Encontrar rincones para la paz


La paz es tratada de dos formas muy diferentes, dependiendo de los artículos que leamos. En general, como una cuestión social, una herida abierta en nuestro mundo por las guerras, conflictos internacionales, preocupaciones de los ciudadanos, problemas de convivencia de todo tipo. En particular, en relación al ámbito personal existe una literatura asombrosa que cultiva la paz como tranquilidad del espíritu, como sosiego, calma, impasibilidad o imperturbabilidad.

Si leemos ambas en profundidad, sin ahogarnos o restringirnos a cualquiera de ambas, observamos que ambos terminan dándose la mano. Quien comienza buscando una verdadera paz mundial, global, social, afirma que no será posible sin la pacificación y reconciliación entre sus ciudadanos. Ardua labor, que se aleja hasta el infinito de los papeles en los que se escriben los planes y proyectos, o se firman los acuerdos de no agresión, o se pactan dimes y diretes. De la misma manera, porque no cabe de otro modo, la paz personal e íntima promulgada en publicaciones de autoayuda y discursos académicos, y no pocas homilías, introduce a quien la pretenden en un héroe solitario frente a un mundo despiadado, arrinconándole fácilmente en su propio corazón, buscando ser afectado y defenderse del exterior lo máximo posible. Las palabras que utilizan y las propuestas lanzadas quizá no sean la mismas, y de ahí vengan incomprensiones e insuficiencias. Quizá, y esto sí me preocupa, olvidemos alguna de las cuestiones humanas más básicas: somos seres en relación.

Nos hace perder la paz tanto todo aquello que nos rodea, como todo aquello que nos sucede interiormente. ¿Dónde comienza todo el desaguisado? ¿Dentro o fuera? ¿Fuera o dentro de nosotros mismos? Está claro que quien no ha conseguido estar “en paz consigo mismo” (expresión que no me agrada del todo) tampoco lo tendrá fácil para no generar tensión en cada rincón que pise o con cada persona con la que se cruce. Sin embargo, no es garantía de nada. Viceversa estamos en las mismas, un entorno estable y apacible otorga algo importante, pero no todo, a la paz personal. Comencemos entonces por donde podemos alcanzar, que son nuestras propias decisiones y movimientos en el tablero que es la vida. Lo ajeno abre un universo incontrolable.

  1. Respetar los tiempos propios. Es decir, aquellos en los que tenemos mayor paz deberían ser los que más comprometen nuestra vida y nuestras acciones, la toma de decisiones realmente orientada a potenciar al máximo la paz nuestra y de otros, las relaciones fuertes y acogedoras. Mientras que, en puro sentido común, aquellos momentos de mayor debilidad serán los que menos debemos movernos o mover a otros. Algo que, siendo tan fácil de comprender, se convierte en olvido cuando todo marcha y en mayor malestar cuando llegan vacas flacas.
  2. No crear confusión, teniendo las cosas claras. Mal se mueve por la vida quien confunde la paz con la tranquilidad impersonal, y quien no asume las batallas que tiene que librar en este mundo, contra sí mismo, con otros o por medio de otros o para ayudar a otros, o con el trabajo, la familia… Mal va por el mundo también quien pretenda la paz absoluta, y lea demasiado en esta dirección.
  3. Identificar nuestros conflictos. Todoa aquello que nos genera lo contrario de la paz que anhelamos, nos desestabiliza y nos saca de nuestras casillas. Servirá para estar en guardia, alerta y concentrado. A mi modo de ver, sería un error enorme utilizar toda esta “sabiduría personal y propia” para alejarse y aislarse del mundo que nos rodea defendiendo lo indefendible, escapando de las miradas de los demás y de nuestros propios fracasos.
  4. Apaciguar nuestro entorno, primer esfuerzo a realizar. De nuestro mundo, unos espacios dependen más de nosotros que otros, están bajo nuestro control y órdenes (a la espera de nuestro dominio). Pero no todos. No busques lo imposible ni lo impensable. Se trata de administrar bien los recursos que tenemos a nuestra disposición en función de nuestras propias fuerzas. Podemos hacer mucho, sin arrinconarnos. Igual que en los juegos de tablero debemos comenzar dando pequeños pasos.
  5. Guía de personas apaciguadoras. Ni siquiera todos nuestros amigos nos pueden ayudar de la misma manera. Unos aportan risas, otros escucha, otros sencillamente está ahí para lo que necesitemos, mientras unos tienen mucha iniciativa, casi agobiante, otros ofertan su docilidad para lo que salga. Si fuera posible, incluso por ámbitos de la vida. Sería genial saber tanto de los demás, como para reconocer lo que tienen y pueden aportarnos. Ahora bien, a nadie se le puede escapar que esto, sin orden ni diálogo, terminaría siendo una forma absurda en la que terminas usando a otros.
  6. Cultivar entornos saludables. Dependiendo de nuestras circunstancias personales tendremos más o menos capacidad para afrontar retos diferentes, aventuras nuevas. Quien ha encontrado uno de esos pequeños rincones del mundo donde todo parece verse de otra manera, y todo cuanto nos rodea irasciblemente se queda de puertas afuera, tiene un tesoro inmenso. Sin embargo, es mucho mayor aquel espacio del mundo, relación o persona, que permite ver lo horrendo y estúpido, el dolor y el sufrimiento con paz; aquel lugar que no obliga a reencontrarse después de la paz con un conflicto sin resolver.
  7. Convertirse en agentes de paz. No esperar, por tanto, aquello que no estoy poniendo previamente sobre la mesa. E intentar huir, al máximo, de todos los ambientes corrosivos que corrompen lo que con tanta dificultad ha sido sembrado. Unas veces se hará por medio de las palabras, otras simplemente escuchando sin decir nada más. Otras será por medio de la acción, metiéndose en medio y enfangándose en la vida, y en ocasiones llegará sin hacer nada, aguardando buenos y mejores momentos, y creando esperanza. La cuestión está en no exigir aquello que no somos capaces de sembrar nosotros mismos.
  8. Proponer fórmulas nuevas. Lo nuevo supone conflicto y cambio. La creatividad personal altera lo ordinario para transformarlo en extraordinario, y lo común en inigualable. Por medio de la novedad llegaremos donde no hemos estado otras veces, y dado el mundo en el que nos encontramos y sus ritmos desestabilizadores, se hace cada día más imprescindible tratar y tomar horizontes renovados.
  9. Reservar tiempos diarios a nosotros mismos, sin egoísmos. Parece mentira que no hayamos aprendido otra forma de cuidarnos que caer una y otra vez en egoísmos cómodos, dando más importancia a lo secundario que a lo principal, pretendiendo quedarnos al margen de los demás y que los demás queden fuera de nosotros mismos. Al menos una vez a la semana, para quien no puede hacerlo todos y cada uno de los días. ¿Cómo hacerlo de otra manera? ¿Qué son tiempos personales sin egoísmos? Aquellos que son para pensar, para reflexionar, para reconocer lo que estamos haciendo en la vida, y cómo, para aprender de nosotros mismos y de lo que nos han enseñado… Sin forzarlo, propiciándolo. Sin que vengan, estos momentos, sólo motivados por la incomodidad y la falta de paz.
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