Leer bien no es cualquier cosa


Durante el tiempo de estudios filosóficos alguna que otra página, de esas duras y comprimidas al máximo, se llevaba más de quince minutos de mi tiempo. Una vez captada “la esencia” del autor, todo parecía fluir con facilidad. Parecía más bien una conexión o trato amistoso con un escritor, que la lectura de un libro. Un cierto diálogo sí que se producía. Un diálogo intenso en ocasiones, aburrido en otras. Y te dabas cuenta de la sintonía cuando le comentabas a alguien que habías encontrado un párrafo maravilloso, y al leérselo, ponía cara de póker, como diciendo: “¡Qué me estás contando!”

Y para quien piense que leer filosofía está entre las tareas más elevadas y difíciles del universo, que se arriesgue con un manual de matemáticas, o con la partitura de una sinfonía. Cada lenguaje tiene su código. Y cada código requiere tiempo. Es una relación cuasi-personal, o muy personal, no tanto inter-personal. Tanto para establecerlo, como para comunicarlo y enseñarlo a otros,  e igualmente para aprenderlo y recibirlo. Pero ni filosofía, ni lingüística, ni mecánica de fluidos, ni matemáticas o física se llevan la palma en cuanto a la dificultad. Al fin y al cabo, sus códigos están explicados. Y no son para todos. Sólo para unos pocos.

Para todos permanece abierto el libro de la vida. En cuyas páginas estamos obligados a leer diariamente. Desde muy pequeños. Y como en otros textos, hay quienes leen a medias las noticias o incluso no pasan del titular, se abandonan en las cincuenta primera páginas de los libros, manipulan la información en diagonal, conforman su existencia a una mera opinión y fuente, o no encuentran pasión. Otros, los contrarios, se sumergen en su sentido desde el inicio, con una fuerte intuición de partida que van confirmando o corrigiendo, prefieren esperar hasta el final antes de aventurarse, preguntan y buscan cotejar sus percepciones en diálogos serenos. Leer, insisto, en absoluto puede considerarse una tarea de niños. Aunque haya que iniciarlos. Y esa tarea sea inmensamente bella, ministerio admirable. No porque no haya libros para niños, que los hay. Sino porque los libros de niños están mediatizados por adultos que mastican contenidos que ellos mismos, más de una vez, no han digerido bien en su propia vida. Los libros para niños son excelentes, pero las historias de la vida no se pueden contener tan fácilmente en letras, signos y prodigios.

Leer bien, en la cultura y en la sociedad, tanto en sus impulsos como en sus reposo, es requisito imprescindible para una buena vida vocacional. Y para la búsqueda de la vocación personal.

  1. De igual modo que con los libros, se puede establecer una conexión especial y particular con determinados ámbitos de la propia vida. Cuando se hace ese “click” con la propia existencia y las circunstancias, cuando el amor nos vincula internamente con el mundo, todo se vuelve más fácil y más difícil al mismo tiempo. Fácil en cuanto surge una cierta sabiduría de uno mismo y del mundo. Difícil en tanto que desapareció el tiempo de la búsqueda y se inicia la época de la responsabilidad con lo descubierto. Domesticar y responsabilizarse han quedado como referentes nítidos de lo que digo desde que la gente lee El Principito.
  2. Los signos, señales y prodigios se diferencian en matices que conviene aprender cuanto antes. Los primeros podemos decir que son comunes, como puestos ahí en medio, al alcance visual, auditivo e interpretativo de toda persona con un mínimo de sensibilidad. Algunos de estos signos, objetivos, impactan con fuerza en la propia vida impidiéndonos deshacernos de ellos de cualquier modo, y enredándonos junto a nuestras circunstancias. Se hacen nuestros sin que, en principio, lo sean. Los segundos, los que digo que son señales, considero que son más personales. Propios de lo que estoy viviendo, no sólo del lugar del mundo en el que estoy, sino de cómo estoy en el mundo. Y son para mí, no para otros. Aunque algunas veces considere, ingenuamente o humildemente, que es llamada para muchos. Hablan demasiado bien el lenguaje en el que nos manejamos nosotros con nuestras cosas, se convierten rápido en algo demasiado interno. Cuando te das cuenta de esa personalidad de la señal que la vida misma te dirige, sientes una gran alegría. También sobrevuelan preguntas, requiere decisiones. Ahora no puedes esperar de otros lo que sólo tú puedes dar. Y los terceros, los prodigios, se escapan de buenas a primeras de los dos anteriores. Corresponden a un orden de realidad que ha roto su inmanencia de forma definitiva.
  3. Leer está a caballo entre interpretar algo objetivo y crear desde la propia subjetividad. Tienes delante algo, que no eres tú y se muestra como objeto que relcama atención. Sean los niños y su situación, los enfermos, la familia, un hermano o un desconocido, la crisis o la cultura, el arte o la música. Cualquier realidad. Ante ti, distinta de ti. Y reclama que, sin superficialidades, te adentres en un sentido. Y te pide que seas tú quien, en parte, se lo dé. Hasta que no leías la vida, estaba sin sentido y apartada del conjunto, sin ligarse con nada. Por eso tambíen tiene un punto de creatividad tuya, de cansando y de donación. Tendrá sentido en la medida en que lo descubras y lo entregues sin guardártelo.
  4. Despierta la imaginación. Las novelas, y mucho más, creo, la poesía. Quien lee su vida en forma de novela de aventuras, con sucesos y pistas, genera un mundo paralelo en forma de puzzle. Quien opta por lo poético, explota lo singular y el detalle en una especie de juego de luces y fuegos artificiales. Existen personas para todos los gustos, y colores. A unos les va más lo simplificado en códigos claros y manejables, aunque lleguen de vez en cuando a paradojas de una u otra manera, o se enfrenten a aporías divertidas en las que entretenerse hasta manejarse en ellas. Pero la imaginación está ahí, cumpliendo su función de relación y mediación, entre el código, entre quien habla y quien escucha, entre nosotros y la vida. En la imaginación nos vemos cumpliendo misiones, desarrollando proyectos, creando y multiplicando vida a nuestro paso, y adelantamos miedos y sufrimientos. Poéticamente, como digo, la imaginación relaciona universos contiguos y simultáneos abriéndonos a nuevas comprensiones.
  5. Leer, lo que es leer, se lee en cualquier sitio. En nuestras sociedades modernas, constituye una tarea constante. En la calle, en las plazas, en la soledad, en el trabajo y en el estudio. Permanentemente lectores. Deberíamos tenerlo presente con mayor constancia. Porque no es baladí, ni resulta indiferente, este reclamo permanente de nuestra atención y sentidos. Y aún siendo cierto esto, que casi cualquier lugar permite la lectura, todos tenemos -los que somos apasionados lectores- rincones especiales marcados por páginas maravillosas. Hay un punto en este sublime ejercicio que no permite su desarrollo indiferente en determinados lugares. Determinadas palabras tienen contextos preferentes y preferidos, y entender otras estando fuera de juego invalida el tiempo empleado, porque no llegará a tener éxito.
  6. Y por último, el mejor consejo de la lectura, como de costumbre, es no leer solo. Hay algo en las letras y la vida que nos hacen mirar a su origen. La escritura no nació como un acto personal, sino como expresión colectiva frente al paso del tiempo, memoria para un futuro remoto. Y la vida, igulamente. No se leía en bajo, en silencio, encerrado en el cuarto. No se leía, sin más. Se proclamaba, se anunciaba, se reunián para escuchar. Porque las letras, y la vida, piden ser escuchadas colectivamente. Hay quienes leen, quienes escuchan. Quien lee, también escucha. Pero ambos, lector y auditorio tiene después la posibilidad de conversar, sin dejar demasiado al margen lo pronunciado anteriormente, centrados en lo esencial, adiestrándose en la recepción. ¡Cuánto me gustan los grupos de lectura que recuperan esta dimensión de la vida misma!

Este post, en parte, viene a compensar el éxito mediático del post de ayer, que flageló según parece alguna que otra conciencia. Mi intención no era, en absoluto, provocar revuelo. Nunca pensé en semejante difusión. Ahora bien, pensando con paciencia, y conociendo cómo lee nuestro mundo, aproveché una cierta superficilidad para darle un contenido verdaderamente profundo. Las letras, como la vida, escritas ayer provienen de una sentimiento hondo respecto a la verdadera vocación a la que estamos llamados todos los cristianos. Un mayor, y mejor, abandono confiado en el Padre. Una mayor, y mejor, sinceridad respecto a los sentimientos que nos anidan, y a contrarrestar la opacidad de existencias que no dejan traspasar la luz. ¡Qué maravilla es leer cómo Dios, con signos, señales y prodigios, se hace presente en nuestro mundo! ¡Qué don poder enseñar a otros a leer así! ¡Todo queda plagado de sentido, fortalecido con su presencia!

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Un pensamiento en “Leer bien no es cualquier cosa

  1. Hola de nuevo, hacer ‘clic’ del punto 1, sí que me ha pasado y hace muy poco y es fuerte; pues resulta que pude entrar en esa realidad que Dios me ofrecía, encontré ese amor y luego mi vida en todo sentido se volvió sumamente difícil:soy testigo. Me ponía a pensar si era una prueba más o era un ‘caer en tentación’ para rebelarme de ese plan que Dios ponía a mis pies. Y estuvo removida mi vida por acontecimientos muy fuertes, por apremios en lo laboral, en lo familiar, en lo social, en la relación con Dios, en todos los aspectos de mi vida. Pasaron tres meses, el agua de mi interior dejó de estar ‘removida’ y pude ver a Dios allí expectante y ‘dejarme’ nuevamente ‘leerlo’ a él en su libro. No pasaba nada: era yo el que se rebelaba, la vida seguía siendo la misma y el tiempo para seguirle deberá llegar pronto espero: el vivir mi vocación, la que sea. Dejó de pasar el tiempo de pasear por inercia por la vida, poder escucharlo (quizás en algunas cosas por primera vez, y estremecerme) y sí claro, cuánto tiempo pasó sin oírle, sin prestar atención o sin que lo que pasara alrededor dejara de ser yo el más importante. Sí, puedo leer ahora, pero cuánto me costó. Puedo asegurarte que sin lugar a dudas entra la gracia de Dios también, lo bueno es llegar a puerto, pues puedes pasarte la vida, “sin leer bien” y qué triste mi amigo. Hay dos opciones en la vida: o pasar por la vida sin pasar y ella (la vida) te pasa llevando, o pasar por ella ‘leyendo’ todo lo que se te presenta. Por un milagro llegué a esta segunda parte, y pasar por tu escrito también, porque saber leer bien es de valientes y para gente que se toma entre manos la vida. No soy un súper hombre, ni soy perfecto, tengo miles de errores y sobre todo pecados, pero Dios aún así me sigue hablando. Ojalá pueda ‘leer bien’ para él desde mi esquina para los demás y que deje yo de ser menos egoista.
    Siento que divagué aquí sin sentido, ojalá este sea el punto de tu entrada o así la he entendido yo. Yo quizás seré demasiado místico, pero por el ‘coladero’ de Dios pasa todo, claro, no las decisiones que hacemos o los errores producto de ellas, pero cuando sufro me cuesta ‘leer, oír y compartir bien’. Un mensaje más para mi vida. ¡Gracias nuevamente!

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