Centrarse, cuantas veces sea necesario


No son pocas las ocasiones diarias para despistarse y distraerse, difuminar la propia existencia, confundirse en el camino, decir lo que no queremos y errar en las decisiones, incapaces de controlar absolutamente todo lo que somos, y sin pretender siquiera mantener a raya la libertad de otros, sus circunstancias, sus movimientos internos, y cómo les cae nuestra misma presencia. Reduciendo mucho, la vida es una selva nada simple ni simplona. Más bien, tratamos con una existencia hermosamente compleja, que nos brinda incansablemente nuevos momentos para tomar nuevas decisiones, y también para renovar con fuerza las ya tomadas anteriormente, a pesar, muy a pesar, de nuestros fallos legítimos, del derecho a equivocarnos y de la incansable y persistente presencia de nuestros límites y limtaciones. No quiero hoy, si quiera, pisar el terreno de las motivaciones que nos llevan a distraernos y disiparnos.

Sea como fuere, podemos (casi me atrevería a decir “deberíamos”) acogernos al derecho a centrarnos de nuevo, cuantas veces sea necesario, en lo importante y lo fundamental. La única condición es que lo hayamos descubierto, también es cierto. Pero dando por supuesto, quizá a la ligera aunque también confiando en la humanidad sea cual sea su edad y condición, que todos conservan en el corazón algo que les entusiasma, a lo que no renunciaría bajo ningún pretesto, que mueve cada rincón de su ser cuando se nombra, cita o pone sobre la mesa. Dicho lo cual, también tenemos la oportunidad de revisar continuamente qué es eso a lo que llamamos “lo más importante”.

Tener un centro, permite valorar en qué medida el resto de nuestra vida tiene más o menos peso, carecen de relevancia o, por el contrario, constituyen elementos indispensables. El centro, centra la mirada, centra la escucha, centra las motivaciones, centra las decisiones. Orienta, potencia, subraya, llama la atención, pone acentos, dimensiona, delinea horizontes, marca metas, impulsa, capacita para acoger alegrías como alegrías y tristezas como tristezas. Y, lo que es genial, sólo tener un centro y estar centrado permite valorar las distracciones, despistes y conductas disolutas como tales, desorientaciones y desvíos de la vida, que tomados algunas veces como atajos aparentes, nos llevan por caminos más largos, tortuosos y dolientes. Sólo quien tiene un centro consciente, claro y definido, expresado al menos a sí mismo, si no compartido también con otros.

Maravillosamente, el centro no se pierde pese a los errores. Permanece, al menos durante un tiempo, con lealtad, vivo y recordante, midiéndote y reclamando tu atención. Quien carece de dirección, puede que no sepa a qué me estoy refiriendo. Aunque sigo diciendo que estos serán pocos. Otra cuestión es que estén centrados en lo realmente, y en lo únicamente importante, o anden detrás de pequeños dioses, consuelos o asequibles objetivos al alcance de casi cualquiera. El centro, insisto, permanece. ¿Cómo volver a centrarse, qué puede ayudarnos en las distracciones?

  1. Redireccionar el pensamiento, lo antes posible. Sin dejar que nos atrape, conduciendo nosotros mismos aquello que nos debe servir, y no a la inversa.
  2. Reclamos visuales. Imágenes, palabras bien escritas, recuerdos. En lugares sencillamente claves. A la salida, a la entrada, en el lugar de trabajo. También en el cuerpo, ¡por qué no!
  3. Temporalizar dedicaciones. El centro, directa o indirectamente, debería llevarse y armarse de lo fundamental tanto en calidad como en cantidad. Es decir, convertir todo en referencia.
  4. Valorar en el conjunto, más allá de particularidades. Y aquí no hay que escatimar esfuerzos, porque tenemos tanto derecho a la libertad y a ser nosotros mismos, que nuestra finitud forma parte esencialmente de ella.
  5. Empezar y finalizar centrados. Sea una conversación, sea un trabajo, sea una tarea de mayor o menos importancia. Sea una carta, o mensaje, o chat, o discusión. Sea el día desde primera hora de la mañana hasta última hora de la noche, sin dejar que nada se involucre en lo fundamental. Sea lo que sea, tanto un proyecto de trabajo como unas vacaciones. El principio y el final deben encaminarse al bien, al objetivo real y claro que hemos tomado como centro de nuestras vidas.
  6. Descentrarnos, y darnos unas vacaciones a nosotros mismos. Un centro, lo quieras o no, obliga a superar ampliamente el egoísmo y reconocer que somos servidores en esta vida. Ocupamos por lo tanto nuestro lugar, siempre y cuando reconozcamos en qué lugar estamos y en cuál debemos y queremos decididamente estar.
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Un pensamiento en “Centrarse, cuantas veces sea necesario

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