Lo que se oye


Esta semana ha saltado a la luz un estudio realizado en las familias españolas, cuya conclusión vaga en televisión y prensa llevaba por titular que los niños escuchan hablar más de la crisis que de Cristiano Ronaldo o Messi. Dicho así, con ánimo de captar la atención, impresiona. El paso siguiente está claro. Preguntar a los niños, y así se hizo, qué es lo que entienden de todo eso. De nuevo, sorprende la finura para atisbar los cambios en lo cotidiano que tienen los niños. Mayor preocupación, menos tiempo de calidad, situaciones conflictivias más frecuentes, enfrentamientos entre padres, y padres con hijos. Resultado de todo el asunto, empeoramiento notorio de la vida de todos y del conjunto de las relaciones. A todo esto, que conste que el titular me parece ofensivo sobremanera, porque parece que los niños deben escuchar, para ser niños, hablar de fútbol muchas e infinidad de veces. Como si ésta fuera la prueba de nuestro bienestar social.

Ahora bien, ¿por qué los mayores hablan tanto de la crisis? Porque a ellos también les hablan continuamente de ella. Estamos siendo bombardeados con lo peor del mundo y de las situaciones humanas. Y lo peor de todo es que no podemos decir que sea mentira -así sin más-, ni echar la mirada hacia otro sitio -porque no hay más que un mundo, y es común-, ni hacer oídos sordos -aunque los jóvenes “encasquetados” todo el día hacen sus intentos-. Lo más trágico es que es totalmente cierto, la mayor parte de las veces. Ahora bien, no es toda la verdad, no es la verdad en totalidad. Y aquí es donde considero que se está haciendo realmente daño. Se presenta el mundo como si éste fuera todo, como si fuera lo único que existiera. Este punto, de la presentación y pretensiones de los medios de comunicación, me preocupa bastante y considero que no es suficiente limitar ciertos horarios marcados y clasificados como “para niños”, entre otras cosas porque lo que los padres escuchan, a pesar de su edad y juicio, no puede ser tratado indiferentemente. Para muestra, un botón. Y de nuevo, hablar de medios de comunciación, sería insuficiente igualmente. No puede quedar ahí todo.

Si lo pensamos bien, toda palabra que se oye empieza en alguien que habla. Es decir, que la primera responsabilidad recae directamente sobre quienes hablan, expresan y liberan esa palabra interior que portan. Independientemente de si es hablada o escrita, dicha en público o en privado, nace del interior de cada hombre, en un contexto determinado, y conlleva inexorablemente una intención más o menos definida. De donde podemos proponer que, en primera instancia, seamos responsables de lo que decimos atendiendo a quienes nos escuchan.

  1. Adelántate a decir aquello que crees que es bueno escuchar. Dar un paso al frente y tomar la iniciativa. Provocar la conversación y sacar temas a colación que sean verdaderamente buenos.
  2. Cuidar las intenciones con las que hablamos. Está universalmente probado que el 100% de las personas se arrepiente enormente de varias cosas que ha dicho en momentos en los que, incluso, lo mejor era estar callado, seguir escuchando y permanecer en actitud de humilde acogida. En parte, en gran medida, por no cuidar la intención con la que se dice ni tener en cuenta…
  3. … a quien está escuchando. Las palabras van dirigidas, hasta el punto de poder clavarse en el corazón de las personas y no olvidarlas jamás. Atender a quien está escuchando y no a quien yo creo que escucha, lo cual supone un esfuerzo enorme, y muy desconocido en nuestra sociedad, por superar los imaginarios, los prejuicios y las ideas sobre las demás personas.
  4. Elegir alguna que otra vez el silencio. Que es muy potente. Unas veces por ignorancia, con un “no sé” sería suficiente, y otras directamente ausentar las palabras exteriores dejando sólo las internas.
  5. Cuidar las palabras, y más que las palabras. Los términos que empleamos tienen connotaciones que algunas veces se nos escapan. Algunas veces sesgados, otras incompletos, otras pretendidamente y pretenciosamente utilizados. Aunque en gran medida, ocasionados por la falta de criterio y el conocimiento de alternativas. Los sentidos, los significados, y las intenciones se esconden detrás de ellas. Forman imágenes y crean universos en los que se vive o se muere, alegran o deprimen, sorprenden o predicen.
  6. Escuchar con atención. La escucha real se realiza con atención y delicadeza. Quedarse en “oír sin más” tampoco resultar inofensio. La escucha es seleccitiva, y cuanto se oye conforma el universo entre lo que se puede o no elegir. Ahora bien, cuando se selecciona una determinada conversación de forma sucesiva ante alguien, y se dejan pasar otras sin dedicarles tiempo ni esfuerzo, estamos condicionando y generando nuestro propio mundo. Comprobaremos cómo esto da buen resultado.

En todo esto, ¿cómo cuidar la propia escucha? Te propongo un ejercicio con un video reciente, dirigido principalmente a jóvenes, y que ha provocado numerosos comentarios. Es muy bueno porque refleja muy bien algunos aspectos importantes de la escucha:

  1. Ninguna persona aislada está en disposición de protegerse en todo momento de las palabras que le rodean. De hecho, así como la vista se puede cerrar o podemos elegir no inmiscuirnos ni tocar determinados asuntos, con el oído no ocurre lo mismo. Está permanentemente activo y despierto.
  2. El paso de escuchar a creer está poco definido, pero existe. Por lo tanto, conviene fortalecer ese paso y marcar al máximo las diferencias que hay entre ellos.

Ya me comentarás qué te parece, y qué has sido capaz de atender, qué te parece que genera en ti  y a qué te conduce.

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Un pensamiento en “Lo que se oye

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