Principiante, ¡anda con cuidado!


Quiero continuar con el post de ayer, porque sigo leyendo “La Noche” de San Juan de la Cruz, que no se puede quedar colgado en el aire de semejante manera. No sé por qué, pero me parece gracioso. Hoy me he reído mucho, también en la oración, al verme hace unos años en numerosos ejemplos de los que ponía. ¡No sabía que leer un libro tan profundo podría llevarme al dolor de estómago! Será influjo de otro libro libro que me compré ayer, sobre el humor y Dios. En cualquier caso, ¡qué bien haber sido ya iniciado, y dar los primeros pasos! Algo de perspectiva tengo. No mucha, pero sí la suficiente como para reírme.

Prosigo -porque así lo quiere él- con una serie de palabras que van a ser útiles para todo aquel que es principiante, especialmente en la vida del espíritu. Por cierto, que no aclaré ayer que esto de ser principiante dista como el infinito de una edad en el carnet de identidad, o del proceso en los grupos de fe. No hay línea que pueda trazarse. Se empieza respondiendo a lo que Dios quiere, y en parte, cuando Dios quiere. Por lo tanto, si llevas diez años, como si llevas uno en estas lindes, te propongo estar atento. No sea que dejemos pasar una gran oportunidad para empezar. Si tienes 20 años, como si tienes 40. Si sientes que estás empezando, que comenzó a desplegarse algo en ti: ¡Felicidades! Comprendo que hay dos tipos de personas que comienzan la vida del espíritu: unos por determinación, que son aquellos que deciden hacerlo; y otros porque, abrazados a la fe desde pequeños, se dejan mover por una circunstancia externa dentro de este misterio. Sea cual sea el caso: ¡Felicidades! Y lejos de mí, por otro lado, falsear mi realidad, o considerar que ando ya lejos en estos asuntos tan importantes. Lo digo de corazón. Espero que nadie entienda estas palabras como consejos sin más, en los que yo pudiera andar descuidado o sin atención, como si fuera cosa de niños. Más bien, creo que son propios de todo aquel que quiera vivir intensamente, tomarse la vida un tanto en serio.

  1. Considera que eres principiante, sin añadir ni quitar. Y disfrútalo. Vívelo con intensidad porque nunca más volverás a estar en esta situación. Ni una sola vez más en tu vida volverás a encontrarte como aquel que empieza el camino. La ilusión del principio, aunque consideremos poéticamente que hay que “volver al incio”, nunca regresará. La valentía con que te lanzas, la confianza y frescura que te empapa, ¡es tremendamente hermosa y bella! Tu situación, ese estado de principiante, nada tiene de peligroso por sí mismo. Es más, verás muchos que ni siquiera son capaces de hacer lo que tú haces. Siéntete especial por ser principiante, sin desear lo que no sea propio de tu momento. Juega bien desde el principio. Así que, no te dejes confundir por quienes te miran por encima del hombro. Son ellos quienes tienen el problema y han acumulado cansancios que no son tuyos, experiencias que no son las tuyas, y problemas que no son los tuyos. En el fondo, te miran con una cierta envidia porque desearían, y no pueden, retomar sus pasos.
  2. Escoge un buen maestro, para aprender mucho bueno y rápido. Dicen que los niños pequeños, por ser pequeños, retienen con suma facilidad los idiomas. Sienten la necesidad, aunque no la formulen (tendría gracias que pudieran pedirlo antes de saber hablar), de aprender a comunicarse y establecen una relación de “absorción” del ambiente verdaderamente admirable. Lo mismo con el maestro al inicio. Por lo tanto, si es un buen maestro, aprenderás mucho. Es pura lógica. Pero también aprenderás mucho (malo) del mal maestro. Es ley de vida. La cuestión es que quien empieza, aprende rápidamente. De donde se deduce que debería pegarse a lo mejor. No tengas reparo en pedir “lo máximo”, en quererlo todo, en desearlo todo y en conformarte pocas veces con lo que te den. Ahora bien, de un buen maestro puedes aprender “muchas cosas”, una de ellas, que algunas veces pasamos por alto y que viene siendo la piedra angular, es la confianza. Con un buen maestro puedes vivir en paz, abrir tu corazón, compartir a pecho descubierto, y acoger con entereza su palabra. Será buen maestro aquel con quien sientas que “no te comprende del todo”, y con amor y libertad Un buen maestro sabrá amarte, al modo como Dios ama. Sé valiente, y ya que te vas sintiendo libre, ve en busca de lo mejor. Nunca más en la vida tendrás un maestro tan importante como este. Buenos maestros, vaya por adelantado, siempre hay. Y más cuando Dios te ha puesto en camino. ¡Qué cruel sería dejarte empezar sabiendo que te vas a estrellar! Por lo tanto, cuando sientas que despegas, busca un buen maestro entre los que hay. No te conformes con menos.
  3. Aprende de todos. Aunque ya hayas elegido (o no, y venga debido o por la historia) el buen maestro. Porque de todos puedes aprender algo, y mucho. Sea de los pequeños, en su sencillez, sea de los grandes en sus propuestas de vida. Para lo cual, para estar dispuesto a acoger a todos y enseñar poco a alguien, se torna preciso entrar por el camino estrecho de evitar las críticas que te puedan hacer creer que eres mejor que otros. Cuando uno se da cuenta de esto, de que es mejor callar y aprender, que hablar y enseñar, algo cambia los obstáculos en oportunidades. Las indicaciones de Juan de la Cruz, sobre la soberbia demuelen cualquier duda al respecto. Como buen principiante, y conviene recordarlo una y mil veces, lo suyo es estar empezando y procurar no dar lecciones.
  4. Olvida los fallos de los principiantes, y pon atención en conocerte bien, en descubrir de qué pasta estás hecho y qué hay en tu tierra. Los principiantes desean tanto dejar de ser principiantes, y se ven avanzando tan rápidamente en la novedad, que pronto quieren detectar sus fallos de principiantes, para que no se les considere como tales. Una buena artimaña, que conduce muy, muy lejos del camino sincero que prometió emprender. Además, en no pocas ocasiones, en las que no se protege adecuadamente a los principiantes, escuchan palabras poco amables de queines llevan “tiempo en estos andares” que comprometen su estabilidad. Los principiantes, con sus muchas virtudes, también son débiles y particularmente sensibles a los demás. De ahí que, con buena intención siempre supuesta, detectar estos fallos e intentar corregirlos (cuando no “ocultarlos”) vaya a ser un denominador común. Pues bien, ¡pasa de los libros y vive libremente! Lo que toca al que comienza es conocerse bien, no buscar cómo salir de ahí.
  5. Sírvete de tu especial sensibilidad para el asombro, de modo que te lleve al agradecimiento y a saber pedir ayuda como conviene. El asombro del espíritu (creo que todos podemos recordar la cara de un niño asombrado, pues lo mismo en el corazón del no tan niño) se aproxima a la pura dulzura, a la cuasi-inocencia. Disfruta del trato agradecido con la liturgia, con la Palabra, con la fraternidad. Empápate hasta las trancas de diálogos que se adentren en las entrañas. Lánzate sin miramientos a hacer bien a los demás, movido por un amor sincero que justifica, que perdona, que no se cansa. Y coge vuelo. Abre bien las alas del espíritu para casi-tocar la cumbre de las montañas, y recibir el soplo fresco del Espíritu. No te frenes. No frenes este tiempo. Sírvete del momento del inicio. Sin dejarte atrapar, también es cierto, por él, y sin desear que esto sea para siempre porque, ten presente cada día, que lo tuyo es empezar, que es el inicio. ¡Maravilloso inicio!
  6. No te permitas estás satisfecho de ti mismo, ni pagado de ti mismo, ni tener una vida repleta y rebosante. Aguanta, sin saciarte. Sobre todo, en relación a los éxitos y a los triunfos. Nada de ponerse a mentir sobre ti, aparentando lo que no eres, ni por abajo (qué malo soy, qué mal hago las cosas), ni por arriba (no hay quién me iguale). Si algo te sale bien, acógelo. Si en algo te encuentras más fuerte, sé valiente en ello. Si hacia algo te mueve más la vida del espíritu, sea el compromiso, sea la oración, sea la fraternidad, aprovecha. ¡Estás empezando! Pero nunca olvides que no debes quedarte pagado con tus cosas, saciado con ellas. Que el agradecimiento siempre exista en tu corazón. Profundiza, por lo tanto, en los recobecos de la virtud que te acercan y ponen en contacto con la obra de Dios en ti. Sea por los hermanos que Dios te ha dado, sea por el don que has recibido, sea por la facilidad con la que sale el asunto. Agradece, siempre agradece, frente a la insuficiencia cardiaca de quien todo se lo debe a sí mismo, excelentísima majestad que hace un favor a los otros existiendo. ¡Incluso a su maestro y acompañante!
  7. La moderación de los sentidos, el cuidado de la exterioridad. Me río mucho con Juan de la Cruz. ¡Quién lo iba a decir! Ciertamente encuentro una finura en él especial, también en este sentido. Porque una lectura rápida, poco prudente, llevaría a la condena de la sensibilidad humana. Aunque creo que más bien escribe sobre su cuidado y atención, ordenándola adecuadamente. La exterioridad viene a ser todo aquello que, fuera de nosotros mismos y de Dios en nosotros, nos impregna y llena. Si alguien que empieza coge este libro, puede caer demasiado pronto en una falsa “mortificación”, en su silenciamiento provocado. Y la noche, ¡locamente!, es un regalo de Dios que no podemos conquistar realmente con las propias fuerzas. Así que, hasta entonces, se impone la regla del cuidado y la moderación. Cuidado que va definido primeramente por el crecimiento de la vida interior, de modo que, quien comienza, reciba interiormente (venido de fuera, claro, por la experiencia, por el trato, por las lecturas, por la escucha, y por tantas otras cosas) material suficiente para comprenderse a sí mismo e ir entrando con determinación, y sin prisas, en el camino que Dios abre para él.
  8. Mal inicio tiene aquel que no es capaz de soportar el mal que porta en sí mismo, y se inquieta y preocupa, e intenta ocultarlo y desviar su atención de él, en lugar de atenderlo y trabajarlo en verdad. Y gran lección es la que puede aprender de los demás, que siguen amándole, y del Señor, que sigue perdonándole. Sin embargo, el buen inicio va de la mano de la justicia y de la primacía de la misericordia, disfrutando del amor que le justifica y le anima a seguir adelante. Porque, no olvidemos, que el mal que se ve al principio sigue siendo eso, mal del principio. Y le queda todavía mucho que descubrir en sí mismo. Ve piedras gordas, de las fáciles de quitar. Y quedan todavía las finas y delicadas de encontrar, para las cuales hace falta una luz más potente, que todavía no tiene. ¡Gracias a Dios! A quien empieza le basta con trabajar eso, e “ir a trecho” (que decían en el pueblo de antes), “poco a poco”. Sin impacientarse, sin querer dar pasos de gigante siendo niño.
  9. Separarse de “lo de todos“, que no es igual a “alejarse de los demás”. Buscar criterio propio, marcar diferencias y distancias, sin que se note externamente o haciendo cosas raras. ¡Que hay de todo en quien empieza! Y sentir, que en la distancia y diferencia, el amor no decrece hacia los demás. ¡Qué grande, Juan! ¡Qué grande! Que no está en ser mejores, sino en agradecer lo recibido. Que no se trata de ser diferentes, sino que es Dios quien muestra al principio que el camino que quiere emprender contigo es único, irrepetible, y original. Aunque esté lleno del mismo amor que quiere derrochar por toda la humanidad.
  10. No aflojar en la oración, el trato personal, aquello que se hace “a escondidas”, en soledad, en el interior del corazón, en el cara a cara con Dios. Porque, llegada la noche primera, viene la tentación de seguir recibiendo de la novedad y lo de fuera, cuando Dios lo que reclama es más presencia, que parece tornarse inútil y fácilmente se desprecia por otros menesteres más aplaudidos o reconocidos. Y aquí, sin embargo, está puesto el verdadero secreto para seguir adelante. Y constituye el paso necesario que algunos rechazan, que no entienden, donde no reciben sabores, ni olores, ni caricias como en la vida. Siendo el más importante.

En estas notas, entre otras, puedo reconocer bien el camino hecho. Y agradecerlo. Comenzando por los buenos maestros, y por los compañeros que, de muy diversas maneras, han estado presentes. Y termino casi como empecé, felicitando a todo aquel que sienta que está empezando, animándole si se reconoce en alguno de estos puntos, independientemente de su edad y de su condición social, o de sus decisiones ya tomadas. ¡Felicidades! Si en algún punto te ves especialmente, sin duda alguna Dios cuenta contigo, como con todos, y la diferencia es que tú has escuchado y comenzado a dar pasos. ¡Felicidades!

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2 pensamientos en “Principiante, ¡anda con cuidado!

  1. Como siempre extraordinario José Fernando. Me alegra reconocer a lo que fue un principiante cuarentón en cada uno de los puntos que señalas. Todos acertados, todos importantísimo, pero el punto dos es fundamental. No puedo más que dar las gracias por aquel que el Señor me puso delante como un regalo. Como doy las gracias por todo lo que tú compartes y acompañas por las redes. Un abrazo

    Enrique

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