El perdón, difícil equilibrio


El perdón es, para mí, uno de los pilar esencial para la humanidad y para cada uno de los hombres, en la inmensidad de su historia y en la pequeñez de sus diversas historias. Ciertamente, no sé qué sería sin él. Y me provoca una admiración inmensa y enorme. No el valor en sí, sino aquellos que lo viven. Me quito el sombrero ante ellos. Me asombran, me entusiasman, me cautivan. No imagino casa ni familia ni amigos ni proyecto que se pueda sostener al margen de su belleza y presencia, sin su recurrente visita y aguante. Me quito el sombrero, insisto, porque entiendo que las personas no pueden alcanzarlo, sin más, por sí mismos. Y siempre, piénsalo bien, necesita de dos personas. Como todo amor, y como el Amor más grande. El perdón no llega en soledad, sino en cercanía. Y tiene muchos nombres bellos: reconciliación, misericordia, amor, clemencia, compasión, indulgencia, gracia…

Curiosamente, si lo pensamos bien, va directamente en contra de otros valores que hemos potenciado en la sociedad, y que nos parecen estupendos, como puedan ser la responsabilidad (al modo, quien la hace, la paga), la fidelidad (no cambiar de opinión, ser fuerte en las propias cosas). Es difícil para quien está muy enrocado en sí mismo abrirse, y romperse, hasta el punto de perdonar y acoger, pero también le exige “demasiado” la acogida del perdón y de la misericordia de los otros. El perdón está un tanto enfrentado al afán perfeccionista del único camino y pensamiento exclusivo, y también a su diametralmente opuesto relativismo, todo da igual y haz o piensa lo que quieras. No existe la experiencia del perdón ni de la reconciliación (unión) o redención (liberación) en la medida en que el mal, como tal y no sólo el daño subjetivo o el sufrimiento subjetivo, permanecen ocultos o permanecemos ciegos a ellos.

Seres capaces de perdonar

De partida, damos por supuesto demasiado al considerar que cualquiera puede perdonar a otros. Como si fuera medianamente automático, y en ocasiones una especie de derecho adquirido por la simpleza de convivir juntos o ser personas limitadas y frágiles ambas. Y no es así. Al menos, a mí no me parece que sea. Y creo que la historia puede dar muestras más que suficientes de ello.

  1. Disponer de la libertad, y el amor suficientes. Aunque está claro que confundir olvido y perdón se queda sólo en las frases románticas de las postales, y no se trata de eso, coincido con quienes consideran que la experiencia de perdón es tremendametne exigente y nada natural. En este sentido, el perdón es una experiencia liberadora, en tanto que encadenaba a la persona a una situación de la que era incapaz de desprenderse voluntariamente.
  2. Reconocimiento del daño, ofensa, falta. Hecha patente y manifestado su alcance sobre la persona a la que ha herido, e identificada la persona a través de la cual vino el dolor. No siempre esto será señalar el origen, no debemos confundirlo. Porque en ocasiones las personas son sólo mediadoras o cauces a través de las cuales continúa la espiral de daños, sin ser origen en realidad. Este reconocimiento audaz y valiente, lejos de buscar la culpabilidad de alguien o algo, conlleva ponerle rostro humano al acontecimiento. O lo que es lo mismo, darse cuenta de que sin la connivencia de las personas todo este mal no hubiera sucedido. Lo cual es doloroso, y no pocas veces incomprensible.
  3. Ofrecer bien a cambio. Perdonar, como bien que se enfrenta al mal, impide que éste tenga la última palabra sobre las personas. Se coloca por encima, hace una especie de borrón y cuenta nueva, brinda la ocasión de re-comenzar algo o continuarlo de modo digno y reordenado.
  4. Reconciliar y aproximarse. Rotas las relaciones, causada la división y separación entre personas (en mayor o menor medida, desde el distanciamiento absoluto hasta la reserva ocasional y precaución o falta de confianza en el otro), se reabren y tienden puentes nuevos bajo el signo del perdón. Son nuevos, requieren tiempo de prueba. Y por consiguiente, es probable que sea frágil. Aunque está.

Seres capaces de ser perdonados

Querer ser perdonado, estar receptivo a la misericordia de otro, que me sitúa “por debajo” y me “somete” a su voluntad de perdón no es nada sencillo. El perdón tiene algo de humillante al tiempo que dignifica, o a la inversa, poniéndonos en nuestro sitio, del que habíamos salido y nos habíamos extralimitado apoderándonos de los derechos y privilegios de los demás.

  1. Acoger la propia miseria. Dicha además en boca de otros, directa o indirectamente. Miseria como error, confusión, engaño, manipulación, dolor, falta de libertad, inhumanidad… Ése es el punto de partida en el que debe situarse en el que va a ser perdonado. No existe otra posibilidad. Si se justifica, no acepta el perdón. Si no acoge como suya la acción, y se responsabiliza de lo que hizo y de sus consecuencias, tampoco estará en disposición de ser perdonado. Perderá, por lo tanto, la oportunidad de reconciliarse sinceramente y libremente.
  2. Ser mejores, es posible. Al tiempo que se señala la falta o el pecado, se está viendo el mundo desde otra óptica en la que todo podría haber sido diferente y no lo ha sido, y se da la oportunidad de reconocer el don indestructible que todo hombre porta dentro de sí mismo y le invita a conducirse hacia el bien. Podemos ser mejores, sin considerarnos infinitamente perfectos, ni si quiera creyendo que podemos realmente rozarlo. Siempre seremos débiles, pequeños, precarios y finitos. Y eso conlleva necesariamente la imperfección, y por lo tanto, que no lloverá a gusto de todos.
  3. Aceptar la bondad del otro, desinteresada. O lo que es lo mismo, desconocer esas expresiones falseantes del “derecho a ser perdonado”. Algo que no puedes conseguir por ti mismo, aunque lo quieras alcanzar, y para lo que necesitas la palabra y el gesto ajeno, muy ajeno. Y, sin derecho objetivo que nos centre en nosotros mismos egoístamente como si fuéramos el centro de todo cuanto sucede alrededor, entonces, y sólo entonces, aceptar la bondad en una de sus expresiones más incondicionales y gratuitas. ¡Una pasada! Lejos de humillar, un don.
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2 pensamientos en “El perdón, difícil equilibrio

  1. Genial, me viene como anillo al dedo… lo reconozco.

    Con el tiempo me he vuelto mucho menos rencorosa conmigo misma y con los demás, quizá por eso de convivir diariamente con los más pequeños y transparentes del planeta, los niños, y su facilidad para perdonar y olvidar las ofensas.

    No obstante ahora mismo, desde hace unos meses, encierro en mi corazón un rencor desmesurado por una actitud que ojalá algún día entienda, porque solo así podré olvidarla, pues es casi odio, repugnancia, lo que siento ante ella y ante lo que ha conllevado en mi persona. Y que si más me duele es por venir de donde viene. Así pues, intentaré aplicarme tus consejos, compi, a pesra de verlo lejano, díficil y complicado.

    Abrazotes, 🙂

  2. Pingback: Post de marzo 2012 | Preguntarse y buscar

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