GRATIS. Anúnciate.


Hoy me ha llegado un correo fabuloso, con una propuesta extrañísima en los tiempos que corren. Me ofrecen espacio en una web (no haré propaganda) para colgar este blog y otros. El argumento que me ofrecen es “anunciarme gratuitamente“. Así de sencillo, sin más. Cogerán un logo que lo identifique, y lo enlazarán. Sin mayor trabajo, sin mayores implicaciones, así de cómodo y fácil en la era de la tecnología. Para los que sepan algo de esto, no hay ningún misterio escondido. (seguir leyendo)

Gracias por cambiarme la vida


Hay personas que me han cambiado la vida. Supongo que te ha pasado lo mismo. Gente que deja huella, que marca. Otra que hiere, confunde. Pese a la mala prensa que tiene esta palabra (“cambiar”), estoy inmensamente agradecido por lo vivido. De todo de aprende (topicazo al canto). Si no fuera así, creo que no andaría vivo, o en la verdad. Comprendo entonces, y de todos modos, que existe otra versión de esta palabra que es verdaderamente perniciosa y hace daño, que significa manipulación, retorcimiento y esclavitud. Sin embargo, quiero hablar, una vez más, en esperanza. Y lo hago al hilo de algo concreto: de los que sienten con vergüenza que están entrando en la vida de los otros, con temor y temblor avanzando en ella, y notan que de alguna manera lo están conquistando. Se sienten responsables de los cambios que provocan. Y no es para menos. Por lo menos están siendo sinceros, se dan cuenta de las cosas, y perciben que su presencia en absoluto resulta indiferente. No me refiero a los que entran batallando, sino los que cambian la vida porque, finalmente, terminan compartiéndola y haciéndola suya. ¡Qué maravilla la de la humanidad que se parte y reparte!

Lo dicho, como va en tono de acción de gracias, enumero algunas de estas vivencias. Las cuales doy por supuesto que comparto con gran parte del género humano, de los hombres y mujeres de carne y hueso. Con mis particularidades, dicho sea de paso. Me quedo con las más sublimes, que como de costumbre expreso empapándome de romanticismo y literatura. Todo sea por embellecer y hacer justicia al amor vivido.

  1. Me has dado la oportunidad de estar frente a mí mismo, con una mirada que desconocía. Hasta el momento los ojos reflejados en las cosas eran el único cauce del que disponía para conocerme, y descubrir quién era. Y tú, sin embargo, te atreviste a hablar durante largas horas empeñándote en que lo que me estaba sucediendo era signo de algo mucho más grande. Pasábamos entonces tardes y recreos de lo cotidiano tratando todo con ternura. ¡Qué paciencia la tuya dejándome hablar durante tantas horas! ¡Cuántas páginas de mi vida he podido contarte! ¡Cómo me conoces! ¡Cuánto temía entonces el dolor que hubieran causado miradas y rechazos!
  2. Salvaste mi rutina de su anodina muerte. Parecía que había muchas cosas, que podía lucirme en aquello y lo de más allá, que todo era estupendo detrás de las sonrisas. ¡Pura apariencia! Y algo más, muchas búsquedas, muchos deseos, mucha insatisfacción, mucha riqueza y valor desperdiciado, y mucha bondad que no era capaz de atrapar. Contigo emprendí un camino en el que dejarme guíar por senderos desconocidos, un tanto atrevidos y valientes, diferentes a las puertas grandes por las que entran todos y por las que desean salir en hombros los toreros. Me contagiaste el sentido de lo humilde y pequeño, del disfrute de una soledad que ahora sé sonora, y de una palabra capaz de invadir el corazón, moverlo a plenitud y provocar tensión en su interior. ¡Te debo tanto que no sabría por dónde empezar! ¡Cuánto siento que ya no estés junto a mí y podamos compartir, nuevamente como entonces y como si fuéramos jóvenes niños, aquellos inicios que siguen siendo principios!
  3. Me has provocado y empujado. Contigo he hecho cosas rarísimas, extrañas, que no he visto hasta el momento a mi alrededor. ¡Hemos sido creadores! Otros empezaron y lo dejaron. También yo estuve tentado más de una vez de abandonar y volver a la apacible tranquilidad de quien no piensa ni siente ni tiene memoria ni se ve comprometido en nada. ¡Sin duda alguna! ¡De esa no quedé exento ni me ahorré ningún miedo en la oscuridad! Y tú empujabas a más, a seguir adelante sin desesperar con una sonrisa despreocupadora. Quizá sólo tú y yo sepamos de qué estamos hablando, porque el resto del mundo parece no haberse dado cuenta. Lo cierto es que, mirando hacia atrás, incluso los desfiladeros atravesados me parecen más fáciles. ¿Volvería? ¡Quizá no! Y nunca sin ti. Gracias por los empujones y soportarme en los desalientos.
  4. Contigo he sufrido, y mucho. ¡A ver si pensabas que todo era maravilloso y estupendo! ¡Me has acercado al dolor! ¡Me has hecho llorar de rabia, incomprensión, emoción, malestar y sufrimiento! ¡Te he sufrido, y te he hecho sufrir! ¡Me has dejado solo en más de una ocasión, como si te hubieras ido! Hay heridas que yo creía que era preferible no tocar, y metías el dedo en la llaga, sin pudor. He de reconocer que no siempre quedé curado. Alguna queda abierta a día de hoy.
  5. Haces que quiera ser mejor persona. La frase no es mía. Ni siquiera recordaba bien la escena de la película a la que pertenece. Cuidas mi vocación. Estás desde el inicio en ella. Sin ti, este imposible quedaría aún escrito en los relatos de utopías o de otros mundos que fueron posibles. ¡No siempre soy el mejor, ni siquiera contigo! Los fallos, faltas, pecados y pecadillos, errores y desbarajustes siguen estando aquí. He combatido a algunos, y con otros no me atrevo. Que no es que me hayas hecho perfecto. Sólo eso, que mueves mi deseo a ser mejor continuamente. No hay vez, y esto sí es cierto, que contigo cerca no quiera pertenecer al cielo, a lo excelso, a lo sublime, a lo mejor. Aunque no sea reconocido por otros, sino sólo como una palabra regalada para ti. Tú que conoces mi corazón, y lo habitas incluso interiormente, no comprendo cómo es posible que me pidas tanto sabiendo como sabes que llego más bien a poco de lo importante.

Si te has encontrado en alguno de estos cinco párrafos, ¡felicidades! Como ponía el otro día en el asensor de un amigo: “Si lees esto, Dios te ama.” Pues lo mismo, si eres capaz de entrar dentro de lo que digo, y compartirlo y suscribirlo y hacerlo tuyo y ponerle nombre, no te avergüences. ¡Qué menos que dar las gracias! ¡De hoy no puede pasar! Dios te ha regalado una persona, o al menos una, que no mereces.

Jesús, ¿quién es?


Me atrevo hoy con una pregunta de las largas. No me extenderé mucho aunque sea de las de tratado. Cualquier persona, si lo piensas bien, merece un libro entero. Intentar hablar de las personas sin reduccionismos, sin malas salidas, sin quedarse en preámbulos, sin hablar en exceso de lo mejor que tienen…. o sin cargar las tintas en lo contrario… lleva de por sí un tratado entero.

Hoy he escuchado sin embargo un Evangelio que me ha sonado a distinto. Durante este curso se han publicado dos grandes libros, en español, que han dado que hablar. Uno es de Ratzinger y otro de Pagola. Los dos sobre Jesús de Nazaret, personaje increíble de nuestra historia contemplado desde la fe como Hijo de Dios. En los Hechos se dice de Él que pasó haciendo el bien, Mateo no se cansa de anunciar que Él es quien cumple la promesa y da sentido a la esperanza de Israel (es más, Él es el Reino de Dios entre nosotros), Marcos le llama continuamente a través de títulos como queriendo conquistar su esencia para dar a conocer a todos los hombres lo acontecido, Lucas le presenta tierno y cercano a las realidades humanas, y Juan es un evangelista prendado de su belleza, de su luz, de su fuerza, de la vida y el camino que ha abierto para los hombres que buscan a Dios y que pretenden conocerse a sí mismos.

Pero el Evangelio de hoy habla del testimonio. Un hombre, Juan el bautista, antesala del nuevo reino y que condensa todo el camino de la historia de la salvación, se planta y dice: “Le he visto.” La gente le debió mirar como con cara de sorpresa. En otros casos le felicitaron y se alegraron por él, pero se quedaron como estaban. Otros en cambio siguieron sus pasos, se fiaron y confiaron su vida en las palabras de Juan. “Ése es”. “Está entre nosotros.”

La gran diferencia entre quienes han visto y quienes sólo han escuchado es la experiencia personal. Para la Escritura puede hablar cualquiera, pero ver pocos. A muchos se les condece escuchar, pero no ver. De hecho, ver a Dios es un privilegio reservado a dos o tres hombres… hasta Jesús de Nazaret. En Él podemos ver a Dios, admirarnos por Dios, contemplar su gloria, lo excelso de su vida, su increíble amor y fuerza, su ternura y cercanía. Todo. Todo cuanto dicen los Evangelios al alcance de nuestra mirada, de nuestra vida, de nuestra inteligencia y de nuestra fe y confianza. Todo eso, escrito desde antiguo, hoy se hace presente y es posible testimoniarlo.

A mí me toca en medio de la escuela. ¿Tú dónde das testimonio de quién es Jesús?