Un cura en el ginecólogo


Esta misma mañana he ido al ginecólogo. Vestido como viene siendo mi costumbre últimamente, de clériman y con chaqueta. Lo que más me ha molestado de todo era la chaqueta, porque hacía mucho calor. El clériman me ha servido para echar unas risas en la recepción y en la sala de espera. No he pasado más allá. Toda mi visita consistía en acompañar a alguien a quien quiero mucho, en una de esas pruebas que pueden determinar algo importante. Os pido oración. Y que os imaginéis la cara de la gente al verme compuesto y sentadito, según entraban en la antesala de sus pruebas. ¿Un cura? ¿Será cierto? ¿Qué hará aquí? ¡Qué expectación! ¡Qué miradas cómplices! Una de las enfermeras, sin darse cuenta de que yo todavía seguía allí, se ha acercado al mostrador a comentar con sus compañeras sobre mi presencia. ¡Creo que he sido el primero! Al menos, el primero “con marca”. Yo estaba a lo mío. ¿Tan raros y escasos somos los curas? ¿Tan poco cercanos como para causar sorpresa nuestra compañía en la consulta de un médico? Ciertamente en la visita a un ginecólogo puede ser más llamativo, aunque seguro que en otros muchos lugares sigue siendo muy curioso encontrarse a un cura. Pero me ha agradado que la chica que hacía bromas sobre mí, hacía chistes de lo más sano. Y que no se ha sentido nada molesta al darse cuenta de que no me había ido.

Como no puede ser de otro modo, me ha hecho pensar. Porque justo esta mañana, a las 8,00h he tenido una clase de Filosofía, en la que hemos contado el libro La inclusión del otro, de J. Habermas. Algo de parecido puede llegar a tener, forzando un poco. Pero he aprendido muchas otras cosas:

  1. Hay que salir más a la calle, con la gente. Sin dejar de ser lo que somos. Si no, deja de tener gracia. Me perdería mis risas, y también dejaría a los demás sin ellas. Me ha encantado ver que algunas personas al verme han cambiado su cara de preocupación por otra muy distinta. Aunque solo fuera por eso, habría merecido la pena. Ojalá les vaya todo bien. No he podido hablar con nadie. ¡Yo estaba cortadísimo! Hay risas que son sanísimas. También he aprendido esto.
  2. Saber estar disponible antes incluso de que alguien te lo pueda pedir. Admiro mucho a hermanos míos que saben estar disponibles en un grado tal que, incluso cuando no dices nada, saben lo que necesitas. Antes de que te des cuenta de lo que te va a pasar, allí están ellos adelantándose a los acontecimientos, sabiendo dar lo apropiado en ese instante para que no vaya a más, o para que todo sea más tranquilo. Calasanz, mi fundador, insiste mucho en este tipo de personas. No en vano trabajamos con niños y jóvenes, que no pocas veces o no saben pedir o no piden lo que les conviene realmente.
  3. Traspasar fronteras, por la inclusión. ¡Cuánto sufre un mundo como el nuestro, con todo tan clasificado por tipos de personas y condiciones sociales! ¡Cuánto mal hace tanta división y frontera “anónima”! Buenos y malos clasificados por la apariencia, inteligencia medida por notas, y tantas que provoca el dinero, o el trabajo que tengas… Lugares de nuestras ciudades que sabemos que existen, donde viven y se preocupan personas, y que todavía no hemos pisado. Me preguntaba hoy, a propósito de esta visita, cuántos de mis alumnos viven en casas y familias que son imaginarias para mí. ¿Cómo lo pasarán allí? Me preguntaba también por el trabajo de tantas personas, ahora en precariedad, ¿cómo vivirán allí? Y me preguntaba, un poco más allá, por el corazón de esas personas con las que vivo, por sus ideas, sentimientos, voluntad… ¿qué les pasará por dentro? ¡Quién puso en el mundo tantas barreras! Da igual, ¿quién nos enseñó a no traspasarlas?
  4. El dolor de la espera, y el acompañamiento real en la vida. Las salas de espera tienen un color especial, y están adornadas con las caras de la gente que aguanta sin moverse. Bien a la persona que acompañan, bien a la llamada que les cite para los resultados. Estar allí viene motivado por algo, y hace que no te muevas, aunque quieras. Las caras revelan situaciones, cuentan historias y relaciones, dejan intuir de qué vamos por el mundo. Si de fuertes, si de débiles, si de despreocupados. Quiero felicitar a todos los que acompañan, sin poder hacer nada más que esperar, querer y permanecer agarrados al amor. ¡Qué duras se me antojan hoy estas habitaciones de nuestro mundo! ¡Qué llenas de vida las veo! ¡Qué esperanza más fuerte se puede percibir! Gracias a todos los que callan y miran para cualquier lugar, hasta el momento en que esa persona especial aparece, y entonces centran su mirada, sus oídos y su corazón directamente hacia ella. Gracias a los que en las salas de espera rezan, por los suyos y por los otros, e incluso hacen amigos.
  5. No todos los días podrás hacer tonterías, así que no lo dejes para mañana si puede ser hoy. Lo mío, todo esto que ahora puedo escribir, se sale absolutamente de lo normal. ¡Cuánto me alegro! Tenía una oportunidad, entre miles, y no la he desaprovechado. Allí que me he plantado con ilusión, decidido a romper mis moldes y los de otros. Las risas era capaz de anticiparlas pero eran reales. ¡Y ya lo son! La realidad impone que la mayor parte de los días podríamos llamarlos “rutinarios”, de los de siempre, que se parecen mucho al de ayer, o que no tienen nada particularmente especial. ¿Por qué perder uno diferente?

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5 pensamientos en “Un cura en el ginecólogo

  1. gracias padre!!!!yo tambien rei, pero a sido una risa distinta, porque para mi los sacerdotes son el mismo CRISTO en la tierra. esta chica a la que ha acompañado a ido al lado del mismo DIOS (rezo por ella) en su nombre y en el de tantas personas que necesitan corazones grandes como el suyo muchisimas gracias.

  2. Pingback: Post de mayo 2012 | Preguntarse y buscar

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