Una vez al día, durante un año


Entre unas cosas y otras, me doy cuenta de que cambiar nuestra vida requiere mucho esfuerzo. Hay quienes, de hecho, creen que mágicamente pueden dar de golpe un volantazo y que todo sea diferente. Pero no le aconsejo a nadie esto, no sea que se cumpla. Suele ser muy doloroso, motivado por un acontecimiento fuerte e impactante, caracterizado por lo tremendo. (seguir leyendo)

Haciendo puzzles


Algunos saben que últimamente le doy a esto del puzzle. No mucho. Han sido dos, para principiantes, en dos ratos de los últimos diez días. Pero como nunca había caído en la tentación de someterme a sus exigencias y ritmos, me ha parecido una actividad muy iluminadora y educativa. Enumero algunas de las cuestiones que me ha dado tiempo a pensar mientras estaba enfrascado colocando, ordenando y buscando piezas.

  1. Acoger la tarea ha sido regalo de alguien importante. Un reto en el que no me quedé solo. Fui acompañado, educado. La maravilla de crear algo, no en solitario y asilado, sino en común, en comunidad, juntos. Tocaba aprender, y quebrar las opiniones propias para recibir y secundar los gustos y necesidades de otras personas. Creo que sin este previo, nunca me hubiera puesto delante de un pequeño puzzle de 500 piezas con multitud de colores repartidos de formas tan diferentes.
  2. Todo comienza con el marco. Que se forma poco a poco. Y sirve para delimitar bien los espacios, para fijar esa franja más allá de la cual no tiene sentido pensar, fuera de la cual no existe ni belleza ni dibujo. Sin embargo, no se piensa en negativo, sino en positivo: ¡por fin tengo el espacio dentro del cual se desarrollará esta vida! ¡Estamos centrados! Por muy bonito que sea el marco, cuando lo terminas tienes la sensación agridulce de un primer paso, ¡quedando todavía darle contenido!
  3. La experiencia de partida es de gran confianza, puesta a prueba durante el juego, al menos en mi caso. Das por descontado que todas las piezas que salen de la bolsa tienen su lugar. Y que no falta ninguna, siendo todas imprescindibles y necesarias. Es decir, son todas las que son imprescindibles, no hay ninguna que no sea. Como si dispusiésemos de todos los elementos necesarios, no hubiera que trabajar para conseguirlos y fueran generosamente concedidos de partida. ¡Allí se encuentra todo! Si mirásemos así al mundo… sería diferente. Aquí no sobra nadie, sobran cosas, algo que pulula por ahí. Pero no sobra nadie y deberíamos gritarlo a los cuatro vientos.
  4. Y, con confianza, se asume la dificultad, el conflicto, el reto y la aventura. Ahora bien, yo al menos sería incapaz de hacer algo sin un modelo de referencia. Porque necesito fijarme una y otra vez, alzar los ojos fuera de “lo incompleto” y dejarme prendar por los detalles que busco de “lo completo”. El modelo lo es todo. ¿Imaginas hacer un puzzle, que te vendan uno en el que no sean parejas las fichas con lo que te dicen que tienes que hacer? ¡Quizá algunos serían capaces, sobre todo si son pocas fichas! Yo no sabría por dónde empezar.
  5. Los primeros pasos sirven para poner orden. Al menos en mi caso, lo que he hecho es una especie de criba para agrupar afines. Una estupidez, en parte, porque no hay grupos separados ciertamente. Se trata de simples parecidos. Lo cierto es que la relación la establecen con todos. Las primeras piezas cuesta ponerlas, encontrarles su lugar. Es difícil acertar de pleno y a la primera. Poco a poco se va educando la mirada, y buscas con más precisión tanto utilizando su forma como atendiendo a su “dibujo”. Lo dicho, que cuanto más avanzas, más fácil resulta. Y si al principio parece que no tendrá sentido y será imposible, todo se transforma en las últimas piezas en facilidad proporcional si están bien colocadas.
  6. La belleza particular, y la belleza general. Aunque sabes que el puzzle no está completo, ni confundes la parte con el todo, ¿no te sorprende la belleza de las piezas, con sus colores y armonía? En el primer puzzle que he hecho como adulto, y me ha parecido un detalle grandioso, le pusimos nombre a dos piezas. Buscamos hasta identificarnos, y fue hermoso contemplar el lugar que teníamos en el conjunto. Sin embargo, la belleza del final-final, cuando todo está completo y terminado, cuando te levantas, lo miras desde lejos y lo observas con alegría, y le haces una foto… ¡qué maravilla!
  7. Cada uno en su lugar. Y si no está en su sitio, usurpa el de otro, que tiene que marcharse. El verbo “encajar” deberíamos aplicarlo con más frecuencia al género humano. Algunos ocupando el lugar que corresponde a muchos otros, y otros amontonados esperando un hueco en el que “forzar su situación”, haciéndose daño y dañando a los de alrededor. Cuando las cosas no encajan, hay que aprender que algo hay fuera de lugar, y en lugar de intentar que encajen por todos los medios, pararse, ver si realmente el dibujo va por buen camino, y deshacer, si es necesario, el camino andado.
  8. Cambiar la perspectiva. De vez en cuando, conviene moverse, girar el puzzle, posicionar las fichas de otra manera. Porque hay momentos en los que se pide gran paciencia, calma y sosiego para no sentir que “se ha quedado una ficha en la fábrica sin salir”, o que nunca encontrarás lo que necesitas. Nada más darle aire a esa sensación conviene salir, darse un paseo, retomar la actividad más tarde y con esperanza. O preguntar a quien tienes cerca, o intercambiar los lugares desde los que estábais trabajando.
  9. El trabajo en equipo. Lo dicho. Que es palpable que el trabajo dentro de un grupo que congenie bien y trabaje activo y con ritmo unido, se hace más llevadero. Suele pasar que cuando uno está mal, el otro va como una fecha. O que los dos aumentan el ritmo como si jugasen a “piques infantiles” que le dan alas a la tarea y abren el corazón para centrarse. Y también que la alegría, al ser compartida en totalidad, no sólo al final, sino sobre todo en el proceso, se multiplica por mucho más que dos. Se deja de hablar del puzzle, y comienza la conversación entre personas, sobre lo hecho, lo vivido, lo sentido, dejando el puzzle en un segundo plano y recordando que primero somos nosotros, que la primacía la tiene aquel que habla, aquel que esucha, aquel que siente, aquel que toca, aquel que canta o que llora. Y las cosas, en su lugar, son cosas carentes de vida más allá de la que le queramos dar.

Dialogando con Epicteto


Grandes hombres han sembrado nuestra historia de testimonios de vida sublimes, y de reflexiones muy interesantes. El otro día tuve que reencontrarme con uno de ellos (ahora más sereno que cuando lo leí siendo alumno de Filosofía, y con algo más de sabiduría), a propósito de un comentario de texto que pedí a mis alumnos de Bachillerato. Se llama Epicteto, griego de nacimiento (aunque hoy lo llamaríamos turco), fue llevado como esclavo a Roma para el servicio del emperador durante el primer siglo de nuestra era, y terminó sus días exiliado en Grecia por alcanzar demasiado prestigio. En su destierro, continuó con su labor educativa, formando ciudadanos y personas en su escuela estoica. Trabajo sobre Física (arte de conocer el mundo), Lógica (arte del buen discurso y del razonamiento) y Ética (arte de saber alcanzar el bien). Como Sócrates, su referencia filosófica principal, no escribió nada. Tarea que emprendió su alumno Arriano, gracias al cual conservamos su Manual, el “libro de texto” que servía de base a su enseñanza.

Hechas las presentaciones, me sorprendió mucho la lectura y actualidad del Manual. Al principio consideré mucho su actualidad, y contraculturalidad. Pero es algo general. El estoicismo no forma parte de nuestra base. Somos más de Epicuro o Diógenes. Marco Antonio, Séneca o Epicteto nos cogen a desmano. Sin embargo, si lo cotegásemos con muchos de los tweets de ayuda  y de coaching que se cruzan permanentemente la red, nos llevaríamos grandes sustos al ver cuán lejos están del placer y del cinismo, y lo próximos que son al fondo de la stoa. Las propuestas sabias de la red sobre la buena vida, sobre la felicidad, sobre el éxito, sobre el dominio de sí mismo, sobre el verdadero disfrute de la vida, sobre las batallas que podemos y las que no podemos librar, se parecen mucho a este pensador antiguo. Hay tres palabras que debemos aprender para leer filosofía antigua, en relación a la ética, y que no son ajenas en absoluto al cristianismo y a las religiones orientales: (1) ataraxia (2) apatía y (3) eupatía. No me toca a mí explicarlo ahora, pero su etimología es nítida.

Pongo algún ejemplo, para hacer más notoria la semejanza:

  1. El primer capítulo del Manual se dedica a la distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros. Aconsejándonos vivamente que “nos metamos en nuestros asuntos” y prescindamos de heroicidades en la que no podemos llevar el control.
  2. La armonía con la naturaleza se ejerce en lo cotidiano. Cita referencias de lo más comunes hoy, no tanto entonces, como darse un baño, o en las tareas personales. Y añade que no se trata tanto de qué estás haciendo sino de cómo lo estás haciendo.
  3. La diferencia entre la felicidad y la infelicidad no está en lo que sucede y acontece fuera de nosotros y al margen de nuestras posibilidades, sino de nuestro pensamiento sobre la realidad. Es decir, todo lo que sucede, en principio, no tiene capacidad para hacernos daño o felices si no se lo permitimos. El pensamiento es la clave que inclina la balanza, nos defiende o permite la entrada en nuestra vida de la realidad “extramuros” de nosotros mismos. Epicteto pide cautela, como no puede ser de otro modo, respecto a las ideas y los prejuicios, y solicita el ejercicio prudente y cultivado de las buenas ideas. Sin ellos, sigue insistiendo, todo estará perdido. Y sin su recta determinación, nada se podrá hacer. “No podemos elegir las circunstancias externas, pero siempre podremos elegir cómo reaccionar ante ellas”.
  4. Nada se gana con culpar. Los “más” y “más comunes” (el vulgo) con frecuencia se entrega a hablar y condenar a otros por todo cuanto sucede. Los “menos”, en un escalón más próximo a la sabiduría, se culpan a sí mismos. Tanto a unos como a otros habrá que recordarles que el camino elegido no termina en ningún buen puerto, como calle cortada. Es una necedad. La sabiduría se aleja de ser barridos por reacciones emocionales debastadoras.
  5. Las cosas son las que son, los demás que piensen y hablen lo que quieran. O dicho de otro modo, asume un realismo puro y duro, craso y contundente, alejándote de imaginaciones y alienaciones. Y por otro, no confundas la realidad con aquello que la gente habla, y no siembres confusión en tu interior por las necias e ignorantes interpretaciones de la realidad.
  6. El mérito personal no depende de ninguna fuente externa. Luego sólo queda como posible origen, la fuente interna, la interioridad, la personalidad y aquello que nosotros somos capaces de crear. Confía, por lo tanto, en la persona de modo increíble, pues en ella está “toda la verdad”, al modo platónico, y toda la realidad que podrá desplegar, al modo hegeliano. Se desprende de aquí la búsqueda interior, la necesidad del conocimiento interno y personal, y el auto-éxito. ¿Cuadraría con la perspectiva actual del emprendedor moderno? “Te ha sido encomendada una labor, ponte manos a la obra.”
  7. La claridad sobre los auténticos propósitos. Sin vagar errabundos en cuestiones secundarias, vapuleados por el placer, el ocio y la diversión. Hay cuestiones primeras y otras que pueden esperar, a pesar de su aparente bondad, porque distraen y apartan de lo fundamental y la clave de la propia vida. “Si el barco se detiene en un puerto y echa el ancla, puedes bajar. Pero permanece atento a la llamada del capitán.”
  8. El poder de la voluntad. Entendida como la capacidad para tomar decisiones por uno mismo, de dirigir la existencia y dar entidad al futuro sin escribir. Voluntad que enlaza con la libertad, no intacta en su pensamiento pero sí suficiente, y en la que cada hombre debe confiar plenamente y de forma real. Una voluntad que nunca debe verse afectada, salvo que el hombre sea descuidado y permita su propia esclavitud interior.
  9. Y, por cerrar en algún momento esta reflexión, utiliza plenamente lo que te sucede. Expresión literal tomada de su Manual, que vuelve a despertarnos la inteligencia frente a un mundo indiferente. Todo eso “exterior a nosotros mismos” está esperando ser utilizado. Y puede ser, de hecho, utilizado para bien. No controlado, en tanto que es algo que nos sucede, que no nos debemos a nosotros mismos, que no hemos labrado con el sudor de nuestra frente. Está ahí, y espera integrarse, como pugnando con nuestros muros, en nuestra realidad. ¿Al servicio de lo primero o de lo secundario? ¿Para darnos paz o dejarnos intranquilos? Esto depende de quien abre las puertas, y de su voluntad de dominio y control.

Estas son algunas de las palabras que aparecen en el texto citado, el Manual o Enquiridium. No he ofrecido un comentario total y absoluto. Ofrezo el de José Antonio Bielsa, como otra posibilidad muy aceptable. Sin duda, ofrecen un mundo muy similar al que seguimos buscando de una u otra manera a través de las ciencias humanas modernas. ¿Será que hemos dejado de ser originales?

Pero no busco una exposición, como clase teórica, sino un verdadero diálogo. Para lo cual, algunas preguntas, que a mí personalmente, me quedan pendientes después de leer y pensar lo que está escrito:

  1. ¿Realmente nada exterior depende de nosotros mismos hasta el punto de vernos a nosotros mismos, y nuestro mundo, reducidos a las paredes del cuerpo y a la fuerza de la voluntad? ¿Todo cuanto esperamos de “lo de fuera” es hacer uso, utilizar y servirnos para el propio bien?
  2. ¿Quién ordena “lo primero” frente a “lo secundario” de la vida? ¿Existe alguna referencia objetiva, alguna llamada principal y particular que pueda realizar ese ordenamiento interior en función de la verdad y del bien? ¿Y puede ser alterado con bondad, pasando a ser aquello que es considerado secundario como lo primero?
  3. ¿No subyace detrás de tanta neutralidad del mundo exterior un fuerte pesimismo y desconfianza en el mundo, las cosas y las personas? ¿Esto es una experiencia personal por la esclavitud y la vida cercana al emperador, con sus injurias y despropósitos, y los olvidos del mundo más allá de sus narices? ¿O es extrapolable? Habiendo contextos que estén verdaderamente tan deshumanizados, que los hay, ¿debemos quedarnos impasibles e insensibles?
  4. ¿Toda la propuesta ética para alcanzar la felicidad está ciertamente en la “imperturbabilidad” y la “insensibilidad“? El camino que describe, excesivamente negativo, contempla la potencia y la realidad conforme a la verdad que podemos alcanzar, conforme al bien que la fundamenta, conforme a la bondad de las leyes del universo y las posibilidades del hombre.
  5. ¿Es la realidad “que es” tan descriptible e impasible como pide que sea, y como no pocas veces nos gustaría, o depende sobremanera de nuestras interpretaciones y de nuestro lenguaje y preguntas? ¿En esa realidad que se construye interiormente, como “lo que es”, qué lugar ocupa el lenguaje debido a otros, y que por lo tanto deberíamos agradecer?
  6. ¿La ética puede vivirse “sin sentido” en los tiempos que corren, afincada y afirmada exclusivamente en el deber, en la ley y en la autonomía?
  7. Algo que tampoco comprendo del todo, junto con tanta fuerza de voluntad, esfuerzo y sacrificio, es la incapacidad para transformar el mundo y la realidad, y tanto quedarse anclados en “la libertad interior” e intimista, a la larga. Siendo tanta la huella que podemos dejar en el mundo, ¿por qué no poner, en parte, la felicidad en esa transformación del mundo?

Seguirá el diálogo. Personalmente, muy interesante. Y espero que otros se sumen a la lectura de este clásico, y sepan mantener una actitud digna del buen esclavo con quien hoy hemos pasado un rato “entre palabras”. Ahora toca la acción.

Cultivar la delicadeza


Hoy voy a ser un poco egoísta, aunque quede mal decirlo, y lanzarme a escribir sobre algo que veo que mi mundo, mis relaciones, mi entorno, mi trabajo, mi todo… necesita cuidar con mayor ahínco y dedicación, con una entrega más explícita y expresa. Aunque sí considero real que el mundo en general, el mismo en el que yo vivo y que no manejo o no pertenece directamente a mi entorno, necesita igualmente tratar con seriedad, reconducir su humanidad, sus criterios y sus opciones, demostrarse a sí mismo en qué mundo cree realmente y qué está dispuesto a comprometer por alcanzarlo.

La delicadeza entronca con una serie de atributos y cualidades, como puede ser la ternura, la suavidaz, la finura, la exquisitez, sutileza, distinción, la paciencia, el cariño, y oponiéndose a sus contrarios de forma decidida, como ante la grosería, la vulgaridad, la desconsideración, la descortesía, la brusquedad, la indiferencia y desatención. Llamo la atención sobre la pertinencia de enfatizar la delicadeza en nuestro mundo, porque de otro modo, se apoderará de él fácilmente su contrario egoísta y solitario, prepotente y dominador. Toda acción es susceptible de ser valorada desde esta perspectiva, lo cual significa que toda acción es, ya, desde mucho antes de ser pensada, o delicada o no delicada. Y aunque no seamos consciente de ello, se transmite, se comunica, y se hace visible, sensible o inteligible a otros.

Se ubica, según lo dicho, por tanto en el marco de una familia o especie determinada, que no quisiera confundir ni con ñoñería, ni con susceptibilidad ni suspicacia, ni con aquellos caracteres melindrosos y melancólicos. Algo delicado, no tiene por qué ser frágil necesariamente. O mejor dicho, no pertenece a la delicadeza y finura, el hecho de ser frágil. Quizá sí convenga considerar la fragilidad, como propia de toda relación humana, pero no en cuanto a la delicadeza misma. Como tampoco, y perdonad que insista, podríamos asociarla banalmente y de forma desdibujada, con el mundo femenino en oposición al “macho y viril”.

Dicho lo cual, en este necesario retorno a la delicadeza en nuestras sociedades modernas y progresantes, hiperdesarrolladas en lo técnico e hipertrofiadas en lo humano, toca empezar desde abajo, desde lo básico:

  1. Delicadeza en el saludo. Perder la costumbre de saludar termina siendo una negación de la bienvenida que damos al otro en el nuevo día, una muestra indolente de la presencia del otro una vez más, totalmente única y nueva, y el portazo a la experiencia común que vamos a emprender. Podemos ir, piénsalo un momento, sin saludar por el mundo porque consideremos que no es útil, o incluso porque genera relaciones que no deseamos establecer, aunque ya están antes de nosotros. El saludo es simple reconocimiento, simple apertura, simple acogida. Aunque también porta una fuerte dosis de salida (saludo) hacia el otro, persona reconocida en su dignidad. Y me despierta ante el espejismo de estar solo. Propongo potenciar los saludos ingeniosos, alejados de los tópicos y de los ya establecidos. Un “qué tal” repetido hasta la saciedad, sin la pausa necesaria para la respuesta, termina no significando nada, careciendo de su sentido genuino construido por la historia de la humanidad.
  2. Delicadeza en las conversaciones. Poco a poco, podemos ir tomando referencias de cómo nos situamos en el diálogo y el trato con los demás. Es una responsabilidad que no puedo derivar en otros, que concierne siempre al sujeto, independientemente de la actitud de los demás. Mi situación y mi actitud es mía, y con eso sería suficiente por tanto para aceptar su seriedad y claridad. Y, en esta medida, hacerla reflejo de lo que realmente quiero ser, deseo ser, y sé que es mejor. Abandonada la persona a sí misma, a sus rutinas y repeticiones “supersticiosas” se encierra en sus prejuicios, en sus expresiones agrestes, en el ejercicio continuado del derecho a que otros la soporten tal y como es, sin que ella haga lo mismo con los demás. Abandonada a sí misma, se da muerte a la escucha, al talento para generar unión…
  3. Delicadeza en la forma de hablar. El tono, la paciencia, la selección de las palabras en atención a las necesidades. ¿Quién no se ha arrepentido más de una vez de decir algo, o decirlo de un modo determinado, que sin querer ha ofendido a alguien, ha molestado, generado malestar o confusión? Un ejercicio enorme en este sentido es prevenir conversaciones, y pensar antes de hablar. Conozco personas sin filtro mental, para quienes cualquier ocurrencia se convierte en palabra, y terminan muy dañados. Y otros que criban sin verdaderos criterios humanos y personales lo que van a decir, pensando que están legitimados a decir cualquier cosa en cualquier momento ante cualquier persona, por el hecho de ser ellos mismos personas. Lo cual es estupendo, y cierto, aunque no siempre es lo mejor ni atiende al principio de delicadeza. O, en su defecto, saber callar para esperar tiempos mejores, mayor receptividad o incrementar su reflexión. Puede ser, intuyo, buena definición de este apartado, aquello de que llevar la razón no es siempre lo más importante, y mucho menos lo mejor. Las palabras se subordinan a fines mayores, y conviene esclarecer a qué están sirviendo y a dónde nos conducen.
  4. Delicadeza al hablar de las intenciones de los demás. Pasamos con demasiada facilidad de una conversación que parece ceñirse a los hechos, respetando lo que ocurre como si fuera una mera descripción, al análisis de sus causas, sus motivaciones y sus intenciones. Y ese paso, que no es tal, sino un salto de nivel o una inmersión en un mar, parece que puede dirimirse en función de las mismas reglas que lo descriptivo. No siendo así realmente. Ante esta situación se impone la delicadeza como la rectitud personal que garantiza la buena prensa de la otra persona, que supone por adelantado su bondad (no sus maldades varias y diversas) y su intención positiva. Quizá sea más acertado que lo contrario, aunque no siempre esté de acuerdo con esto, en función de un sentido crítico de la realidad. Sin embargo, conviene hacer un poco de “contrapeso” en nuestras actitudes, y recordarnos de este modo de qué lado estamos, cuál es nuestra intención sincera a la hora de hablar de los demás.
  5. Delicadeza a la hora de reclamar nuestros derechos. Que existen, que están garantizados por ley, que son reales y de justicia muchas veces. Pero también vamos comprobando qué sucede en nuestras realidades relacionales y sociales cuando la primacía del derecho se aleja de su pareja, el deber, y se extrapola más allá de lo que le corresponde. “Le di la mano, y cogió el brazo.” Además, por otro lado, los derechos tampoco son aplicables a todas las circunstancias de la vida. La legislación protege de posibles males, y corrige determinadas injusticias. Lo cual significa que se aplican en situaciones extremas, y que bordean los posibles humanos y sociales, sin indicar qué es exactamente lo bueno, lo humano y lo justo en cada momento. Porque existen muchos posibles, insisto. Luego se impone racionalmente dejar de manejarse, para ser delicados, en clave de derechos continuamente. La vida verdadera se mueve en las lindes del amor. Pedir y exigir se pueden cambiar en solicitar, en conversar, en exponer una necesidad que puede ser atendida y facilitada por más personas que “un sujeto de derechos”.
  6. Delicadeza al caminar hacia nuestros objetivos. Si tenemos claro algo, y ya hemos valorado (ojalá que no en simple soledad) que es bueno, vayamos a por ello y lancémonos con decisión en su consecución y alcance. Pero, ¿por el medio cómo ir? ¿Corriendo, sin mirar, pisando, compitiendo, luciéndose? Alcanzar objetivos y ser delicado, no son incompatibles ni se excluyen el uno al otro. Es más, la delicadeza puede generar alianzas mayores para lograr lo que queremos.
  7. Delicadeza en la preparación. Todos tenemos muchas cosas, probablemente, que preparar de un día para otro o al planificar seriamente la semana. En estos instantes podemos trazar líneas gruesas o afinar hasta los detalles. Lo segundo llevaría mucho tiempo, porque la delicadeza lo requiere. Y cierto es que no disponemos de tanto como creemos algunas veces, a menos que queramos realmente vivir en lugar de programar. Sin embargo, podemos poner un toque personal en lo que hacemos, a modo de firma que nos identifique y señale, que cree en los demás la conciencia de participación en algo tuyo, o mejor aún, que sientan como hechos para ellos, a modo de clamor y dedicación, el detalle en el que has reparado.
  8. Delicadeza en los malos días. Sean los tuyos, a los que también tienes derecho, y estás tristemente obligado. Sean en los días negros de los demás, que te rodean, y que sentirás con mayor intensidad cuanto más les quieras y cuanto más unido estés a sus vidas. Esos días conviene armarse de paciencia, ser fuerte para no acrecentar el daño y saber frenarse y contenerse. Hay que conocer a quien tenemos delante, que unas veces necesita sentirse apoyado y protegido, cubierto en sus circunstancias. Y otras lo que desea es sentirse libre, y que le dejen en paz, sin molestias de parte de nadie. Sea como sea, sea cual sea, sea quien sea, lo interesante es plantear que hay que extraer fuerzas de flaqueza, mantener vivas aquellas zonas que no estén amenazadas, y aprender a refugiarse encontrando baluartes.
  9. Delicadezas particulares. Cierto es que toda persona merece ser tratada con dignidad. Todos somos personas. Toda persona es respetable. También es verdad que hay que dar una segunda indicación al respecto. No sólo son respetables todas las personas, sino que hay que proceder con delicadeza respecto a toda la persona en su conjunto, porque sería falso caminar en la vida de otra manera. Delicadeza aquí significa capacidad para acoger los sentimientos, los pensamientos, las creencias, las preocupaciones, los intereses, las debilidades, las situaciones de los demás. No sólo a la persona, sino a toda la persona. Y eso requiere una dosis de finura y precisión tremenda, que se puede educar de algún modo, a través de la reflexión, de la experiencia, del diálogo, de la escucha. Así será como desarrollemos estas delicadezas particulares, que nos indiquen qué hay de especial en el otro que debemos velar con mimo, proteger con esmero.

Como se me viene la hora encima, tengo que dejar aquí el post. Normalmente digo que continuará, aunque no siempre puedo cumplirlo. Aunque me quedo con ganas de darle mayor detalle a este asunto. En vuestras manos…

Volver a empezar la semana


Las semanas se entrelazan con un ritmo metódico y estable. Siempre de la misma manera, cada domingo por la noche nos vamos a dormir con la sensación de “volver a empezar”. Lo que un amigo mío llama “síndrome de repetición“, que parece concentrarse de manera privilegiada en ese preciso instante. Del que no pocos no consiguen salir en la vida, con la amarga sensación de que todo vuelve a ser lo mismo.

Para romper esa cadena aplastante, os propongo lo siguiente, en ese preciso momento de acostarse el domingo por la noche o al empezar justo el lunes por la mañana:

  1. Escribe en qué eres diferente a la semana pasada, por lo que haya ocurrido en tu vida, o por lo que hayas visto a tu alrededor, o por cómo estás tú personalmente. Dicho de otra manera, ¿en qué has cambiado? Sea para enriquecerte o empobrecerte, pero en qué puedes decir que no eres exactamente el mismo. Es un ejercicio de “memoria” y de “pasado”. Que dicho sea de paso, te hace pensar en si llenas tu vida o simplemente la vacías de tiempo.
  2. Por otro lado, sería interesante que te planteases los retos que ya has programado para los próximos siete días. Esos que están escritos en la agenda, y que se pueden ver de un vistazo. ¿Alguna novedad? ¿Algún punto álgido? ¿Algún momento al que quieras o vayas a dedicar especial énfasis, preparación o dedicación? Si lo marcas con decisión como un tiempo fuerte, también sentirás que no hay esa triste repetición de la que algunas veces presume nuestra debilidad. Si utilizas alguna aplicación informática para ordenar tus actividades, márcalas de un color llamativo. Te ayudará a centrar.
  3. Sin embargo, no conviene enfocar de manera exclusiva todo en un único aspecto concreto y simplón. Porque el resto entonces carecería de sentido. Te propongo entonces que escribas qué quieres cuidar de tu vida cotidiana durante esta semana que empiezas. Esto es, que tomes las riendas de tu normalidad. ¿Alguna persona a la que cuidar con más mimo? ¿Algo que hacer con más pausa? ¿Algún tiempo que romper para que surja algo nuevo? ¿O algo que no repetir porque ves que así no va bien, que puedes hacer de diferente manera?
  4. Y por último, al margen de tu agenda y de tu normalidad, ¿por qué no te tomas en serio que eres libre y que vas creciendo y construyendo, y que vivir es un don inmenso del Padre que no puede ser desperdiciado perdiéndose en vulgaridades? Haz algo diferente, levántante con otra cara, abre las puertas de la imaginación a otras acciones, a otras personas, a otras realidades. Haz algo diferente si es que sientes que todo es siempre lo mismo, y disfruta del don de la vida. Sobre todo, y esto se descubre con el tiempo, ama a las personas que tienes cerca. No lo programes, ni lo normalices, porque perdería todo su significado y sentido. Haz de ello algo nuevo cada día. Redondea los días que pasan, no los taches. Vívelos, no permitas que se escapen. Ama, y haz lo que quieras. Si tienes que llorar para amar, ama. Si tienes que madrugar para amar, ama. Elige siempre el amor, y el síndrome de repetición desaparecerá. Porque el amor lo hace todo nuevo, la pasión enchufa energía, la proximidad a la gente genera sinergias, la palabra de otro siempre despierta. El contacto que el amor quiere no es sensible, sino de corazón a corazón, del que se ofrece. Ama, y verás cómo todo es diferente, se hace nuevo, disfruta cada momento.
  5. Siéntete llamado a la Vida, retoma tus decisiones fundamentales para ser fiel a ellas. Repásalas. No sea que hayamos dado por seguro que estamos dentro de su marco general, y andemos lejos del círculo que quisimos dibujar con ella. No sea que, por no dedicarle tiempo, se haya marchitado la libertad primera, la pasión primera y lo que nos trajo donde estamos. Aquella vocación primera, cuando la memoria nos hace pensar en la rutina, debería servir de acicate para despertar todo cuando parecía latente.