¿Siempre tienen que ceder los mismos?


Te pongo en situación, para que no te pierdas. Hablo de esos momentos, muchos, en los que da la sensación de que eres el único que hace algo para que las cosas vayan adelante, que te da el corazón un chispazo que te pone en la pista de pensar que hay demasiada unidireccionalidad en las relaciones, y que te juegas demasiado para recibir demasiado poco. Como si el interés, la responsabilidad y el esfuerzo fueran acciones destinadas a unos cuantos, en lugar de a muchos o a todos. Supongo que lo has vivido y padecido en algún momento. Si no, revísate bien porque algo no funciona como conviene. Creo que estamos hablando de algo humano, demasiado humano.

A propósito de algo que vengo “rumiando” durante los últimos días, girando una y otra vez en torno a este tema y alimentándome despacio, presento unas experiencias que no se parecen entre sí salvo en las puras cuestiones internas.

  1. Por un lado, hay un cierto tipo de generosidad fácil, mediocre y vulgar, en la que no me voy a detener siquiera. La de quien comparte de lo que le sobra, donde no hay ningún tipo de implicación más allá de las migajas, y en la que el gesto queda en mero detalle insignificante y sin importancia. Al menos para quien da. Quizá no tanto para quien recibe. Perdonadme que añada que esta generosidad nada tiene que ver con la entrega de sí mismo, y por lo tanto, en poco se parece al amor. Es más, buscará algo a cambio habitualmente, en una relación asimétrica donde quien acoge el regalo queda comprometido y esclavizado.
  2. Por otro, distingo otra generosidad fácil, que es un privilegio inconmensurable y tan sencillo que ni quien está dándolo todo siente pérdida, desaliento o conflicto. Está reservada a aquellas relaciones donde el amor no es lo primero, sino que lo es todo. Curiosamente, desde fuera puede parecer que la persona se enfrenta a lo más destructivo, a lo peor, que le están robando todo hasta dejarle sin nada. Pero desde fuera, como observador ingenuo y, perdonadme, un tanto estúpido y egoísta. No es capaz de comprender, ni está en vías de poder hacerlo, que el amor absoluto existe, se realiza, se actúa y vive en el presente. Como don, eso sí. Esta calidad en la relación se agradece tanto que hace que una persona pueda vivir de este momento durante mucho tiempo y ser tabla de salvación para él mismo. ¡Qué misterio! Pierde todo, y cuando le preguntas por qué lo hace, qué le mueve, qué le está pasando, lo único que encuentras a cambio y como respuesta, suele inclinarse por el lado de un sincero: “¡Tú harías lo mismo!”
  3. Una generosidad más que percibo hoy requiere mucho esfuerzo. Puedes sonreír, estar alegre, divertirte e incluso mostrar que no pasa nada o resulta fácil. La procesión va por dentro. No digo que sea una generosidad falsa. Más bien todo lo contrario. Lo da todo, en la medida de sus posibilidades. ¡Qué más quisiera que poder hacerlo fácilmente! Sin embargo, aún cuando hay obstáculos, permanece en su decisión de entregar y servir. Que es donde está el tesoro mayor. En la doctrina cristiana, en la predicación de los curas -como yo- y en las palabras fáciles de los viandantes, no pocas veces se ensalza ésta como la más grande. ¡No es verdad! ¡Es mentira! La más grande, y la que desearíamos todos, es la segunda. En la primera no hay vida, directamente. Esta tercera no siempre se puede ejercer. O te apoyas en algo más, o tienes las cosas muy claras, o vas decididamente contracorriente de ti mismo, o esta tercera te parecerá la muerte, con la tentación además de quedarte ahí, probarlo una vez y repetir que nunca más. En la tercera no hay aliento ni desaliento, no hay descanso sino cansancio. Insisto, puedes sonrerír, aunque no eternamente. Ser generoso, para quien no se haya enterado todavía, no supone algo agradable al estilo como decimos tantas veces. No seas ignorante, no seas ingenuo. O tienes amor, o estás perdido.
  4. La última, de las que se me antojan hoy posibles o hasta donde soy capaz de entender y pensar, quizá no tanto vivir, diría que podría llamarse generosidad recíproca. ¡Sublime! Cuando dos o más personas se encuentran en relación de generosidad las unas con las otras. No dan para dar, sino que dan por dar. Y además reciben. Podría decir que entonces la generosidad se retroalimenta, crece exponencialmente, y, como es natural, no deja sabor amargo o cansancio a su paso.

Puedo afirmar que las cuatro anteriores han pasado por mí muy recientemente. ¡Qué distintas son! Espero que tambien tú puedas identificarlas en algo concreto de tu vida.La cuestión de la generosidad y la responsabilidad para quien decide vivir en amor, no cae sin más de quien da. Interviene también quien recibe. Unas veces con más o menos conciencia, otras con grados de interés y agradecimiento diverso. También el desprecio, la desfachatez de quien considera poco aquello que con esfuerzo están compartiendo, o de quien se cree con derecho a más de lo que está en lo humano poder pedir en libertad y sin esclavizar al otro.

  1. De la primera señalo que igualmente es necesaria. No siempre quien recibe es capaz de soportar tanto como quien quiere dar puede dar. Algunas veces, la mediocridad proviene del que demanda y pone las manos o el corazón abierto o la oreja atenta en actitud de escucha.
  2. La segunda comparte con la anterior exactamente lo mismo. Y más cuando el receptor nada sabe de un amor tan grande. Se puede hacer de la gracia algo natural, pero insisto, sólo para quien no sabe. Entonces el que es amado, el que es objeto del compartir, aquel a quien va destinado ése acto generoso, se puede sentir culpable y verse exigiendo y pidiendo algo que no puede corresponder por él mismo. Entiendo que cause dolor, sufrimiento y lágrimas. Estar delante de alguien generoso hasta este extremo sigue siendo una oportunidad para dejarse querer, aunque duela dejarse querer.
  3. La tercera, la del esfuerzo y el sacrificio, no se sostiene sin el reconocimiento y la alegría del fruto. El destinatario debe estar atento, ser prudente y calcular, para no reventar a quien comparte. Aviso para navegantes. ¿Por qué no preguntas cómo se encuentra aquel de quien tanto recibes a diario? ¿Te atreves a tener unas palabras con tu pareja, con tus padres o tus hijos, con tus amigos, con tus profesores, con quienes están a tu servicio sea aquí o allí? Pregúntales, sé valiente, qué supone para ellos quererte y cuánto esfuerzo tienen que poner de su parte. Quizá te sorprenda ver que en más de una ocasión han querido y han decidido bajar los brazos y dejarse vencer por el ritmo del mundo, se han visto desvalidos y defraudados. Pregúntales, qué les pasó, cómo lo afrontaron y dónde apoyaron su vida para seguir adelante.
  4. Si estás en la cuarta, si eres del grupo de los privilegiados por el amor que se da y que se recíbe tan sencillamente y con extremada cercanía, ¡qué decir! Al mismo tiempo eres paciente y agente, actúas y permites actuar. Dejarse amar supone un esfuerzo enorme, cuando se hace en la verdad y sin exigencias, que personalmente admiro mucho. Por algo el mandamiento principal del cristiano está enraizado en esta comprensión de la vida, que se construye y cuida mutuamente.
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3 pensamientos en “¿Siempre tienen que ceder los mismos?

  1. Didáctico, sencillo y enraizado en verdades. Es un esquema de la generosidad. La realidad se entremezcla más. Pero es un buen post para hacer discernimiento y, sobre todo, acción de gracias.

  2. Pingback: Post de mayo 2012 | Preguntarse y buscar

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