¿Por qué celebrar la Eucaristía los domingos?


Los martes, los miércoles, los jueves también se puede celebrar sin problema. Cada día hay celebraciones en muchos sitios de tu ciudad. De hecho, te invitaría a acercarte por tu propia voluntad, y libremente a ella. Es hermoso sorprender al amigo, ser acogido un día de diario en casa, cuando todo es más sencillo y está menos preparado. Por lo tanto, nada te lo impide. Ahora bien, no será la Eucaristía del domingo.

La celebración dominical tiene de peculiar que une a toda la Iglesia. Allí donde esté, cada cristiano se acerca a orar, a encontrarse con Dios, y aplaudir la Resurrección. Es un vínculo de comunión con todos, de todas las partes del mundo. Y recibimos al Señor en la comunión del pan único y compartido.

  1. El domingo nos vincula a la Resurrección. Es el tercer día del que habla la Escritura, el séptimo día o incluso el octavo, si nos salimos de los cómputos normales.
  2. Ofrece a nuestro descanso del fin de semana el impulso de la plenitud. En el domingo reconciliamos con el Señor todo el esfuerzo acumulado durante la semana pasada, y también ofrecemos humildemente nuestros esfuerzos de la siguiente. A uno y otro lado del domingo, como bisagra, se levanta la vida cotidiana, la misión, la familia, la tarea de amar. El descanso cristiano es para la reconciliación, para la plenitud, para la alegría.
  3. Nos reúne a todos. O debería hacerlo. Nos da una fuerza distinta saber que todos caminamos en la misma dirección, que queremos impulsar la vida, la historia y el amor en un sentido común y queremos trabajar por lo mismo. Es ese “todos” que representa la comunidad cristiana en torno a la Palabra y al Banquete de la Eucaristía.
  4. Rompe lo cotidiano. Y qué pena cuando se va por rutina, porque toca, y bajo el signo del cumplimiento. Que hay veces que es verdad que domina más que la alegría del encuentro, o nos faltan ojos para verlo. En la Eucaristía del domingo no nos “evadimos del mundo”, de hecho tratamos de nuestra vida con especial profundidad. Pero sí que rompemos dinámicas, nos abrimos a otra manera de recibir y de agradecer cuanto tenemos.

¿Ya estamos todos?


Día 2 de febrero de 2008. Nosotros empezamos este camino el 20 de septiembre de 1998. Es decir, casi diez años hace que nos conocemos. Os hablo de mis hermanos escolapios, de unos hermanos con quienes comencé el noviciado el 20 de septiembre. Lo recuerdo perfectamente: recuerdo sus caras y la mía, recuerdo el primer saludo, la primera oración, el primer encuentro en una de las salas en las que comenzábamos a compartir por qué motivo estábamos allí, recuerdo también el primer momento en el que hablábamos de nuestra historia pasada y también recuerdo el balbuceo de nuestros sueños de futuro.

Diez años en los que, salvo uno, cada uno de nosotros ha vivido distintas cosas. Primero el noviciado, después el juniorato con sus estudios, luego las casas y colegios diferentes en los que hemos pasado momentos de todo tipo, y, cómo no, las escuelas, los niños y jóvenes, los profesores y las familias, las responsabilidades…

Ahora llegó el tiempo del ministerio presbiteral. ¡Vamos, qué nos han hecho curas a los tres! El primero al que se le regaló este don fue a mí, después a otros… y ya hemos concluído. Todos y cada uno de los que profesamos al terminar el noviciado, llenos de sueños y de esperanza, con una vida cargada de Dios pero también ingenua, hemos recibido este don.

Ahora… Ahora pensarán muchos que ya hemos terminado, que hemos alcanzado lo que queríamos. Pero se equivocan. Todos estos años han sido de aprendizaje de herramientas y de una vida que ahora tenemos que ejercitar. Es como si hubiéramos pasado diez años leyendo lo que ahora tenemos que vivir, más o menos; y digo más o menos porque siempre vendrán sorpresas, que de alguna manera conocemos y para las que estamos o deberíamos estar preparados.

Y así sucesivamente, con cada curso que empieza a caminar. Comenzamos a andar en la vida sin saber cuándo nos tocará pero deseando que llegue. Y ya llegó.

Con el último de nosotros se cierra el tiempo de la promesa y nos toca vivir del don recibido. Fue promesa para nosotros, hace diez años, que un día concreto seríamos ordenados presbíteros -curas- y ahora es realidad. ¿Nos podemos conformar con esto? Evidentemente, no. Ahora toca no vivir de sueños, sino hacer realidad; no vivir de esperanza, sino de la confianza en que esto es para siempre.

Un saludo y ánimo, no sólo para quienes son presbíteros o religiosos, sino para todos los que han vivido su vida como un sueño que Dios promete y anuncia hermosamente. Una última palabra, quizá la más importante: Jesucristo nos ha hecho suyos, pero todavía no del todo; rezo para que seamos, nosotros y cualquiera que lea esto, cada día y en lo cotidiano más fieles.