Los demás no son adivinos


He hecho en los últimos años de esta pequeña expresión, un axioma fundamental de mi vida. Es una verdad de perogrullo, de las incuestionables, de las universales y necesarias. Y sin embargo, compruebo que poca gente la tiene en cuenta. Lo normal suele ser su contrario: “Dar por supuesto”, “Creer que ya lo saben”, “Exigir comportamientos porque yo…”, “¿No te dabas cuenta de que…?” Y patatín patatán. Una y otra vez, los juicios y prejuicios, las suposiciones y los supuestos, y sus hermanas y hermanos: los malentendidos, las confusiones, los conflictos, la cerrazón, los enfados y las exigencias…

¿Por qué creo que algo tan evidente puede constituirse en una regla de vida que deberíamos tener siempre presente? Sin ánimo de explicar todos, ni ser exhaustivo, considero que puede ser fundamental atender a esta regla en cualquier dimensión de nuestra vida, sea la familia, sea el trabajo, sea las relaciones más cercanas, sea entre amigos o en la pareja, sea aquí o allá:

  1. Me obliga a hablar, y por lo tanto, a ordenar las ideas para que otros me comprendan y las comprendan. Comunicar y expresarme, con profundidad y sinceridad, nos hace ser personas en relación. A la par que “me cuento a mí mismo”, me pongo en manos de los otros. Y con ello les digo mucho, pero lo principal es que los quiero y confío en ellos, estableciendo vínculos construidos desde lo importante. Si hablo, y pongo un tema sobre la mesa de la conversación, a todas luces he cambiado el día de otras personas, o su vida entera. Ante esto, tengo cuidado. Y procuro ser positivo realistamente.
  2. Junto a lo anterior, hace que me comprenda a mí mismo. Que también soy en cierto grado un misterio para mí. Escuchándome, me pregunto por qué pongo determinadas palabras donde podrían existir otras, o por qué comprendo las cosas de esta manera, sin abrirme a otras posibilidades, o simplemento siento consuelo al saber que hay alguien, más allá de mí mismo, a quien también le ha sucedido y que está viviendo algo similiar a lo mío. Dicho sea de paso, tampoco yo soy adivino para mis cosas, y algunas reacciones ni yo las entiendo. Lo cual me pone en la necesidad de seguir preguntándome y reflexionando sobre quién soy.
  3. Me da la oportunidad de callarme, y no dejar que ciertas cosas interfieran en mi relación con los demás. Hay ámbitos de la vida que, aunque seamos la misma persona, no conviene en exceso poner en contacto porque contaminan todo. Por ejemplo, algo que ocurre en familia, que ciertamente me afecta, no tengo por qué dejar que convierta en el eje de mi trabajo. O viceversa. Y tampoco algo del trabajo en la relación con los amigos, en conversación continua y constante.
  4. Me ayuda a excusar, a defender y a justificar a todos en general, pero especialmente a los que quiero. Y esto es fundamental, porque la ignorancia en las relaciones, a diferencia de las leyes, sí exime de la responsabilidad. No saben, no conocen, no han descubierto. Y el responsable de su ignorancia, de su situación, soy precisamente yo al no haberles “dicho y contando” cómo estoy. Si soy yo el “culpable” de su ignorancia, entonces los otros están absueltos de la culpa. ¡Maravilloso! Tendré entonces en mi mano la genial llave que me hará seleccionar qué cosas pueden estar en manos de qué personas, según su capacidad, disposición y características. Porque no todo el mundo sabe, ni comprende, ni puede hacer según qué cosas.
  5. Me hace libre para vivir, y dejo libertad para que otros vivan, a un ritmo diferente al esperado. No sé muy bien cómo decir esto, porque tiene dos circunstancias diversas. La primera sería que cuando algo me ocurre, de cierto calado y conocido por todos, la tentación va a ser esteriotipar las reacciones. Si ocurre algo malo, estaré mal y destrozado. Si ocurre algo aparentemente bueno y exitoso, tengo que estar contento. Y esto me hace pensar que puedo cambiar las cosas, explicar motivos y no dejarme llevar por “la masa”. La segunda sería, de nuevo, la oportunidad de romper con lo que los demás piensan que tiene que ser. Es decir, hablando en determinadas circunstancias, puedo hacer todo nuevo. De lo contrario, nuestra vida estaría girando continuamente en torno a “causalidades” internas y externas que nos ayudan a predecir siempre con antelación cómo vamos a estar y cómo nos van a recibir. Y esto, dicho sea de paso, pocas veces se cumple sin la presión educativa y didáctica de agentes sociales externos que han leído en libros qué tienes que hacer y cómo te vas a sentir. Lo cual es una forma de presión y educación social que no hace, en absoluto, libres a las personas. Pero si los otros no son adivinos, aunque se las den de expertos, tengo en mi mano cambiar las cosas.

Sin querer atarme la soga al cuello, termino diciendo que el don de la amistad supera con muchos a otros. Y quien ha encontrado un amigo, ha encontrado un tesoro. Y por lo tanto, aunque el amigo no es adivino, va entrando por los caminos de una intuición y comunión más profunda que le permite saber qué ocurre algo con solo mirarte, con solo pasar un rato contigo, con solo escuchar tu voz o leer tu mensaje. Sin embargo, aunque el amigo sepa que algo pasa, no puedo cargar sin más sobre él porque todavía no sabe qué, en concreto, está ocurriendo. Y estoy llamado, primeramente, a cuidar el amigo y su relación, sin pedir más de lo que pueda concederme. Sin pedirle más de lo que yo pueda darle. El amigo es más importante de lo que a mí me pasa, y si tienes este don, sabes de qué estoy hablando.

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