Palabras torpes


Escucho muchas veces hablar sobre el modo de decir las cosas, y lo poco acertados que son algunas veces. Que si dices lo mismo, pero de otra manera, todo cambia. Y es verdad, en ocasiones. Sólo en ocasiones. Pero hoy quiero hablar lo que considero que son “palabras torpes”.

Empiezo narrando un ejemplo para que veáis qué quiero decir con esto. Yo tenía un despacho en el recibidor de un colegio en el que no hace mucho que he estado. Solía estar sentado allí. Bien leyendo, bien preparando clases, bien corrigiendo. Me pasaba la vida, las horas con sus segundos, en él, a disposición de quien quisiera venir a charlar un rato, conversar amablemente, o para recibir a las familias del colegio. De vez en cuando, como había despachos a mi alrededor, salía a hablar con mis compañeros. ¡Típico español! Y si había alguien más en el recibidor, amablemente los saludaba, entablábamos conversación y los acogía en el colegio. No en vano, yo era el cura. Y me agrada que la gente se sienta como en casa. Uno de esos días, saludé a una mujer que tenía asociada con una alumna de Secundaria porque las había visto paseando por la calle, y conmigo eran muy amables, simpáticas. Le pregunté, ni corto ni perezoso: “¿Qué tal la nieta?” A lo que ella respondió con claridad meridiana: “¡Soy su madre!” Éste, y no otro, constituye el ejemplo paradigmático de toda otra palabra torpe. Y yo soy su protagonista. No comentaré la cara que se me quedó, ni cómo huí de aquel espantoso lugar, ni las risas de la gente (que no sentaron nada bien a la mujer, dicho sea de paso)… Después de aquella, la amable mujer siguió saludándome por la calle, con mayor amabilidad incluso y con más guasa también.

Las “palabras torpes” podría decir que incluyen contenidos inapropiados en la conversación, bien por ignorancia, bien por falta de prudencia, bien por dejarse llevar por los tópicos, bien por tantas y tantas cosas… de aquí y de allá… Las palabras torpes nacen de la torpeza humana, en determinados contextos fundamentalmente, al querer asumir un papel que no nos corresponde. Consejos que no llevan a nada como si fuéramos expertos expertísimos en algo que nos es habitualmente ajeno; esperanzas vacías y vanas que componen una realidad idílica basada exclusivamente en nuestros sueños y deseos; promesas de felicidad eterna cuya vida expira en diez minutos porque su única pretensión es alejarnos y cegarnos, sin poder conseguirlo; terribles y tremendas faltas de empatía y solidaridad con el prójimo, a quien tenemos delante poniendo caras de poker algunas veces; y el miedo al silencio y al escuchar por escuchar. Te propongo que, más allá del chiste del inicio, repares en la cantida de palabras torpes que puedes encontrar a tu alrededor, y te sitúes ante ellas con benevolencia. También ante las tuyas propias, ¡que sin duda las tienes!

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