Será Navidad. Incluso a pesar de lo que hagas. Será Navidad.


Ayer aprendí una gran lección de labios de una joven universitaria. Todos compartíamos sobre el sentido de estos días. Aunque tendría que decir que hablábamos del sinsentido de estos días. Unos se quejaban del consumismo. Otros ponían mala cara porque en su familia había tal o cual tensión, y les tocaría verse las caras de nuevo a pesar de los esfuerzos de todo el año por no cruzarse… (seguir leyendo)

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Sentir la pertenencia y la relación


Teóricamente, todos tenemos claro que formamos parte de una sociedad que nos supera, que nos antecede y que continuará después de nosotros mismos y al margen del esfuerzo que podamos aportar. Pertenecemos, por otra parte, no sólo a esta cultura y pueblo, sino que también estamos inmersos en una familia, un grupo de amigos, una clase en la que recibimos privilegios, una parte de un mundo dividido por la riqueza y grandes injusticias, y a otros grupos más pequeños. Un sinfín de “participaciones”, diversas entre ellas, convergentes e incluso divergentes. Somos irremediablemente “parte de“. Y esta relación no puede entenderse como parte respecto a un todo; también constituye una dimensión esencial de nuestra propia vida y existencia.

La comprensión de nuestra participación puede suscitar una cierta responsabilidad y criterio, liberarnos para que podamos otorgar en dichas instituciones lo mejor que tenemos. Pero la participación intelectual, claramente se convierte en insuficiente, y no nos revela el alcance de la misma. Si constitutivamente somos “parte de”, signfica de primera mano algo más que pura necesidad, transciende esta situación para hacernos ver y sentir cómo somos, por lo que podemos asomarnos a una primera vocación que está inscrita en nuestro ser. Somos llamados a la comunión y a la relación. Algo que más que pensar, debemos sentir, a lo que abrir el corazón, por lo que dejarnos tocar, en lo que estar implicados por entero.

Te propongo, en este sentido, cuatro ejercicios sencillos para sentir tu pertenencia a aquellos grupos que ahora mismo seas capaz de identificar, y que puedan servirtete además para reconocer cuál es el grado de implicación que tienes en ellos:

  1. Comenzar dibujando círculos sociales. Y poniendo dentro de los mismos cruces o signos según lo vivido. Cuánto más grande sea el signo, más te verás implicado dentro del mismo. Cada signo que dibujes, que sea por algo especial acontecido que tenga para ti una importancia grande hoy. Al mismo tiempo, busca también un signo diferente para ver cuánto sufrimiento hay en ellos. También éstos signos te devolverán tu implicación de forma visual. Recuerda que la clave está en lo que estás sintiendo, más que pensando.
  2. ¿Qué harías por? Elige un grupo de personas que sean cercanas a ti. Y pregúntate qué harías, a diferencia de qué puedes hacer o qué es lo que haces. Se trata de soñar, de dejar rienda suelta a la imaginación y de comenzar a sentir de otra manera las relaciones. Puede que sea también una forma inimaginada de prepararse para algo que, si es posible, tocará el momento de concretar más adelante.
  3. Cosas que simbolizan, que traen personas a la memoria. Un paseo por tu casa, por tu habitación y entre tus cosas. En ellas, al menos en las importantes, hay huellas de personas que han pasado por tu vida y forman parte a día de hoy de ella. Un paseo con los ojos abiertos, para saber leer entre líneas, para rescatar los objetos ocultos y escondidos, y ponerlos en primer plano. Porque los símbolos son recuerdos, y algo más.
  4. Abrir álbunes de fotos. De esos en los que antes se revelaban los recuerdos y se ordenaban memorias. O de los nuevos en carpetas amarillas dentro del ordenador. Haz una pasada, y fíjate en quiénes te han rodeado, cómo te han cuidado y cómo les has cuidado. Lo que ha ocurrido, y cómo habéis cambiado. Las locuras hechas, los tiempos compartidos, las aventuras arriesgadas que habéis sabido afrontar en común y juntos, los ratos sincronizados por ambos para hacer lo típico, lo de siempre, lo de toda la vida una y otra vez. Han estado ahí, y tú eres en parte eso.

Sentir no es pensar. Sentir es abrir el corazón, dejar que aflore la vida. Y reconocer al mismo tiempo las alegrías y las tristezas. También de la humanidad en general, de nuestra sociedad, de nuestra familia. Puedes, si quieres, hacer lo mismo con el telediario, con las noticias que llegan de otros lugares del mundo, de la sociedad en la que vivimos. A diferencia de abrir “canales” para conocer, sentir nos pone en movimiento y responsabiliza, nos descubre que no estamos solos y que podemos y debemos aportar algo diferente. Sentir que formamos parte, y tomar las riendas, impide que nos justifiquemos alegremente como si “ellos” y “yo” fuéramos algo distinto al “nosotros”. Sin enfrentamientos, arremangarse para dar pasos y avanzar, acrecentando. Para tender lazos, cada vez más humanos, sin despersonalizar ni deshumanizar el mundo en el que vivimos. Sea directamente en el trabajo o en la clase donde estudio, sea en la calle por la que paseo, sea en la ciudad en la que vivo. Abrir los ojos, y mirar con atención, prestando oídos y tiempo a lo que sucede. Sin duda, entre sentir y conocer la distancia crecientemente cultivada en nuestra cultura se debe a la necesidad de protección, a las falsas seguridades, a la autonomía mal pensada e independiente.

Los privilegios del amor


La fortuna de amar y sentirse amado no puede compararse a ningún otro éxito, logro o adquisición personal. Por intensa que sea. Vive y se mantiene en la gratuita correspondencia entre aquellos que saben que han recibido un don inmenso, una gracia incomparable, una realidad que supera su vista y sus sentidos. Entre los privilegios del amor, quizá el más grande de todos, destaca el saber hacer uso de todo cuanto esté en nuestras posibilidades para seguir cultivando. Como en la metáfora del fuego, el amor vela para que la inteligencia se oriente para atisbar qué realidades sirven para avivarlo y cuáles provocarían su reducción y pérdida de fuerza. Pero hay más:

  1. El primero, descubrirse amando. Verse en esa situación ya es un privilegio. No tanto que “me amen”, sino ser nosotros mismos quienes actuamos este verbo. Los adolescentes dedican sus primeras cartas a “amar”, sin reparar o no en si son o no amados. Y lo disfrutan enormemente. De igual modo, en la vida adulta y en la madurez, la capacidad de amar se desarrolla y sorprende a quien ama. ¿Soy capaz de algo tan grande? ¿Cómo es posible que sienta algo así, si soy débil y limitado?
  2. Potenciar el bien del otro, salir de uno mismo. El amor descentra. Y puede llegar a despistar, ciertamente. Su dinámica natural siempre excéntrica nos mueve hacia el otro. Ya no nos preguntamos, “¿qué hago con mi vida?”, sino “¿qué hacemos con nuestras vidas?” Los pasos se tornan similares, sin perder identidad y originalidad, pero corren, andan o galopan en la misma dirección. Lo que era “mío” pasa a llamarse “nuestro”, y lo que “era de todos” sigue siendo “particularmente nuestro”.
  3. Utilizar cuanto esté en el medio, siendo inteligentes, para seguir amando. Nada frena. Ni las rosas con espinas, ni los charcos si se lleva chaqueta, ni un paseo largo, ni la música alrededor. El amor comporta la armonía con el medio, y éste deja de estorbar para ponerse al servicio, para ser utilizado rectamente. Lo que antes era estorbo, causaba decepción y molestia, tiende a transformarse en algo nuevamente bello que “habla y proyecta” aquella persona a quien se quiere. Los jóvenes, por ejemplo, dejan de utilizar las redes sociales y los teléfonos para todo aquello que acostumbraban, y ahora se convierten en medios exclusivos al servicio de su relación. Los adultos, con sus proyectos, toman decisiones y toman caminos de convergencia con aquellos a quien quieren.
  4. Superación de conflictos, sin evitar los roces. El amor vive de la cercanía. Y en la proximidad, también encuentra las complejidades propias de toda relación. No está excusada, salvo casos muy destacables, ni está exenta de tensiones y problemas. Lo cual supone un añadido más a el cúmulo de emociones y sentimientos en el que vive. Sin duda alguna, cuando hay amor las discrepancias se sufren con intensidad. Ahora bien, también se abren puertas nuevas y creatividad ante las mismas. Incluso llegarán a aceptarse como posibilidad para mostrar un amor más grande.
  5. El amor crea cultura, ambiente y entorno sano. Donde poder desarrollarse, y también al que otros querrán acercarse. Se materializa, por lo tanto, haciéndose visible o significante para otros. Rodea y envuelve, por decirlo así, como espacio privilegiado en el que moverse y en el que sentirse seguro, cómodo y confiado. Es un clima protector que no enroca, y fortalece la persona para su misión fuera del mismo.
  6. El privilegio de la libertad y de la valentía. Ambos de la mano, prudentemente engarzados. Por el amor se hace aquello que no pertenece a los esquemas en los que nos movemos habitualmente, comporta una lógica abismal que atrae sin consumir ni desgastar. Se hace lo que para otros, y en otras condiciones es impensable e imposible. Vive de aquello que pertenece, por así decir, a otro mundo, deseado para muchos y alcanzado por pocos.
  7. Sin perderse, se ve entregando. La valoración del paso del tiempo y de los proyectos realizados, frente a lo rápido que pasa todo y lo que hemos tenido que desechar y rechazar, enaltece lo primero oscureciendo lo segundo. Más que ser positivo y buscar pensar en lo bueno, encuentra en ello sus fuentes. Se aleja, en esta medida, de los artificios y superficialidades. Es entrega, y lo sabe. Está dando, es consciente. Hace opciones, toma decisiones y se esclaviza limitándose, y es verdad que le hace feliz. No se pierde, ni se deja robar, no se exige, ni se ve cohartada. Y sin embargo, está despierta al paso del tiempo, de las ocasiones, de las posibilidades y la rectitud del camino emprendido por amor.

De esta manera, optar por una vida en el amor supone poner y disponer los medios necesarios para que pueda darse. Y éstos son correlativos a lo expuesto en sus privilegios: tiempo de reflexión para reconocer la fuerza del amor en la propia vida, la apertura a los demás y al reconocimiento de su vida y situación, el uso responsable y valiente de los medios y las cosas, y no dejarse llevar por los conflictos que hieren.

Educación para la libertad


En la escuela reflexionamos, no pocas veces sobre la libertad, creyendo que así conseguiremos personas más formadas, confiando casi absolutamente en la razón. Y lo que tenemos, como resultado final, es una buena información en el mejor de los casos. Que algunos aplican y siguen, y otros olvidan intentando después hacer lo que pueden.

Una buena educación para la libertad no puede basarse en estupendas definiciones. Ni en un repaso histórico por la historia de la filosofía, como tampoco encuentra su fundamento en repetir hasta la saciedad la importancia de los Derechos Humanos. Ni tan siquiera en la reflexión personal, en las experiencias de vida, por mucho que éstas ayuden a construir y conecten con la realidad. Debería abarcar una dimensión más alta y más profunda de la persona. Contando con la razón, superándola ampliamente. Sin dejar de lado la vida afectiva de las personas, sus sentimientos y emociones, ni marginando las circunstancias, tan poderosas en el día a día, con los hábitos de la voluntad, los dejes del carácter y los imprevistos y sorpresas de la existencia humana finita y limitada. Todo cuenta, todo debe sumar. La persona en su riqueza y conjunto. Supera con mucho, una asignatura, siempre más aséptica y menos “didáctica”.

Sin embargo, hay una pequeña propuesta, para una especie de taller en el que retomemos con tranquilidad la toma de decisiones como fundamento práctico de la libertad, y a partir de ahí construyamos el resto. Al margen de si es una buena definición o no, la libertad se comprueba en la capacidad para elegir lo mejor. Hasta ese momento, todo queda en el reino de las posibilidades, y como tal, en el de la imaginación más o menos desconsiderada e ideal, sin pisar tierra.

Anticipo un par de prespuestos, que quizá conviene tener en cuenta:

  1. Toda persona desea ser libre. Y en su historia esto se manifiesta como pugna y lucha, a través de conflictos evidentes, de tensiones, de contrastes y contradicciones. Lo cual supone, para quien quiera ver, un doble proceso: de liberación y de adquisión de libertad, según grados.
  2. Es una cuestión al mismo tiempo interior y exterior. Es decir, propiciada o dificultada en el juego que hay entre estos dos ámbitos. Y no pueden confundirse, porque sería un gran error.
  3. A la realidad interior la podríamos denominar “mundo“. La libertad no es un “dejarse llevar” por lo que siento, intuyo o pienso. Tenemos numerosas muestras, a lo largo de un solo día, que dejarían reducida a añicos esta hipótesis. Es siempre más. Y demanda más de la persona, en tanto que también se comunica en relación al bien. En este mundo operan, con sus propios criterios y lógica, impedimentos o facilitadores, que me mueven e impulsan en una dirección o en la opuesta. De algún modo, este mundo está en disputa, pocas veces reconciliado, como si pudiésemos quedarnos tranquilos. Es necesario partir de esta realidad interna, para que nadie se lleve a engaños, ni tome decisiones a la ligera o de cualquier manera.
  4. A la exterior, circunstancias o ambiente. Para ser libre, como se venía repitiendo con intensidad hace una década, es imprescindible saber nadar, correr o volar contracorriente. El verbo no es lo importante. Sí lo es la actitud. De igual modo, también descubrimos sin ser ingenuos, que existen realidades que nos pueden ayudar. Dependiendo de dónde nos posicionemos, con quiénes nos codeemos, y con quiénes nos dejemos acompañar.

Si lo anterior lo aceptamos, sabiendo que hay más cosas que podríamos decir, lo que admitimos de partida es que elegir bien está bastante lejos de resultar lo más sencillo del mundo, o de ser algo inmediato. Dicho de otro modo, necesita ejercitarse. Además, añadimos ahora que de lo que pensamos a lo que hacemos también existe una pequeña distancia, que puede ser más o menos salvada por la voluntad personal. Y aun así, no todo está en nuestras manos.

Te propongo que busques ejemplos prácticos para los siguientes puntos. Intentando discriminar adecuadamente entre las veces que sigues estas reglas y las que no. Y así ir comprobando si son buenas orientaciones para la vida práctica, para el ejercicio de la libertad orientada.

  1. Existe una realidad interior que nos “molesta” cuando vamos por mal camino, y de la que podemos aprender a fiarnos aunque sea incómoda. Como esas veces en las que nos damos cuenta de que estamos siendo egoístas, o hacemos daño, y se nos despiertan luces interiores. O cuando estamos sentados sin hacer nada, y algo nos “corroe” por dentro sin permitirnos que nos acomodemos a la vulgaridad. Sólo hace falta, escucharse un poco y ser sincero con uno mismo.
  2. Lo contrario de lo anterior, también existe. Que cuando vamos a “mejor” y ganando en libertad, tomando decisiones importantes, no de cualquier manera, en serio y con todo el ser, aparecen dificultades, barreras, obstáculos… La vida misma. Sobre todo en el caso de personas que tengan que “dejar atrás” dependencias de una vida llena de esclavitudes. Aunque sean esclavitudes a los propios sentimientos, a relaciones que han hecho daño. Cuesta dejar atrás. Pero hablamos de algo más: que es excelente y necesario que aparezcan dificultades en la vida. Y tenerlo presente, y ser claros, aporta un “excelente indicador” de una buena dirección en la vida. Lejos está esta realidad de lo que normalmente se piensa o dice: “si te va bien… si te sientes cómodo… si no tienes preocupaciones ni nada…”
  3. Cuando estemos mal, nos sintamos intranquilos, insatisfechos, vacíos, desazón, odio, desconfianza, miedo o temor, pereza o tristeza, no tomes decisiones. Básicamente porque no sabrás por qué lo haces. Es mejor esperar, con paciencia, que vengan tiempos mejores. Si no, las decisiones serán siempre para huir y escapar de la realidad que tienes que aceptar. Es decir, que toda persona tiene que pasar por tiempos de mayor o menor “desierto”. Lo cual no es malo, ni bueno; puedes hacerlo bueno o malo. Y aprender a resistir en estas circunstancias es imprescindible para sentirse libre, saberse libre, ejercitar la libertad plena. Lo contrario es “dejarnos mover” y cambiar de decisiones en función de realidades externas o internas con las que no estamos cómodos.
  4. Cuando estemos en una situación como la anterior, lo mejor es analizar por qué estoy así. E intentar atacar esas causas. Ser sinceros con esto, porque nadie se deprime ni siente vacío “porque sí”, porque un día nos levantamos y de golpe nos encontramos mal. Si algo hay que cambiar estos días es todo aquello que nos provoca “estar peor”, combatiéndolo con fuerza y ganas.
  5. Relativiza tu situación cuando estés mal. Por ejemplo, tomándolo como una prueba que demostrará y pondrá a la luz de qué eres capaz y cuánto tienes en la vida. Para relativizar te harán falta puntos de apoyo firmes y claros, con los cuáles medir lo que está pasando en tu vida. Lo cual supone algo grande, imprescindible para formar tu propia “escala”, es decir, aquello en función de lo cual quieres decidir. Y podrás comprobar si tu “escala” te mueve a mejor, o te lleva por peor camino.
  6. Ante todo, no pierdas la calma. Y sé paciente. No todo puede llegar de un día a otro, como si nada. Aunque esté en tu mano algo, no todo depende de ti. Y conviene esperar con tranquilidad y paciencia de vez en cuando, aguardando aquello que realmente merezca la pena, sea intenso y fuerte.
  7. Si no pones pasión, entregándolo todo; si te conformas con mediocridades y vas por la vida siempre “a medias”; si se rechaza la prueba, sin afrontarla; si rodeas las dificultades, como si nada; si olvidas que no puedes generar por ti mismo todo en la vida… al final tomarás decisiones que también te dejen “en la mitad” de lo que realmente eres, sin reconocerte a ti mismo en ellas. Construyendo, en definitiva, lo que eres en la mediocridad y la tibieza.
  8. Cuando estés bien, toma decisiones. Éste es el momento. Sé valiente. Por lo tanto, sé valiente y sigue creciendo. Sin esperar la crisis, sin dejar las cosas como están. La claridad de esos días, la firmeza y la libertad se explican así a sí mismas ahora. La gente suele permanecer sin moverse, por miedo a que cambie el rumbo su vida. Pero al final lo único que se consigue es tener una casa bien amueblada durante un tiempo que pronto dejará insatisfecho, pasará de moda, o no habrá sabido adaptarse. Sin embargo, las mejores decisiones, por no decir las únicas buenas, se toman cuando todo va bien. A pleno día, se ve más horizonte y sabemos dónde podemos llegar, por dónde va el camino.
  9. Si todo va bien, tampoco pienses que es sólo por ti mismo. Esto es, sigue siendo agradecido y fortalece lazos a tu alrededor. El esfuerzo constituye una dimensión esencial de la vida, aunque alcanza pocas cosas de las que deseamos. Si las tienes y puedes disfrutarlas, no te las apropies egoístamente, no te reconozcas en ellas como algo que “ha nacido” en ti, sino como algo que has recibido amablemente. Y que debes además proteger, custodiar, y compartir. La bondad y la felicidad son débiles.
  10. Tres enemigos de la libertad son: el miedo, los secretos y los puntos débiles de nuestro carácter. Se aprende a lidiar con ellos a lo largo de toda la vida. Al principio parecen “juego de niños”, ante los que nos podemos defender encendiendo la luz o pidiendo perdón o creyendo que no se sabrá. Sin embargo, con el paso del tiempo hay que sacarlos y afrontarlos con decisión. El miedo paraliza. Indudable. Los secretos convierten a las personas en inseguras, consigo mismas y con las relaciones que establecen, marcadas por la desconfianza. Y los puntos débiles, no reconocidos y protegidos convenientemente, hacen un daño terrible a la persona. La convierten en una realidad frágil, acurrucada, escondida y dependiente. Todos tenemos puntos débiles, no todos aprender a conjugarlos con realismo.
  11. Los sentimientos son parte indispensable de nuestra vida. Unen pensamiento y emoción, corazón y cabeza. Es decir, nos expresan en totalidad. Pero tienen causas. Y es un arte reconocer su dinámica, y lo que provocan en nosotros. Arte que requiere de una inmensa libertad para “decirme a mí mismo” y ahondar en las razones que me mueven a ellos. Sea la alegría o la tristeza, la confianza o la desconfianza y el miedo, sea la envidia o la gratitud. Detrás de cada alegría se esconde una gran verdad, y detrás de cada tristeza una gran mentira. Ambas quieren apoderarse de las personas; algunas se dejan llevar con acierto, y otras son zarandeadas indiscriminadamente.
  12. Existen realidades que son absolutamente gratuitas en nuestro mundo, e indebidas. Los méritos no rozan la mitad de ellas. Aquí dejo el regalo de la fe, que ha bañado todo lo anterior. El don de Dios, el don que Dios nos hace. Vernos a nosotros mismos como seres libres, sin haber movido ni un dedo para estar así constituidos, nos debería provocar un enorme asombro y gratitud. Lo mismo con el amor, lo mismo con la vida, lo mismo con nuestra capacidad para plantearnos el futuro, para pensar, sentir, querer, sufrir. Ni un ápice hemos hecho para ser tan hermosos. La gratitud es motor que mueve el mundo en auténtica libertad, cuando percibimos que nada nos sujeta realmente, salvo el amor, la confianza, lo mejor, lo bueno.

Dicho sea de paso, la libertad sirve para poco si no se sabe dónde se quiere ir. Lo sabe hasta Alicia en el país de las maravillas. Si nos falta el cómo, si tenemos dudas, si queremos claridad, podemos utilizar lo anterior. Pero sin saber cuál puede ser nuestro final, dónde ponemos la felicidad, de nada sirve la libertad. Salvo para hacernos responsables de nuestras propias decisiones. Lo cual ya es mucho, siempre y cuando se acepte que existen consecuencias, que se construye una historia, que nos acercamos o alejamos de aquello a lo que estamos llamados a vivir.

Seguiré en otra entrada hablando de más de una de estas cuestiones. Para quien lo sepa, ciertamente están inspiradas en las reglas de discernimiento de Ignacio. Para quien no lo sepa, que tampoco busque ahondar más en ellas con la cabeza, sino que compruebe en su vida la capacidad para transformarse y dejarse llevar por el Espíritu del Hijo que vive y aletea en nosotros conduciéndonos directamente hacia el Padre que nos ama y aguarda.

Algunas cosas que he aprendido gracias a la crisis


Hoy todos nos creemos un poco expertos en economía. Casi como si fuera fútbol. Se ha convertido en un tema de conversación recurrente, frecuente y preocupante. De hecho, ha sido la crisis la que nos ha hecho pensar un poco más, ser más sabios en determinados aspectos. Y probablemente sin ella, no seríamos tan conscientes de algunas de las relaciones que existen en este mundo tan nuestro entre, por ejemplo, la producción y el consumo y la creación de empleo. Mejor dicho, si algún día lo supimos, no le prestamos suficiente atención, la que se merecía.

  1. Conceptos que ahora me parecen sencillos. Supongo que a todos nos suenan los siguientes términos de “casi siempre”: dinero, moneda, hipoteca, bolsa, crecimiento-decrecimiento, recesión, economía-finanzas, banco-caja, fusión, reforma, especulación, mercado-sistema, neoliberalismo, inflación-deflación, confianza de los mercados, deuda externa, ibex35. Pero nuestro acervo se ha ampliado enormemente: bonos, tipos de interés, primas de riesgo, confianza básica, y bastantes nombres propios, de personas, de instituciones, que por encima de loa países y los intereses de los ciudadanos son quienes parece que “organizan y controlan” todo. Ahora que hago la lista, creo que antes de la gran crisis no es que no supiera poco, sino que no le prestábamos la suficiente atención. En definitiva, algo que sí que he aprendido de la crisis es la ingenuidad de muchos, la excesiva confianza en que todo el progreso nos iba a defender de lo que estaba pasando, y que todo marcharía estupendamente bien durante mucho tiempo. Aquello del “estado del bienestar” y la mejora continua.
  2. Ahora sé que hay diferentes visiones de la economía y las finanzas. Y que por otro lado, los estados pueden “más bien poco” en proporción al sistema financiero. Siempre he tenido presente que Tokio, Nueva York y Madrid estaban unidos entre sí, en forma de tsunami ante el que es difícil responder o prepararse. Una mañana te levantas, pones la televisión, y el susto viene dado porque alguien de otra parte del mundo ha tomado como referencia para sus compras o ventas una noticia “medio verdadera o medio falsa” que ha desestabilizado a otros inversores-compradores y se ha producido una debacle. Es lo que tiene la globalización, la universalidad. A decir verdad, nunca me ha dado igual qué sistema económico predominara. Quizá directamente influido por aquellos exámenes en los que repasábamos la situación del norte-sur, la doctrina social de la Iglesia, o la situación de los últimos. De hecho, se confirma una vez más que parece que nos hemos acostumbrado a pensar sólo en los momentos de dificultad, de conflicto y de malestar. ¿Y cuando va todo como nos gusta, y nos sentimos cómodos? Pues nos acomodamos. Y acomodarse y dejar de pensar de forma seria, van de la mano.
  3. Que se pueden dar diferentes respuestas a la crisis. Lo cual son dos afirmaciones en una: primero, se puede dar respuesta; segundo, de muchas maneras. Que conste que no hablo sólo de política, también de estilo de vida de la gente. Se escucha y está en el ambiente, que es necesario reflotar la situación de determinados países (que significa, echar una mano a personas, familias, jóvenes y ancianos) porque con su caída pueden arrastrar a otros. Dicho lo cual, entiendo que hay medidas como la austeridad, el ajuste presupuestario, la reducción del déficit que me parecen tan importantes como la reordenación de los gastos públicos, sin despilfarrar y con metas de crecimiento y sostenibilidad humanas. Pero no todo vale, al menos en mi humilde cabeza teórica. Se escucha cómo va flotando en el ambiente que algunos tienen más y otros tienen menos, y se pide (con carácter de urgencia, exigencia e imposición) que se compartan situaciones. Lo cual a mi entender cae de nuevo en el error de pensar que el mal de nuestra sociedad es que existan ricos, en lugar de volver la mirada hacia los pobres, verdadero interrogante. Dicho de otro modo, que no estamos así porque haya ricos, sino porque tenemos pobres. Que no nos estamos rasgando las vestiduras por la situación de los bancos, sino por la precariedad vital (no laboral) de las familias con parados, de los jóvenes sin trabajo, de los estudiantes sin esfuerzo.
  4. El dinero es muy importante. Alguno me dirá que soy demasiado inteligente por darme cuenta de esta cuestión. Y me echará en cara que la Iglesia defiende lo contrario, que no es algo determinante para nada. Y tendré que decirle que no a lo primero, y que no a lo segundo. Con todo el dolor de mi corazón, porque ya me gustaría decirle que soy muy listo, pero no es el caso. Y ya me gustaría que pudiésemos vivir en un mundo sin dinero, sin esclavitudes, pero de momento lo veo un tanto lejano. ¡Siempre he sabido que el dinero era importante! De hecho, me ha preocupado que estuviera entre los deseos y aspiraciones de los jóvenes que elegían su carrera, y que fuera un motivo de tensión en los hogares españoles, ya antes de la crisis, cuando padres trabajadores y humildes dejaban que sus hijos dilapidaran fin de semana tras fin de semana un dinero que a sus mayores les costaba horrores ganar. Lo que ocurre ahora es que me he dado cuenta de que reformar y reorientar esta cuestión es decisiva, y no todos están por la labor. Y que poner el dinero que no tenemos y nos hemos gastado en tercera o cuarta prioridad, es un esfuerzo enorme. No pienso, porque nunca lo he hecho, en un estado donde no existiera. Lo doy por hecho y por descontado. Aunque alguna experiencia preciosa he tenido al respecto, comprendo que no podemos salir sin más de la realidad y montar un universo paralelo donde todo sea más bonito e idílico de lo que tenemos delante. O no lo podemos hacer por imposición, ni por huida. Y mientras tanto, el dinero seguirá siendo importante.
  5. Macroeconomía y microeconomía son diferentes y están vinculadas. Cuando algún modelo “reflexivo” plantea el mundo como si fuera la propia casa, y por lo tanto la economía doméstica como paradigma de la economía global, nos está planteando una metáfora que al mismo tiempo comporta matices ciertos y otros que no lo son tanto. El uso del dinero depende también de factores culturales y sociales, la capacidad de ahorro y previsión igualmente. Y así con más elementos que conforman el mundo económico. Lo cual hace que nos tengamos que poner “de acuerdo” al menos en unas cuantas reglas, haga lo que haga después cada individuo en sus cuestiones particulares. Sin embargo, parece que todo ha comenzado por algo tan personal como la codicia, el olvido de los pobres, el ansia de tener más y más, la falta de cálculo y conciencia de las propias limitaciones. Y en cuestión macroeconómica se ha dibujado un mapa donde las alianzas y cercanías de unos con otros es manifiesta. Los países europeos se necesitan mutuamente para sostener el euro, los estados americanos también tienen sus debates internos y se olvidan de las grandes reformas sociales, y los países emergentes están esperando su momento para diseñar un nuevo mapa mundial de influencia y poder. ¿Y los países pobres? Ahí están. No se les oye, una vez más.
  6. No te puedes salir, ni huir del mercado y del sistema. Se acabó aquello de las comunas. Todos han jugado la misma partida, y se han sentado a la mesa de las apuestas.
  7. Sea como fuere, también he comprendido qué supone que nos hayamos gastado un dinero que no teníamos. Antes se oía, de vez en cuando, cómo un albañil había conseguido ganar lo suficiente para comprarse un Jaguar, un Mercedes o un Porche. O cómo la gente vivía por encima de sus posibilidades. He visitado lugares donde no existía luz eléctrica (se robaba de la calle) en la que había televisiones de plasma. Y conozco a más de un humilde trabajador que hacía viajes de ocio por vacaciones que mis padres nunca se hubieran permitido. Hemos estado viendo cómo la cultura del ahorro de nuestros mayores se transformaba en la cultura del consumo por el consumo (consumismo) irresponsable, y era además fomentado e impulsado en todos los sectores. Se entendía, además, que para ocupar un determinado puesto social había que corresponsabilizarse con un status que implicaba unos gastos y un ritmo de vida acorde a los ingresos. En uno y otro caso se trataba siempre de gastar más de lo ganado, prácticamente, apoyados por los bancos, cajas y préstamos hipotecarios al 130%. Y más curioso aún, hemos pedido que las infraestructuras públicas, el sistema público de servicios, respondiera de la misma manera haciéndonos creer que vivíamos en un mundo estupendo, maravilloso, donde las dificultades no existían. Todo esto, por ser sinceros, lo sabíamos. Al menos lo habíamos escuchado. Nos habíamos escandalizado de algunos comportamientos, e interrogado por ellos. Y sin embargo, todo seguía adelante.
  8. Que la crisis no es económica. Y lo digo sin matices. Hace un año, o dependiendo del auditorio, escribiría esa frase del siguiente modo: “La crisis no es sólo económica.” ¿Por qué no sólo económica? Porque detrás de la economía se va vislumbrando, le pese a quien le pese, un sujeto débil, irreflexivo hasta el momento, cómodo y tristemente esperanzado con ilusiones frágiles, bastante insolidaridad y sobre todo en la medida en que afecte al propio bolsillo, incapaz de ejercer ciertas renuncias y sacrificios y con un ansia voraz de cosas y experiencias… La crisis no es sólo económica porque se ha instalado en la precariedad de familias con vínculos poco estables, llamados a recuperar la relación de dependencia después de un tiempo de alianzas con los préstamos bancarios. La crisis no es sólo económica porque toca el corazón de los jóvenes hiper-preparados intelectualmente en sus ámbitos respectivos, sin un horizonte real en el que poner al servicio de la sociedad aquella inversión pública realizada en ellos; y porque la educación no ha pretendido la mejora social, sino la competitividad dentro del mercado de “personas” y puestos de trabajo.

Dicho lo cual, y sabiendo que ahora sé mucho más incluso de lo que he expuesto, pero no tengo un orden suficiente para clarificar las ideas ni es una cuestión en la que vaya a invertir tiempo en estos momentos, también tengo la firme convicción de que esta crisis es una Palabra dada a la humanidad que podemos acoger y comprender, o rechazar y negar.

  1. La austeridad no es una condena, nos hace más felices de lo que creemos. Tener aquello que necesito como medio que garantiza que otros también podrán disponer de ello.
  2. Ordenar justamente los recursos que son públicos, esto es, de todos para el bien de todos. Exigiendo, eso sí, un compromiso firme de unos con otros más allá de cuestiones económicas, recuperando las relaciones sociales, el voluntariado, los servicios sociales.
  3. El individuo está llamado a ser único, a responder a su vida desde sus principios. Los cuales son dialogables, no son cerribles ni pueden generar gregarismo o masa.
  4. La solidaridad con los países pobres no es para un programa de televisión ni un rato de buena conciencia al año, sino un problema macroeconómico en el que todos tienen algo importante que decir.
  5. La humanidad reclama trabajo para vivir, no vivir para trabajar. Y una buena reflexión sobre la educación, los valores y el esfuerzo tiene mucho que decir.
  6. No se puede dar por perdida ninguna generación, por muchos conflictos que tenga que afrontar. Esto es un fracaso del desarrollo y del progreso entendido en términos de autonomía.
  7. Creerse todo lo que dicen, de cualquier manera, ha llevado a un pensamiento tan débil y carente de vigor que ahora las personas están desorientadas y a la espera de nuevas respuestas.
  8. Está en nuestras propias manos tomar algunas decisiones, luchar y vivir contra la corriente que se ha impuesto en los últimos años como “lo único bueno”.
  9. De la crisis son responsables todas las personas, y todas las instituciones. Lavarse las manos, sin asumir lo propio y sin hacer autocrítica, es el camino fácil que no conducirá a nada más que a cumpabilizarse.
  10. Más que un pacto de todos, necesitamos personas “buenas” en el poder y en la toma de decisiones, con un corazón lo suficientemente convertido para que salgan de su egoísmo y no se dejen atrapar por la codicia y el interés. Pero a la gente le toca confiar en sus instituciones.