Soledades que muerden el alma


La soledad abunda en las ciudades modernas, tan desarrolladas y tan comunicativas. Permanece pegada y constante a todo aquel que anda, como vagabundo, sin un rumbo fijo y sin una meta clara. Esta soledad, curiosamente, es una compañía funesta. La cuestiónes que soledad siempre ha existido, y siempre existirá. Puedes leer a los antiguos hablar de ella, de sus particularidades y rarezas, y bucear con sus sorpresas y desamparos. Sin embargo, quizá nunca como ahora, y probablemente con una virulencia y extensión hasta ahora desconocida, se han agudizado sus características depresivas y melancólicas, esas que consiguen morder el alma hasta dejarla sin sustancia y arrastrarla hacia el abismo. Encontramos signos de esta soledad en jóvenes tanto como en adultos, soledad radical que vacía el sentido de su presencia en el mundo, que les impide conocerse y quererse porque nadie les conoce y les ama como son, y que les desproteje claramente.

Soledades hay de muchos tipos. No entran todas dentro del mismo paraguas. En principio se nos va la cabeza hacia la más objetiva, hacia la experiencia de quien se encuentra sin nadie alrededor, bien sea en su habitación, bien en su trabajo. Sin embargo, la soledad que hiere es de carácter subjetivo. Se trata de la sensación interna y personal, que toma conciencia, de su soledad y de la ausencia de los demás de forma significativa. Algunas personas solas pueden encontrarse en esa situación por su deficiente capacidad para relacionarse, de modo que expulsan de su entorno inmediato a cualquiera y se quedan “sin nadie”; mientras que otros, a pesar de los intentos, no alcanzan a conectar con otras personas. A pesar de esta gran clasificación, quizá demasiado rápida y general, me sorprende aún más la soledad que aparentemente no se manifiesta y no se ve objetivamente, y aparece por sorpresa en un diálogo cualquiera. Alguien te suelta, de golpe y porrazo: “Estoy solo. Aunque veas que todo va bien. No encuentro a nadie.” ¿Qué quiere decir alguien que habla de este modo? ¿Qué ocurre en nuestras sociedades modernas para cultivar ambientes donde crezcan las soledades y los desamparos?

  1. Anonimato amparador. De algún modo hemos huido socialmente de los pueblos en los que todos se conocían y todo era público, para pasar a una defensa extrema y a ultranza de la privacidad, que ha desembocado en no dejarnos reconocer por las calles y en los lugares de paso. Pero también en otros ámbitos. Reservados con nuestras cosas hasta el punto de no dejar que nadie entre en nuestros asuntos fácilmente. A esto se le llama anonimato amparador, cuando el otro es tan desconocido para mí como yo para el otro. De hecho, sorprende encontrarse con alguien por la calle, y es casi una noticia.
  2. Fragmentación ambiental. Por otro lado, hemos separado los ámbitos en los que se desarrolla la vida tanto que preferimos que no se conecten entre sí. Frente a sujetos consolidados y sólidos que intervengan y se relacionen en distintas esferas de la vida sin personalidad, encontramos potenciadas las personalidades líquidas que tienen casi tantas caras como trajes, y no son consistentes ni en sus opciones ni se rigen por criterios. Finalmente, terminan por no saber quiénes son, luego tampoco tendrán nada que decir “de sí mismos” realmente. Cuando les preguntas quiénes son, se quedan sin palabras.
  3. Positividad continua. Como todo tiene que estar bien, y hemos de aparentar que nos va estupendamente, vamos ahogándonos a nosotros mismos en penas y tristezas que se acumulan hasta explotar. La soledad se arincona en el lado oscuro de la vida, junto a todo aquello que no se puede decir porque les sacaría de la corriente del resto del mundo. Siendo negativos lo único que se conseguiría, según parece, es alejar a la gente del entorno.
  4. Comunicación superficial. Hablamos mucho. Escribimos mucho. Casi podemos decir que damos a conocer a los demás, conocidos o desconocidos, dónde y qué hacemos a la hora. Fotos, mensajes, comentarios. Vidas expremadamente públicas que sugieren superficialidad y falta de cuidado de la propia intimidad. Cada día se multiplican los conflictos entre adolescentes en estos ámbitos, mientras la sociedad mira y contempla impasible careciendo de capacidad resolutiva.
  5. Pertenencia masiva e indiscriminada. Percibimos también la pertenencia como algo gregario. Todos del mismo “palo”, con las mismas características, con comportamientos, palabras y lenguaje similares, donde no salirse de unos márgenes determinados. “¿Dónde está Vicente? Donde va la gente.” Moviéndose de un lugar a otro, tomando decisiones porque llega el momento o por contagio, aplaudiendo o llorando en función de la masa. Es el grupo el que dice qué pensar, qué sentir, qué vivir y qué desear incluso.

A pesar de todo. En esta soledad existe escondida una enorme oportunidad para ver la realidad con nuestros propios ojos, de reconocernos y descubrirnos únicos y originales sin dejarnos pisar ni dominar por nadie, y de construirnos con nuestros propios criterios y opciones. No entiendo por qué motivo esta soledad, tan condenada en nuestro tiempo, permitimos que caiga del lado tenebroso cuando de por sí es parte de nuestra condición esencial y personal. Es necesaria en todos los sentidos. Soledad necesaria para pensar y saber decir algo importante, soledad para reconocer alguien que verdaderamente pueda escucharnos y sepa hacerlo, con quien conectemos internamente. Para llegar a tenerlo todo, no pocas veces, hemos de pasar por carecer de todo. Y por lo tanto, para una buena relación se hace imprescindible una buena y bondadosa soledad.

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2 pensamientos en “Soledades que muerden el alma

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