Cansancios y descansos


Ahora que comienza un periodo de descanso escolar, me apetece escribir sobre el cansancio. ¡Cosas de la vida! ¡Por ir contracorriente! Aunque también me parece importante dedicarle unas líneas al descanso.

Lo primero es que entiendo que el cansancio es inherente al trabajo. Todo trabajo, toda acción, toda actividad, toda labor, tarea, compromiso… trae consigo esta maravillosa palabra, de origen marino, llamada cansancio. Sea como sea, por mucho que nos guste lo que hacemos, creamos en ello, y lo queramos, terminaremos cansados. O mejor dicho, iremos progresivamente cansándonos, a medida que asumamos riesgos, demos pasos y sigamos adelante. No hay otra forma de trabajar. Sin embargo, conviene hacer notar que el cansancio no trae consigo trabajo. Es decir, que no se retroalimenta. Más bien lo merma y hace decaer.

Lo segundo que apunto es que, como ya sabremos por experiencia propia o por escarmentar en barba ajena, no todo aquello que llamamos cansancio es lo mismo. Las palabras pueden engañar, nuevamente, como también lo hacen los sentidos. Existen grados de cansancio, y, también muy importante tenerlo presente, no siempre nos cansamos de la misma manera o desgastamos la misma realidad dentro de nosotros. De igual manera, insistiría en hacer comprender qué es lo que nos cansa, qué nos provoca cansancio.

  1. Respecto a  los grados y formas de cansancio, la riqueza de nuevo vocabulario nos pone sobre aviso. Existe la fatiga, el agotamiento, la extenuación, la debilidad, el desaliento, la lasitud, el agobio, la cansera, el molimiento (molidos), junto a aburrimiento, hastío, tedio, fastidio. Aprender a poner palabras adecuadas a la realidad es un privilegio y una tarea que deberíamos tomarnos en serio. Comprendo, como he dicho antes, que la tarea y el trabajo de cada día produzca cansancio, pero no se puede mantener un estado de agotamiento o de extenuación permanentemente. Llegados a ciertos puntos, estaremos descuidando enormemente nuestra vida, nuestra salud, nuestra vocación, nuestra misión, nuestra familia, nuestra existencia. Y se notará en infinidad de elementos, como carecer de pasión, vivir sin esperanza o hablar sin criterio de cualquier cosa y de cualquier manera.
  2. Respecto a qué pacede nuestro cansancio, o en qué sentimos el cansancio, dividiría básicamente tres elementos básicos y elementales: el cansancio del cuerpo (físico), porque le hemos dado un buen tute, porque hemos estado exigiendo una permanencia y presencia continua; el cansancio que sea nuestro corazón el que lo sufra, en cuyo caso la cuestión se vuelve más peligrosa y peliaguda, porque afecta nuestros pensamientos, sentimientos, y al dominio que podemos ejercer sobre ellos humanamente, enfocándolos en una dirección sin rompernos ni dividirnos; y el cansancio del espíritu, que es el de las relaciones con los demás, nuestra capacidad para amar, confiar, creer, esperar…
  3. Y por último, identificar qué nos causa cansancio. Hay tareas que, en principio, no tendrían que suponer un gran esfuerzo y ante las que terminamos derrengados y vacíos por “elementos contextuales”, y otras que son verdaderas tareas de titanes, que nos exigen todo sin remilgos ni perezas. Saber cuál es el motivo de nuestro cansancio, del aburrimiento, del hastío o del desgaste, es esencial en toda vida. Tanto en lo relativo al trabajo, como en aquello que tiene que ver con las relaciones, con los amigos, con la propia vocación… con todo.

Dicho lo cual, añado que estar cansado es maravilloso, sentirse cansado es estupendo. Para quien quiera leerlo de este modo. Sólo aquellos que viven podrán comprender qué estoy diciendo, sólo aquellos que están comprometidos directamente con la vida, con el amor y con el bien. Insisto en que cansarse no es lo mismo que quedarse extenuado, derrotado y destrozado, herido por la vida. Aunque haya veces en los que toca asumir un “precio alto” por alcanzar “lo mejor”. Por muchos motivos:

  1. Saberse en desgaste. Hay enfermedades altamente peligrosas que no muestran los síntomas, ni el dolor da la cara. Cuando llegan, suele ser tarde. De donde deduzco que el cansancio supone un excelente síntoma de trabajo. Si no hay cansancio, a lo mejor no estamos haciendo nada, cayendo en el simple hastío y apatía, sin celo por la tarea y la misión. Y sabiendo escuchar nuestro propio cansancio, como síntoma de la huella que está dejando en nosotros, nos hace notar que estamos dando algo más que tiempo, y que estamos poniendo encima de la mesa algo más que “cualidades y habilidades”. Nos estamos entregando a nosotros mismos, indisolublemente. Quizá de otro modo, omitiendo este hecho, no nos daríamos cuenta con tanta claridad de que la vida está pasando, y que no todo tiene un precio.
  2. Tocar el propio límite. Que tiene varias lecturas posibles. Por un lado, saber que he llegado al límite de nosotros mismos, es lo mismo que decir que hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. ¡Qué gran satisfacción! La mayor parte de las veces, dicho sea de paso, me descubro con más capacidad de la que creía. Luego el cansacio me revela que soy más. Y algunas veces, se nos invita a superar este más apoyándonos en otros, creando lazos, generando comunión, aceptando ser amados y compartir cuanto tenemos. En el camino hasta darlo todo el límite es signo de bendición. Por otro, reconocer los límites enseña qué fronteras no debemos cruzar despreocupadamente y de cualquier manera, y por lo tanto, nos sitúa en el mundo de un modo determinado. Conocerse a uno mismo, de forma real y probada, sin dejar espacio a falsos imaginarios, indicará el verdadero más de nuestra vida. El límite no es nuestro “menos”, sino nuestro “más”.
  3. El cansancio tiende al orden. En concreto, si merece o no merece la pena volver a repetir e involucrarnos en lo que hemos dado por cerrado. Nos hace pensar en lo realizado y en el coste invertido en ello. Y, por consiguiente, el cansancio es una señal que nos pide, una y otra vez, que ordenemos nuestra vida. La tarea y el cansancio, vistos de forma conjunta, vienen a recordarnos que no todo vale lo mismo, ni da igual, ni se sitúa en el mismo plano.
  4. Nos hace ser más personas, humildemente. Ni lo podemos todo, ni podemos quererlo todo. Ni siquiera todo aquello que queremos, o vemos que está en principio a nuestro alcance. Intervienen el contexto, otras personas, el ritmo que hemos llevado con anterioridad, nuestras pasiones y la carga de sacrificio que conlleva… En definitiva, pone nuestros pies en la tierra. Nos humilla el cansancio, al reconocer que no conviene que sigamos dando pasos más adelante. Una realidad ante la cual podemos aceptarnos o rechazarnos.
  5. Darle un valor diferente a nuestras acciones, al trabajo. En el marco de la comercialización de todo, incluidas realidades humanas cuyo precio es incalculable, como el tiempo, tenemos la oportunidad por vía del cansancio de introducir el criterio esencial de la gratuidad y de la entrega.

Lo que muchos, por otro lado, no comprenden de la misma manera, es la unidad del trabajo y el descanso. Sin descanso no hay trabajo, y el trabajo demanda descanso. Por lo tanto, así como el trabajo supone una responsabilidad, también en el descanso hay que ser responsable. Aplicando exactamente los mismos principios que para estudiar el cansancio, es decir, grados y formas de descanso, qué parte de nosotros estamos descansando e identificar qué nos causa descanso. Ahora que llegan días especiales, que podemos dedicar a su ejercicio y no sólo a la reflexión, os propongo cautela. Un grado de descanso puede ser el simple abandono de las cosas, desligándose de ellas por completo. Una manera parcial de descansar es la tranquilidad del cuerpo en una noche apacible, aunque la cabeza siga dándole vueltas, por lo que será incompleto. Y aquello que nos propone verdadero descanso, a lo mejor sólo sea una forma de distracción, una maniobra de despiste que después nos conduzca a una emboscada.

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