Volvamos al Espíritu


Percibo que a la época de materialización y tecnificación de todo, que hizo salir al mundo y a la iglesia de unas estructuras consolidadas pero rutinizadas y carentes de preguntas intensas al estar todo establecido, tiene los días contados. No sé bien cuándo comenzó. Intuyo sin embargo que puedo participar en su final. Y, tras ella, una época más espiritual, de sentido, de interioridad, de motivación y de vocación. Un tiempo en el que el trabajo sea algo más que trabajo, en el que la relación con los otros sea algo más que mera relación, en el que la solidaridad sea algo más que esfuerzo titánico, en el que lo que se ve no sea lo único ni lo más importante, en el que la profundidad del corazón del hombre obtenga también sus derechos, en el que los cómos estén anidados y habitos por los porqués y los paraqués. Y sean sepultadas la superficialidad, el consumismo, los ídolos de la tecnología y los prometeísmos voluntaristas de quienes se encuentran solos con otras soledades sacando adelante proyectos que los estrujan interiormente. En el mundo se alza el grito de lo espiritual y lo eterno, de mano del arte, de la música, de las relaciones con sentido, de la búsqueda de ayuda, de la confianza en la sublimidad del universo, de la sensación interna de no estar nunca solo.

¡Volvamos al Espíritu! ¡Protagonicemos este retorno admirable! Por el camino de la interioridad, de la escucha, de la paz, de la velocidad reducida, del verdadero disfrute del presente anclado en una historia, del encuentro con el rostro amigo y hermano, de la entrega y el sacrificio por el otro. ¡Protagonicemos el regreso! ¡Somos espirituales y hemos querido vivir como si no lo fuéramos, atrapados en las cosas y sus vagas ilusiones!

Cuando digo que somos seres espirituales, no quiero confundirme con ángeles o seres que viven del aire, que no tienen cuerpo y que andan por encima de todo sin que nada les toque. No somos ángeles. No significa eso. Nuestro espíritu está encarnado. No somos seres puros, íntegros y alejados. Que en esto hay más de uno que se confude. No hablo de seres espirituales en el sentido de los que se alejan de todo, para que nada les haga daño. El espíritu humano es espíritu que trasciende, se comunica con otros en profundidad, se anima interiormente, le da sentido a cuanto hay alrededor. El espíritu mueve la vida de las personas hacia el bien, la justicia, la solidaridad. Es espíritu que se encarna, y por lo tanto, que se compromete en el tiempo, en el espacio, con quienes están a su alrededor. Que no prescinde de la belleza de este mundo, sino que la profundiza. Es espíritu que palpa, escucha, habla, actúa. No alejado del mundo, ni sobre el mundo, sino, y aquí su grandeza, desde el interior del mundo transformándolo todo sin destruir.

Volvamos al Espíritu. Incluso dentro de la Iglesia. Tan mediatizada, tan rutinizada, tan estructurada en ocasiones, tan esclavizada por lo de siempre y lo que siempre se ha hecho. Y en la que surgen impulsos nuevos, brotes nuevos. Volvamos al Espíritu.

  1. A hablar de Dios y del misterio, encarnado en Jesucristo. En nuestras conversaciones, en nuestros discernimientos, en nuestras búsquedas. Hablar con normalidad, sin forzar diálogos. Volvamos a hablar de lo más importante, de su Presencia en el mundo. De dónde lo vemos, de dónde está. Hay cristianos que están en una situación de precariedad tremenda porque ni tienen experiencia ni tienen formación, dos pilares básicos. Quedan como si no conociésen a Dios, no tuvieran nada que decir de Él, ni Él tuviera nada que decir en su vida. Hacen y deshacen, poco más. No se les mueve nada cuando escuchan hablar de la Pasión ni comprenden la Resurrección. Hay conversaciones que, dejando de ser “de actualidad y temas religiosos” se tornan interiormente en diálogos personales que hacen temblar el corazón y derriban muchos muros. Entonces, en la conversación, se comienza a ver.
  2. Dejémonos guiar por el Espíritu. Confiemos en que, a pesar de que sea difícil escucharle, porque en nuestro mundo es difícil escuchar, Él sigue hablando y podemos escucharle. ¡Qué torpe sería Dios si quiera hablarnos de modo que no pudiésemos escucharle! ¡Qué necios seríamos nosotros si hablándonos quien más nos ama, no estuviéramos dispuestos a escucharle! Un “dejarse hacer” que, como tantas veces digo, nada tiene de pasivo. Y mucho de fe y de esfuerzo y de entrega y de sacrificio. Nos falta educación en este sentido, porque el peso de la libertad libre de condiciones y pura es una falaz propuesta espiritual. Más bien, diría que al contrario, una verdadera libertad espiritual está afectada por muchos frentes, muy de lo humano y muy de lo divino. Afectada es condicionada y para nada “íntegra”, sino contagiada. En ocasiones, cuando es sublime, se queda prendada de santidad. La que hace de nosotros que pasemos a otro ámbito diferente.
  3. Espiritualizar el mundo, seguir compartiendo y dotando de vida. Algunos le llaman “buscar el sentido de las cosas” y otros “darles sentido”. Yo prefiero hablar, contracorriente, de espiritulizar el mundo. Con el sacrificio que pueda tener por nuestra parte. Sentarse a estudiar recordando por qué estudio, salir de mi casa queriendo hacer algo por alguien, utilizar todo espacio para que Dios pueda estar en él sin confusión, trabajar solidariamente para realizar una justicia que nace de Dios. Hacen falta tanto sitios para crear verdaderas relaciones, como espacios para el silencio y soledad. Últimamente he tenido que charlar con varias personas en lugares diversos, todos ellos destinados aparentemente a lo contrario. Y me voy dando cuenta de la importancia que tienen los tiempos de reposo, de sosiego, de calma, de tranquilidad, de soledad, de profundización, que son como la culminación de un viaje, o el asombro de abrir puertas candadas.
  4. Ex-Poner alma y corazón. Sin intimismos. Desempolvar el espíritu. Liberarlo de la represión brutal que sufre en la masa. Legitimar su expresión pública, su sed, su búsqueda social, su camino compartido con otros. Que no sufran aquellos que lo hacen todo con todo el ser. Sea en su casa, sea en su trabajo, sea en su ocio. Con alma. Recreando la realidad. E, insisto, sin tachar, sin cortar ni recortar en este ámbito tan personal. ¡Vivan los optimistas, esperanzados, entusiastas y locos de hoy! ¡Que no pare su utopía, ni su propuesta! ¡Que no se calle, por parte de dos o tres fuertes, poderosos y “bien colocados” cuanto tienen que decir! Exponed alma y corazón. Que sea visible, palpable, tangible. Mostrar al mundo que no estáis de cualquier modo, que os preguntáis de dónde venís y a dónde váis. ¡Vuestro viaje!
  5. Simbolizar y leer los signos. Terminamos siempre concretando quiénes somos con algo más que palabras. Tanto en símbolos que nos representan, como en acciones que cuentan quiénes somos. Fuera de la masa, que también tiene su signos de pertenencia y sus ritos celebrativos, en lo personal ocurre lo mismo. Pensemos un poco más en esto. En dónde ponemos las fuerzas a la hora de significar que estamos vivos en el mundo, con los del mundo. Simbolizar en el arte, la música, el espacio, los regalos y todo lo susceptible de ser algo más que palabra para otros.
  6. Mística y poesía, algo más que belleza. Lo que encoje el corazón puede señalar una nueva puerta. Que no se queda sólo en ese momento sentitivo e íntimo, sino que da luz a lo más importante, incluso a lo único importante. Mística en la relación, en todo trabajo. Contemplativos en la acción, activos en la contemplación. Y poesía para vencer el utilitarismo, las palabras de otro, las expresiones copiadas, el pensamiento único. Volvamos al Espíritu, que aletea sobre las aguas.
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