Ante una decisión importante


Primer punto. Tomar conciencia, sin agobios, de la necesidad de decidir y de lo que supone ser libre, y también de la importancia de nuestra decisión. No es un momento puntual, sin más, de nuestra vida. Tiene su historia y tendrá sus consecuencias en el futuro. ¿Qué nos supondrá en todos los ámbitos de nuestra persona y personalidad?

Segundo punto. Motivos para decidir. Pueden ser de lo más diverso, nunca del todo “puros”, aunque sí polarizados en algún elemento principal en torno al que girar y construir justificaciones. Lo importante, por consiguiente, es determinar qué cuestión es la decisiva y saber reorientarla hacia lo mejor para cada persona. Por ejemplo:

  1. la obligación del tiempo, es decir, porque llega y no puedo remediarlo aunque quisiera posponerlo para después;
  2. la costumbre y la estructura social, esto es, porque toca y es lo que se espera que haga una persona de “mi curriculum vitae”;
  3. lo que otros quieren que haga, optando por alienar mi libertad cediendo lo que supondría el ejercicio de la misma; cumplir así deseos de otros, hechos “casi míos” a través de la historia;
  4. lo de todos, sea una cuestión de masas sin criterios personales, sea por pertenencia a un grupo con marcada “ideología” e “ideario”, sea por vínculos afectivos, comúnmente llamados “desordenados”,
  5. la autoafirmación y autoseparación, distinguiéndome de todo aquello que otros me han dicho que puede ser bueno o conveniente; lo cual sigue siendo una forma de dependencia, esta vez inversa, que mantiene en cualquier caso el vínculo referencial y relacional no integrado;
  6. la imitación de modelos de referencia, siempre previos, que son exitosos o así se muestran; indicando heterónomamente, de este modo, falta de personalidad propia, de carácter personal y de reflexión individual;
  7. la permanencia de sueños de la infancia o de idealismos, cuando la meta que orienta la vida carece de fundamentos reales (“in re”) presentes, y se mueve utópicamente al margen de la vida cotidiana de la persona;
  8. el descubrimiento de lo mejor de uno mismo, en atención a aquello que reconocemos y aceptamos dentro del conjunto de nuestra persona y de nuestro entorno relacional y social.

Tercer punto. Saber cómo estoy en el momento de tomar una decisión y del libre ejercicio de mi propia voluntad. Dentro del “cómo estoy” cabe recordar que no somos nunca seres aislados, ni a-temporales, ni an-espaciales. Somos en relación, en el tiempo y en el espacio. Lo cual incluye, de esta manera, las personas del entorno directo o mediado, y nuestras circunstancias junto con las de nuestra historia presente.

  1. Estoy bien. Algo interior –no sólo exterior- nos conduce al bien. Tengo claridad, estoy contento y alegre, mis relaciones son sanas, encajo ciertas cosas con normalidad en mi vida, reconozco imperfecciones y siento que “tengo derecho a ellas”, vivo con entusiasmo y esperanza lo que va a suceder y tengo ganas de llegue, siento internamente que mi vida tiene sentido y que puedo aportar algo, aunque no sepa meridianamente qué es… No podemos confundir este “estar bien” con un estado de perfección inamovible, ni con haber alcanzado todo cuanto podemos llegar a alcanzar… Es más bien un movimiento interno hacia el bien y lo bueno, en paz y con amor.
  2. O estoy mal. Algo interior –no sólo exterior- nos conduce al mal. Todo lo contrario a lo anterior. Carente de esperanza, ilusiones, entusiasmos, razones de peso, criterios. Como en el caso anterior, es más bien un movimiento hacia la desazón, el odio, la desconfianza, el temor, el sentirme atacado y desprotegido, la debilidad, la falta de voluntad, la pereza, la tristeza…
  3. ¿Los intermedios? Vamos a suponer que no existen, por un momento, y así decidir “mojándome”. Es cierto que nada es “puro” y simple, sino más bien complejo en el mejor de los sentidos de la palabra. Si no estoy mal, algo que es fácil de ver en principio, puedo reconocer tranquilamente que “estoy bien”, y de este modo comprometerme en mayor grado conmigo mismo.

Cuarto punto. ¿Cuándo es preferible elegir, estando bien o estando mal? ¿Qué es lo que me hace estar bien o qué me hace estar mal?

  1. Decidir cuando “esté bien” y evitar toda decisión que comprometa la vida cuando “esté mal”.
  2. En aquellos momentos en los que “estoy mal” es importante mantener el rumbo, permanecer firmes en la decisión anterior tomada. “En tiempo de tempestad, no hacer mudanza.” Y “mudar” (cambiar) aquello que nos hace “estar mal”, es decir, ir contra las causas del malestar sin huir. Ayuda mucho ser paciente con uno mismo, sin perder la calma ni dejarnos enredar, y tomarlo como una prueba pasajera, poniéndole de este modo fin y pretendiéndolo.

Quinto punto. ¿Qué ocurre cuando estoy mal? Habitualmente entra la premura por solucionar nuestra situación, las prisas y el agobio que todo lo enturbian aún más y de peor manera, queremos solucionar las cosas ya y cuanto antes, y podemos llegar a conformarnos con lo primero que se nos ocurra acogiéndonos a lo fácil y efímero.

  1.  En estos casos lo prudente siempre es esperar, como hemos dicho antes, con paciencia y sabiendo que los momentos así tienen un final. ¿Sin hacer nada? ¡En absoluto! Hay que procurar hacer frente a aquello que nos ha hecho daño personalmente (internamente) llevándonos a estar mal, es decir, a las causas. Pero sin tomar decisiones que comprometan la propia vida y pretendan trastocarlo todo. Actuar “contra nuestro estar mal”, sin decidir en otros ámbitos más amplios.
  2. Considerar este momento como “prueba” (que no debemos buscar, pero sí acoger cuando llegue tal y como se presente), aprovechando el conflicto como una oportunidad para aprender. Es decir, cambiar el “chip” que nos hace ver todo oscuro y negativo y afrontarlo con positividad, como un brindis para ganar en clarificación, madurez y crecer en ello.
  3. Ganar en paz y en sosiego, buscando ambientes que lo propicien sin injerencias en mi propia vida y en mis decisiones. No lugares de evasión, pero sí “desconexiones” con las preocupaciones y las inmediateces para otear con mayor amplitud el horizonte en el que nos movemos. Estos contextos de paz y tranquilidad están propiciados principalmente por las relaciones que tenemos, en las que podemos dejarnos querer y cuidar, donde podemos pedir consejo y dialogar con sinceridad.
  4. Todo momento malo o crisis personal tiene sus características propias en el tiempo y la historia, y otras que son universales. La tibieza, negligencia con lo importante de la vida, mantener actitudes de huida, no superar pruebas o dificultades, heridas causadas en la historia que no han sido cuidadas,… son propias de todo hombre, y conducen siempre a encontrarse mal y a carecer de sentido en la vida. Por otro lado, se identifican claramente componentes propios de ciertas edades y momentos, que no volverán a repetirse como tales a lo largo de la vida. Sin embargo, otros elementos son característicos de mi propia personalidad, y puedo aprender de ellos en estas ocasiones. Conocerme, valorarme, saber qué me daña especialmente, qué me hace perder calma, qué me ayuda y qué desayuda, qué me mueve y qué no, qué supone un pilar fundamental y qué otras cosas son accidentales, aleatorias o accesorios meramente.

Sexto punto. ¿Qué ocurre cuando estoy bien? Me dejo llevar, me entra confianza en la vida y, entre comillas, “dejo de estar precavido” y “dejo de ser agradecido” con cuanto me sucede. Es un tiempo de tranquilidad falsa, en el que con frecuencia, vamos entrando en tibieza, perdiendo pasión y entusiasmo, y perdiendo terreno en lo importante.

  1. Aprovechar los momentos buenos para tomar decisiones y ser valientes, sin dejarlos pasar “como si tal cosa”, o como si fueran “normales para siempre”, dando por supuesto ingenuamente que se mantendrán por sí mismos.
  2. Coger fuerzas y encauzar la vida. Todos somos conscientes de que hay decisiones que marcan raíles de los que difícilmente se puede salir en una temporada. Casi siempre hay posibilidad de corregir, pedir perdón o reconciliarse; pero en ocasiones tenemos que esperar a la siguiente estación, aguantando durante el viaje. En positivo, que siempre es mucho más interesante, podemos vislumbrar que determinados momentos de nuestra historia nos ayudarán mucho y harán más fácil ir hacia adelante, alcanzar la meta que entendemos que nos hará felices y disfrutar el trayecto y el paisaje, pendientes ya de los detalles del camino. Los “buenos momentos” sirven de excelente momento para movernos de esta manera, sin sobresaltos y con estabilidad, sin grandes cambios continuos y con metas definidas, sin ir de aquí para allá y con fuerza y criterios personales.
  3. Precaución y vigilancia. Mantener una actitud de precaución y actuar con sospecha de todo no se parecen realmente en nada. La precaución parte del reconocimiento sencillo y humilde de los propios límites, debilidades e ignorancias, sin agobios ni traumas de ningún tipo. Simplemente lo sabe, y no actúa al margen de ellos. Entiende que la debilidad puede convertirse en petición de ayuda, y generar vínculos con otras personas que son maravillosos y estupendos, donde no se siente “de menos” ni busca “aprovecharse” de nadie. Igualmente en el error o la confusión. La sospecha supone, por el contrario, la maldad de los otros, y se adelanta a ella con el juicio, provocando en no pocas ocasiones respuestas esperadas y sesgando la realidad para confirmar sus impresiones.  
  4. Saber que tienden a “echarnos” de este momento de bondad tres elementos que siempre aparecen irracionalmente: el primero, todo aquello que alimenta el miedo y el miedo mismo, sobre todo cuando se le quiere dar la espalda y actuar como si no existiera, sin plantarle cara; el segundo, el secreto, la soledad y el escondite, dejando ocultas realidades y actuando como si no existieran, cuando sabemos perfectamente lo que nos pasa; y el tercero, nuestros puntos débiles, el lado opuesto al que defendemos habitualmente, como si fuera una metáfora de “combate y lucha”, en el que se defiende una plaza con la excesiva preocupación por señalar aquello que no nos agrada, con demasiado interés por solucionarlo todo y perfeccionarlo y protegernos de todo, sin disfrutar y agradecer cuanto tenemos. Frente a la primera, dar la cara con seguridad. Contra la segunda, dejarse acompañar y hablar con otros en verdad. Ante la tercera, confianza y “no señalar” demasiado al enemigo las flaquezas.
  5. Vivir con sinceridad nuestros sentimientos. Desvelas las verdaderas causas de la alegría y desenmascarar las mentiras de las tristezas. Hemos sido educados, favorablemente, en un ambiente donde los sentimientos desvelan nuestra humanidad verdadera.
  6. Agradecer, sin apropiarnos, cuanto sabemos que hemos recibido gratis, que no depende de nosotros, ni de nuestra fuerza, ni de nuestra voluntad, ni de nuestras capacidades. Sean personas, sean circunstancias, sean acontecimientos. 

Séptimo punto. En una buena decisión, tengo que aprender a distinguir consecuencias a medio y largo plazo, y definir la línea que separa los fines de los medios de los que puedo valerme.

  1. Consecuencias, de dos tipos: unas queridas y otras no deseadas directamente, pero que se dan simultáneamente. Por ejemplo, ante toda elección se da connaturalmente un rechazo del resto de posibilidades. O toda decisión comporta una vinculación a la vez que un límite para nosotros
  2. Medio plazo y largo plazo. Abandono el terreno de lo inmediato. Conviene distinguir, para no adelantar ni esperar aquello que no puede llegar, la diferencia entre el “ya y ahora”, el “dentro de un tiempo”, y el “horizonte de la vida”. Paralelamente a la vida humana, podríamos hablar de acciones, hábitos y opciones fundamentales.
  3. Distinguir los fines de los medios, sin equipararlos y aclarando criterios y subrayando especialmente las convicciones personales.

Octavo punto. Aprendizajes sociales y relaciones. No estamos solos, ni tenemos que entender que la libertad, siendo propia del sujeto e inalienable, necesariamente es solipsista y aislada. Justamente, podemos brindarle a nuestra libertad y a nuestras decisiones del enriquecimiento querido y de las aportaciones de los demás, especialmente de aquellos que consideramos que pueden aportarnos mayor claridad. Os planteo tres personas, al menos, con quienes deberíais conversar un rato antes de tomar una decisión de calado.

  1. Alguna persona cercana, de las que sabes que te quieren y conocen, y a quienes no les importará escuchar ni tus sueños ni tus dudas.
  2. Alguna persona distinta. No contraria a ti, pero sí distinta. Por ejemplo, si eres joven, con un niño o con un adulto. Son conversaciones eminentemente enriquecedoras. Si eres padre, elige a tus hijos. Y viceversa también es muy iluminador, siempre que exista la posibilidad del diálogo sin dominación, con libertad y acogedor.
  3. Y alguien que sea para ti un referente, no necesariamente en ese ámbito de la vida en el que te estás cuestionando por dónde seguir. Cualquier persona ha tenido que elegir en los cruces y senderos de la existencia. Y un referente, si lo es, por algo será, por algo estará ahí para ti, por algo en concreto que quizá pueda ser ese momento.
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7 pensamientos en “Ante una decisión importante

      • Bueno, es lo que tiene el enriquecimiento mutuo, no estar de acuerdo mola, porque así las conversaciones son más fructíferas ¿verdad?, dan más de sí. Aunque jorobe, hay que mojarse.

      • Clarísimamente. Pero no tomar decisiones, es precisamente, una forma de elegir. Que como tú misma dices, no es adecuada. Por eso lo de “mojarse”. Aunque, en determinados momentos de la vida, lo mejor es pausarse, esperar, resistir y aguardar, en otros, con valentía, hay que empujar hacia adelante. ¿Cómo y cuándo? Por eso el post.

  1. Entonces, por ejemplo, no tomar una decisión cuando la situación es límite ¿es ser más valiente?, yo no lo entiendo. En fin, pienso que lo verdaderamente importante es desarrollar capacidad, podemos llamarle creativa, para decidir o no hacerlo, la capacidad de reflexión, de pensamiento, de contemplación, de dejarse llevar…
    No te canso más 🙂

    • No sé lo que planteas. No he concretado en ningún caso particular. Entiendo que estar mal y estar ante una situación límite no tienen por qué enfrentarse ni equipararse. Hay que discernir en cada momento. Y por otro lado, siempre toca decidir. La cuestión, me parece, es saber qué es mejor en cada caso. Y en todos, sea lo bueno o lo mejor, asumir las consecuencias que se producen. Ser libre también es ser responsable, primero con uno mismo y de uno mismo.

  2. Pingback: Post de abril 2012 | Preguntarse y buscar

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