Nunca he perdido


Hay días en los que no tengo claro sobre qué debo escribir. Se me agolpan temas, de los que amanecen conmigo y no me abandonan durante todo el día. Por lo que esta vez prefiero escoger una frase prestada de un amigo como título del post. Me la ha espetado, ni corto ni perezoso, aunque bien tumbado en un sillón de mi casa. Para no dejarle mal, como si fuera un prepotente indomable, diré que se refería en concreto a un juego (“Apalabrados”, la versión para smarthphone del mítico juego de mesa “Scrabble”). Dicho sea de paso, creo que no mentía.

Ahora bien, la situación en la que se encuentra mi amigo es tremendamente frágil. Es indiscutible que forma parte del ser humano la experiencia de la pérdida y de la derrota. Y, sin desearle que le llegue pronto, entiendo que debe prepararse para ella. Nada es tan controlable como para poder decir que “nunca me llegará”, por lo que se hace urgente y necesario cuidar el presente y prepararse para tiempos diferentes. Eso, insisto, si se parte de la situación en la que todo va bien. Que no es, ni de lejos, la habitual entre la gente de la calle, acostumbrada a que algunas cosas vaya bien, otras tirando y otras “de culo” (perdonad esta metáfora tan maternal). Hay batallas que aunque se pierdan no implican la derrota final, y otras que estratégicamente dan la victoria. Cuestión, por lo tanto, de discernimiento saber a qué nos enfrentamos. Porque hay guerras que, por descontado, no podemos ganar aislados y con las propias fuerzas.

Retomando la frase de mi amigo -que por el momento pierde, dicho sea de paso-, perder y saber perder es un lujo que no podemos desaprovechar. Explotando la radicalidad de vida de Juan de la Cruz, en cuya lectura sigo inmerso estos días, “para llegar a tenerlo todo, hay que pasar por no tener nada”. No se trata de algo que se pueda exponer lógicamente, porque el pensamiento nos dice absolutamente lo contrario. Sin embargo, es cierto que el verdadero amor pasa por la entrega de todo, que la confianza real y cierta es la que no hace pie ni se mueve “entre dos aguas” pisando aquí o allá según convenga, y que la libertad y las ataduras se expulsan mutuamente. Pero claro, en este amor que he expuesto, en esta confianza y en esta libertad, todavía tenemos algo y mucho. Tenemos amor, tenemos confianza y tenemos libertad. ¡Qué más podemos pedirle a la vida! Pero un paso más allá nos topamos de frente con situaciones en las que no hay amor suficiente para amarlo todo, que no hay confianza suficiente cuando todo va “de culo” y que la libertad ata al sujeto en sí mismo, de la manera más egoísta posible. Y puede parecer entonces, sobre todo para quien está empezando, que lo que antes era amor ya no lo es, que cuando todo es claro y fácil no hay ni fe ni confianza de corazón, y que una libertad sin compromiso que hoy pueda hacer algo y mañana lo contrario no es tampoco verdadera libertad. Por eso, en la pérdida encontramos una fuente mucho mayor, que no hace en nosotros mismos, que supera con creces lo que hasta entonces hemos vivido. Esos momentos, aún siendo muy dolorosos e indeseables, también se revelan a sí mismos como, probablemente, de los más verdaderos y luminosos.

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