¿Qué es eso de tener fe?


No hay nada mejor para encontrar y renovar preguntas sabias que abajarse a dar luz a los pequeños, a los que empiezan y dan sus primeros pasos. Independientemente de su edad. Que encontramos niños que comienzan, como es natural, y jóvenes y adultos que con gran inocencia se ven a sí mismos como campos sin cuidar, a modo de la selva virgen. Quizá respecto a la fe no sea ésta, del todo, la situación. Porque refleja un terreno disputado, abierta y públicamente, donde todos meten baza sin excesivo pudor. Pero, como estoy siendo constructivo y positivo, y la mirada se educa, hoy tengo el placer de alegrarme y gozar con quienes preguntan con un cierto tono de inocencia y son capaces de escuchar las respuestas hasta el final, escuchar con admiración y con pasión, escuchar sin demasiados prejuicios.Y todo esto viene a tenor de una pregunta que me ha cautivado: “Oye, josefer, ¿qué es eso de tener fe?” Cuando alguien pregunta así, con tono fraterno, sólo puede nacer una respuesta en la misma sintonía, desde el amor y el cariño. Que conste, de partida, que no venía con maldad, ni mucho menos, ni todo esto se deriva de un enfrentamiento, duda o malestar. Va dirigida por alguien que sé que me estima a mí, que con mi fe escolapia, de cura cristiano y profesor entre adolescentes hormonados, camino por el mundo igual que el resto de los mortales, con días de ánimo y noches de desaliento. E insisto, quien pregunta lo sabe bien, porque me conoce.

A bote pronto, ordené un par de ideas, y aquí está el resultado de la conversación amigable entre los dos.

  1. Conocimiento. Alguien me habló de Dios. Así empezó toda la historia. En casa, en el colegio, en la iglesia. Formó parte desde siempre de mi ambiente, del mundo en el que me movía. Un día me pregunté yo a mí mismo, me puse a buscar. Y encontré que era capaz de escucharle y sentirle. ¡Todo cambió! Ése día, que no recuerdo, surgió algo entre los dos, único y especial, que con el tiempo también pude compartir con otros. Sé quién es Dios, le conozco. Es familiar. Ahora bien, he pasado por un tiempo de muchas preguntas sobre él, he estudiado, leído, cultivado esa relación. Hay quienes conocen cosas por conocer nada más, y en mi caso creo que se daba esta necesidad por un interés mayor. Lo de Dios me tocaba muy hondo. Su verdad, la certeza de su existencia y presencia, no puede compararse a otras “verdades” del mundo, como tampoco tienen el mismo peso para mí que dos más dos son cuatro y que mi padre me ama. En mi escala de verdades existen grados. Y Dios está en la cumbre de mis alegrías. Dios, y lo de Dios. Su amor, su perdón, su misericordia, que el mundo existe porque Dios quiere, que el hombre y la mujer son hermosos porque comparten con Dios imagen y semejanza, que el mal destruye y rompe y divide y entristece, que el amor de Dios es amor de Padre, que el rostro de Dios es el del Hijo, que Dios vive en el mundo y lo mueve en el Espíritu, que la comunión vence la soledad y el egoísmo… En primer lugar, amigo, la fe para mí es certeza. Y puedo decirlo con mi vida. Una verdad trascentente, llena de vida, cargada de sentido, escrutadora de mí mismo y del mundo. Nunca me deja indiferente.
  2. Confianza. Nunca seguridad. Tampoco me interesa. Cuando hay amor, que supera toda filosofía y resiste como vana cualquier palabra hueca y vacía, todo queda inundado y redimensionado. Sin amor el hombre se entretiene con las cosas, salta de flor en flor, queda a merced y al vaivén de sentimientos y emociones pasajeros. Amor y confianza se mantienen firmemente unidas. De modo que resulta verdaderamente creíble a quién a quien amo, y soy capaz de poner mi vida en sus manos, soñar con él, caminar en su presencia a pecho descubierto, dejarse sostener, empujar y corregir. La fe es confianza en Dios, y en lo de Dios en la tierra. Tengo garantías, signos, puedo interpretar la historia con sus ojos, que no son los míos, y seguir confiando. ¡Claro que sí! Siendo así, y con esta confianza, obedecer resulta apasionante, fiarse, entregar la vida, compartir. Esta fe, como confianza, torna rápido en obediencia. No llevo a confusión a nadie, ni quiero, porque esto de creer exige, arranca de cuajo el corazón de piedra y eso duele, convierte en demasiado sensibles nuestra vidas, a nadie le deja solo ni en su terquedad ni cuando desea quedarse “en paz” y tranquilo. Vamos, que mueve mucho, que remueve, que inquieta.
  3. Adhesión. Veo a las personas y me doy cuenta de que nadie puede explicarse por sí mismo. Que vamos unidos a historias de otros, y uniéndonos por el camino. Y la fe, en esa relación especial con Dios, tiene mucho de adhesión, de unión, de participación en lo mismo, de Dios en mi vida y de mi vida en Dios. Particularmente, de adhesión a Cristo. La fe enseña las fuentes de la salvación y de la vida, huecos y canales de Vida, de los sentimientos de Dios, de la compañía de Jesús, de la acción del Espíritu. Y, en esa medida, casi sin darme cuenta, ha llegado el día en que soy incapaz de explicarme a mí mismo sin Dios, sin Jesús. No como seres históricos, ideas que me invaden, sino como personas vivas y actuantes. Aquí lo grave sucede cuando ya no soy sólo yo con mis cosas, sino que me abro a ver y mirar el mundo de los demás, y no encuentro otra explicación que su vida con Dios, o en algunos casos, sin Él. La fe me vincula, me une, crea lazos con Dios. Al modo más humano, porque en mi caso no puede ser de otro modo. Pero Dios, que es un artista y me conoce, también me lanza sus hilos, correas y lazos. Ésta unión me lleva a compartir con Él su vida. Siendo cura, sé que lo tengo más fácil de ver que otros. Pero todos comparten el destino de Cristo Jesús, su vocación, su llamada.
  4. Cuerpo. Supongo que las palabra anteriores se leen con facilidad, y ésta algunos no sabrán a cuénto de qué viene. ¿La fe es cuerpo? ¿Qué quieres decir? Pues eso, que nuestra conversación, a modo de regalo y colofón, terminaba reconociendo dos cosas que se ejemplifican muy bien con la metáfora del cuerpo. Por un lado, que o la fe se hace carne, se encarna, se concreta, o se hace inútil y se pierde. Y, por otro, que en muchos momentos, en las dudas y en las dificultades, nos abrimos a una fe muy poco intimista y personal, y vemos “la fe verdadera” que es la fe de la Iglesia, y no los propios credos. Hay algo maravilloso en esto segundo, que conjuga individualismo y persona, con sociedad y cuerpo. ¡Algo maravilloso! ¡Puedo sostenerme en la fe de otros, puedo verme indigno y seguir creyendo, puedo desconocer y fiarme! Y esto, querido amigo, es regalo que he clarificado en la conversación contigo, gracias a tus dudas, gracias a tu sufrimiento, y también gracias al mío.

Sea como fuere, yo pido siempre el don de la fe, que no me aleje demasiado de Dios, y que ayude siempre a otros a creer a pesar de mis cosas. Si me dan a elegir, no me quedo con mi fe de niño pequeño, ni con la fe profunda de los estudios de teología. Si me dan a elegir prefiero la fe de hoy con amor, deseando que mañana dé un paso más de vida.

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2 pensamientos en “¿Qué es eso de tener fe?

  1. Pingback: Qué es eso de tener fe – Preguntarse | De lecturas y navegaciones

  2. Pues simplemente qué alegría leer este post. Casi todos los días en cualquier momento y sobre todo al retirarme a leer mi libro de noche, me veo sin fe: por los hechos que no puedo manejar, por los sinsabores y durezas de la vida, por los problemas; en fin, pero tu entrada me confirma junto a mi vida dentro de la Iglesia, que sí, algo tengo de fe. Y quizás puede sonar a conocimiento terminado: pero no, se mueve cada día y está en completo movimiento por los avatares de la vida. Quisiera tener mas fe y dar más frutos, ojalá Dios me lo conceda a pesar de mi. También se la pido, ojalá se dé.
    Me atrevería a decir, que la entrada está envuelta a partir de un verso de la escritura que dice que la fe es ‘tener certeza de lo que se espera’, en las cartas creo. Y es que en medio de todo el post lo desmenuzas.
    Me dan alegría todos los puntos porque los he vivido: Dios padre es tal y como tu lo comentas en el número 1. En el número 2 claro que hay confianza, pero como estamos siempre en medio de la lucha entre el bien y el mal y los problemas se puede flaquear y perder por momentos la confianza, pero luego el Señor como Padre aparece, SIEMPRE. y deja la paz que comentas. En el número 3, también soy testigo, de que Dios padre, juntos Jesús y el Espíritu Santo son presencias vivas en mi vida y en este mundo que vivimos hoy en día. No son presencias lejanas sino cercanas, de al lado nuestro, mío y tuyo; que me las ha dado mi camino de renovación en la fe en la Iglesia, sino sería lo contrario. Por último en el 4, sin los demás no podemos ‘nutrir’ esta fe y la encarnamos cada uno. Cuando me toca hablar de estos temas, pues quisiera poder transmitir mi experiencia a la gente que me escucha que todo esto es cierto y se vive en la vida de hoy en día del año 2012. La sencillez de la Virgen me sobrecoge, pues su fe, pudo más que nada y me certifica la presencia de la Trinidad en mi vida diaria. Quisiera tener esa sencillez para poder traslucir mi fe y alejarme tal como dices tu para quedarme en el amor.
    Perdona por ser reincidente y reiterativo relativo a los posts, pero GRACIAS. Me regalas una alegría grande con tus palabras que me dan ánimo para seguir. Intentaré recordar este tema todos los días. Saludos!

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