Sobre las ganas de dialogar


Esta mañana he desayunado y minutos después me he encontrado en la aburridísima situación de cuidar un examen de filosofía. Dicho sea de paso, a las 8,00h de la mañana (madrugada, para los jóvenes de hoy), de un viernes de una semana que en Madrid ha tenido dos días, a nadie le entran ganas de nada, y mucho menos de hacer un examen. Prefiero, de todos modos, vigilarlo que encontrarme en la apurada tesitura del alumno que debe responder las preguntas que le hace el inquieto profesor. Así que, como puedo hacer casi lo que quiero, mientras mantenga un ojo sobre la clase en general, me he llevado lecturas varias. Una de ellas, un pequeño artículo de J. Mª. Rodríguez Olaizola que, de pasada, he visto que había publicado en la revista Misión Joven 424. Su título: “ACTITUDES QUE DIFICULTAN O POSIBILITAN EL DIÁLOGO EN EL ATRIO DE LOS GENTILES. Para los noveles en estas cuestiones, lo del atrio de los gentiles señala una metáfora bíblica: la cuestión de fondo nos sitúa en el diálogo entre creyentes y no creyentes.

Resumen (siempre traidor), que puedes leer o no. (1) Origen de la actualidad de la expresión “Atrio de los gentiles”,  y alguna que otra iniciativa. (2) Obstáculos para el diálogo. Que serían cuatro apartados. Respeto a si alguien quiere dialogar, queda muy abierta la cuestión, casi reconociendo que el diálogo religioso no interesa. En cuanto al tema, distingue lo polémico respecto a la iglesia, las consideraciones genéricas sobre Dios y la fe, y por último, el contenido mismo de la fe. El tercer punto afronta la poca claridad que tenemos sobre lo que es dialogar (en el atrio de los gentiles), que no puede confundirse ni con el enfrentamiento, ni con la expresión separada de pensamientos en una especie de monólogo escuchado con respeto y al que se yuxtapone otro monólogo, y así sucesivamente, ni con la apología, ni con la reunión de amigos que piensan de la misma manera. Y por último, el dónde del diálogo. Algo que, como sociólogo que es, sabe leer con atención. (3) Y la última parte, podríamos llamarla condiciones de posibilidad del diálogo. Sin entrar en detalles, se estudian el tiempo y las ganas, la humildad del diálogo, la escucha en la conversación, el tener algo que decir -y la previa reflexión, por tanto-, el rigor y el mundo de los criterios, opciones y claridades, la búsqueda del lenguaje comprensible, que sea verdaderamente común, y, para terminar, el equilibrio y el sentido crítico. Me parece que, más que un resumen, he redactado un esquema. Perdonad mi torpeza. A mis alumnos no les permitiría semejante confusión.

Como de costumbre, sus letras se me hacen amables y sencillas, de las fáciles de leer y con las que me encuentro “cómodo”. De vez en cuando despierta algo dormido, cuestiona mis evidencias, o profundiza en lo sabido. Particularmente, supone un lugar común en el que encontrarme y situarme en medio del mundo. Sin embargo, esta vez discrepo prudentemente de lo que expone respecto al primero de los cuatro obstáculos, aquel que señalaba que hoy no hay “ganas” o “interés” por el diálogo. Y si discrepo, ya existe diálogo. Aporto mis razones, con mayor o menor acierto, con la intención de no quedarme, ahora que he abierto el encuentro, en un simple monólogo. Aunque entiendo que éste no es el mejor ámbito para dialogar:

  1. En la primera lectura, reconozco que me plegué ante lo que leía. Al hilo de lo que exponía bajo una potente pregunta (“¿Hay algún interlocutor con ganas de una conversación seria?“) mi respuesta primera e intuitiva -quizá muy condicionada por el público que tenía delante, ellos a su examen y yo a mi lectura- se decantaba por un contundente “no“. De los que me dejan satisfecho. De esos noes que se promulgan desde las catedras del absolutismo. Doy por sentado que has entendido bien que el “no” que daba como primera respuesta no era un “no” por mi parte, sino un “no” en la existencia de mi interlocutor. ¿Con quién hablar de esto? ¡No hay nadie que esté dispuesto a una conversación seria! Dicho así, dialogado conmigo mismo, tendría la tentación horrible de no pararme lo suficiente ante una cuestión de calado, y en proporción a la importancia que yo le dé, debo reservar el tiempo necesario para ofrecer mi respuesta.
  2. Repaso mi día de ayer, y el día de hoy hasta donde estoy escribiendo el post. Voy a atisbar, para poder decir algo serio verdaderamente, por dónde han ido las conversaciones. He “dialogado” con Dios (soy un hombre orante), y con el mundo (con las cosas, intentando usarlas en función de quién soy, no de cualquier modo), y también con muchas personas y de muchas formas. Por teléfono, por email, por redes sociales (en plural, muy plural, os lo aseguro), por whatsapp, y en directo, la mejor conversación posible. Y esta última, con muchas opciones a su vez: en clase, como profesor y, sinceramente, también en parte como alumno que aprende (lo digo de corazón), en comunidad con mis hermanos, en la calle con la gente, en el pasillo con los compañeros, en confesión, en la homilía… ¡Vaya! ¡Cuántas palabras! Los temas han sido de lo más variado. Las confesiones me las voy a callar, y no siento no poder compartirlas. El resto han sido, en muchos casos, intensos y significativos. Ante la felicidad, ante la enfermedad, ante una relación, ante un cambio de vida, ante la Palabra, ante sí mismos, ante su propio mal, ante sus preocupaciones, sobre la Iglesia directamente… ¡En un día y medio! Y no continúo la lista.
  3. De donde deduzco que mucho de este “diálogo pretendido” se asienta sobre una localización y situación de la persona determinada. Quien va por la vida lanzando siempre temas tremendamente serios y profundos (salvo en clase, claro está) termina siendo un cansino. Y el amor, ni cansa ni se cansa. No se trata por lo tanto de la persistencia en un nivel de discurso o la pretensión de alcanzar siempre el culmen, tocar la vida y llegar a las personas, cuanto de estar atentos (por parte de lo que parece en el artículo que sería el “sujeto interesado primeramente, el religioso y creyente) del otro en tanto que persona con sus contingencias. Sí podemos afirmar que nuestra cultura actual (la occidental postmoderna, transmoderna ya y tecnologizada) no dé pie en exceso a la pausa, la reflexión o la meditación. Pero hay algo mayor que la cultura, cuyo nombre común es “vida”, que ni es domeñable ni asegurable ni calculable, y tiende asombrosamente a la sorpresa y el desconcierto. Es decir, que si bien la disposición para el diálogo no siempre se asegura, también me parecería igualente cierto decir que la “vida” se las ingenia para mostrarle al ser humano su humanidad, tanto en lo relativo a su fragilidad cuanto a su dignidad. Como conclusión, el sabio ejercicio del que busca crear “areópagos” modernos está en gran medida (y también se interroga sobre ello posteriormente) en lo que podríamos definir como un tiempo (momento propio) y un donde (lugar adecuado). Hay tiempos en los que crearíamos artificialidades, algunas veces con sustancia y otras sin ella (clase, por ejemplo, la cual adoro), y probablemente encontremos lugares en los que la semilla jamás crezca.
  4. De  lo anterior, y con gran entusiasmo e ilusión, deduzco que toda persona está, a lo largo de su vida al menos, dispuesta al diálogo en más de una ocasión. A ninguna se le niega este privilegio. ¿De quién es la responsabilidad entonces del diálogo? Primeramente de los dos interlocutores. Uno que pregunta, y el otro que acoge la pregunta. La búsqueda de sentido pertenece esencialmente a la condición humana. También la del amor, la confianza, la pregunta por el sufrimiento y la muerte, y en última instancia por sí mismo y por Dios, aunque sea como absoluto informado. Y en el caso de personas “sociológicamente cristianas”, también tienen ocasión de preguntarse, muchas más ocasiones, sobre Jesucristo, la Iglesia, la moral y la justicia, la vocación y la pertenencia. ¡Muchos momentos! ¿Todos aprovechados? Clarísimamente, no.
  5. Otra cuestión a abordar es qué queremos decir cuando preguntamos por un diálogo serio, por una conversación seria. Si se trata de hacer un comentario de texto de Las Moradas de Santa Teresa y llegar a una mística profunda, o somos capaces de tomar como “serio” el punto de partida en el que estamos. Es más, si los cristianos estamos preparados para hacer ese diálogo serio sobre lo cotidiano, pequeño y casi vulgar -a los ojos de muchos-. De lo que está claro es que hemos sido preparados para “alcanzar grandes cotas de sabiduría”, y recibimos una gran tradición que nos impulsa. Pero, ¿dónde está la gente y cuáles son sus preocupaciones? ¿Cómo avanzar con ellas, tocar sus temas “con seriedad” y desde Dios, con Dios, en Dios, por Dios? La palabrita “seriedad” en esa pregunta me parece muy, pero que muy traicionera. Hace poco alguien me decía que cuidaba mucho mi vocación porque respetaba mis tiempos y sabía que yo estaba consagrado para los niños y jóvenes; y le respondí muy gustosamente, que la mejor manera de cuidar mi vocación era simplemente queriéndome, que lo demás se da por añadidura, y a la inversa no.
  6. E insisto en algo más, fruto un poco de lo mismo, expresado de otra manera. Para un buen diálogo hace falta paciencia. Me parece que es una asuencia importante entre las actitudes que lo propician. Encajar inmediatamente está lejos de ser lo habitual. Paciencia para encontrar el momento, saber esperar el don de la conversación, el tiempo propicio, y por otro lado adentrarse prudentemente en terrenos habitualmente reservados a lo íntimo y personal, donde se zarandea su ser por entero. Y paciencia, también en otro sentido, mucho más humano: con uno mismo. ¡Nada inmediato! Mi madre decía siempre, cuando yo era pequeño y estaba delante del típico plato de coliflor, que “si no tienes ganas, las haces”. Y cuando no se hacían a la hora de comer, surgían con mayor facilidad a la hora de la cena. Siempre y cuando mi madre no acelerase el ritmo y cediese a las primeras presiones. ¡Qué gran paciencia la de mi madre! ¡Qué gran ejemplo para “las ganas de dialogar”! Una paciencia no de cualquier modo expresada o entendida, ni de lejos una paciencia pasiva y comodona, sino más bien una paciencia esforzada y comprometida, constante y vigorosa.
  7. Y, con esto quiero concluir, que si no se alarga en exceso este post, no me resisto a manifestar mi opinión particular sobre los areópagos modernos. Los estimo necesarios, utilísimos, y existentes. Quizá muchas veces de la forma más humilde posible, y comenzando en la propia casa y con la familia y amigos, y otras en el trato con el compañero de trabajo. Me parece que se dan todas las condiciones necesarias, repasando el artículo del que vengo hablando, para formarlos. A lo mejor no se pueden institucionalizar, ni aparecerán en los periódicos, como grandes congresos y eventos multitudinarios. Y sin embargo, visto en su conjunto transforma el mundo entero y en su globalidad en el campo de la palabra dada y compartida, pronunciada y escuchada. Un mundo, y un terreno, en el que los cristianos laicos tienen un papel fundamental y primordial, por mucho que la vida religiosa y el sacerdocio sigan siendo referentes indiscutibles (he hablado de Dios incluso con camareras de discotecas en bodas de amigos, o de viaje en metro y tren, o por la calle mientras esperaba el semáforo). Una misión que en mi caso se puede incluso ver (por cómo voy vestido) y que da pie a ello, y en la que los laicos (y algunos religiosos y sacerdotes) deberían ponerse un poco más las pilas y formarse sin miedo.
  8. Por otra parte, no creo que debamos convertir todo en un inmenso areópago, ni considerar mejor la tarea “en las fronteras”. De vez en cuando me cabreo cuando se toman los colegios, a los jóvenes, y especialmetne a los niños, como personas alejadas de por sí de Dios.

Os pongo un video en el que habla el autor que he citado anteriormente. Se trata de una conferencia sobre la tarea del escritor religioso en estos tiempos. Un video que fue subido ayer mismo, lo cual demuestra mi pericia y “lo al día” que estoy en algunas cuestiones. No todas. Y ni siquiera aquellas que me interesan. No por falta de técnica, sino más bien por carecer del tiempo necesario aunque disponga de todo el tiempo del mundo. Recomiendo, de sus libros, particularmente el último: “Hoy es ahora.” En general todo, aunque “Un mapa de Dios”, siendo posiblemente el más elaborado formal y teológicamente en todos los aspectos, pueda resultar el más farragoso. ¡Será que me hago mayor!

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