Todo tiene un porqué


Esta frase se comprende en las “culturas modernas” de forma muy ambivalente. Tan pronto se utiliza para sentirse agradecido con la vida, con la existencia, bajo una concepción medio-mágica y supersticiosa del mundo. Legitimando por tanto un orden diverso al de la propia voluntad y libertad. Como se fustiga la razón sin ser capaz de entender lo que sucede en ella, aplastados por unas circunstancias indeseables o un acontecimiento atronador. Sintiéndonos desprotegidos, indelebles y condenados a dejarnos llevar por los caprichos de un destino cruel y cruento.

Sin embargo, estos porqués incomprensibles nos ponen en la pista de una aspiración increíblemente humana, como respuesta a su llamada de dominar y hacer un uso recto de la naturaleza, de la historia, y un impulso hacia la sabiduría que nos lleva a sondear entresijos que no son evidentes a primera vista. Lo cual me parece tremendamente asombroso y bello. Y no me deja indiferente.

Por otro lado, dejando a un lado esta sensación de vulnerabilidad (que nos debería llevar también a preguntarnos por nuestra propia condición, límites y posibilidades), convendría hacer presente también la capacidad que tenemos para ofrecer “porqués” y motivaciones a la realidad en la que vivimos. Es más, que quizá esos “porqués ofrecidos” y razones para vivir, se pueden transformar en motores potentes por encima de la propia naturaleza. Es algo propio de nuestra condición, quizá de las más grandes de nuestra libertad. Sobreponernos, adelantarnos, prevenir, profundizar. Es decir, que el porqué no tiene por qué ser siempre algo dado, externo y dominante, sino un ejercicio de nuestra más profunda libertad y expresión plena de nuestra vocación y situación en el mundo.

Por ejemplo:

  1. Afrontar el sufrimiento dándole sentido y buscando amar por encima de todo, sin que se convierta en rémora y obstáculo para nuestra vocación primera, creyendo que todo lo destruye y poniéndonos en sus manos sin dignidad ni precio. El dolor no tiene que tener necesariamente la última palabra. Eso está en nuestras manos.
  2. Trabajar ahondando en la gratuidad, la fraternidad, la solidaridad y la confianza. Bien de los pueblos entre sí, y también de aquellas relaciones que están más a nuestro alcance y son proximas. No hay razones para plegarse exclusivamente a un mercado laboral, empresarial y profesional al modo como las alimañas pelean entre sí por el alimento. Podemos, y somos responsables de ello de hecho, alimentar otras fuentes y “causas” posibles en la medida de nuestra condición y situación.
  3. Respecto a la propia presencia en el mundo, también podríamos estar dilucidando posibilidades y agarrándonos a químicas y genéticas para indagar en pasados de piedra, perdiéndonos de esta manera la increíble oportunidad de dar nuestras propias razones y hacer nuestras aportaciones de fondo.
  4. La parálisis sucesiva de esta forma “causal” de preocuparnos, alcanzaría igualmente a las relaciones más corrientes, y a las últimas y novedosas. Miraríamos a los demás como “una parte” de nuestra historia sin más. Nada más y nada menos que eso. Están “ahí” para que pueda explicarme a mí mismo. Algo paralizante, que necesitamos desengrasar y desoxidar, mostrando las razones por las que nos quedamos cerca o somos solícitos a los demás, a sus requerimientos, a sus necesidades, y a su gratuidad. Porque amar es también dejarse amar, y dejarse amar una prueba enorme de una relación no causal de la existencia a base de fórmulas y planteamientos teóricos.
  5. Hay un orden en el universo. Todos somos conscientes de él. Porque todas las mañanas aparece el sol, y la noche llega cuando se va. Y porque las estaciones también giran y giran sin parar. Y las cosas caen al suelo, atraídas por la tierra, que es de mayor masa. Y un golpe es una reacción directamente proporcinal. Y así sucesivamente. Y todo sería para nosotros un “mirar” sin participar en la vida. Pero estamos llamados a existir de la forma más natural posible para el hombre, esto es, aportando cuanto somos, desarrollando nuestro ser, potenciando la vida. Y en así, en ese momento, incluimos algo que hasta entonces no estaba ni escrito, ni previsto. Y lo trastocamos “casi todo”. Hemos sido capaces de dar nuestra razón, no en el discurso, sino en acto, en verdad, en realidad. Ojalá que también de corazón, y pensando.

Frente a todos estos “porqués” que podemos añadir, y en los que deberíamos profundizar, también cabe la certeza de acoger otras cuestiones e interrogantes que nos ponen en contacto con la belleza, con el bien, con la verdad. Hay una parte, no pequeña y mucho menos insignificante, que está en nuestra mano y es muy poderosa. Otra, sin embargo, siempre se nos escapará, nos dejará insatisfechos, o demandará de nosotros una respuesta clara y contundente. Será entonces cuando tengamos la oportunidad sublime de decir al mundo quiénes somos, de qué pasta estamos hechos y quién nos guía en la Vida.

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