Todo lo valoras


El titular lo entiendo de dos formas, por lo menos. La primera, “a todo le das valor”, como queriendo decir que “todo es maravilloso para ti.” La segunda, más doliente, “todo es juzgado por ti”, sometido al criterio de lo bueno y de lo malo, ajustándolo a un precio en el marco general del mercado de la vida. Hoy conforman para mí dos espíritus concretos, de los que me rodean e interfieren interviniendo decisivamente en la consecución de mis sueños. Personas con las que tengo que convivir, por tanto, persiguiendo probablemente todos lo mismo, haciendo camino común y compatido. Hoy no hablo tanto de cuál de los dos responde mejor a mi posición en el mundo del hombre. Hoy sólo lanzo la pregunta al aire, que cada cual sepa colocarse donde le corresponda.

  1. La primera actitud refleja personas estupendas, de las que habitualmente decimos que “se conforman con poco“. Y qué necesaria me parece esta austeridad con la vida, sin exigir demasiado porque son muchas las ocasiones en las que nos mantenemos con poco, e incluso sin nada en un mar de recuerdos.
  2. Las segundas personas, las del juicio y valoración permanente, no me resultan incómodas. Creo que bien visto, obtienen a cambio prudencia y experiencia, que irán acumulando con el paso de los años. E incluso serán capaces de compartir con otros su sabiduría. Parten de una verdad incuestionable, para quien no está ciego en su corazón ni en su razón ni en su espíritu: “en este mundo no todo es bueno, existe lo malo, y la mayor parte de las veces se produce una mezcla desequilibrada.”
  3. Aunque sean dos, en las cuentas me salen tres. Porque es también cierto que aprendemos a conjugar ambas, que no son incompatibles de ningún modo. Y a la segunda, siempre primera, se le añade la capacidad para dar sentido y dotar de ilusión todo cuanto sucede, extrayendo del baúl de la existencia y las circunstancias aquello hermoso o sacrificado a lo que poder abrazarse y aferrarse para seguir viviendo.
  4. La cuarta opción, carecer de alguna de las dos, la desecho porque creo demasiado en el ser humano. Nadie puede vivir a perpetuidad bajo el signo aplastante del nihilismo y del sinsentido, a pesar de los esfuerzos que haga. Y tampoco creo que el aplastante realismo del bien y del mal deje impune a ninguna persona, más aún en su vida práctica, ya que afectan demasiado la existencia frágil y maleable (y bueneable) del ser humano y de la creación.

Aunque los primeros carecen de visión de conjunto, su deleite hace disfrutar enormemente a sus anfitriones, esforzados o no, y les hace seguir siempre hacia adelante. Se mueven entre las cosas y la gente como guiñando un ojo, dando la sensación de un optimismo desbordante, calculado desde el principio para que nada se interfiera en sus planes. Hay algo de admirable en ello, quizá el mundo de ensueño en el que viven, quizá su capacidad brutal para salir de cualquier entuerto. Prefiero, sin embargo, la moderación y la sinceridad de los segundos. Mejoran el caminio, sorteando los baches y evitando sufrimientos, al menos aquellos que de antemano se pueden adelantar. Pero sobre todo los elijo porque “no se conforman con cualquier cosa”, ni permanecen en la pasividad receptiva de quienes sea lo que sea sabrán “estrujar al máximo” las naranjas que les han tocado. Los que “todo lo valoran” no dejan pasar, ni que se pierda el tiempo cuando algo cae dentro de su alcance y del radio de acción que permiten las cadenas de los límites humanos, y de las humanas pasiones. ¡Qué jucio más hermoso sobre el mundo aquel que viendo, conociendo y sabiendo, puede seguir amando con la mirada, penetrando con el entendimiento y saboreando con el espíritu!

  1. Podemos llamar, sin temor a equivocarnos, necio al primero. Su juicio mediocre y capado no acepta aquello que no quiere ver. En el fondo no se soporta ni a sí mismo. Su optimismo llega a cansar al más pintado. Sin romanticismos, lo suyo es pura ingenuidad ni siquiera atribuible a los niños. La necedad e ignorancia nunca han sido buenas compañeras del hombre, y a la larga sacuden terriblemente el polvo que se ha acumulado sobre la alformbra del olvido. Por mucho que se quiera ver de oro todo, llega el día de hacer limpieza general y vislumbrar lo que parecía oculto detrás de los libros puestos en primera fila para impresionar las visitas. Aparecerán entonces preguntas abandonadas, que no fueron respondidas por pereza, y libros que cuentan hazañas de otros, en las que nunca se participaba porque, qué más da, “nos conformábamos con poco.” Pero insisto, que también tiene su bondad y comporta esfuerzo el “dar” generosamente sentido a lo que estaba perdido. O incluso crearlo, puliendo y purificando las adherencias lógicas y notables que se pegan a la vida de cualquiera.
  2. A los segundos, por seguir la tarea de nombrar, les llamaría incansables. No me detengo a explicar por qué; tú mismo podrás entenderlo. Siempre pregunta, antes y después. Meditan con antelación los costes que pueden permitirse pagar y los peajes de quienes desean caminar rápido, por ir lo antes posible nada más. Y también se quedan pensativos a posteriori, cuanto el resto del mundo parece descansar, le dan vueltas a las cosas, colocan las piezas en su lugar, siguen despiertos en las siestas que recuestan las vidas de las gentes de carne y hueso. Por eso les llamo incansables, te lo digo por si andas despistado. Porque su actitud no decae en ningún momento. Ni en los previos, ni en los presentes, ni ante los pasados. Ojalá se asocien con los seres positivos para orientar sus certeros análisis en el corazón que da vida a las cosas, y dotar de sentido la realidad. En su actitud discerniente encuentran incluso aquellas cosas que no deberían haber encontrado, o, mejor aún, lo que no esperaban para su sorpresa. Considero que la sorpresa sólo es posible para quien busca, no se limita a aparecer ante cualquiera ni de cualquier modo. Luego estos valorantes son los únicos de la faz de la tierra que se pueden llenar de verdaderos imprevistos, a los que estimular con cambios de planes para una mayor flexilibidad. Siempre tendrás una opinión segunda, cuando todo haya terminado. Algunos son tan pacientes que incluso son capaces de esperar, y callar su primer juicio, y sólo sopesan todo cuanto todo realmente ha pasado en la realidad real, no sólo en su adelantada imaginación previsora. Los valorantes, divisores entre el bien y el mal, no mezclan churras con merinas, salvo que se equivoquen -que todo es posible, claro está-, o no dispongan de la medida adecuada para sus comentarios. Y esto último, a decir verdad, me inquieta enormemente por ellos y por mí, tan aficionados ambos a querer elegir permanentemente lo que es mejor y apartarnos de lo que es peor. ¿Qué ocurre si la vara con la que valoro ha tergiversado las medidas, es impropia de la verdad, no se ajusta con la franqueza que es posible a la condición humana a la certeza asequible? ¿Cómo podré entonces valorar si ahora dudo de las herramientas que dispongo para hacerlo?

Ya no es tan estupendo esto de valorar continuamente. Al final, hemos terminado mal, con tanto valorar a quien valora. Hay una parte del juicio que debe ser lo suficientemente humilde como para ser contrastado con la realidad, con el amigo y compañero de camino, con el Señor en la oración. Dejarnos ya de tanto juicio y exponer, a corazón abierto con qué medimos el mundo y cuáles son nuestros criterios. Pedir y requerir ser purificados en medidas que habitualmente sólo son para acomodar enérgicamente, como una pieza de puzzle que sólo puede entrar a martillazos porque otra no está en su lugar, nuestras propias opiniones que vienen, según cuentan, a mejorar nuestra vida y nos engañan.

Aquí, lo bueno siempre es dejarse valorar por los otros. Y por Dios, sobre todo. ¿Qué podrá decir de nosotros? ¿Cuál será la medida? Cuando decimos lo de “medida del amor”, y nos quedamos tan panchos y románticamente consolados, ¿lo afirmamos en serio y nos damos cuenta de su seriedad? Hay aquí, como en todo, una batalla enérgica que librar y que supera ampliamente a las palabras, como bien dice Asun, para dejarlo todo a los hechos en 2º persona del plural: SOMOS.

Os dejo un nuevo video, de buena música. Parece que el de ayer gustó. Y este no defraudrá. Pone música a una de las batallas más memorables de la humanidad, en la que tocaba abandonar la apacible Comarca para poder rescatarla. Sé que soy un tanto iluso, pero esta batalla se ha librado ya fuera de los libros y de los cines. ¡En comunidad!

Y hoy, con 900 palabras, abandono el post. Que luego retomaré para seguir escribiendo y aumentado hasta la media habitual. Aquellos que se informan por medio de RSS tampoco dispondrán de la actualización en su lector. Amiga Lau, ya son 1500.

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7 pensamientos en “Todo lo valoras

  1. Gracias por tu reflexión padre Jose! Es cierto, ambos criterios conviven en el corazón del hombre, se entremezclan, se prioriza uno sobre otro, pero creo que quizás, nos invitan a buscar el equilibrio entre los dos…siempre en los extremos peligra la falta de continuidad, no? y es en los polos donde todo se maximiza…Que el Señor te siga bendiciendo con el don de la escritura y el discernimiento para que sigas orientando almas hacia el encuentro consigo mismas y con nuestro Dios, Padre de todos. un abrazo en nuestro Señor Jesucristo desde Cba, Argentina!!! =)

  2. Me ha gustado mucho este post. Nunca he estudiado filosofía y no te puedes imaginar lo que estoy aprendiendo. Lo que yo sabía era prágmatico. Comencé a descubrir este mundo y creo que Dios te ha puesto en mi camino. Estoy tratando de aplicar lo que aprendo. Aveces no comento nada porque no se que decir. Gracias por enviar estos posts. Saludos.

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