Recetas de vida fácil


Las recetas por antonomasia son las de la cocina. Esas que a través de indicaciones breves y precisas, y fotos maravillosas, prometen que a partir de los ingredientes básicos alcanzaremos unos resultados fabulosos capaces de encandilar a nuestros invitados y quedar como magníficos anfritiones. Otras recetas, expuestas por doquier, se encuentran a disposición de quien quiera construir una pequeña mesa, acomodar una sala a las nuevas tendencias, e incluso las he encontrado relacionadas con la amistad, la felicidad, el amor. Éstas últimas, ni las encuentro fáciles ni posibles, dicho sea de paso. Y precisamente en este sentido quería levantar la voz: ¡No hay recetas para la vida! Si te encuentras alguna por ahí tirada, en la calle o en el metro, de paseo o a través de la red, no les des mucha credibilidad. ¡No existen recetas fáciles! ¡Ni dífiles tampoco!

De primeras, me sale decir que la vida es compleja. Lo cual molestará a los que quieran llevar una vida sencilla y cómoda. No digo que la vida sea complicada o incómoda, sino que es compleja. Tiene que disponer y atender multitud de realidades que se dan cita al unísono y sin avisar muchas veces. Sentimientos e ideas, planes e imprevistos, sufrimientos y alegrías, amigos y conocidos, amigos y yo mismo, amor y desencanto. Por citar alguna de ellas. Para quienes piensen que somos nosotros los que nos complicamos, así en general, les diré que ciertamente creo que nos enredamos algunas veces demasiado y damos “palabra y fuerza” a lo que debiéramos “callar y debilitar” en nosotros. Pero ya me gustaría que todo fuese “tan claro” como lo escribimos en un papel o en una post. Poner orden en nosotros mismos, calibrar, medir y orientar, es tarea que debemos renovar cada día. Además, para quienes crean que el camino bueno y verdadero en la vida transita por las sendas del desprendimiento y de la menor complicación posible, para todos ellos, les aconsejaría que salieran de su ingenuidad. Pasada la adolescencia con sus vaivenes se yergue en alto la apasionante madurez con sus compromisos y responsabilidades, que vienen, para quien no se haya enterado, a pedir que “carguemos con ellos” durante nuestra vida y nos exigen, demandan y reclaman vida. No es que nos compliquemos la vida, sino que es lo mejor que podemos hacer de partida es reconocer que es complicada y dejar de sostener el tupido velo que nos invita a considerar la realidad de otro modo. ¡Es maravilloso disponer de una vida ataviada con multitud de personas a quienes poder servir! ¡Es maravilloso acoger una existencia demandanda! ¡Es maravilloso comprometerse y dar vida! ¡Es estupendo y entusiasmante amar y dejarse amar! Lo triste es mantenerse parado en las cunetas del tiempo sin dar ningún paso, por miedo a complicarse.

Sobre las recetas de vida, escritas en post, artículos, revistas y libros, diré que lo más que llegan a aportar son elementos para considerar y para valorar, cada uno en su caso. Muy valiosos algunos de ellos. He encontrado vida de verdad en muchos. Me he dejado sorprender y orientar en muchos casos. Ante la dificultad, ante el conflicto, ante la alegría. Algunas veces son verdaderamente eficaces. Otras, también tengo que decirlo, prometían más de lo que después se podía alcanzar. Lo más importante de todo, en cualquier caso, está fuera de los libros y de las recetas. Igualmente ocurre en los manuales de cocina al uso. En un banquete, lo principal es la acogida, el afecto por el invitado, la conversación que nutre y da sabor, la despedida amarga de quien ha terminado algo que bien podríamos haber pensado que iba a llegar a ser eterno. En la vida, la clave no se sitúa en los medios, sino en la meta a alcanzar, la fuerza con la que contamos para llegar a ella, el horizonte que describimos, el realismo esperanzado de la mirada, el sentimiento que nos mueve y dirige hacia ella, el espíritu que trasciende el momento. Entonces, y sólo entonces, podremos servirnos de alguna receta.

Como no quiero dar recetas, sino rescatar algunas de esas indicaciones prácticas que se me vienen a la cabeza, invito a considerar lo que viene a continuación de forma personal y, a ser posible, dialogando con alguien más. Que nadie se quede, por favor, pensando que es obligatorio disponer de todo lo anterior en su vida. Y mucho menos, pretenda encontrarlo por sus propios medios y fuerzas.

  1. Déjate querer bien. Igual que un alumno tiene que aprender para saber, y algún día quizá incluso llegar a enseñar algo. Para mí lo único importante en este mundo viene siempre del buen amor. No cualquier amorcillo. Sino del amor capaz de transformar la realidad, dar sentido a todo, aupar al hombre hasta su culmen. Y por lo tanto, debemos empezar por dejarnos amar, antes de lanzarnos a la prometeica tarea de ser para otros. Recibir, acoger, sentir, vivir, disfrutar. No es tarea fácil, ni cómoda. Este “dejarse querer” se aprende en numerosas ocasiones en la debilidad, en la fragilidad, en la exposición a nuestro propio mal y dolor. Y requiere ser capaz de mostrar el propio corazón tal y como es, en verdad.
  2. Preguntarse y dejarse preguntar. Soy un fan de las preguntas porque considero que otras reflexiones, por muy interesantes que sean, no tienen la misma fuerza que una excelente pregunta. La pregunta descoloca, desorienta, provoca, invita. Y mejor si descubrimos que estas preguntas no me las hago a mí mismo, sino que las recibo. Sea de la propia naturaleza, de las circunstancias en las que me encuentro, de algo que acabo de descubrir, de algo que me mueve, o directamente de una persona, o del mismo Dios. Quien tiene una pregunta, por lo tanto, es porque ha escuchado. No está sordo, ni insensible, ni muerto.
  3. Vivir algún momento al máximo. Por lo común, personalmente, recomiendo lo contrario. Ser reservado, calcular, no exponerse demasiado. Pero hay momentos en la vida en los que se abren grietas para poder darlo todo, sin temor ni miedo, como si diésemos un paso en el vacío. Hay que arriesgar y ser valientes. Lo tenemos delante, ese precipicio… ¡salta! Por momento no digo instante y segundo, sino que en ocasiones supone un tiempo prolongado incluso durante meses. Este kairos en la cotidianeidad podemos compararlo a un verdadero punto de inflexión cuando se vive al máximo. Provocará, eso sí, cansancio, desgaste, y desbaratará el resto de cosas que llevamos entre manos. Ni todo es tan importante ni puede ponerse al mismo nivel, ni podemos quedarnos en las lindes de la vida observando pasar el tiempo, ni las orillas seguras y cómodas son refugios en las crecidas. Los momentos “del máximo” suponen zambullirse, a tope, en algo que por otro lado no dominamos ni podemos controlar absolutamente.
  4. Reflexión, soledad, apartamiento, descanso, reposo. No hay que buscarlos demasiado, vienen dados. Habitualmente lo común es quejarse y protestar, sentirse solo sin aprovechar la soledad, creer que pensar es un fastidio y darle vueltas a la cabeza emaraña la situación. Sin embargo, los valoro como guiños de la existencia y naturaleza misma del hombre para que se viva en plenitud. Lo único que demandan es vivirlos bien, aprender por lo tanto en ellos y de ellos. Un paseo puede convertirse en un tiempo precioso para todo esto, un viaje en metro igualmente, y en la propia habitación no tenemos por qué estar permanentemente conectados a “la nada” del cyberespacio.
  5. Planifica cuanto quieras y puedas, y sé flexible. Sin proyecto y proyección, el hombre no puede considerarse a sí mismo dueño de su propia vida. Lo más fácil será entonces que sus decisiones estén, de facto, en manos de otros, o de otro, o de las circunstancias sin más. ¡No te engañes! Por otro lado, sin flexibilidad real y concreta, el sufrimiento será verdaderamente inmenso. No conozco a nadie que pueda “dirigir por sí mismo” su vida. Y tengo amigos de lo más planificadores. Algunas veces, me sorprenden con sus cálculos tan detallados y extensos. Ambas cosas, creo que se demandan mutualmente en verdad. Por un lado, tomar las propias riendas y sentir que estamos siendo libres. Por otro, capacidad para dialogar con la realidad en la que nos insertamos y hacemos presentes, donde tanto los demás, como las mismas “cosas”, tienen a desajustarnos bastante.
  6. Confiar mucho, y sin desesperarse, pero nunca en las cosas ni en los ídolos.

Como se me ha venido el tiempo encima, y tengo que irme a otros menesteres, no continúó la lista. Hay más elementos que pueden ser, y deberían ser, perfectamente considerables. Pero, insisto: ¡No hay recetas! Todas esas cosas quieren hacer de la vida algo fácil y sencillo, cuando no lo es.

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Un pensamiento en “Recetas de vida fácil

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