Venga tu Reino – 6


De nuevo palabras cargadísimas de contenido y de humanidad, llenos de vida cotidiana, nos lo creamos o no. El Reino de Dios ha llegado ya, dice Jesús. Por lo que estamos pidiendo lo que se hace presente entre nosotros. ¿Tenemos ojos para verlo? ¿Está nuestra oreja dispuesta a escucharlo? ¿Y el paladar a saborearlo? ¿Y el tacto a sentirlo? ¿Y el olfato para olerlo?

Pero también es cierto que el Reino es algo todavía por llegar. Lo que no quita, aunque sea paradójico, para que ya sea presente. Esto es ciertamente una tensión, pero bien leída y vivida, nos damos cuenta de que es real como la vida misma. No se le quita un ápice de verdad a que el Reino de Dios sea presente y al mismo tiempo un futuro prometedor. Vamos a verlo con una metáfora a partir del verbo que se utiliza.

El verbo que emplea es un verbo de nacimiento, que espera a un recién nacido, a algo o alguien que brota y surge de manera misteriosa. Lo único que sabían los antiguos probablemente era que si una mujer estaba embarazada, nacería al menos un niño o una niña. ¿Pero cómo? Daba igual.

Intuían que Dios tenía algo que ver, porque era algo hermoso. Y hoy, aunque la ciencia trate de explicarnos paso a paso todo, y sepamos perfectamente antes de nacer su situación, o vayamos entendiendo cada momento con precisión matemática, sigue siendo lo mismo: cuanto menos tenemos que decir que es un acontecimiento cargado de una belleza que supera la fealdad de la cabeza del pequeño en ese mismo nacimiento y que desborda los sufrimientos de la madre en el parto.

El nacimiento de un pequeño continúa siendo un momento decisivo en la vida de cualquier persona, sin que pueda darle nadie ninguna explicación. Cuando surge, con su vida nueva todo se ve transformado, renovado, diferente. Las casas se acondicionan, los horarios se modifican, los gastos se ajustan, la pareja entra en un momento único en el que son tres, la familia se constituye como de la nada, y así innumerables e inexplicables cositas. Pero estas cositas, transforman la vida interior de la persona. Cuando nace el pequeño la mujer es madre, algo hasta entonces soñado o deseado, y el marido tiene que convencerse de que es padre. La naturaleza, en su gran sabiduría, ofrece algunos meses para esa nueva vida que se va gestando (y no sólo por el niño, también por los padres y el resto de la familia). El Reino de Dios es algo así, que una vez presente va transformando todo lo que hay a su alrededor, que no puede dejar nada como antes, lo que había permanece pero de forma muy diferente.

El Reino, a poco que lo pensemos en relación a Jesús, nos llevará a lo mismo: un nuevo mundo de relaciones, presididas todas y cada una de ellas por la justicia. Con Jesús todo ha cambiado. Él ha sido quien lo ha hecho posible llevando hasta el extremo la Justicia “que procede de Dios”.

El sustantivo de esta petición, ya nos hemos detenido un poco en el verbo, sabemos que no es muy usado en el AT. Ni mucho menos tiene la centralidad que le otorga Jesús. Por lo que estamos, como en el caso de “Padre” en algo realmente impresionante para el contexto de Jesús. Y sólo puede atreverse a innovar de tal modo quien está plenamente convencido de la relación que mantiene con Dios. ¡Esto es así! Lo que sí es cierto es que, si bien el AT no le da tanta fuerza, en el mundo religioso de la época de Jesús era algo que se hacía sentir con un peso propio: el Reino de Dios llegaría pronto, de la mano de un Mesías Salvador.

Vamos a intentar hacernos una idea de lo que esto significa en el contexto en el que se mueve Jesús y de por qué lo utiliza. Pero no perdamos de vista que los que le escuchaban deseaban con ansia que llegara. Jesús por otro lado, como todo el mundo le entendía, nunca lo explicó. Hablaba, eso sí, sobre él de una forma diferente y tenía una gran inquietud por dejar claro que el Reino era para ciertas personas, que no venía acompañado de la violencia que todos esperaban, y que la liberación que otorgaba a esas personas no tenía que ver principalmente con los romanos. Un judío que ha estudiado bastante sobre la vida de Jesús, sus palabras y acciones, nos dice con asombro que no novedoso no es tanto que Jesús hable del Reino, sino en la convicción de que el Reino de Dios ha irrumpido ya en la historia.

Las palabras de Jesús referidas al Reino son más tremendas que las de cualquiera que le rodea y de los que detrás de él vinieron. Para Él no se trata de un final de los tiempos simplemente, sino del comienzo de los nuevos y de un inicio que depende de su misma persona.

Dicho de otro modo, más existencial y de nuestra vida cotidiana, Jesús está convencido de que la Vida nueva (la Vida mayúscula, la vida eterna que otros dicen) está indisolublemente unida a su acción en el mundo, a su acción en cada uno de nosotros y de la historia en su conjunto, y que es la vida definitiva.

El Reino es una palabra, primero hay que decir esto, que remite como si fuera un símbolo a una realidad escatológica. Lo escatológico es lo último, lo definitivo, todo aquello que permanece para siempre. Pero también es, desde otro punto de vista, no sólo lo que nunca se cambiará y es eterno, sino lo pleno. Es más, una y otra cosa son lo mismo. Nada hay pleno que no sea definitivo, ni nada definitivo y final si no está “completo”. Si le faltase “algo” o “alguien” nunca podríamos decir que es pleno y perfecto. Pues bien, con Jesús la Vida definitiva ha llegado ya (pero todavía no).

Esto es lo que escuchaban y vivían las personas cuando Jesús hablaba del Reino. Sus oyentes sabían por el contexto de qué estaba hablando, y por eso producía escándalo. Lo que Jesús revela es que ha llegado el final, que se ha cumplido la espera, que el Reino ha llegado ya con su persona, con su nueva vida, con sus palabras y acciones. El Reino es una Nueva Creación, la humanidad y el cosmos renovados.

En el día a día, hace 2000 años había signos evidentes de esta llegada del Reino y símbolos que así lo hacían notar a quienes estaban cerca de Jesús. A Jesús, por así decirlo, no le hubiera hecho falta siquiera decir que “los tiempos se han cumplido y ha llegado el Reino”. Y el Reino, si se permite decir esto a estas alturas, ha llegado como ladrón en la noche, sin necesitar de nuestras buenas o malas acciones, llega a los hombres, se presenta como luz en tinieblas, como si rompiera el espacio y el tiempo en que vivimos y nos abriera un cielo nuevo y una tierra nueva. Quienes conocen a Jesús, tienen necesariamente que optar: incorporarse al Reino, a la novedad de lo que viene y ya ha llegado, y comenzar una vida nueva; o continuar como siempre, anclado en las mismas. ¡Así de simple! Por eso no puede haber tibios después de Jesús, sólo fríos o calientes.

Uno de los modos más claros para comprender esto, y así lo entendieron los que siguieron a Jesús, es la elección de los discípulos. El maestro dice “sígueme” y ellos, dejando las redes, le siguieron. No hace falta más, porque Jesús ha elegido. Ahora, ¿qué quiere decir en el mundo judío y en el pensamiento religioso en general el “ser elegido”?

Contrariamente a lo que pensamos, lo de elegido no es dedocracia. No se trata de que Jesús caminara por la playa, levantando la mano cada poco para decir “tú”. La elección es la experiencia en la que la persona se queda afectada de tal modo por Alguien que su vida ha sido “separada” de la anterior y en adelante todo queda referido, de algún modo u otro, a esta novedad. Por eso podemos decir que Jesús elige; ciertamente lo hace, y el Evangelio nos da muestra de ello cada vez que nos señala que la gente le escuchaba con entusiasmo y que reconocían en Él una palabra poderosa, con una “autoridad” radical, con una fuerza especial; a lo mejor, lo que quería decir, es que la Palabra es la que llega al corazón, y que Jesús es la Palabra que retoma y revela lo más íntimo de la persona de la forma más familiar (como le ocurrió a la persona que fue a sacar agua del pozo de Samaría, que se quedó prendada).

Entonces, el Reino tiene que ver con la elección-afectación. Y afectar tiene que ver con afectividad, que es una parte principal de mis sentimientos. Es curioso esto, porque hay una frase de Filipenses que dice “tener los mismos sentimientos que Jesús, el cual siendo Dios no retuvo ávidamente su dignidad, sino que se hizo hombre”. Los sentimientos de Jesús tienen mucho que ver con la pasión por la humanidad, con parábolas que nos hablan de la “cercanía” de Dios como la del Samaritano, la de la Samaritana, y tantas otras en las que se nos revela que Jesús, por ser Dios, ha sido plenamente humano.

Pero aún hay más. La vida de Jesús está llena de estos signos. Sólo nos da tiempo para apuntarlos precipitadamente: tiene que ver con las curaciones, y de modo especial que el Dios tan cercano que cura “tocando” con “el dedo” (según Lucas), y de manera particular con aquello de expulsar demonios, liberar del mal que supera las fuerzas de cualquier persona y abrir nuevos horizontes; tiene que ver también unos banquetes y comidas a cuya mesa se sientan los pecadores públicos, prostitutas, publicanos; tiene que ver con el dar vista a los ciegos, oído a los sordos, hacer que los cojos anden; tiene que ver con que a los pobres se les anuncie la Buena Noticia, y se les dé un lugar relevante en la “herencia” de la Misericordia de Dios; tiene que ver con la bendición a los pequeños, con la proximidad y diálogo con las mujeres, con tocar leprosos.

En Jesús, en definitiva, en su vida misma, cualquier persona que le observara comprobaría que no sólo ha cumplido la Ley sino que la ha desbordado. Algo nuevo, sin duda, ha nacido: el Evangelio. Es más, en su cumplimiento ha sido abolida, por lo que ya no es Palabra de Vida sino que provoca la muerte, ata, encadena, se ha convertido en un fardo pesado lanzado en los hombros de los débiles, ha sido instrumento y artífice de la Muerte del Hijo. Con su Muerte, la Ley pertenece al pasado de Israel y ha dejado de ser viva y eficaz a los ojos del Padre. Ahora, después de la Cruz, la Vida no se consigue –como nunca se consiguió plenamente por el hombre, que permanece en la ruptura- sino que se acoge en forma de Pascua, de Resurrección.

El Reino, a poco que nos hemos detenido en a pensarlo, es Jesús mismo. Una nueva existencia “celestial”, como dicen los escritos del NT, vivida ya en la tierra. Asombrosamente, en el sigilo de una persona como nosotros, se ha cumplido definitivamente –escatológicamente- la Promesa de Dios. A partir de entonces no hay que buscar grandilocuentes palabras, ni llenarse de buenas acciones para alcanzar justicia. Desde Jesús de Nazaret, desde la Pascua de hace casi 2000 años, todo queda referido a su persona. Él es el Reino de Dios presente entre los hombres de forma definitiva, la Luz que brilla en las tinieblas, la Palabra que acampa. Pero ellos le dieron muerte aunque el Padre le devolviera la Vida, pero el mundo que vivía en tinieblas no acogió la Luz de lo Alto, y la Palabra no fue reconocida entre los hombres. Por eso, aunque ya se haya realizado, “todavía no”.

Si retomamos la metáfora del inicio, todavía quedan cosas, y probablemente muchas, que no han sido trastocadas por el Evangelio en nuestras vidas y en el mundo que le rodea. Continúa anclado en otra dimensión, permanece en la “era antigua” como si no hubiera conocido a Jesús.

El Reino nos habla de un rey, al que Jesús no nombra nunca. Para Jesús, al menos según las palabras de los Evangelios, el Reino no tiene a Dios por Rey, sino que Dios es Padre. Sin embargo, tras su muerte y en los primeros pasos del cristianismo, todos los escritos sitúan a Jesús como Señor, como Rey, como Señor de señores y Rey de reyes. Si bien es cierto que no se pone en duda que Dios reine en el cielo sin rival posible, porque es el Único Dios, y esto puede ser celebrado con gran júbilo y alabanza, la realidad de “la tierra”, de la cotidianeidad de la gente, de la “pasta” de la que estamos hechos en última instancia, es diferente. Aunque no se pueda discutir que Dios Padre sea Señor en el cielo, es una pena, y sobre todo para los últimos, que no sea de igual modo entre nosotros. ¿Dios no quiere? Dios envió a su Hijo. ¿Qué ocurrió? Que no impuso, sino que se situó como uno más. ¿Entonces? Entonces el Hijo vivió desde dentro de la humanidad la tragedia de los numerosos ídolos que tientan y esclaviza, la tragedia de la Ley que asfixia, la tragedia de quienes son desechados de los círculos comunes por no ser considerados siquiera personas y ante quienes se vuelve el rostro. El Hijo vivió el mal de la misma humanidad, lo hizo suyo para “detenerlo” en su carrera de conquista de todos los corazones a través del perdón y de la misericordia, y ofreció la salvación a todos por igual. Por eso Jesús es Señor, porque se ha revelado ante todos como Quien vence al pecado y a la muerte.

En Jesús la salvación se ha hecho próxima para todos: Él es quien hace justicia, quien ha hecho presente el Juicio de Dios sobre el mundo y su voluntad de salvarlo, de liberarlo, de ofrecerle el Perdón y la vida nueva.

¡Cómo no decir con el Padrenuestro “Venga a nosotros tu Reino”! Sí. Que nazca la Vida nueva definitivamente para todos, que todo quede afectado, que todos los corazones sean compasivos y lleven escrita la Palabra en el corazón y no en piedras. Sí. ¡Que venga! ¡Y que venga pronto!

Quien lo ha probado y degustado una sola vez es de esos que ha quedado marcado definitivamente, que lleva el sello de Dios, la impronta de su ser. Pertenece por así decir, al Reino. Éste no pasa por alto ni un ápice nuestra libertad. Se trata de su acción en la historia, pues sólo Él es capaz de otorgar el Reino y la salvación, como también de que nos dejemos afectar por este Reino. Las barreras son innumerables, las máscaras y los caparazones numerosos. El Dios que espera a la puerta y llama, no es el Dios conquistador y avasallador que muchas veces se ha presentado. Su historia con la humanidad se concentra en el don del Hijo, pero no le quisieron acoger.

El Reino, como el Hijo, se presentó en lo pequeño de la vida cuando todos esperaban a un Mesías regio gobernando. Así, no le conocieron y todavía hoy siguen sin reconocerle. Es evidente que necesitamos “convertir” o incluso “reconvertir industrialmente” –como decía un amigo mío- nuestro corazón a su Palabra para poder escucharle, poder verle, poder descubrirle. Pero no ha sido Dios quien ha fallado, sino la huella del “pecado” –de esas inenarrables heridas y rupturas de mi vida- que continúa produciendo aún más yagas y resquebrajamientos.

Como cristianos hemos empezado a descubrir el Reino porque hemos empezado a dejar que Jesucristo nos afecte. El “¡Venga a nosotros tu Reino!” nos habla por el contrario de una afectación total y no sólo parcial, de algo perfecto y no sólo incompleto. ¡Aquí de nuevo nos encontramos como cristianos en la llamada a la santidad!

Indudable es que la semilla ha sido sembrada, que va creciendo como trigo entre cizaña. Y, a pesar de que nuestro terreno sea pedregoso o sea impenetrable como un camino, Dios ha sembrado su Palabra con la confianza plena de que ésta puede arrancar y moler las piedras que se encuentre a su paso para crecer, y penetrar en corazones duros que hasta entonces permanecían aislados.

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