Cuando no queremos ver lo evidente


Supongo que tú también eres de esos que se ha pasado un rato largo buscando algo que, después de desesperarse, ha encontrado ahí, delante de sus narices, donde siempre lo guarda, como si se tratara de un maleficio.

Si no te ha pasado, brindo por ti, porque eres un privilegiado de la naturaleza. Hasta el momento, no conozco a nadie a quien no le haya pasado. De hecho, esta misma tarde, en una pequeña charla que he tenido, después de preguntar que levantaran la mano quienes compartían esta experiencia conmigo, nadie se ha quedado con el brazo abajo. Es más, al ver las sonrisas de algunos, he podido comprobar que, como a mí, les ha pasado hoy mismo. Y es que, en no pocas ocasiones, incluso lo evidente se nos niega. Una excelente oportunidad para hacernos pensar.

Claro. Sigue siendo cierto que haciendo un puzzle y jugando a buscar a Wally, tanto las piezas como el mismo hombrecillo de rajas rojiblancas, están ahí, ante mis ojos. Pero ocultas en la maraña de similares, creando confusión. Esta variante no toca trabajarla hoy. Me refiero a lo evidente, evidente. A lo presente delante de nuestras narices, llamando nuestra atención, siendo visto sin ser reconocido. Hablo de esas búsquedas que se vuelven complicadas en tanto que nos sentimos cegados y damos vueltas y vueltas.

Por ejemplo, me pregunto sobre lo evidente:

  1. Estoy vivo. ¿No será por algo? Y cuando me pongo a buscar y buscar por qué estoy vivo, ¿alguna vez me detengo a agradecerlo? ¿No será eso lo primero que tengo que hacer al darme cuenta de que la vida no me la doy a mí mismo? Y si no me la doy a mí mismo, ¿de dónde me ha venido y por qué he surgido yo y no otra persona?
  2. Si el amor me hace muy feliz, ¿no será que amar es tan gradioso que merece la pena dar la vida por él? De nuevo cae del lado de lo evidente, al hacer el repaso de mi propia existencia, que el amor constituye la fuente y la cumbre de mis historias verdaderas y de lo más grande. De hecho, casi de forma natural, personas significativas se equiparan con personas que han sabido amarme, o aquellas a las que he tenido la oportunidad de amar.
  3. Evidente es que no nazco solo, y que no estoy solo, y sin embargo me dejo atrapar muchas veces por el aislamiento, la falta de preocupación por los otros, y la desconfianza en la mirada profundiza aún más en esta sensación apabullante. Cierto es que, a pesar de la necesaria relación y unión con otras personas, existe una soledad (llamada ontológica por algunos, existencial por otros) que señala que hay decisiones, opciones, y realidades que constituyen mi mundo como único y diferenciado del resto en una dimensión subjetiva. ¿Significa esto, sin embargo, que tengo que “hacerlo” solo, que tengo que “caminar” solo? No. No está implicado, no está necesariamente relacionado. Es más, en esa soledad ontológica se esconden muchas mentiras, desveladas por quienes en su corazón e interioridad descubren “lo evidente”, que es que tampoco se pueden construir su mundo, que es que no están solos ni cuando escapan a lo profundo del mar ni cuando suben a lo alto de la montaña. En uno y otro sitio, incluso cuando creemos que hemos sido abandonados y despreciados, un grito que pide ser escuchado nace inconscientemente de nosotros mismos.
  4. Limitaciones y deseo de infinito, debilidades y grandezas forman parte de la explicación posible sobre mí mismo. Y haciendo una lista de las mismas, siempre aspiro a más, me doy cuenta de que soy más. Lo evidente es que soy uno, por muy complejo que sea, por muchas historias que puedo contar. Lo evidente es que no soy divisible, al modo como tantas veces planteamos teóricamente haciendo afirmaciones deslavazadas  sobre los pensamientos, los sentimientos, las convicciones, los criterios, las acciones, las relaciones. Siendo esto así, ¿por qué no aceptar que soy maravilloso, pese a las debilidades, en mi propio conjunto y empeñarnos una y otra vez en reducirnos a “lo bueno”, a “lo aceptable”, a “lo deseable”, a “lo querido”?
  5. Por continuar con la lista, incluyo la debilidad específicamente como realidad humana. La precariedad de nuestra existencia y del vivir en sí mismo se integra en el elenco de lo notorio y lo casi-palpable. Si tú no te has dado cuenta, no te preocupes demasiado, porque los demás sí que lo saben. Si todavía no lo has aceptado, y crees que alguien te quiere, que sepas que él sí ha sido capaz de sobreponerse a este pequeño impidimento para seguir estando a tu lado. ¿Qué demonios nos han hecho pensar que la debilidad se vence ocultándola, como las pelusas debajo de la cama, y huyendo de ella, como en una carrera a lo Forrest? ¿Qué nos impide pedir ayuda, dejarnos acompañar, sentir que donde yo no puedo más y donde carezco de capacidad o estoy preso de la ignorancia, no puedo pedir una y mil veces perdón, ayuda, atención, escucha, consejo? ¿Quién nos metió el fantasta de la absoluta independencia y autonomía relativista como el mejor criterio para defenderme de la riqueza de los otros? Lo evidente es que soy débil. Lo demás, lo pones tú por añadidura. ¡Vigila!
  6. Es evidente, para terminar, que vivir da vértigo y soñar provoca entusiasmo e ilusión. Es evidente que el corazón del hombre no se satisface con dos o tres cosillas, y que el placer no colma las aspiraciones profundas del ser humano. Es evidente que las mentiras existen, y también las verdades contundentes. Es evidente que puedo ver, y no lo es tanto que necesite ver para creer. Es evidente que en el tiempo me veo empujado, que en el espacio me veo relacionado, y en mi historia se va produciendo una admirable síntesis de todo esto; y lo no evidente viene siendo que tenga que estar, de brazos cruzados, viendo pasar todo a mi alrededor como si no estuviese aquí para algo más de todo aquello que ven mis ojos, escuchan mis oídos, y da crédito mi tacto. Es evidente que no puedo ni verme, ni palparme, ni escucharme muchas veces en mi profundidad, y lejos de ser cuento de niños o nana de adultos adormecedores, ahí, sin esconderse ni agazaparse, está saltando una verdad que me mueve hacia la vida eterna.

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