haga sentir posibilidades y abra caminos.

Dicho lo cual, está claro que aquel que anuncia sin poner empeño, lo que demuestra no es que no sea verdad lo que dice, sino que no confía lo suficiente, que no cree en sus propias palabras, o que tiene un gran debilidad que deberíamos aprender igualmente a acoger, impulsar y querer.

Convivencia y disciplina en el colegio

La convivencia y la disciplina están vinculadas y unidas, sin embargo no se refieren a lo mismo. La primera tiene un carácter más amplio, significado en la relación entre personas independientemente del rol que ejerzan, en la vida desarrollada dentro del centro, en todo lo que sucede y favorece integralmente el crecimiento de los alumnos y de los profesores. Es evidente que donde existen personas, hay mucho más que funciones que se cumplen, tareas, y trabajo. Por el hecho de estar en el colegio, que es una misión para los profesores y una oportunidad enorme para los alumnos, no se deja de vivir y ser persona. Ponerse la bata, coger la tiza, teclear la clave en el ordenador, hacer un repaso de las tareas, revisar la agenda… todas esas tareas demandan la existencia de personas que no dejen de ser personas. Entonces se produce la convivencia. La disciplina es una dimensión de la anterior centrada especialmente en las normas que deben cumplirse y que rigen y clarifican la función que cada uno mantiene dentro del conjunto. Sea la de alumno, sea la de profesor. Unos y otros están relacionados a la disciplina, con el siguiente matiz: los responsables de que las normas se cumplan son los adultos, es decir, los maestros; que por otro lado tienen el encargo por parte de la sociedad y de sus familias, también de la iglesia, de introducir y enseñar a los alumnos el cumplimiento de las mismas, el sentido crítico respecto de las mismas, la mejora de la sociedad descubriendo el valor de cada uno de ellos. Por otro lado, también es verdad que reducir la disciplina a “solucionar problemas” es terriblemente contrario al espíritu de la misma. La disciplina es un marco, tan limitante como posibilitador. De hecho, son precisamente estos límites los que permiten que el resto de elementos pueda encajar en su lugar correspondiente. Corresponden así a la disciplina aspectos esenciales a la vida del centro, en los cuales pocas veces reparamos y sobre los que no nos hacemos demasiadas preguntas habitualmente, como puedan ser el horario, el lugar que ocupa cada uno dentro de la clase, el respecto a los bienes comunes y el recto uso de los propios, la forma de hablar y expresarse, así como de acoger lo que otros tengan que decir con atención, los desplazamientos…

  1. El maestro siempre va delante. Es ingenuo pensar que en un colegio pasarán muchas cosas, las necesarias e importantes, sin el concurso y la participación del maestro. De hecho, el maestro siempre va primero. También los maestros tienen que aprender a realizar su labor, porque no nacieron sabiendo. Y si los alumnos están “obligados” a aprender a aprender, los maestros se supone que son aquellos que han elegido, libre, voluntaria y entusiasmadamente a aprender a enseñar. Una tarea que exige que sean ellos los primeros, los que vayan delante en el camino. En relación a la convivencia y disciplina es evidente. Tanto en la forma de tratar como en la manera de responder, de escuchar, de acoger. Ser maestro requiere esfuerzo. Dejarse enseñar, estar dispuesto a aprender mucho. Quizá una de las grandes “rémoras” y dificultades de los maestros actuales sea que “dejan de leer y aprender”, a diferencia de aquellos maestros, ya viejos y de pueblo, que siempre estuvieron conectados y vinculados a la cultura. Un título no garantiza, hoy por hoy, casi nada en relación a la educación escolapiamente entendida.
  2. Unidad y diálogo en el claustro. Calasanz señala repetidas veces en sus cartas, la inmensa mayoría dedicadas a cuestiones escolares de primer orden por tratarse de las primeras escuelas populares y gratuitas, que los profesores (por entonces religiosos en su mayoría) debían reunirse con frecuencia para tratar de casos concretos relacionados con los alumnos. Uno expone la situación y cómo ha respondido, y el resto comenta para llegar a acuerdos conjuntos, que luego se aplicarán. La pedagogía moderna subraya que la unidad dentro del claustro, que conforma el estilo de la escuela, superando la acción de un profesor concreto, es una clave esencial para el desarrollo del alumno. Aporta seguridad, claridad, concisión, que redunda tanto en confianza por parte del alumno como en el buen desarrollo de las clases. Las acciones aisladas de los profesores, sin estar coordinadas, muchas veces ayudan más bien poco al conjunto.
  3. Orienta, guía y forma. Todos los aspectos relacionados con la convivencia, que a un adulto le pueden parecer incluso obvios, no lo son para un niño. Hay que enseñarle, y él debe aprender a desarrollarse en relación con otros, a adquirir competencias sociales. Incluso las más básicas. No se aprenden, además, a través del papel sino en el ejercicio de las mismas. Por lo tanto, saludar adecuadamente, agradecer lo recibido, pedir con respecto aquello que sabe que puede hacer, compartir con los demás, jugar y respectar las normas. La disciplina tiene un carácter invisible en el mejor de los casos. Lo excelente sería no hablar de ella, no repetir las cosas infinitas veces, sino que conforme el ambiente y estilo en el que los alumnos son imbuidos desde sus primeros años. Por lo tanto, se hace rutinaria. Amablemente rutinaria. Y gracias a ella se forma al alumno en un mundo concreto, en una forma de relación determinada, donde todas las personas merecen respeto, son sujetos de derechos y obligaciones. Este aspecto orientador de la convivencia es demasiado invisible algunas veces para quienes “viven insertos en él”, y carecen de objetividad. No lo es, sin embargo, para quienes vienen de fuera, que se quedan sorprendidos de la buena marcha de las actividades y del sentido con el que se desarrollan. Es visible, por así decir, pero no suficientemente consciente para quienes están implicados en él.
  4. Orden personal y comunitario. Orden aplicado a todo, sin exceso. En la mesa del profesor, en la colocación de la clase, en el cuaderno, en las notas, en la pizarra. El orden es un elemento facilitador que impulsa la claridad y centra en lo más importante. Calasanz insistía mucho en el aspecto de preparación (con orden y con conocimiento) de las clases. No cualquier preparación, sino una buena y abierta a mejorarse, es decir, que fuera evaluada con posterioridad. Hoy lo recogemos de otro modo. El orden también interviene en la distribución de los alumnos, en los aspectos más rutinarios de la jornada, en la claridad sobre las funciones de cada uno dentro del conjunto. Orden en la mesa del alumno, y del profesor, de la sala. Orden a la hora de hablar, orden en las tareas, en los cuadernos, en las agendas. Orden en la decoración, orden en el entorno de las actividades. Lo contrario al orden es desconcierto, desorientación, dudas, temores. Y todos ellos son riesgos para la convivencia. ¿Esto supone que es necesario tener todo controlado? No todo, absolutamente todo. Es diferente el orden al control.
  5. Participación de los alumnos. La escuela escolapia ha potenciado siempre su actividad y corresponsabilidad. Que ayuda sin duda a sentirse parte de algo, a quererlo y a cuidarlo. Y la escuela es algo “de alumnos”, no sólo “para los alumnos”. Implicación en las tareas sabiendo quién es responsable de cada elemento. En relación a la convivencia es esencial educar en esta dimensión, sin caer en democracias mal entendidas. De esta manera comprendemos que la participación de los alumnos es su modo de estar en clase, de atender, de preguntar lo que no saben, de explicar a otros compañeros y ayudarlos, de compartir, de ser sensibles a los otros, de cuidar el ambiente de la clase. La mayor parte de las acciones positivas de los alumnos caen en el olvido. No se han saltado normas, y no reciben las respuestas necesarias y positivas. Crecer en esta conciencia de pro-actividad sería muy interesante para los tiempos que corren.
  6. Carácter preventivo de la convivencia. La disciplina tampoco se reduce a su aspecto punitivo, castigando los errores o faltas. Cuando se incide, de hecho, demasiado en este aspecto, lo único que se consigue habitualmente es el deterioro de las relaciones. Lo escolapio es adelantarse, prevenir más que curar, preparar para el futuro, estar atento a posibles riesgos y detectarlos para corregirlos a tiempo. Lo cual exige al principio, sobre todo al inicio, mucho trabajo y esfuerzo por parte del profesor, que es el que es más consciente de hacia dónde va el camino.

Rastro de Dios, de Montserrat del Amo

Hace un tiempo -no mucho, pero pasan los años- me regalaron por Navidad este precioso cuento en un libro azul que todavía conservo. Desde entonces, cada diciembre-enero lo repaso con entusiasmo, comprobando que el tiempo no borra aquello que fue puesto a buen recaudo en la infancia. Os invito a compartir mi entusiasmo con su lectura, nada aparatosa. Detrás de su lenguaje sencillo e infantil se conecta con el niño que llevamos dentro, que todavía somos.

Se llamaba «Rastro de Dios». Así lo había anotado san Miguel, capitán de todos los ángeles, al final de su lista. Porque san Miguel tuvo que hacer una lista con los ángeles fieles y ajustar las filas de su ejército para que no se notara el hueco que habían dejado los ángeles malos.

A cada uno le había dado su nombre, comenzando por Gabriel, el ángel que Dios había creado para anunciar al mundo la noticia más importante; luego señaló a Rafael, que debía acompañar a Tobías en aquel viaje, y que desde entonces se sabe que es el encargado de conducir sano y salvo a todo viajero.

Y así fue poniendo a cada uno un nombre propio hasta que no quedó sino uno, un ángel pequeño que casi no sabía volar.

San Miguel había encargado a un ángel grande y fuerte que se llamaba «Fortaleza de Dios», que le enseñara, pero todo fue inútil. Él sabía volar sólo en la estela luminosa que dejaba Dios al pasar, ¡un caminito de Dios! Sí, así el ángel pequeño desplegaba sus alas y volaba sonriendo feliz. Pero apenas se distraía un poco y salía del rastro de Dios, o bien cuando se retrasaba demasiado y perdía la luz, sentía un peso de plomo sobre las alas y comenzaba a caer y caer hasta que algún ángel lo recogía y lo regresaba a su sendero, donde el pequeño volaba feliz, sintiéndose seguro como un niño en su cuna.

Por eso, cuando el capitán san Miguel terminó su larga lista de los nombres de todos los ángeles, escribió al último: «Rastro de Dios», para que así se llamara de ahora en adelante el angelito.

Y dijo san Miguel: «Pon atención, ‘Rastro de Dios’, no te alejes de su rastro porque Dios está por crear el mundo, y los hombres le darán mucho trabajo, y si tú caes quizá no podrá mandar un ángel a recogerte».

Y san Miguel cuidaba con compasión a «Rastro de Dios», pensando que no sabría estar el angelito solo, perdido en el espacio. Un ángel pequeño que no sabía ni siquiera volar.

«Rastro de Dios» respondió que sí, que sabría estar atento, y desde entonces siguió a Dios a todas partes muy de cerca, sin distraerse ni siquiera un momento para no perder el sendero de la luz que dejaba a su paso.

Por esto vio muy bien cómo Dios creo el primer día, el cielo y la Tierra, que eran al inicio sólo un montón de fango oscuro; y Dios dijo: «Sea la luz». Y después dividió la luz de la tiniebla y llamó día a la «luz» y «noche» a la tiniebla.

«Rastro de Dios» miraba todo, muy asombradito, y repetía en baja voz la nueva palabra que Dios pronunciaba, y decía en voz baja: «Día, día, día, día» y después «noche, noche, noche, noche», para no olvidarlo ya que eran palabras muy bellas.

Estaba tan ocupado en estas cosas que se quedaba un poco retrasado; no lo llevaba del todo la luz de la huella divina y tropezaba por el aire. Si se cayera sería algo terrible, porque todos los ángeles estaban mirando lo creado y ninguno se hubiera preocupado de recogerlo. Hizo un esfuerzo y rápido planeó. Cuando llegó cerca de Dios, comenzó el segundo día. La voz divina decía: «Que se haga el firmamento en medio de las aguas». Al firmamento lo llamó «cielo».

«Rastro de Dios» comenzó a decir: «Cielo, cielo…».

«Sabiduría de Dios», un ángel muy delgado que le estaba viendo, le dijo muy enfadado que se estuviera callado porque molestaba a todos, y que no era necesario repetir tantas veces la palabra cielo porque era muy fácil de aprender.

San Miguel preguntó qué cosa estaba sucediendo, y aunque hizo callar a «Rastro de Dios» no lo regañó porque, a fin de cuentas, era el más pequeño de todos los ángeles y se necesitaba tener paciencia con él. Se marchó moviendo lentamente las alas y pensando que un angelito así de torpe habría servido de poco.

En tanto, comenzó el tercer día, porque en el Cielo los días pasan veloces como una tarde de vacaciones.

Dios dijo: «Que se unan en un solo punto las aguas que están debajo del cielo y que aparezca lo seco». Llamó a lo seco «tierra» y al agua reunida «mar». Hizo nacer la hierba, las plantas y los árboles.

Dios puso en cada fruto una semilla, para que más tarde se pudiera sembrar; así que, cuando se marchitara aquello que se había creado, renaciera de nuevo. «Rastro de Dios» estaba asombrado y pensaba qué otra cosa podría crear Dios en los días siguientes, pues veía que las cosas hechas ya eran cosas bellas. Y volaba impaciente esperando que comenzase el cuarto día.
Dios dijo: «Que se hagan las estrellas en el firmamento del cielo para distinguir el día de la noche y sirvan como signo al tiempo, los días y los años. Luzcan en el cielo e iluminen la Tierra».

«Rastro de Dios» captaba todo esto muy bien, dado que en el día anterior había aprendido la palabra, por eso sabía qué cosas eran la Tierra, el cielo, el día y la noche. Vio cómo Dios creó el sol, tan grande y luminoso que sólo Dios podía guardarlo sin deslumbrarse y tocarlo sin quemarse.
Cuando creó la luna, muy pequeña, blanca y juguetona como una pelota, le pareció que se divertía en cada vuelta escondiéndose de la noche. Dios hizo también millares de estrellas que lucían bellísimas en su mano plena de luz. Algunas eran blancas, muy blancas y pequeñas. Otras, coloradas.

Todos los ángeles trabajaban colocando las estrellas donde Dios les indicaba. Todos volaban de un punto a otro y, si podían, seguían su vuelo por la misma estela luminosa que dejaban las estrellas de la noche. Las luces llenaban el cielo haciéndolo parecer la Gran Plaza en una noche de fuegos artificiales.

Todos los ángeles volaban colocando las estrellas, menos «Rastro de Dios», porque san Miguel le había dicho que no se moviera, ya que se podía perder entre tanta confusión y sería difícil buscarlo entre tantas cosas que Dios había creado.

En una parte, san Rafael estaba atareado colocando de modo bien visible la Estrella Polar, aquella que indica siempre al norte, para que guiase a los navegantes. En otra parte estaba «Fortaleza de Dios» con una estrella tan grande que ningún otro ángel habría podido mover, mientras él la transportaba sin ningún esfuerzo.

«Sabiduría de Dios», como un guardia en la confusión celestial, dirigía el tráfico de modo tal que ninguno chocase.

Millares de ángeles iban y venían, y cuando veían a «Rastro de Dios» con las alas plegadas sonreían con un poco de compasión, pensando: «No servirá nunca de gran cosa un ángel que no puede volar bien».

«Rastro de Dios» no se rendía con todas esas burlas, porque había sólo tiempo para mirar, con los ojos bien abiertos, esa fantástica fiesta de luces.

En un instante todas las estrellas estuvieron en su lugar. El cielo era de verdad bellísimo. Todos los ángeles se giraron hacia Dios para alabarlo.

Y entonces se dieron cuenta de que no habían acabado todavía: faltaba aún una estrella por colocar. Era una estrella blanca, no muy grande, y Dios la tenía en su mano derecha. Los ángeles empezaron a preguntarse dónde la habría de colocar Dios si el cielo ya se encontraba  lleno de estrellas y estaban tan bien colocadas que parecía imposible cambiarlas de lugar por una más.

Y un ángel dijo: «Aquella estrella sobra, necesitará tirarla». Y otro: «Seguramente no le hará falta una más».

Dios, en silencio, bajó la mano derecha cerca de donde estaba «Rastro de Dios», que lo miraba embobado. Dios se inclinó y le entregó la estrella.

«Rastro de Dios» la cogió con muchísimo cuidado para no dejarla caer. Pensó que debía sostenerla sólo por un momento mientras Dios le decía a un ángel, mucho más despierto, más bello y más fuerte que él, que la colocara; pero Dios no dijo nada, viendo que todo estaba en su lugar, y así llegó el final del cuarto día.

La estrella no era muy grande, pero «Rastro de Dios» era tan pequeño que, así de pie como estaba, casi no la podía sostener. Era necesario sujetarla con mucha seguridad. ¿Qué habría dicho san Miguel si la hubiera dejado caer? Comenzó a doblarse, a doblarse hasta quedarse con los pies extendidos y la estrella sobre las rodillas. ¡Así! ¡Muy bien! Sentía una bella calidez muy agradable y una gran luz. Apenas podía ver cualquier cosa, porque la estrella se lo impedía, pero no le importaba nada porque estaba cumpliendo un encargo de Dios.

El quinto día Dios fue a crear los peces y «Rastro de Dios» no pudo seguirlo porque la estrella pesaba mucho y le fue imposible alzarla. En la noche algunos ángeles vinieron a contarle cómo eran los peces, las aves y, al día siguiente, los animales. Al último le dijeron cómo fue hecho el hombre, a imagen y semejanza de Dios; pero no le daban más explicaciones, y «Rastro de Dios» no podía imaginárselo.

El séptimo día del mundo fue de reposo para todos, y «Rastro de Dios» descansó con la cabeza apoyada en su estrella.

Tenía razón el capitán san Miguel: todos los hombres comenzaron a dar mucho trabajo. Eran rebeldes y desobedecían a Dios; orgullosos, querían igualarlo. Y como esto no era posible, Dios, con mucho pesar, porque se había encariñado, tuvo que castigarlos. Pero pronto les prometió un Salvador que nacería, padecería y moriría por ellos para redimirlos. A fin de que los hombres no olvidaran la promesa, mandó de tanto en tanto a sus ángeles para recordárselo y, en muchas ocasiones, también para ayudarles.

Y le dio a cada hombre un ángel custodio, mensajero entre Dios y el hombre.

San Miguel tomó su lista e hizo una cruz cerca del nombre de cada ángel que era nominado como guardián de cada hombre. Y al lado del nombre escribió el día y la hora en que debía ser mandado a la Tierra. Una copia de esta lista fue dada a un ángel llamado «Providencia de Dios» para que le recordase a cada uno cuándo debía comenzar a volar.

Así comenzó un ir y venir del Cielo a la Tierra y de la Tierra la Cielo; se podía sentir a todas horas el vuelo de los santos ángeles. Todos estaban muy atareados y ninguno se ocupaba de «Rastro de Dios», que estaba ahí, sentado desde el inicio del mundo con su estrella bajo el brazo, firme, firme para no dejarla caer.

«Rastro de Dios» no se desesperaba. Miraba lo que podía por sobre  su estrella y escuchaba las palabras que decían los ángeles cuando pasaban. A fuerza de verlo así ninguno lo llamaba ya «Rastro de Dios» sino «el Sentado», y así olvidaron su verdadero nombre.

Un día un ángel iba, por encargo de Dios, a la Tierra a pintar por primera vez el arco iris. Era un encargo muy importante porque tenía que pintar líneas muy cuidadosamente en medio de la lluvia, atento a que los colores no se mezclaran los unos con los otros y definiéndolos a fin de que casi se tocaran. El resultado fue que, mientras el ángel, que se llamaba «Belleza de Dios», daba los últimos retoques, un pajarito se metió entre sus alas y, porque había que definir el arco iris y ver cómo llegaba, no se ocupó del pajarito, que salió con él, en las alas del ángel, hasta el Cielo.

«Belleza de Dios» pasó junto a «el Sentado», que no había visto jamás un pájaro. El angelito, al verlo, dijo: ‘«Belleza de Dios», qué bella flor has traído de la Tierra’.

«Belleza de Dios» le explicó que no era una flor sino un pájaro, de aquéllos que Dios había creado el quinto día, que podía volar como los ángeles y que sabía también cantar. Desenredó al pajarito de las plumas de sus alas y se lo dio a «el Sentado».

‘Ten’. «El Sentado» quedó estupefacto de cómo volaba tan bien. «Belleza de Dios» le contó entonces sobre muchas cosas que había visto allá en la Tierra y le pintó incluso un pequeño arco iris con los colores que la habían sobrado. «El Sentado» escuchaba con tanta atención que era un placer contarle historias; desde aquel momento todos los ángeles que llegaban de la Tierra adquirieron la costumbre de pararse por un momento junto a él.

Y así supo cómo salió el pueblo de Dios de Egipto, cómo fue conducido por el desierto hasta la Tierra Prometida y cómo sonaba profunda y grave la voz del profeta. «El Sentado» estaba maravillado de la historia de la Tierra y le parecía que los otros ángeles eran muy listos y valientes. Él nunca sería tan fiel para entrar en un horno encendido para refrescar con el viento de sus alas a los tres jóvenes que el rey Nabucodonosor —aquel hombre tan difícil— había hecho arrojar dentro por no haber querido adorar a su ídolo. Y menos aún habría tenido el valor de descender a la fosa de los leones para cerrar con la propia mano sus bocas para que no hicieran ningún mal al profeta Daniel. Era una fortuna que Dios le hubiese dado un encargo tan fácil como aquello de vigilar una estrella, porque así, sentado como estaba, no había peligro de que se cayera y Dios podía venir a recogérsela cuando quisiera.

«El Sentado» estaba contento.

Pasaron así los siglos y llegó el tiempo de la Gran Promesa. Todo estaba bien preparado. El capitán san Miguel había mandado un ángel para que se ocupara del musgo y la paja que debía servir para la cuna del Niño Jesús, de modo que creciese muy fina y dorada, y el musgo muy verde y fresco. Había buscado también un buey y un asno para que con su aliento calentaran el establo; el asno lo escogió gris como la plata, y el buey, marrón como el chocolate.

Los ángeles debían cantar «Gloria a Dios en lo alto de los cielos». Ya ensayaban, y en todos los ángulos del Cielo se podía escuchar una muy bella canción.

Fue así que «el Sentado» vino a saber de aquello que estaba por suceder. Por todo esto, en los últimos tiempos los ángeles estaban tan ocupados que no se detenían a contarle nada, pensando que no podían perder su tiempo con un ángel del cual Dios parecía haberse olvidado.

Llegó, finalmente, el 24 de diciembre y aquello debía ser la primera Navidad del mundo. Una larga fila de ángeles cantantes estaba lista para emprender el vuelo con sus alas plenas de luz y las bocas plenas de alegría que no se podían hacer callar por más tiempo.

Como sucede cuando deberíamos dar una sorpresa a mamá y se debe callar sólo un poco, pero se termina por contarlo porque se escapa, así los ángeles estaban esperando la señal de Dios porque la noticia que llevaban era la mejor de todos los tiempos y su alegría se escapaba de sus canciones.
El capitán san Miguel debía continuamente hacerles callar. Porque todos aquellos ángeles debían anunciar a los pastores que había nacido el Hijo de Dios. Dios dijo que todo aquello andaba muy bien, pero que, sin embargo, faltaba una cosa.

El capitán san Miguel se puso rojo, todos los ángeles lo observaban con reproche. ¿Cómo había podido olvidar algo en una noche así de importante?

Escondiendo la mano contó con los dedos: el pesebre, la paja, el asno y el buey, los ángeles cantores… cuatro cosas, ¿Qué otra cosa podía faltar? ¡Faltaba la estrella! ¡La estrella de los Reyes Magos! ¡Aquella estrella que debía ser mandada muy lejos para que guiase a los Santos Reyes Magos hasta el establo!

El capitán san Miguel organizó todo en un momento: llamó a «Belleza de Dios» para que escogiese la estrella más bella de todas, a «Sabiduría de Dios» para que pensara qué camino seguir para tomarla, y a «Fortaleza de Dios» para que la cargase.

Pero en verdad Dios, ya desde hacía mucho tiempo, había creado una estrella especial para esta acontecimiento. ¿Una estrella sin usar? Sí, aquella sería ¡una estrella totalmente nueva!

San Miguel, guiado por Rafael y seguido por tres ángeles: «Belleza de Dios», «Sabiduría de Dios» y «Fortaleza de Dios», anduvo buscando en el lugar donde se conservaban las cosas nuevas.

Había muchas plantas,  fuego, nubes y luces bellísimas, pero no había ninguna estrella. Regresaron desalentados, con la cabeza, baja, a la presencia de Dios.

Sí, Él había creado una estrella para inaugurarla en aquel momento y se la había dado a un ángel para que la conservara.

«¿A un ángel? ¿A cuál ángel?».

San Miguel la buscó en su lista. La llevaba siempre consigo, guardada entre el cinturón de la armadura y la espada. Se afanaba tanto, pero no la encontró. Siguió buscándola en todos los bolsillos, ¡pero nada!

Había dejado caer su lista en el lugar de las cosas nuevas, mientras alzaba con ayuda de «Fortaleza de Dios» una nube muy grande para ver si debajo había otra estrella. «Orden de Dios», un ángel que era encargado de que todo fuese siempre muy limpio y ordenado, había encontrado la lista y venía volando a dársela a san Miguel.

La lista estaba gastada, vieja, llena de pliegues a fuerza de sacarla, conservarla y guardarla continuamente. ¿Cómo se llamaba el ángel? Dios, que todo lo sabe, dijo: ‘Se llama «Rastro de Dios»’.

San Miguel comenzó a recorrer la lista con el dedo, pero tardó muchísimo en encontrar el nombre porque era el último de todos. Estaba escrito: «Rastro de Dios», pero al lado no había señal alguna; debía tratarse de un ángel que no se presentaba a la revista. Pensó: ‘¿Pero dónde se habrá metido este «Rastro de Dios» que no lo recuerdo siquiera?’.

Estaba así tratando de recordar cuando «Sabiduría de Dios» se acercó a él y le dijo una palabra al oído. A san Miguel se le alegró la cara y respondió. ‘¡Ah, sí, ahora lo recuerdo! ¡Es «el Sentado»!’.
Dios, al oírlo, sonrió. Se dirigieron todos a donde estaba «Rastro de Dios», sentado con su estrella en las rodillas desde el inicio del mundo.

Primero iban los ángeles cantantes, después todos los otros ángeles, luego seguían Miguel, Gabriel y Rafael, que son como los principales de los ángeles. Como era una ocasión solemne, el capitán san Miguel había desenvainado su espada, que brillaba plena de luz. Al último iba Dios.

«El Sentado», mirando por encima de la estrella, los vio venir y pensó que había llegado la Gran Noche; que era una fortuna que pasaran así de cerca de él para poder ver todo sin perder detalle. Aquello que no podía mínimamente imaginar era que Dios y todos los ángeles venían a buscarlo a él.

Pensó que estando sentado les podía estorbar, y trató de moverse. Pero por poco se le cae la estrella, así que se quedó firme y continuó sosteniendo la estrella en sus rodillas.

Llegaron los cantores y todos los ángeles se formaron alrededor. «Rastro de Dios» estaba muy maravillado. Cuando llegó Dios, lo miró y le sonrió, así como en el cuarto día de la creación, cuando le había dado la estrella con su mano derecha.

San Miguel le dijo: ‘Escucha, «Sentado»…’.  Pero se interrumpió inmediatamente, ya que pensó que no era correcto llamarlo con un apodo delante de Dios, y comenzó de nuevo: ‘Escucha, «Rastro de Dios»: aquella estrella que tú custodiaste estaba hecha para anunciar a los Santos Reyes Magos el nacimiento del Niño Jesús, y esta noche debe dirigirlos desde Oriente llevando tú la estrella’.

En aquel momento Rafael lo interrumpió y comenzó a explicarle a «Rastro de Dios», en un gran mapa, hacia dónde debía dirigirse. «Fortaleza de Dios» le dijo cómo debía llevar la estrella, y «Belleza de Dios» le explicó cómo debía sostener la estrella de modo que la estela luminosa fuese lo más bella posible.

«Rastro de Dios·» no captaba nada, no sabía cómo cumplir el encargo y además —recordó san Miguel— había aprendido apenas a volar y había estado sentado tanto tiempo que ahora lo habría hecho peor. Sabía que debían mandar a cualquier otro.

Dios, en tanto, se había acercado al angelito y lo miraba. «Rastro de Dios», a quien la estrella no le pesaba más, se levantó. Dios le hizo una señal con la mano y «Rastro de Dios» vio que un camino de luz se abría al frente de él, en el espacio.

Movió las alas. Primero de modo torpe, después con fuerza… ¡Volaba!

Como se había quedado sentado miles de siglos son moverse, le había caído encima todo el polvo del Cielo, y ahora una polvareda de luz, con el batir de sus alas, era esparcida en la noche, formando una estela luminosa.

Los ángeles estaban maravillados. Y así salió volando, volando a lo largo del camino indicado por Dios. Portaba la estrella en su mano extendida y dejaba al paso una cauda de luz.

Los Santos Reyes, en su palacio, miraban las estrellas, y uno les dijo indicando aquélla que «Rastro de Dios» llevaba en su mano: ‘¡Miren! ¡La señal! ¡Ha nacido el Hijo de Dios!’.

Y «Rastro de Dios», lleno de felicidad, se echó a reír alegremente.