Deberíamos contar más historias, más humanas


Existe una parte de nuestra racionalidad, con enorme atractivo, que alejada de los conceptos, las categorías y el pensamiento ordenado, se adentra en el mundo de los relatos, de las historias, de los cuentos, de las fantasías, de la creación de personajes y situaciones que, aunque algunas veces parece que poco tienen que ver con nosotros, también pueden convertirse en espejo de lo más humano, y de lo más heroico, y de lo más sublime. No soy un gran lector de novelas, pero sí disfruto enormemente escuchando historias. Aunque reconozco que hay libros que han marcado decididamente mi vida. De esos que, una vez leídos, sientes que compartirás con ellos un destino común y serán resorte en momentos malos tanto como compañía festejante en los buenos.

A diferencia de la razón lógica, sistemática, ordenada, prudente y cabal, de los conceptos, las categorías y las palabra calculadas y medidas en cada párrafo, las historias tienen un componente de libertad verdaderamente maravilloso, sin faltar a lo que ha sucedido. Descubrimos en las narraciones distintos puntos de vista, enfoques enriquecedores, detalles que a unos pasaron desapercibidos y se describen recreándose en el tiempo. Las historias liberan tensiones, se construyen una y otra vez, aclaran interrogantes y generan nuevas preguntas. Las historias, además, tiene la peculiaridad de poderse brindar a todo el que pasa. Porque un cuento, corriente y moliente, lo entiende tanto el niño como el viejo. Las historias tienen un atractivo incomparable, centran la atención, nos permiten seguir el hilo y dar pasos a medida que avanzan, y adelantarnos incluso en aquello que a nosotros puede sucedernos. Las historias, como tales, enamoran.

No en vano, las mayores expresiones del amor, de la amistad, de la confianza, de la fe, de la solidaridad, de la justicia, del compromiso, de la libertad, de la transformación, de la valentía, del honor, del sacrificio y cualquier exponente máximo de la bondad del hombre, han quedado guardadas en historias, biográficas algunas y leyendas otras. Gente como tú y como yo en cuanto a su carne y sus huesos; algunos tremendamente cercanos, de nuestro tiempo presente, quizá incluso de nuestra ciudad, de nuestro país, de nuestro entorno más cercano. Y eso nos emociona. Para dejarnos boquiabiertos no nos enseñanos tablas de valores y análisis fructíferos. Para abrirnos el corazón basta una historia.

Y se hace necesario volver a contar historias, y reconvertir algunas de las que nos han contado hacia lo más humano. Aunque sólo sea para que los hijos conozcan bien a sus padres, para que los padres puedan descubrir cómo están viviendo sus hijos. La persona no se mueve en un mundo racional y lógico, sino que siente la imperiosa necesidad de contar lo que le sucede para contarse a sí mismo y descubrir cómo está viviendo, qué está viviendo, qué le está sucediendo. No puede vivir en las paredes cerradas de los libros que describen comportamientos, reacciones, ideas y sentimientos. Las paredes cerradas, ajenas a la historia, manipulan la libertad del hombre. Y el hombre, por esencia es libre, y quiere vivir con lo que está viviendo y sintiendo. Por eso, necesitamos contar historias y volver a contar la nuestra una y otra vez, sin parar, sin dejarla terminada, siempre abierta a lo que pueda suceder y al próximo encuentro.

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