Mi día no tiene 24h


Ni tengo 24h, ni mi vida está abierta las 24h, ni nada por el estilo. Quien hizo el cálculo se confundió. Los relojes analógicos, que cuentan en vueltas de 12h me parecen mucho más sinceros que los engañosos digitales. Y si alguno, entre dientes, cree que dispongo de más tiempo todavía, que se baje del carro. Estar en dos sitios al mismo tiempo, ser multitarea queriendo multiplicar, lo único que consigue es romper, quebrar y dividir. Entre el tiempo de la noche que pasamos durmiendo, y ya hay que restar lo suyo, prescindiendo de los terribles despistes de la existencia, de los paseos de un sitio a otro que no nos dejan ubicarnos, menos lo que necesitamos para estar entonados… A poco que quitemos nos llevaremos una terrible sorpresa: el día se fue entre palabras. La vitalidad -cualidad de la vida que es concedida y regalada, nunca robada al transcurso de las horas-, sin embargo, no depende de las posibilidades horarias, ni de la cantidad de tiempo. Más bien al contrario, diría yo, la cantidad de tiempo y tener mucho entre las manos sacia sin dejar que nos movamos, como si tuviéramos el estómago pesado. Y quien dispone de poco, cree que no tiene ni todo el tiempo del mundo, ni puede adquirir todas sus riquezas, además de vivir ligero, como el viento, anda con mayor cuidado y tiento. Lo poco, que será todo para él, tendrá el vigor del mayor de los tesoros encontrado.

  1. Querer hacer algo con la vida, ponerse metas e intentar alcanzarlas. Sea como fuere, en cuanto a la cantidad no tengo más tiempo del que puede presumir cualquier otra persona. Sinceramente, una marca desigual entre las personas se establece entre quienes tienen algo que hacer, y quieren hacerlo, y quienes por el contrario están todavía apáticos, sin horizontes ni proyectos. A los segundos, eternamente en búsqueda, indiferentes, indolentes e indecisos, todo les parece demasiado. Un proyecto temporalizado, que no se pueda prolongar innecesariamente en el tiempo, perdiéndolo, es lo primero. Y por otro lado, querer lo que se hace. Que conste, desde ahora, que aquel que tiene una meta y está comprometido con lo que hace no espera, si es prudente, a sacar las copias en la última hora, ni en el último segundo. Más bien, al contrario, sufre la demora y se muestra impaciente porque llegue cuanto antes.
  2. Descubrir nuestras facilidades, aquello que amamos. Porque el amor multiplica las hazañas, sabe contar historias, fijarse en lo fundamental. El amor concentra y atrapa. Es conocido que el amado desea pasar tiempo con la amada, y viceversa, y si pudiera le daría todo. El amor esclaviza, ata, une. Y sólo el amor. Se consigue con pasión lo que el dinero no sueña. Y justifica el precio que hay que pagar por estrujar la vida yendo de frente, sin estar de vuelta. El problema de nuestro mundo, por el que el tiempo es tan variable, muchas veces puede reducirse a esta cuestión: ¿Qué aman aquellos que viven en el tiempo? ¿Aman algo que les acerque a la eternidad?
  3. Con orden, se permite lo arriesgado y lo improvisado. Sin orden, todo es caos. Y sólo quien debe tomar decisiones sabiendo que “ya” es casi toda su oportunidad, se ve siempre entre la espada (de la valentía a pecho descubierto) y la pared (de la rutina y cotidianeidad). Hasta que no hay orden, con sus prioridades y objetivos, con sus claridades  y sombras, tampoco se puede entender definitivamente que algo pueda saltar por los aires trayéndonos la frescura de la novedad y el aliento del Espíritu que todo lo hace nuevo. Tampoco se podrá distinguir entre la distracción y el esparcimiento, y la acogida de la llamada que nos reclama y exige desde el cielo. Todo será igual, todo vivirá en la oscuridad de la confusión. El orden, además, unifica y rige.
  4. Cultivar la paciencia y saborear el paso del tiempo. Hay una parte de la literatura por la que pasamos, en nuestras pretensiones por ahorrarnos sufrimientos y frustraciones, que sabe colocar las pretensiones humanas en el reino de los posibles. Para no luchar, de este modo, contra muros de piedra con corazones de carne expuestos al aire. Esta mañana he leído un fragmento desgarrador de “La vida es sueño”, tengo en mi mesa las cartas de Tomás Moro desde la cárcel que él llama “Diálogos de la fortaleza contra la tribulación”, y en otras ocasiones no he pasado por alto las páginas que tratan de la fugacidad de la vida con enorme seriedad. Detenerse, en nuestros propios pasos, y aprender a sujetar el corazón que quiere correr excesivamente rápido por el mundo dispersándose y alcanzar lo que todavía no le es propio, también es virtud que los sabios han hecho suyas. En todo lo que se emprende con éxito se percibe la madurez de las jornadas de reflexión, compartir, preguntar. Que caen más bien del lado de la quietud, que de la inquietud.
  5. Aprender de quienes dan mucho de sí. Las referencias siempre son importantes. Te puedes fijar en quienes van sobrados de tiempo, y en quienes, por el contrario, nunca parecen disponer de él para nada. En esto, yo tengo las miras bien puestas en las madres, trabajadoras dentro y fuera del hogar, cuidando siempre de los detalles que se escapan a quienes no hilan fino, con una capacidad de abnegación y sacrificio increíble. No menoscabo con esto el esfuerzo de los varones. Pero me admiran, y prefiero fijarme, en esas mujeres humildes y silenciosas que hay en el mundo y no prestan su tiempo al fútbol. ¡Queridas madres del mundo, muchas gracias! ¡Sois sabias y humildes a la vez! ¡Andáis con zapatillas que no hacen ruido, ordenando permanentemente el espacio y atentas al paso del tiempo incluso por la noche!
  6. Saberse viajero, de paso. O lo que es lo mismo, enfrentados a lo que no es definitivo empezando por nosotros mismos. Quizá me pongo muy serio en esto, porque veo demasiada inconsciencia. Y eso que considero, creo y pienso con total firmeza que delante de nosotros está lo eterno, lo perdurable y lo definitivo. De esto no me cabe ni la menor duda, como tampoco de la falta de seriedad que damos a la vida que llevamos temporalmente en las manos. No pocos piensan que “aquel día” nunca sobrevendrá ni les sorprenderá, por lo que parecen determinados a no hacer nada hasta el último momento. Ni hacen acopio de fuerzas, ni de bienes, ni dan cumplimiento a las promesas.

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4 pensamientos en “Mi día no tiene 24h

  1. Feliz de volver a leerte. Me motiva y satisface gracias a Dios. Cuando voy a cuidar a mi nieto. Son 4 ó 5 días sin internet.

  2. Pingback: Post de mayo 2012 | Preguntarse y buscar

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