Gestos desinteresados


El mes pasado, al comenzar este tiempo especial de Cuaresma, hice una propuesta abierta que en principio tuvo mucha acogida y difusión. La titulé Simplifica tu vida, y consistía en compartir con otros aquellas cosas que tenemos y que no utilizamos especialmente, utilizar las cosas de las que llenamos nuestro entorno para saber amar a otros. Y aunque el tiempo está por concluir, la propuesta es de por sí eterna y permanente. Ni la limitaría a estos cuarenta días, ni la convertiría en algo extraordinario. Por lo tanto, queda ahí para quien desee acogerla.

Primera cuestión, qué es un gesto desinteresado. Lejos de pretender lo ajeno a la vida corriente, como si tuviéramos que hacer grandes cosas para querer más y mejor, deberíamos volver nuestra mirada a lo que hacemos y tenemos diariamente a nuestro alrededor más inmediato. Tiempo, personas, trabajos, encuentros, cosas… todo son posiblidades que cambiarían nuestro mundo si las tomásemos en serio. Ordenadores o papeles, da lo mismo, porque sirven para comunicar. Ambos los podemos utilizar para hacer llegar a otros grandes mensajes. Los gestos de la cara, o cómo nos detenemos ante alguien para escuchar, siguen siendo mundos abiertos a un futuro que nosotros determinamos. Lo que elegimos dentro de las rutinas, aquello por lo que optamos bajo la presión del ambiente y las expectativas de los otros. Todo está ahí, delante y espectante, aguardando algo más de lo que habitualmente encontramos.

Sin embargo, los innumerables retos ante los que deberíamos plantar cara para llegar a este gesto desinteresado, se enumeran con dificultad, por ser muchos y muy variados. Sólo enumero algunas de sus complicaciones:

  1. Por un lado, conocer y reconocer todo aquello que trabaja en nuestro propio interés y deseo a diario. La lista se alarga indefinidamente cuando ejercermos el derecho a la verdad con nosotros mismos. Algunos de ellos muy loables, necesarios y justificados. No subyace detrás del interés personal, en principio, una condena de nada ni de nadie. Pero sus garras se extienden con facilidad, y lo llenan todo, cuando no se tiene control sobre ellos.
  2. Unidireccionalidad del interés. Es decir, marca un objetivo y no para hasta su consecución, se cruce lo que se cruce por el medio. Sean cosas o sean personas, con sus circunstancias e historias. Si dibujásemos en un papel personas con círculos y señalásemos con flechas hacia dónde van, nos percataríamos de que no vamos en la misma dirección muchas veces. Ni siquiera en una pequeña familia pueden darse confluencias, y por tanto surgirán conflictos constantemente.
  3. La mecánica de la conquista continua. Y el consiguiente espejismo de la autoconstrucción personal. Durante un tiempo han estado muy de moda los capítulos de autoayuda, de consigue tus propios objetivos, y del éxito que depende sólo de ti. De modo que hemos cultivado una sociedad individualista y competitiva en el que no pocas veces las relaciones eran sospechosas. Lo que ha dejado tras de si, el rastro dibujado, es el de la insatisfacción permanente. De hecho, esto consittuye su esencia. Creando insatisfacciones, ofrece nuevos objetos de consumo.
  4. Las vidas automatizadas. Sé que más de uno se negará a reconocer lo evidente, en este sentido, aunque los márgenes para elegir socialmente sean habitualmente estrechos. Se ha creado una especie de consenso para no dudar de la libertad que tenemos en los centros comerciales y en la calle, que cuesta demasiado trabajo desmantelar. Lo automático llama a lo programado, prediseñado, predefinido. Como hacen mis alumnos por la mañana, nada más sonar el despertador. Ahí comienza, nada más empezar el día, todo se mueve a golpe y sonido del reloj, el timbre, la campana… lo que sea. Todo programado al más puro estilo de Skinner, aunque un poco más “culturizado”.
  5. El gran universo de los gustos personales. Y por lo tanto, de todo aquello ya conocemos y hemos probado. Que se forja principalmente en la adolescencia. Nos asocia, según prioridades, con mayor o menor fuerza a algunas realidades concretas de nuestro mundo. Y nos distancia de todo aquello que resulta displicente y nos disgusta, generando muros que nos defiendan de experiencias pasadas, no actuales, y cerrando mundos.

La segunda cuestión, es cómo empezar a sembrar el mundo de estos pequeños detalles, de estos gestos desinteresados, de estas palabras gratuitas y de otras obras. Quizá sea lo más sencillo y asequible del mundo, y también lo más directo.

  1. Aquello que normalmente no hacemos, o no haríamos. Salir de lo habitual sin caer ni en lo extravagante ni en lo extraordinario ni en la pura hipocresía. Quebrar la rutina desde dentro, interiormente, con aquellos que nos ven todos los días, con aquello que hacemos todos los días, con el tiempo del que habitualmente disponemos.
  2. Algo que suponga esfuerzo. Qué mejor forma de vivir algo desinteresado que a través del sacrificio y la entrega de lo que somos y tenemos, de lo que podemos poner a disposición de los demás con algo de esfuerzo. Lo normal, sin ánimo de ofender a nadie, podría ser perfectamente escoger la tranquilidad y el merecido descanso. En estas situaciones solemos cerrar junto con las carpetas de trabajo y con lo que llevamos entre manos, también la cabeza, el corazón… encerrándonos en nuestras cosas y dedicándonos tiempo a nosotros y “nuestras cosas”. ¿Por qué no permanecer abierto a lo que pueda surgir de otras personas y a sus demandas?
  3. Elegir lo que no nos gusta. Para llegar a tenerlo todo, hay que pasar por no tener nada. En los grandes maestros de espiritualidad, el camino de la negación personal carece de las connotaciones terriblemente odiosas de nuestra cultura del bienestar. Ellos describen los primeros pasos de la constancia y de la determinación enfrentando a los discípulos a lo que no les agrada, pidiéndoles negación para evitar barreras, fronteras y muros en sus realidades, provocando la apertura de la persona en todo su ser. ¿No son desagradables los olores de los mendigos, los caprichos de algunos alumnos, algunos días en familia, más de un consejo de los amigos de siempre? ¡Elegirlo! Permanecer a su lado, seguir amando a pesar de saber que no nos va. Elegir por tanto personas, en lugar de cosas y gustos. Ir a ellas, adentrarse en sus corazones, tocar y alcanzar el misterio que nos anida a todos.
  4. Despejar incógnitas sobre personas. Quizá cercanas. A las que damos por demasiado conocidas, y que hemos establecido como previsibles, y a las que adelantamos y completamos en sus frases. ¿Qué no he preguntado a ese compañero con quien trabajo, a esa persona a quien sirvo a diario y con quien me veo varias horas a la semana? Sin indagar, con la preocupación que nace por una vida que se encuentra gratuitamente, y humanamente, con otra persona.
  5. Atender las necesidades de otros. Y elegir sus necesidades, escuchándoles. ¿Qué puedo hacer por ti? ¿En qué puedo ayudarte? O para no ser pretencioso, permanecer ofreciéndonos a su lado, que sepa que estamos cercanos y que, quizá algo si no todo, podemos hacer. Brindar la oportunidad del pase, de la descarga, del desahogo, de la libertad, del camino recorrido juntos, del viaje en metro hablando, de la pasión por la vida compartida, del libro que podemos comentar, de la canción que podríamos compartir, del detalle que nos hace más felices a ambos cuando se comparte desde lo que somos. Necesidad de amor, de escucha, de presencia, de aliento, de consejo, de algo, pero sobre todo de lo que somos. Somos necesarios para otros, lo elijamos o no, no podríamos desaparecer de sus mundos sin que cojeasen.
  6. Superar el cansancio. Algo que escribí en un post reciente, abierto a la posibilidad de comprender nuestros límites de forma positiva y enriquecedora. Conocemos la debilidad de nuestra vida y sus continuos fracasos, el inevitable reclamo de la alegría al terminar algo. De nuevo, junto al cansancio, la terrible necesidad de dar por clausurado algo, que termina en cerrar también parte de nuestra vida a los demás. En el cansancio físico, y en otras formas de cansancio más profundo, no podemos considerarnos inútiles, poco prácticos y descartar que sigamos viviendo para algo más que para nosotros mismos.
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Un pensamiento en “Gestos desinteresados

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