Pedir a otros aquello que pueden dar


Nos agrada que cuenten con nosotros, que nos pidan cosas, que sepan que existimos y somos útiles. Forma parte indiscutible de nuestra naturaleza. Y despierta celos, que nos envuelven, cuando a otros sí y a nosotros no. Pero insisto, somos así y es de lo mejor que tenemos. Visto de forma positiva, es un resorte intrínseco que nos hace estar disponibles para los demás a todas horas y de cualquier momento, aunque sea en zapatillas de andar por casa, nos lanza a la aventura arriesgada del desinterés y de la preocupación por los demás, celebra la oportunidad de cansarse sin preguntar demasiados motivos, y nos pone en nuestro sitio. Esto último, me parece interesantísimo. Queremos ocupar el lugar que la vida nos ha asignado junto a otras personas, sean amigos, sea familia, sean compañeros, sea simplemente una cuestión laboral. Si cuentan con nosotros, y nos llaman para algo, es porque existimos “para ellos”. Un signo de confianza que nos devuelve a la vida. Cuando no se da, bien pensamos que somos inútiles, bien pronto creemos que no somos importantes, y da inicio una sensación de invisibilidad que hace polvo nuestro orgullo.

Lo anterior no es todo. También tenemos experiencia de nuestra propia inutilidad y fragilidad en determinadas situaciones y para ciertas cuestiones. Quien no se conoce ni siquiera un poco, a lo mejor no ha caído en la cuenta. Pero -aunque sé que cuesta aceptarlo- somos verdaderamente inútiles según qué ámbitos, o dicho de otro modo, no todos valemos para cualquier cosa ni está escrito en nuestros genes que debamos serlo. Por ejemplo, nunca pediría a un futbolista que sea experto deportista en otras materias, como tampoco dialogaría con un físico, por el hecho de ser físico, sobre filosofía o religión, o con un cura, por el hecho de ser cura, de cuestiones relacionadas con el mundo de los cotilleos (espero). Si nos ponemos un poco más drásticos, nunca se me ocurriría pedirle a un amigo con ceguera que me describa un cuadro que nunca ha escuchado, o a un compañero con sordera que valore la primera sinfonía de Brahms. Sería una verdadera descortesía por mi parte, y el idiota sería yo mismo con mis acciones. Lo cual no quita para que sea un buen futbolista, un buen físico, un buen cura y dos excelentes amigos. Pero mis amigos, como el resto de personas, y debería aprenderlo primero en primera persona del singunar, son limitados. Muy limitados. Como toda persona. La excelencia no nos une, sino que el vínculo proviene del amor, de la comprensión, de la cercanía, de lo compartido, del conocimiento mutuo, y de la mutua disponibilidad. Si alguien todavía no es consciente de sus propios límites, que pregunte a sus amigos más cercanos y escuche con detenimiento durante una hora y media, o tres, lo que tienen que decir con cariño y por amor. Confío en que pueda ser una conversación interesante, que no recomiendo a cualquiera.

Pues bien. Si hemos afirmado el disfrute humano que se produce al ser reconocido por los demás, y lo esencial que es a la persona sentirse “útil” (que aporta algo, sobre todo a sí mismo) para los demás. Y por otro lado, que sabemos, por propia experiencia en principio y por lo que hemos acogido de los demás, que somos limitados y débiles, que a pesar de nuestros dones y cualidades no servimos para todo. Podemos concluir en definitiva que es un arte saber pedir a los otros aquello que en verdad pueden darnos, y una torpeza reclamar algo que para ellos es imposible. Me asombra que no se tenga en cuenta más a menudo. ¡No es ninguna ofensa! ¡No es ningún desprecio! Más bien al contrario, es un signo de cariño, de cuidado y de aprecio.

  1. Un signo de cariño. Al reconocer que el amor está por encima de la utilidad que las otras personas me brindan, muy por encima de lo que pueden y han hecho por mí. Tienen valor por sí mismos. Y en eso se funda la verdadera amistad, toda relación de familia sustentada en el tiempo, y toda relación humana.
  2. Un signo de cuidado. Porque cuando no observamos lo que cada persona es y lo que cada persona necesita, por muy cercanos que sean, sobrepasamos sus límites con engaños. Y terminamos dañando a quienes queremos cuidar, y creemos que pueden dar más de lo que realmente está en su mano. Y lejos de ser cautelosos con los dones frágiles que nos concedido la historia, vivimos de espalda a nuestras verdaderas prioridades.
  3. Un signo de aprecio. Y un arte saber decirles a los demás el lugar que ocupan para nosotros, que no es el de la utilidad y del multiusos. En el sentido más estricto de la palabra, a-precio es todo cuanto no tiene precio para nosotros, cuyo valor está exento de méritos, ni sometido a la balanza de los criterios del mercado. Tanto aportas, tanto vales. Tanto tienes, tanto vales. Tanto compartes, tanto vales. ¡Qué equivocados estaríamos si estos fueran nuestros criterios con las personas!

Lejos de los cálculos que se pueden escribir sobre el papel, y que son muy útiles para los negocios, mercados y comercios, alabo a aquellos que son capaces de superar sus límites para el amor o han descubierto que el amor no tiene los límites que estamos acostumbrados a estudiar en frío. Alabo a los amigos que saben confiarse en los amigos, y que sufren con ellos sus dones y debilidades. A los que han descubierto, con los ojos de la fe, que la fraternidad y la bondad salvan.

Me mueve a este artículo principalmente mi propia vocación, y reconocer abierta e interesadamente que Dios ha contado con mis posibilidades y con mis dificultades, con mi verdad, con una verdad que para mí hubiera sido desconocida y que no habría creído de un otra manera si no es por la acción, porque lo he visto primeramente en mí. Y así me ha ofrecido un lugar en el mundo posible y real, a pesar de su mucha exigencia, y constante acción. Saber que quien me ha llamado no ha querido aprovecharse de mí, como veo en otros, ni me utiliza para saciarse a sí mismo, sino que he sido llamado por amor para continuar cuidando, para dar gratis lo que he recibido gratis, para seguir compartiendo aquello que en muchos momentos se nos entrega y sólo podemos acoger si estamos en disposición. Me alegra, por último, saber que Dios no calcula al modo humano las cosas, y mucho menos con los parámetros mercantiles del bienestar y del mucho egoísmo, y que pide la vida porque es quien da la Vida.

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