La noche es tiempo propicio


He versionado conscientemente un antiguo himno poético (La noche es tiempo de salvación), que recoge distintos episodios de la historia mostrando cómo en la noche la luz brilla con más fuerza, se ve con mayor claridad en no pocas ocasiones y la debilidad hace surgir fuerzas de flaqueza que impulsan el caminar con mayor valentía y coraje. Y me parece interesante considerar que esto pueda ser realmente así. Además, frente a todos los que consideran la noche como tiempo perdido y de perdición, se brinda la oportunidad de considerar todo bajo el prisma de la belleza y el amor del Señor.

Las noches, de las que el gran maestro es S. Juan de la Cruz, se consideran habitualmente como dolorosas y tristes en el sentido humano. Provocan miedo, causan temor, sobrecogen el espíritu agarrándolo interiormente. En la noche no se conoce el horizonte, se anda a tientas y dubitativamente. En la noche se oscurece, hablando con propiedad, algo más que la exterioridad. De lo que hablamos en la noche es de la falta de claridad interior del hombre, que convierte todo, con ojos que no ven, en negrura fruto de sus propias cegueras. Y esta noche, la noche del sentido, está radicalmente enraizada en el corazón del ser humano. Distinguimos así, ayudados por la figura retórica, la noche nítida bajo la luz de la luna, y la oscuridad profunda que impide ver, la noche de los sentidos, la noche personal. De esta manera, serán comprendidas como noches las crisis, el fracaso de los propios proyectos, la destrucción de nuestras expectativas, la duda afincada donde antes había certezas y confianzas, la experiencia del mal, el contacto con la realidad real sin las imaginaciones de la juventud, las heridas de la historia que nos  sumergen en dolores propios o ajenos, y no pocas preguntas radicales del hombre que quedan situadas como interrogantes profundos sin respuestas contundentes y satisfactorias… y tantas otras experiencias que vienen a resquebrajar lo que hasta el momento parecía ordenado, y componía nuestros sistema básico de referencias, nuestro universo simbólico explicativo, nuestros apoyos humanos…

Cuando sobreviene la noche, se abren nuevos caminos. Encender las propias velas, esto es, intentar darnos a nosotros la luz. Quedarnos parados, sin hacer nada y pasivos, esperando el surgir del nuevo día. Seguir avanzando tímidamente, aunque no sepamos bien dónde ni cómo ir. Dejarnos envolver por la soledad poblada de aullidos, por la negrura y por la precariedad de la existencia. Abandonarnos en lo que otros decidan, en los pasos por donde ya se ha caminado. O comenzar a escuchar una voz antes imperceptible en medio de tanta claridad “visual”. Todos las posibilidades citadas bien podrían considerarse metáforas de la experiencia de cualquier persona que ha pacedido en sus propias carnes la fuerza de la noche.

Sin embargo, gracias al himno que he citado al inicio, cabe también la posibilidad de contemplar este acontecimiento que nos visita, o puede visitarnos, desde el lado del avance del tiempo de Dios sobre nuestra propia historia persona. Quizá, dicho sea de paso, quien no conoce la noche tampoco ha dejado que esta “historia” siga su curso. Porque es natural, de algún modo, que el primer amanecer cierre siempre, de forma espectacular, con la primera noche, dejando al sol caerse brevemente y desaparecer en el horizonte. E igual que si fuéramos primerizos en los ritmos de Dios, es comprensible que comience un cierto cuestionamiento sobre si lo que ha sucedido ha sido sólo momentáneo y propio de la juventud, si volverá a aparecer o no, si debemos estar paralizados hasta entonces mirando el cielo, si es posible olvidar el día que hemos pasado bajo la estrella mayor.

No toda noche puede ser, por otro lado, simplemente justificada. Convendría hacerse alguna que otra pregunta al respecto. ¿Qué parte de responsabilidad tengo yo en la noche? ¿De qué es fruto y a qué afecta? ¿Cómo la afronto? ¿Me he fortalecido durante el día lo suficientemente bien como para vivirla a la intemperie? ¿Despierta esperanza o deseo de crecer en mí? ¿Cómo ando con la paciencia y con mi propia debilidad y precariedad en esta situación? ¿A qué se inclina mi corazón cuando las cosas no van como a mí me gusta, como yo desearía, como he planificado racional y responsablemente? Con estas preguntas podremos distinguir aquellas oscuridades que son “naturales por el propio ritmo de la vida (espiritual y personal)” de las que son causadas por descuidos propios, por falta de compromiso y determinación, por no ejercer adecuadamente la confianza.

En uno o en otro caso, sin embargo, estoy llamado a potenciar más si cabe la vida de fe y de confianza, el amor que he guardado y del que me he nutrido estando en claridad y felicidad. La proximidad al Señor. En ambas situaciones, el combate seguirá orientado a aquello que me impide, por lo tanto, la confianza y el amor, que destierra la paz en mí, que me expone sobremanera a los azotes del exterior. Y por eso, la noche es tiempo propicio, es tiempo de salvación. Porque empuja hacia la fe, porque desbarata los planes escasos. Y la noche llega para “desconfiar” un poco más de nosotros mismos y de nuestros cálculos prudentes, y ponernos en manos de otros, abiertos a la vida, abiertos a la esperanza, abiertos a la fe, abiertos al amor. La noche, lejos de cerrarnos las entrañas, debería abrirnos los sentidos para ver, escuchar y palpar más allá de nosotros mismos. En la noche, se conceden muchos frutos:

  1. Sin poder mirar “hacia afuera”, nos convertimos en buscadores de caminos interiores.
  2. Vemos reflejados nuestros miedos y oscuridades.
  3. Se muestra nuestra debilidad, precariedad y limitaciones.
  4. No nos reconocemos dueños y señores de la vida, nos ponemos en nuestro sitio.
  5. Pedimos con mayor insistencia la claridad.
  6. Nuestro corazón se vuelve agradecido a la luz.
  7. Los ojos se tornan más sensibles.
  8. Sentimos la soledad, y en la soledad la compañía de las personas, no de las cosas.
  9. Estamos dispuestos a no cargarnos demasiado, con tanta capacidad acumuladora.
  10. Preferimos la libertad, y la deseamos ardientemente.
  11. Nos dejamos ayudar y conducir, anhelamos la compañía del sabio.
  12. Esperamos el nuevo día, y quisiéramos que no terminara.
  13. Lo vivido se hace más amable, menos costoso de lo que nuestras quejas mostraban.
  14. Tendemos a agruparnos, para defendernos.
  15. Toda luz débil y ténue es valorada como luz, y por tanto, esplendorosa y potente. Abre camino en la tiniebla, con eso basta.
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3 pensamientos en “La noche es tiempo propicio

  1. Padre, muchas gracias por este blog, me hace recapacitar con cada reflexión suya, cada palabra suya es una voz de Dios que me ayuda a pensar y repensarme cada día, retomar las fuerzas para continuar. El tema de hoy es muy pertinente para mí, me ha llevado a pensar en mi oscuridad, en mi noche que a veces trata de ahogarme, pero al leer este día su reflexión, siento y veo esa luz de Dios en mi noche. Bendiciones Padre, que el señor todopoderoso siga derramando su gracia sobre usted para que siga siendo sal y luz del mundo para todos nosotros.Aunque usted no me conoce, sí conozco a los escolapios de Colombia y la bendición que son en nuestras vidas. Pido su oración para que mi oscuridad se convierta en luz…

  2. Padre, muchas gracias por darme ánimo. Una noche me sentí tan desamparada y escribí:
    Si supieras, las noches eternas, eternas y negras que paso sin tí. Si supieras que estando tan cerca te siento muy lejos muy lejos de mi. Si supieras como yo te adoro, como te venero con que
    devoción. Una sola esperanza me dieras, Asomarme al fondo de tu corazón.
    Lo que usted escribe me hace sentir que Dios está conmigo.

  3. Pingback: Post de abril 2012 | Preguntarse y buscar

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