Sin que nadie te lo cuente


Las palabras de los demás corren tanto que en más de una ocasión adelantan la propia experiencia y, lo peor, se ponen en medio, entre nosotros y la vida, para impedir que disfrutemos de ella al máximo. Palabras de otros, venidas de lejos, quizá de su experiencia, quizá de otros aún más lejanos, sin que sepamos muy bien dónde han comenzado y cómo han sido formuladas con el paso del tiempo. Palabras de otros, que ciertamente, ayudan mucho en ocasiones. Y en otras, un terrible impedimento.

Parto hoy de una mala experiencia al respecto. Jóvenes que se dejan llevar por lo que otros les proponen, que no han dedicado ni un solo segundo a pensar qué quieren y qué pueden recibir. Jóvenes que, además, cuentan con el impedimento de creer que saben mucho, más de la cuenta. Jóvenes que son jóvenes, y que viven con palabras que no son suyas, haciéndoles un hueco inapropiado en su corazón, anidando y acunando sus propias limitaciones y las debilidades de otros. Jóvenes a los que, sin saber cómo ni por qué, igual que no se les preguntó si querían o no quería vivir, de igual manera no se les pregunta qué mundo desean realmente construir y con qué fuerzas y apoyos cuentan para ello.

Ante esta situación, me siento a escribir sobre lo contrario. Porque también cuento con buenas experiencias en el sentido más pleno de la palabra.Y, de igual manera, entre los mismos jóvenes sobre los que antes he hablado y escrito, con los que paso tanto tiempo al día y que se llevan gran parte de mis esfuerzos, pensamientos y preocupaciones.

  1. De vez en cuando sorprende, saliéndose de lo normal y previsible, aquel joven que es capaz de hablar de lo que siente y piensa en público sin atacar a nadie ni sentirse vulnerable ante las opiniones de los demás. Habla con firmeza, la propia de su edad, pero se detiene sutilmente a pensar y reflexionar lo que otros están diciendo. ¡Genial!
  2. En ocasiones, también es verdad que muy contadas, nos topamos con la alegre esperanza que despierta el joven que sale del rebaño de las opiones y de los lugares comunes para su edad. ¡Y sigue siendo normal! Por un lado, me inspira una gran fragilidad al verle tan apartado sinceramente de los demás, que no es lo mismo que encontrarlo solo y desamparado. Y por otro, confío en que sirva de ejemplo para otros, a los que se les despierte algo interior del mismo modo. Hablo aquí de ese joven que, estando todos sentados, se levanta para hacer lo que cree que debe hacer.
  3. La sociedad juvenil del voluntariado, de la disponibilidad y del asociacionismo parece pasada de moda, más allá de los grupos de las redes sociales y de internet, percibimos su deterioro y cómo decrece la gratuidad de su entrega y su deseo de cambiar el mundo. Sólo hace falta leer un par de estudios sociológicos al respecto, y concluiremos rápidamente cómo se vuelven progresivamente más egoístas, competitivos y se desensibilizan ante los problemas de los demás. Sin embargo, ahora que no está “de moda”, son héroes aquellos que saben conjugar tanta riqueza de vida en distintos ámbitos, con tiempo para sus cosas y para “sus prójimos”, necesitados. Ahora mismo me causa un gran entusiasmo cada uno de los que levantan la mano con decisión, sin mirar a un lado y a otro, y dan un paso adelante en este sentido.
  4. Con genio y figura, y sin dejarse encerrar en ninguna ideología, sin ser absorbidos ni quedarse absortos en las opiniones de los demás, también hay jóvenes que saben preguntar y han descubierto el principio de la sabiduría. Me he encontrado muchachos que ya creían saber mucho, algo que forma parte de la adolescencia comprensiblemente, que he sabido justificar con paciencia muchas veces. Ahora bien, no comprendo cómo es posible que haya jóvenes que se hayan adentrado ya por el mundo del conocimiento interior, hablando de sí mismos y de la humanidad al mismo tiempo con frescura y desparpajo. Son aquellos que han acogido, con inquietud traumática, con curiosidad motivante, con admiración ante el mundo, el principio básico de la sabiduría: saber que no sé. Esos han roto moldes. Han logrado lo que nadie esperaba de ellos.

Tenemos multitud de casos a lo largo de la historia de este tipo de jóvenes. Los encontramos con Sócrates por las casas de Atenas. Al lado de Jesucristo más de uno se queda prendado, y le sigue por el camino. Juan, el sabio y el sorprendente evangelista, no era más que un joven imberbe que asemejaba sus pasos a los del Maestro en su itinerario de Galilea, y supo correr haciendo gala de su juventud y libertad más rápido que Pedro, hacia la Resurrección del Señor. Jóvenes de estos hay, también ahora. Los hay, aunque no se escriba sobre ellos, aunque moleste que se salgan de lo normal, aunque incomode tenerlos por las calles paseando sin dejarse llevar por las masas y procurando el bien de unos, de otros y de otros más lejanos aún. Aunque sus preguntas sean inquietantes, porque no estamos acostumbrados a ver tanta prudencia en un carnet de identidad tan breve, hemos de dialogar con ellos, ayudarles a descubrir sus propias palabras, y si acaso, mostrarles con prudencia algunas de las nuestras. Esos jóvenes existen, están ahí, son reales, no manipulables, ni entran por los aros comunes a los leones del circo que sacan los dientes pero son dóciles gatitos. Esos jóvenes son una bendición para la sociedad y debemos cuidar su felicidad, la sociedad del mañana, entre todos los que seamos sensibles a ellos.

Una palabra de ánimo, muchachos, porque sois terriblemente afortunados. Conservad siempre esta riqueza, y compartidla sin acallarla.

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