Dejar una relación


He escrito muchas veces sobre crear y cuidar relaciones. Hoy traspaso la frontera, y hablo de lo contrario. De “dejar” no hablamos, casi ni mencionarlo, porque surgen ampollas, dudas y problemas. Pero es tan importante, que le voy a dedicar unas letras a estas relaciones que, por lo que sea, no están hechas para nosotros, o no nos hacen bien, o no estamos en sintonía, o no responden al proyecto común que debemos compartir y generar juntos. Probablemente, para una caña o un café, incluso para una comida, y no tanto para un fin de semana completo, podamos estar de buenas maneras con todo el mundo, casi con cualquiera. Hay que ser muy torpe para no estar a la altura de las circunstancias ni siquiera en un plazo de tiempo tan breve. Sin embargo, cuando dejamos la vida correr, como el agua, aparecen otros detalles, no perceptibles a primera y simple vista, que llegan para interrogarnos con preguntas incómodas.

De partida te propongo que si alguna relación te hace daño, la abandones. Sin demasiados remilgos. Con libertad, claridad, decisión, y fuerza de voluntad. Darse golpes contra una pared, nunca ha sido una buena propuesta para la humanidad. Y que lo dejes cuanto antes. Porque cuanto más pase el tiempo, peor. Todo se escanca en el transcurso de las cíclicas semanas y de los breves años.

  1. Abandonar una relación, abandonar el estilo de relación que mantienes. No propongo dejar a nadie en la cuneta a la primera de cambio. Primero asegúrate de que realmente te hace daño, mal, la relación. Porque puede ser que estés pasando por “un momento de crisis”, o un periodo de prueba para fortalecer los lazos. Pero si has podido verificar algo más que subjetivamente que te reporta mal, apártate de esa relación. Abandonar, en estos casos, la relación que se mantiene puede significar modificar la periodicidad de los encuentros, lo que se hace cuando se está juntos, si se trata de relaciones personales o grupales, si pertenece siempre al mismo contexto. Por ejemplo, aquellas relaciones que hablan siempre “de lo malo de la vida”, pueden cambiar su tono en la conversación y en las preocupaciones abandonando lo que hasta entonces había. A esto le llamo yo “abandonar una relación”, sin dejar a las personas.
  2. Sin huir, con responsabilidad. Todo lazo creado se sostiene en dos cabos. Como si de una cuerda se tratara. Surgió de algún modo, no de la nada, y con alguna intención, aunque no seamos capaces de precisarla. Pero ahí está. Enriqueciendo, sin duda alguna. Puedes considerar lo que quieras, reflexionar cuanto desees, meditar según el tiempo del que dispongas. Que seguirá siendo exactamente del mismo modo. Siempre será, una y otra vez, realidad frente a pensamiento. Y la realidad te dice que tienes un cabo entre las manos que termina en las manos de otras personas. Por un lado, soltando de la cuerda crearíamos una ilusión. Por otro, si tiramos de la cuerda hacia nuestro lado, apropiádonos de ella, encontraremos que estamos frente a alguien débil a quien dañemos, o alguien demasiado fuerte que nos hará más daño del que pensábamos. Huir fácilmente se compara con la pretención de la negación de la realidad que existe, en cuyo caso la realidad se convierte en un perro de presa que no se cansa y persigue siempre a quien intenta no ser atrapado por ella. Quienes crearon la solución, deben juntos dejar sus correspondientes cabos, o aprender a tratar con ellos de otra manera.
  3. Mantén el amor por esa persona. En la mayor parte de los casos que conozco, si las relaciones se hubieran cambiado antes de “ir a peor”, los lazos hubieran sido fuente de crecimiento y no de deterioro personal. ¡Cuántos novios empeñados en lo imposible, en querer ver lo que no hay por temor a quedarse solos! ¡Cuántos grupos de trabajo en los que crece, paulatinamente y sin ser demasiado perceptible, la distancia entre ellos en proporción al tiempo que pasan sentados en la misma mesa! Al final, todo esto, termina por ofuscar y hacer imposible el amor por los otros, cuando debiera ser lo principal y lo más importante en toda la humanidad, en cualquiera de sus modalidades posibles: respecto, tolerancia, compasión, ayuda, comprensión, escucha… Todo esto se destruye, con el tiempo, por no abandonar una relación a su tiempo. Lo que ocurre, cuando no se aprenda ni se acepta que no podemos estar con todo el mundo o con cualquiera, provoca justo lo contrario, y del lado de la ofuscación, también la confusión que deriva en consideraciones poco apropiadas e injustas sobre los demás. Para poder amar a alguien, y creo que lo digo de corazón, hay que descubrir algo bueno en ella. No cualquier detalle, sino algo verdaderamente relevante en el ámbito en el que nos movemos conjuntamente.

Otro tipo de relaciones, sin embargo, me merecen mayor respeto. Así de partida, sigo creyendo que estamos hechos para vivir en relación. Sin que eso signifique en total comunión los unos con los otros. Simplemente, en relación, próximos, cercanos y vinculados. Con algunos, de entre los muchos, podemos jugarnos la vida. No con todos, sin discriminación, y mucho menos sin una historia común y compartida por ambos verdaderamente significativa.

Prometo escribir en unas horas la segunda parte de esta entrada, que será más interesante: “Formas de abandonar una relación.”

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3 pensamientos en “Dejar una relación

  1. Muy buen desarrollo de un trema que como dice, no es fácil tratarlo, mas aun cuando esta inmerso en la familia, muy dentro, como enraizado, me encanto, verdaderamente gracias por compartir estas palabras y pensamientos, Bendiciones

  2. (me estoy poniendo al día con tu blog, de a ratos, ya que no he estado estos días al alcance de una compu)

    Este tema en particular lo he pensado muchas veces.
    No siempre uno puede “retirarse de una relación” manteniendo el amor por “esa” persona; Claro que me cuestiona, he entendido que el perdón va más allá del dolor de lo vivido, y de los sentimientos. Pero es muy difícil cuando alguien te ha causado mucho dolor, cuando alguien ha tenido el poder de deshacer y aniquilar todo lo que eras hasta ese momento. Quizás, lo admito, soy algo dramática cuando hablo y pienso sobre este asunto; pero es lo que me pasa. Hay experiencias que quedan tan marcadas en uno.

    Sí he hecho experiencia dolorosa de retirarme de vínculos que me hicieron muchísimo daño, afortunadamente en algún momento tuve la suficiente libertad y coraje para decir basta, cosa que no hubiera sido posible si muy cerca no hubiera estado también muy sostenida y acompañada por personas que han sido casi “ángeles de la guarda” para mí.

    A pesar de algunas situaciones y personas, hoy sigo confiando en las personas, en los vínculos que hacen bien, que sanan; sigo creyendo en las personas y en la posibilidad que de querer bien que las personas tenemos.

    También me hace pensar en las personas que en el camino eligieron “retirarse”…pero esto me lo dejo para una segunda parte…

  3. Pingback: Post de mayo 2012 | Preguntarse y buscar

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