Un blog para el año de la fe


Como siempre, procuro cultivar mi fe y cuidarla. Como todo don, vivido con cierto descuido, al final acaba rompiéndose, haciéndose pequeño, o endureciéndose. Estamos en el Año de la Fe y yo me he lanzado a leer pausadamente el Catecismo de la Iglesia Católica. Por aquello de seguir profundizando, leyendo y viviendo. No ya desde la academia, desde la escuela o la universidad, sino desde la propia vida y para la propia vida. Aquí os pongo el link, para quien se quiera dar una vuelta.

Si dejas la fe, ¡te acompaño!


Lo digo en serio y de todo corazón. Nadie mejor que un cura, probablemente, para hacer este camino contigo. Y hacerlo con salud e integridad. ¿Razones? Porque nadie mejor que él sabe lo dura que puede llegar a ser la vida en la fe, ni lo difícil que es creer. Ayer mismo se lo decía a un amigo que en confianza me decía que estaba perdiendo fe y vocación, y casi todo lo importante que había en su vida. (seguir leyendo)

¿A qué estás esperando?


Os comparto esta pregunta, porque puede que más de uno tenga necesidad de que alguien se la haga. Ya que no puedo sentarme “delante de ti” y hacértela “en tu cara”, permíteme al menos que mis palabras te alcancen a través de la red.

Encuentro personas que van por el mundo “deshinchadas y desganadas”. Hoy he tenido dos “visitas” de este tipo. No una, sino dos. Con dos perfiles diferentes, con dos contextos distintos, de dos realidades que nada tienen que ver entre sí, dos personas que entre ellas no se conocen. Y me sale decir que comparten un mismo perfil: No ser capaces de dar el primer paso. Les diferencia, de todos modos, algo básico. Una de ellas tiene que “dejar atrás”, lanzarse a lo nuevo, pero sobre todo hacer el tránsito de la liberación. En la otra persona, encuentro que lo tiene todo y está aguardando a “lanzarse hacia delante”. Alguien inteligente y perspicaz dirá que para que alguien abandone una vida tiene que coger otra, y viceversa. Pero os pido que penséis que son dos problemáticas diferentes unidas en la misma pregunta. ¿A qué esperas? (seguir leyendo)

Como sabéis, redirecciono últimamente todas las entradas al nuevo blog que estoy construyendo. Os invito a participar en él, y a tomarlo de referencia para los artículos. Gracias. Siento las molestias.

No conozco a ningún cura superhéroe


Ni supermanes, ni batmans, ni capitanes américa. Malfada está en el horizonte de lo posible, por el ingenio natural y los comentarios alegres de algunos. Los que yo conozco tienen su propia humanidad y particularidades. Están tocados por una chispa especial, han sido llamados a una vocación muy grande. ¡Eso también! Por tanto, los hay de todo tipo de fragilidad, vulnerabilidad, corazón e inteligencia. Conozco sacerdotes que son inmensamente divertidos y vivos, que se manejan en diversidad de situaciones. Y otros, más tímidos, retraídos y custodios de sus cosas con mucho pudor. Ninguno sobra. De hecho, suelen ser amigos o hermanos entre sí. Algunos de mis compañeros tienen más preocupaciones sociales que otros, la verdad, aunque no sé de ninguno que no quiera amar sin medida. También en la oración encontramos diferencias, tanto en el tiempo, como en la capacidad para estar quietos, como en la calidad de sus palabras, y en la presteza para dar su sí al Señor. La vida espiritual constituye el núcleo de su identidad, personalidad. Incluso cuando hacen oficios de cualquier tipo. He tratado con algún cura taxista, obrero de los de fábrica, y cientos de profesores, educadores sociales, catequistas, acompañantes.

No conozco, insisto, a ningún sacerdote con superpoderes, que destaque por sus cualidades sobrenaturales sobre el resto. Lo siento, pero no levitan en la oración, y se cansan habitualmente en la acción, les hacen daño las palabras ofensivas y las mentiras, y comúnmente se preocupan en exceso por lo que para otros se puede solventar con una visita. Conoces bien la frustración, el sufrimiento, la cruz. Locamente,  y sin pensar demasiado pasan por ella. Andan, sin don de bilocación, ocupados en multitud de frentes que atienden prodigiosamente, aunque si les preguntas con franqueza te dirán que viven con tranquilidad y no sabrán bien cómo es posible alcancen a tanto. Sus vidas tienen huecos. Los curas que yo conozco no se mantienen a tres metros sobre el cielo, habitualmente; si bien andan un poco despegados de las cosas de aquí abajo. Pero darían mucho por poder tomar un café, compartir un rato de fiesta, sentirse hermanos entre los suyos. Por lo general sus días de descanso son escasos, y cuando les llamas procuran atenderte si pueden. Pero ya digo que no son superhéroes.

Humanos, como tantos, tocados en el interior, transformados en lo externo, con una vida que les facilita mucho el servicio a los demás, la atención pausada, la posibilidad de hablar después de la oración. Si te acercas a ellos con confianza, te darás cuenta. Pasan sus crisis y dudas, abrazan con confianza la vida, agradecen y piden mucho diariamente. Por lo tanto, sabrán de qué les hablas. No se escandalizarán de tus miserias.Ellos, nosotros, también estamos en camino como uno más entre el resto. Con faciliades, por la opción de vida y estilo de vida que llevamos, para dedicarnos a una vida un tanto alocada. Puede parecer solitaria, desde fuera, pero no lo es. Puede parecer estéril, y sin embargo se nos permite, en determinados momentos, ver mucho fruto. Puede parecer mil cosas, si se escucha la prensa, y cuando te acercas descubres gran sencillez, cordialidad  y profundidad.

Para conocer bien a un cura, te proponto tres cosas sencillas:

  1. Cuando tengas oportunidad, acércate a él con buena disposición. No los uses para tus “momentos importantes”, e intenta compartilos con ellos. Trata de amistad con ellos, y verás cómo viven. Sea tu boda, sea la búsqueda de perdón, sea la escucha de la Palabra, sea en la celebración de un hijo o un familiar, o en la muerte de un ser querido. Ya que están, ¡no te cortes! ¡A lo mejor te llevas una sorpresa! Si tienes ocasión, sal a pasear con él, aléjate de los muros entre los que habitualmente lo encuentras. Allí, como Nicodemo y Jesús, y aunque sea en la noche, aparecerán palabras nuevas. Nacerás de nuevo. Así, la esperanza de ambos será más plena. Del cura como cura, de la otra persona también.
  2. Cuida tu conversación con ellos. No conocerás bien a un sacerdote hablando del tiempo, ni del aire, ni de las carreteras. ¡A nadie! Quizá si hablas de otros asuntos más importantes hoy, a lo mejor se abre un poco más. Prueba a dialogar sobre la crisis, sobre la injusticia del mundo, sobre lo que él puede “palpar” en su ministerio de la sociedad en la que vives. Pero si de verdad quieres ahondar, no les preguntes por la Iglesia de primeras, ni por dónde vienen los curas, ni la historia de la vida religiosa. No les trates como consultores. Son administradores de una riqueza que no es suya, uno más en una gran cadena. Lo mejor, mejor. El secreto que con ellos funciona, es el mismo que vale para toda relación: sinceridad, confianza y autenticidad. Es decir, habla de lo que lleves dentro de ti, de lo que realmente te significa, de tus detalles. Entrará fácilmente al trapo, se irá creando un lazo intenso. La oración está hecha de palabras y de presencias. Y aquí tienes ambas unidas. así, la fe de ambos crecerá. Cada una a su manera.
  3. Después de todo lo que hacen, en ocasiones suele bastar que te intereses por ellos y también quieras cuidarlos. Un quétalestás, rápido, no lleva a nada a nadie. Pero una pausa humilde en la que les preguntes cómo te va la vida, sin mayor interés, llevará lejos la relación. Su ministerio agota a cualquiera, de por sí. Están sostenidos, se encuentran fortalecidos por el Señor. Pero al igual que no predican el amor a Dios en abstracto, sin prescindir del amor al prójimo, tampoco el amor de Dios en general se separa en sus vidas de dejarse amar por los que les tratan como hermanos, respetan o comprenden su vocación. Curiosamente, algunas veces incluso los que se dicen ateos o separados de la iglesia, con su vida cuidan de estos curas, tan humanos, que pasan por su vida. ¡Curioso! Aunque personalmente me siento especialmente cercano a quienes también tienen el privilegio de compartir, comprender y amar mi vocación escolapia en su conjunto. El amor de ambos se irá perfeccionando en el amor entre ambos. ¡Créeme! ¡Lo he vivido!

Para aquellos que cumplen en mi vida las promesas que Dios hace, para aquellos que animan sin descanso, acompañan incansablemente y se muestran disponibles a colaborar en cualquier batalla, hoy, que celebramos Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, agradecerles de todo corazón tanto esmero. Ojalá algún día pueda también yo hacer algo importante por ellos. No por devolver lo que dieron gratis, sino por amor.

Leer a San Juan de la Cruz puede ser peligroso


Ayer por la noche, ya tarde, en noche cerrada, volví a coger entre mis manos las obras completas de Juan de la Cruz. Ni estaba solo, ni lo escogí yo. Habíamos hablado de él, compartido alguna experiencia y enriquecimiento. Pero no lo habíamos re-cogido.

En mi casa hay varias ediciones. Y como fueron escritas en castellano (de otra época, pero castellano al fin y al cabo) no varía demasiado el contenido. Quizá en algún libro se adorna más la lectura con alguna foto, y en otros se añaden más notas, unas a modo de comentarios y otras fruto de esfuerzos críticos. Insisto, la edición deja de ser lo importante en cuanto te pones a leer.

Una obra que me ha encandilado poética y espiritualmente desde hace años, pues era ya referencia para mis formadores, que ha ejercido un fuerte atractivo para mí desde la juventud, y que he agradecido a pesar de no entender en ocasiones a qué se refiere exactamente. Entender, y eso que soy de los cabezones y zopencos para ciertos temas, tampoco ha sido bandera alardeada en los momentos fundamentales. Recuerdo que la primera vez que me atreví con Juan de la Cruz andaba yo por los veinte añitos (de aquello hace más de una década), y conservo el texto subrayado con florescente amarillo y lápiz que empleé en singular batalla. Quedé herido. Lo reconozco. Desde aquel momento, nada conserva el mismo sabor.

Primero te das a la poesía, con esa pasión y búsqueda que existe, te dejas llevar por el encuentro y el canto, y te permites hablar el amor más grande. Quedas inflamado, a poco sensible que seas, en una mayor hondura encerrado. Después, no sin reparos, das pasos, tímidos y silenciosos, por su prosa. Aquí es cuando Juan se pone a explicar qué misterios (y más misterios) del corazón del hombre y de Dios anda desvelando el amor con su deseo de unión. Como quien lee algo de otros tiempos, que requiere mucha atención, me ponía a diseñar con las notas a los márgenes las claves que me hablasen en lenguaje de hoy, del siglo XXI. Empieces por donde empieces, sea por la “Noche oscura” (título agradecidamente abreviado, que no corresponde al original declarado) o por la “Subida al Monte Carmelo” (comúnmente nombrado como “Subida” y provoca en más de uno confusión con “Su vida”), te topas con una figura que Juan llama “los principiantes“, de la que ves que no se sale ni a la primera, ni a la segunda utilizando las propias fuerzas, ni a la tercera sin dejarse ayudar, ni a la cuarta sin padecer -según grados- el desprendimiento y el “coste” requerido. A ellos, a estos principiantes y para su ayuda, van dedicados los primeros versos de su gran poema, insisto en su hermosura, que pasará a comentar posteriormente: “En una noche oscura, / con ansias, en amores inflamada, / ¡oh dichosa ventura! / salí sin ser notada / estando ya mi casa sosegada.”

A estos principiantes les queda mucho camino. Y ni lo saben, ni se les puede culpar de nada. Por el contrario, todo torna en júbilo cuando te das cuenta de que te has lanzado, que comienzas a subir hacia el Monte, que tus pies se vuelven ligeros en el terreno de lo importante, que cuesta menos de lo que parecía, que la suavidad está presente en todo. El nombre que reciben -“iniciados”- es altamente apropiado. A ellos está reservado el privilegio, que nunca más retornará, de entender que todo empieza, que sus primeros pasos se van dando en amor, en alegría, en gusto y placer en las cosas del espíritu. Nada diremos de lo que viene después, porque eso queda no tanto para el lector, sino para quien se atreva a vivirlo y atraviese la primera noche, esa primera privación que suspende los gustos del sentido.

Evidentemente, el “iniciado” deja de ser tal cuando abandona las cosas novedosas y la búsqueda de lo constantemente nuevo. Como para todos los que estrenan algo, se les abre un mundo en el que poder perderse sin repetir ni una sola vez, un universo de riqueza por inaugurar. Apertura y descubrimiento, sin centrarse en nada. Pero de pronto, como quien no quiere la cosa, se vuelve a “lo de antes”, y se busca algo que “no suene a lo de otras veces”. La noche le está visitando. El gusto deja de cebarse, ha pasado el día y cae la noche. Y cuanto más pretende volver al “gusto”, más se adentra curiosamente en su insatisfacción, y más ansía otras cosas. Por lo que, lo quiera o no, para seguir caminando, para seguir en el camino, para continuar su proceso, se ve la persona en la tesitura de ahondar y adentrarse más en las cosas, en lugar de picotear por doquiera. Y encontrada esta ranura, esta brecha y abertura, accede a pasearse por su primera noche. Maravillosa y estupenda noche de los sentidos.

Y aquí, para quien quiera, ahí tiene la referencia. Porque empezar a leer a Juan de la Cruz puede ser peligroso. Por dos razones, que no convencerán a nadie, ni lo pretenden, y ayudarán por el contrario a quienes sientan que “algo serio” están iniciando o dejando atrás: (1) Porque nos entendemos mejor, y comprendemos abiertamente la sociedad en la que vivimos y su relación con Dios. Y algunas cosas que decimos, en las que ponemos nuestra esperanza, vemos que no funcionan una y mil veces, y que no ayudan ni facilitan, porque no favorecen que se integre la noche en la experiencia del creyente, como si protegiésemos tanto su “bienestar” que no nos damos cuenta de la importancia de su sufrimiento para ganar en densidad interior. (2) Porque, sin el peso de la queja y el lamento, nos sabemos empujados por Dios y queridos, muy queridos por Dios, en eso que llamamos dificultades. Si Dios se empeña en “introducirnos” en la noche es porque quiere llevarnos lejos. Y es posible. Nadie es probado por encima de sus fuerzas. Y esto que ahora “no vemos”, pronto desaparecerá, despertando de otra manera la luz en nuestro corazón. Todo cobrará sentido, orden, será reflejo de la belleza, de la verdad y del bien que aguardamos y para el que nos sabemos hechos. No te confundas, no se trata de la experiencia del mal en tu vida, sino del “acallamiento de los sentidos”, de su silenciamiento para que puedas escuchar alto y claro, con voz firme y potente Quién te ama, cómo te ama, y dónde está la felicidad y dicha más alta que el hombre puede alcanzar bajo el sol. Vamos, que terminas diciendo eso de: ¡Qué suerte tengo de estar en esta noche o en aquella! ¡Qué oportunidad más inmensa! ¡Eso es que voy subiendo y creciendo, que no me he achicado todavía, que ni la debilidad ni el mal ni el pecado han tenido en mí la última palabra! ¡Qué gran regalo que me han hecho! ¡Ahora empiezo a ver de verdad! Y todos te miran (por extraño), porque te alegras y llenas de paz al verte sumido en intensidad.

Para quien no se haya dado cuenta, yo ando metido en estos jaleos por gracia de Dios, y me alegra encontrar compañeros en este camino. Hoy, uno más. Que ya estaba, ahí y a mi lado, pero he descubierto muy, muy cerca.