Dos no se pelean, si uno no quiere


Como he puesto esta mañana en Facebook, aunque todo el mundo pueda conocer este refrán español, a mí me lo enseñó mi madre. Pero las cosas han cambiado mucho desde que yo era niño. Entonces pensaba simplemente en las trifulcas infantiles que podían surgir en el patio. El refrán era valioso y mucho por entonces. Aprendías a dejar pasar las situaciones conflictivas evitando de este modo que fueran a mayores. Total, ¡eran cosas de niños, venidos a menos en forma de críos caprichosos que se enfurruñan con sus cosas!

Sin embargo, como digo, las cosas han cambiado, nos hemos hecho mayores, y toca plantarle cara a la vida. El refrán sigue siendo enteramente válido para las tonterías en las que los adultos se enredan con frecuencia. Pero hay otras donde carece de vigencia. No pocas veces estas batallas y peleas son, como recoge el mismo diccionario de la RAE, enfrentamientos carentes de armas, golpeando con palabras, y en otras ni siquiera hace falta un contrincante, porque nos valemos a nosotros mismos, con esas luchas internas. De aquella lección infantil sigue siendo válida en cualquier caso la segunda parte, que en adulto se traduce por darse por vencido y humillarse antes incluso del primer golpe o de la primera tensión, no coger el guante, no ofrecer siquiera la otra mejilla cuando sea necesario, optando por la cobardía.

A nuestro mundo de mayores, con grandes problemas globales, implicados en el decurso novedoso de los tiempos cada vez más modernos y continuamente nuevos, le hace falta encarecidamente aprender una doble lección escondida en el refrán:

  1. Para poder rehuir la batalla o dejar pasar la pelea se hace imprescindible conocer bien tanto al contrincante como al batallador, el motivo de la contienda o de la lucha. No basta con sentirse abofeteado, palpar la presencia de palabras molestas e incómodas de otros, conocer de segundas las críticas, las ofensas o los prejuicios. Hay que implicarse en su conocimiento, no desperdiciar la oportunidad de profundizar en el enemigo. De este modo, distinguiremos los males de las personas, las palabras de las personas, las acciones de las personas, los sufrimientos y las esclavitudes de las personas. Y cumpliremos en esencia a la vez, y doblemente, el amor más elevado y la lucha más celestial. Esta lección se aplica también para con uno mismo. Pienso últimamente que nuestro mundo favorece la confusión entre personas y temas, combate personas sin centrarse en los temas, y evita temas culpabilizando a los suyos. ¡Cuánto bien haríamos en las distinciones y en las búsquedas de mayores claridades ulteriores a las primera impresión!
  2. Como ya somos adultos, no podemos jugar a los niños que vuelcan su mirada exclusivamente sobre el mundo y aceptan sin más las preguntas y respuestas que surgen en él. ¡Lucha! Como ya somos adultos, tampoco conviene potenciar nuestra actitud infantil recriminatoria y permanentemente exterior. Toca pausar luchas nimias, como en los patios de recreo, y recomenzar con las grandes, que son excesivamente personales y no deben aguardar mucho más tiempo. Hay veces que por no plantar cara seguimos siendo abofeteados en nuestra propia vida por males que no existen fuera de nosotros, y nunca nos abandonan. Si no sabes de qué estoy hablando, y crees que te has perdido, te remito al punto anterior, en el que creo que nos jugamos mucho: conocer nuestros males, para poder combatirlos. La RAE defiende mi postura, indicando que hay luchas que no sólo conciernen exclusivamente a un sujeto, sino que parecen de uno contra uno mismo, aunque sean de uno contra sus pasiones y apetitos. El mundo de los adultos está plagado de contradicciones, de falta de coherencia, de una unidad requerida y debida por la que nuestro corazón pugna indiscutiblemente y demanda, con o sin palabras, hasta la saciedad.

Lo dicho hasta el momento puede servir de introducción. Luego, con el ánimo fortalecido, nos podemos entregar a los libros de estrategias, a otras palabras más prácticas y concretas sobre los medios, los objetivos, al testimonio que dan aquellos que ya han pasado por los combates que anunciamos.

Sin duda alguna, quien avanza por este camino pronto tendrá también que justificar ante otro sus cambios, sus tensiones, sus desgastes. Las luchas personales, no te confundas, nunca quedan arrinconadas en lo íntimo. Pronto aparecen en público, implican a otros, solicitan apoyos y alianzas. Me parece que no se comprende bien que nada puede recluirse en la soledad de uno mismo, ni siquiera lo hace el egoísmo, la egolatría, la fantasía de quien se cree el mejor o la soberbia. ¿Cómo entonces pueden serlo sus contrarios? Lo personal interfiere denodadamente en la vida de los otros, en las sociedades y sus ritmos. Igual que provoca crisis, puede también encontrar camino para salir de ellas o prevenir en un futuro guerras mayores.

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