Pedir consejo (y dar consejo)


Desde siempre, las pequeñas historias de los sabios, con sus discípulos haciendo de preguntones, me han encantado. Y desde siempre me ha llamado la atención que sus respuestas no fueran más claras y más contundentes. Como si la sabiduría, la maestría y la verdad vinieran de forma velada y mucho más universal de lo que creemos. Dicho de otra manera, que las respuestas superan en interrogantes a la pregunta primera, y sin embargo, tienen la fuerza de orientar nítidamente la vida en general, y no sólo en los aspectos particulares que dieron origen a la conversación primera.

Por otro lado, descubro muchas personas que están ávidas de respuestas en nuestras sociedades de la información y del lo-sé-todo-científico, que van de un sitio a otro buscando a quién preguntar y cómo hacerlo de tal modo que se comprenda a qué se refieren realmente. Tarea, dicho sea de paso, nada fácil. Y no me refiero sólo a adolescentes fuera del ámbito doméstico, donde demuestran que lo saben todo sobradamente, ni a jóvenes que han dejado el tiempo de la seguridad autoafirmativa, sino también a quienes se inician en la vida adulta y a adultos mismos en situaciones bastante precarias, incómodas, desprotegidas y desprovistas. Adolescentes, jóvenes y adultos que comparten, de raíz y sin atender a sus contextos concretos, la carga de soportar y darse cuenta de que la persona no crece, ni camina, ni ama siquiera, sino a base de preguntas radicales. Adolescentes, jóvenes y adultos que se dan de morros, de frente y con fuerza, con la esencia lógica y dialógica del ser humano, que es ser primeramente que pregunta, y pregunta constantemente, y pregunta sobre todo, y especialmente sobre lo importante, antes que ser alguien que responde o las tiene todas consigo o se conforma con dos o tres indicaciones generales sobre la existencia, el mundo, su vida y muerte, el amor, o Dios mismo.

Pero si me causa admiración estar rodeado de tantas preguntas, para las que no tengo manual ni estoy preparado con frecuencia, más me cuestiona e interroga el afán con que no pocos se sienten cómodos, bien y felices dando respuestas y consejos de formas verdaderamente presuntuosas. O bien no nos hemos enterado de la seriedad de la vida, de su complejidad y de su maraña de lazos entrelazados una y otra vez con otras personas, situaciones y realidades que desconocemos, o bien preferimos la ignorancia de nuestra superioridad y seguimos apostando por creernos mejores que nadie, más sabios que nadie, más buenos que nadie, y más cultos que nadie. Esto de dar consejos, de pautar, de ayudar a otros a tomar decisiones, si lo miras bien, supone introducirse en el ámbito de su propia libertad, voluntad y vocación. Asunto que, visto de una manera tan pura y esquemática, debería darnos primeramente vértigo, y obligarnos a infinitas preguntas y a una paciente escucha, nada usual en nuestro mundo, antes de hablar por hablar, decir lo primero que se viene a la cabeza, o desdecirnos a nosotros mismos a base de palabras que ni siquiera sabemos dónde nos pueden llevar y qué pueden suponer en la vida práctica. Y sin embargo, insisto, veo a muchos jóvenes y adolescentes, y a adultos comportándose como jóvenes y adolescentes, disfrutando del placer de vivir una vida que no es la suya a través de una sabiduría poco real. Y lo que es peor incluso, asustándome ante quienes piensan y aseguran que muchas de las cosas “éstas”, de la vida, del amor, de las relaciones, de la persona, del mundo y de Dios, pueden aprenderse en los libros al modo de ecuaciones en las que se sustituyen variables pero responden a un esquema común y universal. Estos últimos, en lugar de escuchar personas, creen hablar con páginas escritas con tinta muerta.

Dicho lo cual, y puesto el acento sobre el peligro -que a mi entender existe y excede nuestra esencia y nuestras personas-, y dado que es una situación de lo más ordinario, voy a hacer unas cuantas aclaraciones al respecto. Primero, considero fundamental entender el consejo como un don. Una realidad que puede ser ciertamente educable y maleable en la persona, pero por encima de todo, un regalo que pertenece a personas en concreto y no a toda persona por el hecho de serlo. Es decir, restringido, y aunque deseable, no alcanzable por medio de esfuerzos, ni práctica, ni vida virtuosa. No pertenece a todas las personas que son buenas, de la misma manera que no todos los que saben matemáticas, lengua o filosofía, son capaces de enseñar matemáticas, lengua o filosofía. Lo cual nos lleva a entender el segundo punto: no toda persona es capaz de aconsejar, es decir, que no a toda persona debemos preguntar nuestras inquietudes. Esto es, podemos compartirlas, escucharlas, asumir un diálogo, entrar en discusión, abrir nuestro corazón y demás. Pero no de toda persona debemos recibir sus palabras como un consejo, orientación o algo por el estilo. Es necesario hacer una fuerte discriminación, ordenar lo que recibimos y clarificar las fuentes de donde vienen, so pena de equiparar lo inigualable y de poner al mismo nivel lo innivelable. Por muy necesitados que nos consideremos, por muy carentes que nos sintamos. Es necesario esperar, ser paciente, y escuchar mucho antes de preguntar lo importante. Esto no quiere decir que haya personas mejores y peores, sino reconocer y amar el don que hay en el mundo.

Cambiando de tercio, y pasando al tercer punto, ahora hablo para aquellos que se ven empujados a hablar o se topan con estas situaciones, que es imprescindible aclarar delante de quién nos encontramos. Porque hay personas que pregunta porque son inseguras, y a quienes hay que encaminar hacia su capacidad de autonomía y el ejercicio de su libertad, y hay otras que realmente están perdidas, a quienes conviene abrir un poco de luz en su camino, y otras que simplemente comparten para ser escuchadas y eso es suficiente, y palabras ajenas introducen elementos poco clarificadores. Sea como sea, lo primero es la persona siempre y su vida y circunstancias. Por increíble que parezca, cada uno somos únicos. Y esto es maravilloso aunque todo lo complica. Y mi último punto, el cuarto, para estas mismas personas: aprende a hacer preguntas, verás cómo disfrutas aún más las conversaciones y aprendes verdadera sabiduría. Ser lento en las respuestas, dándonos primeramente a nosotros margen para pensar, reflexionar y vivir, es acoger las dudas de otros como parte de nuestra propia vida, es acoger a la persona como es y como viene, disfrutando enormemente de su compañía, es enriquecer cuanto somos dilatando nuestros muros, pobres experiencias. Al final, y esto también lo digo con la sorpresa y entusiasmo de lo que vivo e intento vivir, quien recibe una pregunta recibe una visita inesperada de Dios, y es mayor gracia ser preguntado que ser capaz de responder a la ligera, y es mayor amor el que acoge y ama en debilidad que el que habla de cualquier modo, y es mayor amistad y vínculo el de quien se deja afectar y empieza a caminar que el de quien se queda parado creyendo que sabe.

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