Subrayar libros


Desde hace años, no sé decir exactamente cuántos, siempre que empiezo un libro procuro tener a mi disposición un subrayador amarillo. No me da igual cualquiera, quiero que sea amarillo. He probado con otros colores, y no es lo mismo en mi caso. El único lugar donde no pude encontrarlos fue en Akurenam, por motivos de sobra conocidos, motivos de reparto de las riquezas de nuestro mundo y de acceso limitados a las posibilidades y bienes de todos. Pero es otro cantar. Lo eché en falta, y seguí adelante. Alguien puede pensar que soy un poco maniático, y tiene toda la razón del mundo. Aunque llevar la razón tampoco sea lo más importante de este mundo. Cosas de la vida, gajes del oficio, ocio y disfrute.

Podría leer sin subrayar, pero no sería yo, ni sería lo mismo. Forma parte del estilo e idiosincrasia, igual que otros tienen sus formas y leen preferentemente en la cama, en un sillón, en un rincón, en el metro, o sobre una mesa. Sea como sea, fuera como fuere, lo mejor de todo siempre es leer. Vaya por delante mi felicitación a todo joven y no tan novel lector que presta atención a sus palabras, y a las ajenas

El tipo de libros que me acompaña habitualmente da pie a ello. El ebook es práctico pero prescinde, en favor de la comodidad y de la utilidad, del ancestral trato con el papel. Mis libros suelen ser de carácter filosófico o teológico, documentos, comentarios o ensayos de diversa intensidad, reflexiones y monotemas, y a veces cuentos. Alguna que otra novela, aunque muchas menos de las que quisiera. El caso es que son más propicios en tanto que hay que estar pendiente de conceptos, ideas principales y secundarias, principios y consecuencias, argumentos y conclusiones, ejemplos, claves fundamentales y perspectivas, apoyos y recursos disertativos. Pero no se han librado de mis subrayados un par de novelas, el teatro clásico griego, romano, y español, ni la poesía de Pedro Salinas, Benedetti o Alberti. Dedicarle un poco de tiempo a Borges o a Galeano sin subrayar, en mi caso al menos, me parece tarea imposible. Y un despropósito sentarme junto a Sócrates-Platón sin hacer algún tipo de anotación al margen y quedarme, guardándola en amarillo para la siguiente vez que nos encontremos, esas palabras que reconvierten el sentido del habla y el lenguaje, acercándonos un poco más a la realidad. En cualquier caso, como me recuerda una buena hermana, “no suelo terminar de subrayar un libro al completo.” Este privilegio es para Unamuno, Platón, Levinás, Rahner, Arent, Tillich y von Balthasar. Por no hablar de los divesos libros que componen la Biblia, una de cuyas traducciones al español me acompaña desde hace 16 años y está coloreada de lápiz gris, rojo, azul… ¡Cuánto tiempo bien empleado!

¿Qué razones puedo ofrecer para subrayar los libros?

  1. Una gran ayuda en la escuela. En su sentido más etimológico, en referencia al ocio, al disfrute, al gozo, a la inmersión en sus historias y en la imaginación y el pensamiento. El subrayado no es fin en sí mismo, es un soporte para mí excelente, pero sólo un medio. No voy a poner por encima de nada ni de nadie mis subrayados. Lo interesante siempre serán las palabras de los otros y todo cuanto puedan generar. Por lo cual, a quien le sirva bien, y a quien no estupendamente. Se trata de llegar al corazón latiente de los libros, sin quedarse en los márgenes. Ir a la realidad traspasando las duras palabras, y las afinadas espoletas que disparan intensidades.
  2. Una actitud dialogante. Una forma de decir si me entero o no me entero, de no ser pasivo y mero receptor, de optimizar el momento en el que estoy y el tiempo que dedico, y de reforzarme en la personalidad y humanidad de los libros. Subrayar es también dialogar con quien está detrás del libro, quien pasó mucho tiempo componiendo su estructura, palabras y formas. Esta actitud es muy didáctica, y educativa. No nos sienta frente a nada ni nadie, sino que procura inmiscuirnos e involucrarnos directamente. La palabra, también la escrita, está dicha para que alguien la acoja y reciba. Y en todo diálogo es importante saber respetar las palabras de los demás, ajustarse a ellas, sin creer que se ha dicho más de lo que se ha dicho, y mucho menos aún que se ha dicho algo diferente a lo que está ahí, dispuesto a ser recibido. Todo diálogo comienza reconociendo la alteridad, y acogiéndola personalmente. Palabra y palabra, persona y persona, escritor primero, lector después.
  3. Destacar palabras e ideas. Pone de relive la novedad y lo fundamental de cada párrafo y de cada sección. De este modo, puedo llegar más fácil a lo que quiere decirme el libro, al razonamiento, la argumentación, y au como y su belleza. Es decir, no sólo la materia del asunto, también admiro las formas. Como consecuencia, aprendo más y mejor. Las palabras y las ideas son pilares para construir fuera de nosotros mismos (y en nosotros mismos) aquello que dibujan y señalan, cuanto manifiestan. Sin prestar suficiente cuidado, sin tener esa delicadeza con las palabras, lo que se construye fácilmente se cae. Me consta que, cuando te pones a subrayar un libro con finura, se alumbran e iluminan esas palabras fundamentales, cargadas de sentido y significado nuevo o antiguo, en las que el escritor, a quien no tienes el gusto de tener exactamente delante, ha insistido una y otra vez, repetido insistentemente, reiterado hasta la saciedad. En ellas está todo cuanto se ha dicho, y los límites de lo que no se quiere decir.
  4. Prestar mayor atención mientras leo. Evita distracciones tener algo entre las manos, como si tuviese una misión que llevar a cabo, sin dejar que el tiempo pase con sólo mover los ojos de un sitio a otro de la línea. Me pone en mayor sintonía con quien supo redactar e hizo el esfuerzo ante para que yo pueda leer. De modo que, también después, me ayuda a escribir cuando me toca a mí o siento la necesidad de expresar algo. ¡Cuánto se puede aprender de los grandes! ¡Cuántos son los grandes! ¡Y cuantísimos son los pequeños que deben sentarse humildemente a aprender! En cuestión de letras, probablemente no nos falten buenos maestros, didactas incansables y pedagogos acompañantes. Están ahí, en estanterías quijotescas deseando enseñar.
  5. Potenciar el análisis, el sentido crítico y la propia ignorancia. Utilizo algunas veces el subrayado para descubrir la estructura gramatical, que cada uno porta en su interior aunque sea común en la lengua, y me hace ir con finura y detenimiento sobre cada detalle y signo. Y algunas veces, subrayo porque no entiendo, y espero que más adelante pueda comprender por referencias cruzadas.
  6. Leer de forma global. También por costumbre, al final de la lectura intento mirar hacia atrás y recomponer argumentaciones. Una forma de repasar eficaz y sencilla, y de la misma manera, de encontrar aquello que busco, pasado un tiempo. Lo que es clave, de paso lo escribo al margen o en un post-it. La lectura global de un subrayado está a caballo entre un dibujo, por la pintura, y la poesía, por la composición esquemática y esencial.
  7. Crece mi vocabulario y mis métodos. Hay palabras, como me sucede con Borjes, que no quisiera olvidar jamás. Cierto es que no retengo todas, y que no es sólo de palabras aisladas, sino de la relación entre ellas para componer frases y del lenguaje del que parten, de su historia, contexto y significado. Pero es hermoso crecer y ampliar, es necesario salir de uno mismo para adentrarse con verdadera libertad y respeto en este mundo.
  8. Hago mío el libro y la lectura. Después del subrayado el libro no es el mismo. No es un libro genérico el que pongo en la estantería. Hemos pasado tiempo juntos, y he dejado huella en él, como él en mí. Una relación establecida. Un vínculo amarillo creado entre ambos. Romántico, pero cierto. Y sólo quien disfrute de esta manera, sabrá a qué me estoy refiriendo. Es genial, por otro lado, pasarle a alguien uno de estos libros tan trillados. Cuando lo regalas, va en él toda una historia.
  9. Recuerdo anécdotas y personas. Ayer me quedé sin subrayador, hice el comentario gracioso en Facebook para recodar a alguien en qué andaba metido. El comentario se llenó de comentarios y chistes. Y esta mañana, con mucha delicadeza, alguien me ha dejado en portería un sobre con subrayadores y post-it. Junto a una bella carta. Todo lo cual hace que, desde hoy, tenga también un motivo más para subrayar libros: acordarme de personas. Muchas gracias.

Sin duda alguna, piénsalo bien, todo lo dicho anteriormente con los libros podemos trasladarlo en mayor o menor medida a la vida misma, donde las palabras flotan en el aire o se escriben en los corazones, y a la historia misma de las personas, pueblos y sociedades en las que vivimos. También en ellas, también en la propia vida, sería necesario hacer esos subrayados amarillos, luminosos y destacados. Entonces, la relación de los libros con la vida será preparatoria, educativa en el mejor sentido. Subrayo para no necesitar subrayador cuando cierre sus páginas.

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2 pensamientos en “Subrayar libros

  1. Me encanta este tipo de manía!!!!!!Yo estudié mucho en la universidad y me acostumbré a subrayar los libros por razones obvias, pero eso me gustó y terminé marcando con “fosforitos” todo tipo de lecturas, así puedo recordar frases que me impactaron o teorías que me interesaron. Actualmente sigo haciéndolo con toda clase de libros y me encanta manosear los libros y ver, por las marcas dejadas, la influencia que han tenido en mi vida.Gracias por esta entrada, quizás ayude a muchos jóvenes a aprender a estudiar o, simplemente, a disfrutar de una buena lectura.

  2. Pingback: Post de marzo 2012 | Preguntarse y buscar

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