Pedir lo que conviene – 5


Probablemente nadie se atreva a decir que estas peticiones -las del Padrenuestro- están mal, que no son acertadas, o que no son necesarias. Unas veces por respeto poco sincero, otras veces porque no sabría qué poner en su lugar. Pero la mayoría, seguramente, porque no conoce el tesoro que encierran. La Iglesia de los primeros siglos tenía esta oración como algo para “entregar” a los que iban siendo catequizados poco a poco. No era una oración que se explicaba después de aprender, sino que se vivía al mismo tiempo que se aprendía. Sin duda, todos ellos conocieron en lo cotidiano qué era eso de la voluntad de Dios, del Reino, o del nombre de Dios antes de empezar a rezarla. ¡Qué curioso! ¡Nos vemos en el lado contrario! ¡Explicándola después de decirla miles de veces!

“No sabéis pedir como conviene”

A lo mejor sería bueno reconocer que ni sabemos lo que estamos diciendo, como ocurría con el Padrenuestro que estás en los cielos, ni pedimos de corazón lo que viene después. De ser así, a lo mejor callaríamos, como hacía el curilla de la novela de Unamuno “San Manuel. Bueno. Mártir”. O a lo mejor provocaría lo contrario, el agradecimiento porque desde pequeños hemos pedido lo mejor constantemente sin saberlo, la fuente de la vida, de la justicia, de la paz, y ahora nos entran ganas no sólo de decirlo sino de proclamarlo con la vida. O, lo que es lo mismo que esto, de hacer sinceramente oración continua, de modo que cuando se callen nuestros labios cante nuestra mano, nuestros pies, nuestro rostro, nuestra mirada, nuestra alegría, nuestra pasión, nuestro sufrimiento, nuestra alegría, nuestro trabajo, nuestra habitación, nuestra familia, nuestros amigos, y así todos los que me rodeen den gracias por aquello que también yo hace poco desconocía: que Dios es Amor, es Padre.

Tipos de oración hay muchos. Sin duda el principal es escuchar, el núcleo de cualquier otra oración. No se trata de hablar mucho, como recordaba Jesús a los fariseos y escribas hipócritas (y a los que hoy seguimos siendo hipócritas sin ser fariseos ni escribas ni saduceos ni levitas). Una vez que escuchamos (aunque sea a nosotros mismos) es cuando somos capaces de hablar. Sin haber escuchado no hablamos, sino que pronunciamos ininteligiblemente, menos que balbucear por así decir. Cuando hablamos antes de escuchar, o incluso atropellando a los demás, ni hay diálogo ni hay encuentro, ni puede haber petición sincera. Es más, puede que la otra persona nos haya dicho que sí a nuestras demandas sin habernos enterado, y seguir hablando y hablando. ¡Caricatura ciertamente! ¡Pero demasiado real!

La oración del Padrenuestro está compuesta por dos tipos de oración: la invocación, de la que ya hemos hablado, y la petición, de la que queda mucho por decir.

La oración de petición se entiende normalmente como algo consumista, incluso puede generar culpabilidad en aquellos que lo ven como una oración torpe centrada en uno mismo, y por tanto egoísta. Aquí, igual que antes en relación con Dios, la cuestión no se debe centrar en el tipo de oración sino en quien la hace y a quién se dirige. Es decir, nos movemos una vez más en el ámbito propio de nosotros mismos, en nuestra conciencia, en nuestra personalidad, en nuestra afectividad, en nuestra disposición religiosa. De suyo, la oración de petición no es problemática.

Como es normal, sobre la oración de petición se ha pensado mucho y se han dicho muchas cosas. Para unos lo nuclear es la relación de confianza, y por tanto, tiene sentido pedir a un Padre. Para otros lo que se pone en juego es la persona, que es necesitada, limitada, y por eso estructuralmente pedigüeña. Para otros se centra en el contenido de aquello que se pide, de donde se deriva la importancia del Nombre, del Reino, de su Voluntad, y también del Pan, del Perdón, de la Liberación.

Pero lo que ahora nos conviene es aprender a pedir. Para eso la oración del Padrenuestro es la mejor de todas, sin duda alguna. Ya veremos cómo eso es cierto. Llegar a pedir algo a Dios como cristiano supone un recorrido enorme. Muchas veces pensamos que es una oración simple, casi de las primeras, y que es más fácil que dar gracias, que alabar, o que bendecir. Pero no lo es. Aprender a pedir en cristiano tiene tras de sí la necesidad de invocar al Padre, por encima incluso de lo que nosotros pensamos y vivimos de Dios. Llegado este momento de encuentro, la petición cristiana se torna en obediencia al proyecto de comunión y amor de Dios para la humanidad y de la humanidad consigo. Y aquí está lo delicado.

Pedir en cristiano no es una oración egoísta por lo tanto, porque no me centro en mis deseos, en mis necesidades, ni en mis exámenes o en mi familia o en mí mismo y mis preocupaciones. El centro está en aquello que Dios quiere y ve, siguiendo con la metáfora anterior, y nos disponemos a escuchar lo que realmente conviene. “Dónde y cómo amar más y mejor” en última instancia.

Pedir es un ejercicio intenso de cercanía con Dios, como sólo los profetas en el AT estuvieron próximos (como en el caso de Ana, la madre del pequeño Samuel, que pide ser fecunda conforme al proyecto del Padre), y de discernimiento de la voluntad de Dios. ¿Tendría sentido realmente pedir en contra de la voluntad de Dios, desconfiando de Él? Eso sería lo mismo que estar alejado de Dios, de su paternidad, decirle que “nos dé la parte de la herencia que nos corresponde” tal y como hiciera el hijo pródigo de la Palabra.

Por esto, la oración de petición en la celebración de la Iglesia (que se llaman preces) está situada en la Eucaristía después de la liturgia de la Palabra y del Credo, después de escuchar y confesar toda la historia de la salvación. ¡En ese momento sí podemos pedir, y pedir en comunión todos con Dios!

Como he dicho antes, y lo he repetido muchas veces, “sólo el Hijo conoce al Padre”. Sólo Jesús, y todos a quien Él se lo ha querido dar a conocer por el Espíritu, conoce al Padre, al Dios vivo y verdadero; luego sólo Jesús, y todos aquellos que están animados por su Espíritu y viven de la Palabra, han aprendido a pedir adecuadamente. ¡Todo lo que no sea esto no es una oración de petición! A lo mejor tendríamos que decir que son “peticiones”, pero no “oración de petición, de súplica, de ruego”.

Pero aún hay más. Normalmente, en la vida cotidiana, quien pide algo se desentiende de su consecución, se lava las manos de responsabilidad y espera pasiva y pacientemente, que se lo den. Esto es lo que ocurre con nuestras peticiones a nuestros padres: hablamos, exponemos en el momento preciso y de mayor probabilidad de éxito, y queremos recoger. Es más, hemos aprendido socialmente bajo una situación mundial de progresivo consumo a consumir incluso el tiempo necesario que debería mediar entre nuestra petición y acoger lo “regalado” (es decir, lo que no podemos conseguir por nosotros). Pero aún deberíamos llegar más lejos, puesto que hemos aprendido a pedir-exigir incluso aquello que podemos por nosotros mismos.

De aquí se derivan tres palabras importantísimas en cristiano, porque van mermando dentro de nosotros lo más precioso que podemos tener: el egoísmo, el consumo, la irresponsabilidad. Estas tres palabras “rompen” nuestro ego con los demás, con las cosas, y con la seriedad de nuestra propia vida. Lo que supone romper, inevitablemente “con Dios” que está presente en todo, y lo anima todo como Señor.

¡Así no podemos entender, ni mucho menos, la oración de Jesús! ¡Es totalmente normal! Viviendo de determinada manera, lo único que podemos conseguir repitiendo que Dios es Padre, que hay que pedir confiadamente, que Dios siempre nos escucha pero hace lo que más conviene (en última instancia esto es lo mismo que decir que “hace lo que le da la gana” y nos lavamos las manos de nuestra responsabilidad), y otras cosas que repetimos, sería lo siguiente: crear en nosotros multitud de “ideologías” detrás de las que nos podemos esconder para no llevar una vida auténtica “ni con Dios” que es Padre; y, por lo tanto, justificar continuamente la vida que llevamos como si fuera la mejor, modelo de todas las demás, de tal forma que nadie pueda tocar ni un ápice de lo que yo quiero, propongo, digo, busco, deseo, anhelo y consigo. Resultado, como suele decirse: mantenerme inmune ante los demás y ante Dios, encerrado en un caparazón hermético y sólido.

¡Cómo no va a decir Jesús en el Evangelio que no hay que dar las perlas a los cerdos! ¡Jesús no se preocupa de las perlas y la riqueza! ¡Le preocupa el cerdo, que cree que así se alimenta pero no es verdad! ¡Imagínate cómo terminaría un cerdo comiendo continuamente perlas! Por eso Jesús cambió al instante de opinión ante aquella mujer extranjera, porque descubrió que ella estaba más que dispuesta a recibir las perlas del Reino, es más, aquella mujer con la fe más grande que Jesús se había encontrado en su tiempo de predicación llevaba un tiempo alimentándose y creciendo con las perlas hasta el extremo de ser para los demás una perla preciosa signo de la Riqueza interior del Reino. ¡Cómo no entregarle la perla definitiva del Evangelio!

Lo que nos debería descubrir el Padrenuestro es la oración íntima de Jesús al Padre, su situación de filiación y de sabia desconfianza del egoísmo, su disponibilidad para el Reino. La pregunta que hay detrás de toda “oración de petición” no puede ser otra cosa sino “¿cuál es el proyecto del Dios vivo y verdadero?”

Después de esto, ya podemos empezar a abrir nuevos horizontes respecto al Padrenuestro y empezar a equiparnos con toda su Buena Noticia. La primera de ellas, aunque parezca una contradicción, es llevar tanto tiempo rezándola a pesar de no saber, de no querer incluso lo que ella dice y busca. Dios es así de gratuito, como un Padre que da antes de esperar nada a cambio, que ofrece amor antes de que pueda ser devuelto e incluso con la generosidad de dar sin esperar y sin saber si algún día será recíproco. Esto es, en el lenguaje de toda la tradición cristiana, la Gracia de Dios, su Espíritu, su Acción en nosotros. O, en lenguaje de los retiros, un “don” que me descubre lo más hermoso que hay en mí y me mueve hacia el mayor y mejor Amor.

Y también, por qué no decirlo, porque nos ofrece claves para mirar a nuestro alrededor con las palabras que Dios mismo tiene para sí. O más aún, se han hecho cercanas a nosotros expresiones que sintetizan la vida de Jesús. Así hemos crecido y vamos creciendo con la vida misma de Jesús en nuestros labios. Una vez más podemos decir que todo lo que pedimos Dios ya nos lo ha dado, aunque todavía no.

Las oraciones de petición

Tradicionalmente se agrupan en dos bloques: las oraciones que se refieren a Dios, las oraciones “tú”; y las oraciones que se centran en la comunidad, no sólo en mí mismo, que son las “nosotros” o “nuestro”. Esto es cierto y evidente, y quizá nos ayude a comprenderla y a rezar más y mejor. Pero no podemos caer en diferenciar lo que es de Dios y lo que es nuestro. Más bien queremos vivir a Dios en todo lo nuestro y todo lo nuestro como algo en lo que Dios tiene mucho que ver y decir. Andar dividiendo la realidad en departamentos estancos, ya sabemos por propia experiencia, nos lleva a vivirnos con máscaras, sin relación en un sitio y en otro, sin unidad en todo lo que hago. Todo aquello que es plenamente humano es plenamente divino, y todo lo que es de “los hombres” es también “lo de Dios”.

Esta estructura nos descubre focos determinados: el nombre de Dios, la voluntad de Dios y el Reino de Dios (sólo en Mateo); y, luego, nuestro pan de cada día (en Mateo) o diario (en Lucas), nuestras deudas (según Mateo) y pecados (según Lucas), y nuestra liberación (sólo en Mateo).

Los dos textos son diferentes, como podemos comprobar al leerlos. Desde el inicio además, porque la invocación de Mateo es más extensa que la breve referencia al “Padre” de Lucas: “Padre nuestro que estás en el cielo”. En hebreo, como he dicho, la palabra “Padrenuestro” es una única palabra, pero en griego se ve alargada. Lo precioso de Lucas es que nuestra invocación se pueda quedar en lo esencial, en el Padre. ¿Qué me hará tomarme la vida de otra manera y entrar en oración sino que Dios es Padre? Si bien, la experiencia normal es que necesito más tiempo, más palabras para darme cuenta, más acontecimientos, más encuentros, más lugares significativos y especiales para escuchar.

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