Si fuera cierto


Hace ya unos años, ocho para ser exacto, comencé a acompañar a un grupo de jóvenes. Realmente iba a apoyar a otro escolapio de mi comunidad en esta tarea. Esto jóvenes llevaban tiempo compartiendo vida juntos, reuniéndose semanalmente para hablar, rezar, formarse. En su deseo estaban formar una comunidad cristiana. Muy bien no sabían qué era. Así que pidieron ayuda, y allí que nos presentamos. Por delante nos esperaban dos años de intensa relación, de revisión, de construcción y de decisiones. Para mí personalmente fue un tiempo impactante, en el amplio sentido de la palabra. Me dejó tocado. Y, como de costumbre, acabé recibiendo más de lo que verdaderamente pude entregar. El segundo año, además, a mi compañero lo destinaron a otra comunidad fuera de Madrid y me quedé solo, perplejo, confundido y sin experiencia al frente de la recta final del proceso de discernimiento. Recuerdo haber pedido que se encargaran otras personas, pero no había nadie más disponible para juntarse todas las semanas los jueves por la noche.

Como en todo grupo, se dan cita personalidades, inquietudes, perspectivas, opiniones e historias muy diferentes. Además, con la presión de sus finales de carrera respectivos (Veterinaria, Medicina, Ingeniería, INEF, Terapia Ocupacional, Hispánicas) y el inicio de la vida laboral, ajustando y reajustando continuamente horarios, se perciben muchos más matices de los que comúnmente se dejan mostrar. No hablo de mucha gente, eran siete. Ahora alguno más, y una menos. Unos comedidos y suaves, otros atrevidos y directos, unos más preocupados y empeñeados en la construcción de la comunidad y otros un tanto a su aire y pendientes de lo suyo, y de cómo quedaban ellos en todo ese jaleo. Algo particular del grupo siempre ha sido que de siete, cuatro eran parejas, dos a dos, como viene siendo lo normal. Y dos parejas con muchos puntos en común entre ellas, y con características completamente diferentes. Unos, uno. Otros, indepedientes y mirando la naturaleza. El romanticismo y la practicidad se daban cita en diversas ocasiones por separado, y en ocasiones de la mano, invitados por quienes no estaban por entonces tan comprometidos. Se fueron dando pasos en el tejido comunitario, aunque desde el principio se percibió un amor fuerte entre todos, de los unos con los otros. Amor, eso sí, sin orden, sin estructura, sin concertarse, sin sinfonía. Soplaban notas, rasgaban acordes, crujían las baterías. Plagados de regalos y virtudes, de dones y gracias. Sus diferencias contribuían a la riqueza, casi tanto como al desastre y la lejanía de los unos con los otros. Algo que, sin escándalo para nadie, suele pasar a falta de ese punto que centre.

Pues bien, en ese grupo se me dieron hermanos, e intercambiamos riqueza. Ellos tocaron en mi ordenación, y yo presidí sus matrimonios (menos uno) con una alegría desbordante. No voy a contar todo lo vivido, que estoy hasta mañana.

Una de las noches de grupo, nos presentaron esta canción. Tres de ellos formaban por entonces, y ahora continúan, una banda apasionada por la música. Voz maravillosa, guitarras espectaculares. A falta de que alguien ponga peros. Cuando escuché esta canción, les quise aún más que antes. Se tocó en mi ordenación, en el momento de la comunión, detrás de otra canción. Cuando sonó, el silencio hablaba.

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