Romper el aislamiento al que nos sometemos


Me apetece terminar el día enarbolando la bandera del agradecimiento. Hoy lo dedico a aquello/quienes me han educado “contra-el-individualismo“. Tarea un tanto complicada dada la exaltación social de la independencia y autonomía de los individuos atomizados de las masificadas sociedades moderas. Y como hace dos días alcancé mi récord de visitas en el post, y he prometido no mirar las estadísticas durante una semana completa, y deseo volver a mi normalidad, voy a darme el lujo de relatarlo del modo más personal posible. Aunque para no dar detalles suculentos o morbosos, guardaré en el anonimato sus nombres. Lo narro en forma de experiencias, recordando alguna de sus frases enigmáticas. Todas ellas, de mi acerbo personal, aunque ninguna sea original o pueda apropiármela absolutamente.

  1. “No te preocupes, ya puedo solo.” Los alumnos de matemáticas creen que mirando al profesor, y siguiendo sus pasos en la pizarra, al llegar a casa podrá emular su sabiduría. Y se estrellan, salvo que sean muy buenos, contra las dificultades. Entonces reclaman recuerdos, que son presencias. Y para saber cómo hacer, abandonan su soledad para sentirse acompañados por las palabras (aunque sea de memoria) de otros. Creen que están haciéndolo solos, pero no es verdad. No crean, repiten. Se pueden empapar del orgullo de sus capacidades, y sin embargo están siendo apoyados por los otros. ¡Gracias por todos esos momentos en los que me sentí torpe, con excelentes maestros a los que seguir preguntando!
  2. “Me quedé sin preguntas.” Estudiaba segundo curso de filosofía, y ya por entonces apuntaba manera de friki en este ámbito. ¡Ojalá regresara a la paz y sosiego universitario, a las bibliotecas repletas de libros por cuyas inquietudes ser deborado. Pero sucedió algo estupendo. Coincidió una época en la que estaba seco de pasión y entusiasmo, sin ganas de ir a clase, ni escuchar, ni trabajar en condiciones. Se había extraviado el ímpetu que hasta entonces me movía, y a la salida de la biblioteca, delante de un profesor al que todavía estimo muchísimo, le espeté la frase: “Me quedé sin preguntas.” Ese mismo día comencé a responder preguntas de otros, y en cierto modo a salir de mis cosas para abarcar aún más el mundo que me rodea. Sin la sequedad, fruto de la autosuficiencia y autocomplacencia, todavía estaría en el primer semestre de aquel segundo año de universidad.
  3. “Timidez a flor de piel.” Primer día de clase. Entrar por la puerta, y ponerse a hablar como un descosido. Que si pautas del curso, que si programación anual. Hay que traer esto, y aquello otro para hacer las cosas bien. ¡Y me gustan muy bien hechas! Alardeaba de exigencia, defensa construida por una timidez y el miedo, que después he reconocido en otros profesores noveles. ¡Cosas del principio! Todo cambia cuando te das cuenta de que, entre las manos, no hay materias que alumnos deben engullir, sino personas que se pueden construir con sus estudios, con su reflexión, con el diálogo, con el esfuerzo, con el respeto de las reglas. La educación versa sobre estas cuestiones. Los alumnos rompen la soledad de la clase. Supone una gracia enorme poder trabajar con personas, para ellas y por ellas. El agradecimiento, como la queja, forman parte de su contribución a la destrucción de los muros del aislamiento. Pero lo que más me ha hecho desear el contra-individualismo ha sido constatar, evidenciar y escuchar la terrible soledad en la que se ven sumidos y que les somete interiormente, manipulándoles para hacer lo que sea con tal de no padecer de aburrimiento, de desprecio de sí mismos, y otras enfermedades del corazón.
  4. “Ahora estoy asocial, no molestes.”Tengo mis momentos, por así decir. En algunos me apetece muchísimo hablar, compartir y hacer fiesta. Y en otros, por ende, tiendo más al recogimiento y sobrecogimiento personal. Entonces paseo solo, me guardo en mi habitación, leo y estudio algo, escribo mientras escucho música y espero pacientemente a que algo me saque de la penumbra de esta situación doliente. Creo que esta asocialidad se vive potenciada por la cultura en la que nos movemos. Y si bien en unos se refleja en forma de silencio, en otros comporta rasgos de monólogo acompañado sin posibilidad de réplica. Tanto en el primeor como en el segundo, todo va sobre lo mismo: escucharse a uno mismo. ¡Cuánto me alegro de aquellos que han soportado con paciencia el primer empuje de la mirada iracunda que les quiere ver lejos por un momento! ¡Cuánto bien me han hecho aquellos que no me han permitido, ni siquiera en ciertos momentos, escapar para seguir viviendo “por mí mismo” y “para mí mismo”! Pondría nombres, pero los ahorro, porque a lo mejor los conocéis.
  5. “Déjame que llore en paz.” Nuestra sociedad culpabiliza extremamente los sentimientos profundos, los achaca a una cierta debilidad y fragilidad, históricamente unida al estereotipo del “sexo débil”. Y, sin temor a equivocarme, ha potenciado una imagen de “hombre” carente de ternura y humanidad, que a golpe de moda y modismo, estamos recuperando. También he tenido que pasar por la dureza de corazón y la insensibilidad, como muchos otros, para reconocer la grandeza y belleza de lo emotivo y lo emocional. Quizá por eso comulgo con una espiritualidad cristiana que hunde sus raíces en la encarnación del Hijo. Y, a pesar de mi pasión por la dogmática y “las cosas claras”, me fascina este universo y me mueve a compasión la existencia férrea de quienes son incapaces de dejarse querer por su propio orgullo. He llorado en multitud de ocasiones, también Jesús lo hizo ante la tumba de su amigo Lázaro. Reconozco abiertamente que ninguna tan excelente como aquella en la que he llorado con otros, por otros, o que han llorado por mi situación. ¡Cuánto agradezco estos momentos purgativos!
  6. “No tengo palabras ante tanta grandeza.” Lo mío no es la arquitectura de edificios, si acaso la de personas. Y he tenido el lujo de vivir con personas de una talla excepcional. Sobre los que hace poco escribía que eran “mejores que yo”, y me gloriaba en ello. Su vida es tal que dan cobijo y refugio a otros. Y también me he encontrado visto en ellos. De lo que hablo es de sentirse dentro de la vida de otros, mirando con ojos que no son los míos, escuchando con oídos que no son los míos, y sintiendo y pensando con cabeza y corazón diferentes a los míos. Me dejan sin palabras las conversaciones con gente sabia, normalmente mayor y en ocasiones más jóvenes que yo, sobre el mundo, la vida, la paz, la justicia, la sociedad, los jóvenes. No he formado familia, de modo que cuando entro a formar parte de alguna con naturalidad, desde lo pequeño y sin dejar de ser yo mismo, me reconozco en algo inmensamente bello no construido simplemente con material que se extrae de la tierra. Pero tengo una foto en lo alto de una montaña, viendo un amanecer junto a una cruz de madera clavada allí por otros que también pisaron el lugar, en la que me veo imbuido en la grandeza del universo. La cara lo dice todo, y en aquel momento era reflejo del alma conectada con Dios. ¡Allí no estaba solo!
  7. “Tenía que haberme distanciado antes.” Algunas veces, cuando escucho esta frase, asiento con la cabeza. No tanto con el corazón. Hay relaciones estupendas que comportan también dolor, sufrimiento y fracaso. hace unos días escribía sobre la importancia de dejar relaciones dañinas, y lo mantengo. Ahora bien, una vez vividas, negar los recuerdos y romper la memoria, en lugar de sanearla y purificarla, nos puede transformar en indeseables. En este sentido, recuerdo hoy dos relaciones que para mí han sido definitivas y decisiorias en dos aspectos muy distintos. El del amor, y el del trabajo. Ambas personas, lo adelanto, me dejaron tocado interiormente. Les había dejado entrar hasta la cocina. Ninguna me traicionó. Y considerar hoy que, por el dolor vivido y el sufrimiento padecido, no debieran haber estado donde estaban me parece increíblemente falso por mi parte. Es más, estoy agradecido por su compañía durante el viaje. Aprendí mucho, con ellas y sin ellas, y tomé decisiones valientes. Sin ellas no hubieran sido posibles, al menos del modo como fueron tomadas, ni con la confianza con la que se firmaron.

Dicho lo cual, me remito al texto de hoy de otro blog (un párrafo al día) con el que ando liado. Suscribo toda esta experiencia. Se trata del primer párrafo de un libro que luego trata sobre muchas otras cosas diferentes, y cuya lectura no resulta asequible al grán público. El primer párrafo creo que sí, por eso lo pongo.

Dicho lo cual, hoy no miraré las estadísticas del blog. Aunque ojalá que sean muchos los que quieran seguir compartiendo. También internet, las redes sociales y el pensamiento de los blogs son instrumentos y estrategias que pueden ponerse a dar martillazos contra el individualismo moderno.

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2 pensamientos en “Romper el aislamiento al que nos sometemos

  1. vengo del otro blog y …suspiro.
    También con inmensas ganas de agradecer!!!
    Que lindo poder irme a descansar ahora con tantas cosas lindas en la cabeza y en el corazón. Dar gracias a Dios por tantas presencias, personas concretas, palabras que nos han dicho, miradas….tanto, que nos salva y nos ayuda a vivir de otra manera.

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