Combatir las distracciones


El título no dice nada especial a cualquiera que haya intentado alguna vez en su vida centrarse en algo concreto y alcanzar con su voluntad un fin determinado. Si no existen deseos por lograr algo, lo que sea, no aparecerán las distracciones.

Esta entrada del blog no la escribo exclusivamente bajo el prisma de la endiosada productividad, sino en ayuda de la libertad y de la voluntad humana. Sea cual sea el objetivo vital fijado, sea personal o sea recibido, la gestión de las distracciones juega un papel fundamental en el proceso. Y pueden ser incluso comprendidas para el bien. O dicho con palabras de la espiritualidad cristiana, si no hemos entrado en combate contra todo cuanto nos destruye, es porque estamos siendo sus principales aliados.

  1. Determinar objetivos alcanzables, o en su defecto cuando el objetivo es inalcanzable de una sola vez, desgranar actividades realizables en plazos de tiempo concretos. Es decir, establecer un plan que permita hacer un seguimiento. Por ello son famosas las listas dobles, con objetivos A (largo plazo) y objetivos y acciones B (corto plazo) priorizadas.
  2. Permitir que aparezcan las distracciones, superando la dispersión, esto es, colocar en el horizonte un fin supone haber decidido más allá del azar y de las acciones que carecen de razón y justificación. En la medida en que controlamos nuestra voluntad para que no se convierta en débil, voluble y veleidosa, surgen también sus dificultades. Hasta ese momento, cuando no había camino definido, todo podía ser comprendido como normal y lo propio del momento. Sin voluntad, no se conocen las distracciones.
  3. Comenzar la tarea y la actividad sabiendo qué tenemos que hacer y de cuánto tiempo disponemos para ellas. Igualmente, disponer de los medios necesarios para no buscarlos ocupando el tiempo de la actividad. Como todo, requiere aprendizaje y capacidad para ejercitarnos a nosotros mismos. Por lo tanto, superar las primeras adversidades es crucial. Dos aspectos son de gran ayuda en este sentido: ser prudente (por lo bajo) al inicio, de modo que los objetivos sean alcanzables y exista gratificación y crezca la motivación interna; y ser paciente (por lo alto) para no caer en desolación antes de tiempo.
  4. Aceptar las distracciones, sobre todo al inicio, recuperando lo antes posible el camino que habíamos emprendido. No podemos pensar que seremos “puros”, sin perder atención. Es más, hay que meter en agenda que ocurrirán distracciones, de modo que el trabajo inicial al respecto se encamina principalmente a minimizar su impacto. ¿Cómo hacerlo?
  5. Conocernos a nosotros mismos, en cantidad de distracciones, en su motivo y finalidad, y en la frecuencia de las mismas. Durante una semana te propongo que tengas a tu disposición una lista a mano en la que ir escribiendo sobre ellas cada vez que aparezcan, poniendo indicación de las mismas cuantas veces se repitan.
  6. Alejarnos de las mismas, lo máximo posible. Crear un entorno donde no aparezcan distracciones es una utopía irrealizable. En tanto lo externo sea un medio facilitador para que nos centremos en el fin que hemos determinado, aparecerán otras muchas, más difíciles de combatir, que podemos llamar internas. Las cuales provendrán de los pensamientos, de los sentimientos y de las preocupaciones de la vida. Lo cual no significa que poner los medios para que lo externo nos ayude, no sea de gran relevancia e importancia.
  7. Respecto a las distracciones interiores, conviene no perder la paz. Cuando nos desasosegamos, lo único que conseguimos lograr es dar más importancia a las distracciones, de modo que ellas son el centro y no la tarea y el objetivo. Por lo tanto, sin perder mucho tiempo, volver a lo de antes. Y también, como medio de ayuda, convendría hacer un sencillo parón para desear lo mejor y no querer que se repita nuevamente.
  8. La austeridad viene en ayuda de nuestra debilidad. A más, mayores son las posibilidades de las distracciones. A menos, menos son. La lógica es aplastante. Si estamos rodeados de muchas cosas, no podremos evitar ir de un sitio a otro, o de una tarea a otra. Y más en la sociedad en la que nos movemos, que es multitarea y hay que estar disponible siempre. Por austeridad concreta entiendo que, para hacer bien una tarea, hay que desconectar el móvil en la medida de lo posible, que separarnos de todo aquello que no sea propiamente la actividad que llevamos entre manos, que buscar un espacio propicio donde no aparezcan continuamente interrupciones de otras personas. Aunque también podríamos hablar de una austeridad previa, como no escuchar música, no leer noticias, no darle al pensamiento motivos para volar. Llegar, por tanto, lo más “limpios posibles” de ingerencias internas y externas.
  9. Cultivar el silencio, como actitud vital. De lo anterior se deriva directamente, pero me parecía importante señalarlo dándole la suficiente preponderancia y equiparándolo al resto. Somos productivos en silencio, salvo que seamos músicos. E incluso los músicos, para inspirarse y mirar el futuro, también lo necesitan. Cuánto más entonces quienes nos dedicamos a otros menesteres diferentes. Corren tiempos en los que para percibir, hasta nuestras propias palabras y ser capaces de distinguirlas de otras, hace falta reservar un tiempo propicio para ejercitarse en esta actitud.
  10. El silencio trae consigo más de un enemigo con el que combatir. Y nos brinda la sublime oportunidad de reconciliar nuestra vida. Ante su luz y esplendor, vemos nuestras pasiones y temores. Por lo que también pide conciliación interna. Hay que buscar un medio más, como pueda ser el trato con el Señor, la oración y el perdón.

Crear un clima de confianza


En todo grupo la confianza es un elemento básico que un buen líder no puede descuidar. Sea en grupos de trabajo, en grupos de reflexión, en grupos de proyectos, y mucho más en grupos de amigos. El paradigma no puede ser la confianza que se convierte en intimidad, sino un tipo de confianza que facilite que todo fluya de forma especial entre los miembros del equipo y que permita que las relaciones de unos con los otros se desarrollen libremente.

La tarea del coordinador, del líder, del responsable no es nada fácil. Tiene que enfocar bien las cuestiones, hablar con claridad, comportarse de manera cercana al mismo tiempo que saber mantener la distancia propia de quien asume una responsabilidad especial. Por ello creo que los siguientes puntos pueden ser de mucha ayuda.

  1. Cuidar especialmente los primeros momentos, y también las nuevas incorporaciones. Todo lo que suene a novedad en una dinámica hecha es de por sí un elemento que tiende desestabilizar. Del mismo modo por tanto, toda novedad es una gran oportunidad para seguir mejorando e implicar más a los miembros del grupo.
  2. Un líder tiene que ser ante el grupo abierto y confiado primero, para después sumar a otros a su actitud. De algún modo es él el que imprime el carácter que desea al grupo y quien sirve de referencia. En la apertura se juega la participación de todos, y en la confianza está que las relaciones sean sanas y recíprocas.
  3. Animar a todos a expresarse en sus distintas dimensiones. Y por lo tanto, facilitar cauces diversos para que puedan aportar sus sentimientos, sus ideas, sus preocupaciones, sus dudas. No todo se puede hacer de la misma manera, ni vehicularlo siempre a través del “mismo modelo de encuentro”. Si se desea ahondar en un punto, hay que proponerse quedar para tratarlo casi en exclusiva; si se trata por el contrario de abrir campos nuevos, será una reunión o encuentro muy diferente, en forma de bombardeo diverso, o por equipos.
  4. Las razones son importantes, y tienen que quedar claras. Las justificaciones que se dan de las cosas generan igualmente confianza, proponen un modelo de liderazgo que se sigue porque se entiende y comprende. Y las razones son dialogables, en línea del punto anterior. Que el coordinador tenga claras las razones no sirve de nada si no son compartidas y entendidas por todos. Y sin embargo, las razones no serán ni lo primero ni lo fundamental, ni mucho menos elemento de imposición.
  5. Si algo no sale bien, se busca qué ha pasado, no se potencia la culpabilidad entre unos y otros. Todos son miembros de un equipo y deben analizarlo para mejorar. La prueba del buen líder es salir de esta reunión o encuentro con el deseo de que no vuelva a suceder, de asumir corresponsablemente distintas actitudes para que no se repita nunca más y se siga siempre adelante. Es un momento delicado, que puede provocar fracturas, pero el líder lo aprovecha para salir adelante con dignidad y sin perder a ninguno del equipo.
  6. El líder es una ayuda para el equipo, referencia para todos en general, pero también dispuesto al trato personal, tú a tú de ayuda en todos los sentidos. Se siente parte de cada uno, conoce cómo está, y en qué puede ser valiosa la aportación. Espera a que se lo pidan, no se adelanta porque eso generaría una sensación de desprecio de los otros o de ingerencia en las tareas que tienen encomendadas, como supervisión negativa. O falta de confianza.
  7. Manifiesta con naturalidad sus dudas y preocupaciones antes de hacerse un juicio. Es decir, él también está abierto al diálogo que pide a los demás. Y procura no ir con los prejuicios propios de quien todo lo sabe y tiene que verificar lo que está sucediendo para que otros se den cuenta.

¿Opinión pública?


Todos sabemos, más o menos, qué es la opinión pública. Algo así que el fenómeno en el que “todos parecen pensar lo mismo“, o al menos manifiestan que su “opinión” en común. Me interrogo sobre dos cosas, respecto a este asunto: la primera, ¿se dan facilidades para que se dialogue para formar una opinión común o por el contrario estamos ante un fenómeno de adoctrinamiento general en el que “alguien”, sin saber quién, controla la opinión de otros?; y segundo, ligado a la anterior, ¿se cuida personalmente la opinión personal y la reflexión personal para que se pueda decir realmente que la gente está pensando?

Sabemos que los políticos y los medios de comunicación, también las empresas y las modas, atienden con fervor la opinión pública y sus variantes. De ella depende no pocas cosas. Por miedo a “la opinión pública” los políticos toman decisiones, los gobiernos muestran “una cara según convenga” u “otra diferente dependiendo de la situación”. Parece que está detrás de grandes cambios sociales, no incondicional, pero sí cercana a los “fenómenos de masas”.

Desde que leí, siendo joven, a Ortega tiendo a pensar que la masa impide el pensamiento personal. Las figuras que no concuerdan son neutralizadas (por una especie de marginación), y entonces se las trata desde una superioridad moral que provoca la “fuerza del grupo” frente al individuo.

Durante un tiempo la expresión “pensamiento crítico” tuvo una cierta difusión e importancia. Venía a reflejar la importancia de que las personas reflexionasen por separado, que no se creyeran todo lo que escuchaban… Hoy ha perdido fuerza. Sin embargo, creo que es más que necesaria su recuperación.

¿Estamos divididos?


Hoy comentábamos en clase, con relativa ingenuidad, porque mis alumnos no son tan mayores como para estar embebidos de las opiniones formuladas de los mayores, que la sociedad imprime un carácter genuino en las personas, y que una sociedad posmoderna está altamente interesada en fomentar la “fragmentación, división, relativismo en la gente.”

Algo parece claro. Si me miro a mí mismo, me descubro siendo de distintas maneras según el ambiente o las personas que tengo delante. Lo contrario, es una “salida de tono” o una “pedantería”. En el mejor de los casos he aprendido a comportarme según las reglas sociales básicas establecidas. Es más, para una misma cuestión, tengo opiniones diferentes y variadas. O al menos en mi sociedad las encuentro, lo cual no significa que me las crea todas, o que todas sean igualmente válidas, o que todas me parezcan de la misma índole, o que no sepa distinguir entre ellas.

Retomo la pregunta. ¿Qué me ocurre? ¿Estoy dividido? ¿Vivo vidas distintas?

Quizá sea parte de la tarea humana y cristiana más actual: aprender a ser yo mismo, aprender a ser como Cristo en todos los lugares, aprender a descubrirme.

Creo que hay que diferenciar, para ser sinceros, entre contradicciones y convenciones sociales, y todo lo demás, que son un cúmulo de “justificaciones personales” o de “miedos vocacionales y cristianos”. Estamos llamados a ser genuinos, únicos, y reflejar una única imagen: la de Jesucristo.

¿Estudias o trabajas?


Mítica pregunta. De esas de libro de ligue, pero del barato. Acercarse a alguien, piernas temblando y rodillas infirmadas, y … la típica pregunta. ¡Qué poco original! Sin embargo, dice mucho de la persona a la que te acercas. Parece que los que trabajan, están más asentados, frente a aquellos que estudian, que todavía vagan por las nubes de la teoría. La práctica, lo concreto, lo útil… frente a la locura, el idealismo y la falta de realidad. Lo seguro, contra quien no ha decidido su futuro. El que ya sabe qué hacer y cómo hacer, y quien todavía debe aprender, investigar, romperse la cabeza. El que se levanta por un motivo y el que no ha descubierto el motivo por el que despertar.

Y yo me pregunto. ¿Por qué tanto enfrentamiento? ¿Por qué quien trabaja deja de estudiar, y quien estudia no piensa que, realmente, algún día tendrá que trabajar? Lo típico: El médico sentado jugando al mus en la facultad; perdón, el que todavía no es médico y lo será; perdón, el que debería tomarse su estudio como si ya fuese médico, con personas delante, con niños y mayores, con casos de “especialistas”. Lo típico es lo del médico, pero igual responsabilidad tiene el resto.

No sé si es cuestión de estudiar o trabajar. A mí, que soy cura y no haría esta pregunta en mi vida si tuviera que ligar, lo que me interesa es la vocación de las personas. ¿Conoces la tuya? Da igual si estudias o trabajas. Lo de la vocación, es de otra dimensión. Cuestión de mirada.

¿Cuándo puedes? (Ni las musas ni el Espíritu llevan reloj)


Andamos con el tiempo justo para muchas cosas. Quizá para las más importantes. El tiempo pasa, apremia. El reloj marca sus horas, que se convierten en las nuestras cuando las vemos crecer. La mañana comunica al mundo un nuevo día y nos despierta el reloj con su sonido. Levantamos la vista para comprobar qué hora es, y luego miramos por la ventana para saber si es cierto. No nos hemos engañado, no nos ha engañado. Su hora es cierta. Nuestro momento ha llegado. Con un pie comenzaba para los antiguos la rutina, pero nosotros, modernos, extendemos la mano hacia el reloj.

Y así…

Hasta la noche que se pone en marcha otra vez el reloj.

(No lo digo en tono pesimista. Sólo es una ironía. Me encanta mi rutina, mi trabajo. Aunque sea cierto que no tengo tiempo ni para la mitad de lo que desearía y soñaría. Hay cosas que se hacen sin pensar casi. Lo mío lleva más tiempo. Quiero ser creativo, no sólo teclear cosas, escribir cosas… y eso lleva tiempo. Más tiempo del que dispongo. Conclusión: Ni las musas, ni el Espíritu llevan reloj. Yo tampoco llevo reloj, pero el móvil y la PDA y el ordenador hacen sus veces. La vocación tampoco es cosa de tiempo, pero tiene que concretarse. No es bueno acelerar, pero igual de mano es retrasar viendo pasar las horas.)