Los privilegios del amor


La fortuna de amar y sentirse amado no puede compararse a ningún otro éxito, logro o adquisición personal. Por intensa que sea. Vive y se mantiene en la gratuita correspondencia entre aquellos que saben que han recibido un don inmenso, una gracia incomparable, una realidad que supera su vista y sus sentidos. Entre los privilegios del amor, quizá el más grande de todos, destaca el saber hacer uso de todo cuanto esté en nuestras posibilidades para seguir cultivando. Como en la metáfora del fuego, el amor vela para que la inteligencia se oriente para atisbar qué realidades sirven para avivarlo y cuáles provocarían su reducción y pérdida de fuerza. Pero hay más:

  1. El primero, descubrirse amando. Verse en esa situación ya es un privilegio. No tanto que “me amen”, sino ser nosotros mismos quienes actuamos este verbo. Los adolescentes dedican sus primeras cartas a “amar”, sin reparar o no en si son o no amados. Y lo disfrutan enormemente. De igual modo, en la vida adulta y en la madurez, la capacidad de amar se desarrolla y sorprende a quien ama. ¿Soy capaz de algo tan grande? ¿Cómo es posible que sienta algo así, si soy débil y limitado?
  2. Potenciar el bien del otro, salir de uno mismo. El amor descentra. Y puede llegar a despistar, ciertamente. Su dinámica natural siempre excéntrica nos mueve hacia el otro. Ya no nos preguntamos, “¿qué hago con mi vida?”, sino “¿qué hacemos con nuestras vidas?” Los pasos se tornan similares, sin perder identidad y originalidad, pero corren, andan o galopan en la misma dirección. Lo que era “mío” pasa a llamarse “nuestro”, y lo que “era de todos” sigue siendo “particularmente nuestro”.
  3. Utilizar cuanto esté en el medio, siendo inteligentes, para seguir amando. Nada frena. Ni las rosas con espinas, ni los charcos si se lleva chaqueta, ni un paseo largo, ni la música alrededor. El amor comporta la armonía con el medio, y éste deja de estorbar para ponerse al servicio, para ser utilizado rectamente. Lo que antes era estorbo, causaba decepción y molestia, tiende a transformarse en algo nuevamente bello que “habla y proyecta” aquella persona a quien se quiere. Los jóvenes, por ejemplo, dejan de utilizar las redes sociales y los teléfonos para todo aquello que acostumbraban, y ahora se convierten en medios exclusivos al servicio de su relación. Los adultos, con sus proyectos, toman decisiones y toman caminos de convergencia con aquellos a quien quieren.
  4. Superación de conflictos, sin evitar los roces. El amor vive de la cercanía. Y en la proximidad, también encuentra las complejidades propias de toda relación. No está excusada, salvo casos muy destacables, ni está exenta de tensiones y problemas. Lo cual supone un añadido más a el cúmulo de emociones y sentimientos en el que vive. Sin duda alguna, cuando hay amor las discrepancias se sufren con intensidad. Ahora bien, también se abren puertas nuevas y creatividad ante las mismas. Incluso llegarán a aceptarse como posibilidad para mostrar un amor más grande.
  5. El amor crea cultura, ambiente y entorno sano. Donde poder desarrollarse, y también al que otros querrán acercarse. Se materializa, por lo tanto, haciéndose visible o significante para otros. Rodea y envuelve, por decirlo así, como espacio privilegiado en el que moverse y en el que sentirse seguro, cómodo y confiado. Es un clima protector que no enroca, y fortalece la persona para su misión fuera del mismo.
  6. El privilegio de la libertad y de la valentía. Ambos de la mano, prudentemente engarzados. Por el amor se hace aquello que no pertenece a los esquemas en los que nos movemos habitualmente, comporta una lógica abismal que atrae sin consumir ni desgastar. Se hace lo que para otros, y en otras condiciones es impensable e imposible. Vive de aquello que pertenece, por así decir, a otro mundo, deseado para muchos y alcanzado por pocos.
  7. Sin perderse, se ve entregando. La valoración del paso del tiempo y de los proyectos realizados, frente a lo rápido que pasa todo y lo que hemos tenido que desechar y rechazar, enaltece lo primero oscureciendo lo segundo. Más que ser positivo y buscar pensar en lo bueno, encuentra en ello sus fuentes. Se aleja, en esta medida, de los artificios y superficialidades. Es entrega, y lo sabe. Está dando, es consciente. Hace opciones, toma decisiones y se esclaviza limitándose, y es verdad que le hace feliz. No se pierde, ni se deja robar, no se exige, ni se ve cohartada. Y sin embargo, está despierta al paso del tiempo, de las ocasiones, de las posibilidades y la rectitud del camino emprendido por amor.

De esta manera, optar por una vida en el amor supone poner y disponer los medios necesarios para que pueda darse. Y éstos son correlativos a lo expuesto en sus privilegios: tiempo de reflexión para reconocer la fuerza del amor en la propia vida, la apertura a los demás y al reconocimiento de su vida y situación, el uso responsable y valiente de los medios y las cosas, y no dejarse llevar por los conflictos que hieren.

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