Al ritmo de los tiempos


Parece sencillo vivir en el tiempo. Se trata, simplemente, de dejarse llevar. Quedarse mirando debiera ser suficiente. ¡Para qué más! Quien sólo piensa -y piensa solo- crea su propio mundo, y en él todo parece posible, dándose a sí mismo “razones” poderosas que justifican el significado de su propia realidad. La vida está un paso más allá de esta actitud cerrada. Estar en el tiempo supone una opción, de las muchas posibles, para no dejarnos encerrar de una forma tan baja en micromundos separados unos de otros, como si la vida no nos fuera en ello. Una más, entre otras, que demandan discernimiento, claridad y nos ponen en movimiento.

Sin embargo, tenemos otra opción posible, alejada de todo esto: huir del tiempo. Me pregunto: ¿Es esto posible? Y me respondo: ¡Por supuesto! De hecho, parece que es una tendencia medio-natural, que puede “dar la cara” de diferentes maneras, como  quedarse anclado, vivir de los recuerdos, añorar tiempos pasados, o sus contrarios, desear lo que nunca tuvimos, creer que mañana todo se solucionará, esperar a última hora, jugar a “ser mayores”.  Este “huir del tiempo” se corresponde a la actitud, voluntaria o involuntaria, de mezclar y confundir el pasado, el presente y el futuro, o despreciar y desperdiciar aquel tiempo que tenemos, que no es más que un sencillo presente empujado por el pasado vivido. Ya digo que no es siempre ni deseado ni querido. Es más, vivir en el tiempo obliga de tal modo a oponerse a estas “tendencias” que supone arriesgar en grandes batallas.

  1. Actualizarse, o darse por muerto.” Quien no se haya dado cuenta de esta “verdad” indiscutible, sobre la necesidad de actualización constante, todavía tiene mucho que descubrir. Rechazar este brindis de la historia  Actualizar significa poner en acto, nuevo y presente, aquello que es eterno e inmutable. Actualizar, en fidelidad y con respeto, implica introducir en el tiempo y encarnar aquello que viene de lo alto, escrito desde siempre y para siempre. Por ejemplo, el amor, la confianza, la voluntad de Dios.
  2. Distinguirse de “lo momentáneo sin más”. Suprimir el ritmo del tiempo dejándonos engullir en un falso presente continuo, como si pudiéramos vernos apaciblemente reposando en la cresta de la ola de forma permanente, simila la supresión del tiempo bajo un sucedaneo de eternidad. El “ya”, el “ahora”, el “instante” cautivan. De algún modo, no se puede dejar de “estar en él”. Podemos pasar de otras cosas, pero el presente no pasa de nosotros. Y es el presente donde se esconde algo de lo eterno, encerrado en algo momentáneo sin más. “Ahora” tendrá continuidad, en cierta medida, prolongándose. Y en “ya” nos trasladará, bien vivido, a lo decisivo y a lo imborrable. ¡Reconócelo! El presente es definitivo, y en más de un caso decisorio. ¡Sorpresa! Quien acoge, como propio y regalado, ese momento último que hay “aquí” y “ahora” en provecho de lo eterno, descubre también algo más en el tiempo frente a quien sólo surfea.
  3. Casi todo combina de distinto modo, creando fórmulas originales y novedosas. Si se tratase de ropa, con las muchas opciones que da un vestidor, una misma persona podría verse de múltiples maneras. Cuestión de combinaciones, y algo más. Porque se olvida habitualmente que los ojos que ven nuestras pruebas, todas diversas, aunque el modelo se repita, acumulan experiencia y difieren de la vez anterior. Hoy miro de un modo, mañana con otros. Nunca volverá la primera ocasión, y tampoco tendremos una tercera segunda oportunidad. ¡Combinaciones únicas, siempre únicas! ¡Qué grandeza! Pasar por esta situación, sin dejarse llevar por el “ayer”, queriendo encontrar lo mismo que “la otra vez”, es directamente imposible. Hoy es único.
  4. Superar anclajes y enganches, fácilmente acumulables. Conozco incluso quienes, con aire de progres y novedosos, bajo ropajes de modernidad perpetua, no son más que carcas rancios y tediosos. Sus propuestas les suenan bien a ellos mismos, se consideran en la avanzada y en las fronteras de la historia. Sin embargo, sus discursos trasnochados fracasan una y otra vez, culpando a los demás de sus propias miserias del pasado. En psicología se estudian esas “heridas no superadas”, o esos vínculos tan estrechos que provocan en el sujeto valoraciones permanentes desde las mismas claves. En las cuestiones del espíritu y de la fe, de la comunión y la solidaridad, están presentes de igual modo aunque en diferente orden de realidad.
  5. Vivir al ritmo del tiempo se da la mano con encontrar la fuente de la vida. En nuestra sociedad se promueve la “eterna juventud” por parte de aquellos que ya la han pasado, y parecen haber olvidado sus miserias y precariedades. Eternamente joven sólo puede ser alguien eternamente desdichacho, desconectado de la vida, de la realidad y de la existencia. ¡Por ti no pasa el tiempo equivale a estás muerto! Permanece aceptando el tiempo quien, por el contrario, ha encontrado la fuente de la vida y puede arriesgar la vida presente porque está dispuesto a seguir recibiéndola, al modo humano, tal y como ésta se le permite vivir personalmente.
  6. El entusiasmo por vivir en la época actual, y aportar en ella algo significativo. Al menos en la escuela nos enseñan, y hacen bien, a mirar hacia atrás para aprender de la historia su lección magistral: ¡Vive! ¡Atrévete a vivir! Parece que este grito se alza impaciente por toda la eternidad, y lo pronuncian (como en una de las primeras escenas de “El club de los poetas muertos”) aquellos que ya tuvieron su oportunidad. Quedan grabados sus nombres, con sus adelantos y proezas, para algo más que el recuerdo. Alzan sus voces por ti, por mí. Son testigos de algo que todavía está por surgir y que nos toca a nosotros. Sin embargo, permanecemos con cierta indolencia ante su testimonio, y nos permitimos leer sin más sus biografías y relatos. Por un momento se nos inflama el corazón, se hinchan las esperanzas. Aunque podríamos decir aquello de que “por falta de raíz, perecen”. Si no se clavan ni siembran en un interior sólido y receptivo, en una persona profunda y fuerte, termina su aventura a unísono con el sonido de la última página cerrada. Al ritmo de los tiempos, por el contrario, capacita para el entusiasmo, sea por el motivo que sea, para engrandecerse en él. Este entusiasmo responde, a gritos igualmente, a aquellos antiguos con una especie de “¡ahora me toca a mí!” Y estoy alegre.

Como en cada post, cierro recordando que mi intención, a la par que “tocarte y hacerte pensar”, no pretende agotar ningún asunto. Las combinaciones respecto al tiempo (presente, pasado y futuro), con este toque de eternidad, multiplican las opciones. Pero si te has dado cuenta de algo, ¡todo está cumplido! ¡Felicidades!

A la Iglesia también le toca aceptar el reto de vivirse en el tiempo, aunque sepa que su Cabeza y el Reino ya son eternos. En la fe se ha abierto, y ha quedado sin cerrar para siempre, lo que no tiene fin, lo que dura para siempre, lo que se sale del tiempo y se vive fuera de él. Pero esto son otros cantares. Un privilegio, y el más grande de los regalos esperables aquí y ahora. ¡Ya lo sabe, lo conoce y lo disfruta! En medio del tiempo se hace “presente” lo eterno.

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