No son mis palabras – Padrenuestro – 2


Dicho lo anterior, y bien situados, vamos a dedicar unos pequeños momentos a esta oración de Jesús. ¡De Jesús, sí! Porque nuevamente podemos deducir nuevamente que estas palabras nos preceden y que continuarán existiendo cuando nosotros ya no estemos en este mundo. ¡Quizá estas palabras nos superen radicalmente! Cuando pienso estas cosas me doy cuenta de que esta oración, como la inmensa mayoría de las que guardo, ¡no son mías!

Nos vamos a acercar a la oración más repetida de nuestra historia. No sólo de los cristianos, sino de nosotros mismos como personas y como cristianos. ¿Seremos capaces de acercarnos a estas palabras?

Además de ella sólo hemos oído insistentemente a nuestros padres, catequistas y profesores, que es la oración que centra e ilumina toda la vida de Jesús. Así nos la hemos aprendido, memorizado, incluso “automatizado”. Esto hasta el punto de que ya no recuerdo ni cuándo la escuché por primera vez, ni quién me la enseñó, ni cuándo fui capaz de decirla por primera vez. Sin embargo, encuentro muchas personas que no se la saben, o que les da miedo o no quieren decirla. Pero tampoco es una oración con la que he nacido, que pronunciaba siendo bebé. Alguien, aunque no sepa a ciencia cierta quién, me la ha enseñado.

Puede parecer algo de Perogrullo: ni ha nacido conmigo, ni es “mía”. ¡Como tantas cosas! ¿Dónde y cuándo la haya “acogido” es fundamental? ¿De quién la he aprendido?

Aquí se encuentra probablemente el quid de la cuestión. Se ha convertido en una oración “hecha”, fija e intocable. Ya no es la Palabra de Vida de Jesús, de esa que alegra el corazón, que sacia a quien la escucha con corazón nuevo. Cuando la decimos, aunque quien preside la Eucaristía lo repite comúnmente, no somos capaces de escuchar a Jesús. Hemos vuelto allí  de donde la oración precisamente nos quiere sacar: hemos vuelto a nosotros mismos, la he hecho “mía” y le he quitado la capacidad a Jesús de hablarme al corazón. Estas frases breves han perdido la fuerza de “escondernos con Cristo en Dios”, de llevarnos al Padre, de ser eco de los gemidos del Espíritu en nosotros. Nuestra memoria, gracias a la cual no la olvidamos, nos hace creer que son “nuestras palabras”. Sólo leyendo el Evangelio nos podemos convencer de lo contrario y podemos desapropiarnos de lo que creíamos que conocemos porque “teníamos dentro” para escuchar y dialogar con el Padre que está en los cielos, para continuar siendo discípulos a los pies de Jesús Maestro.

En este retiro vamos a “acoger” el Padrenuestro como algo nuevo para nosotros. Vamos a dejar que sea Jesús quien nos la enseñe, de quien la aprendamos. ¡Lo que se aprende de Jesús no es fácilmente olvidable! ¡Y tiene otro valor distinto! Si fuera el catequista quien os la enseñara, o uno de vuestros padres, al final podríais prescindir de ella. Es más, si la aprendisteis siendo niños, ¿por qué mantenerla de mayores, de adultos? ¡Claro!

Si es Jesús quien nos la enseña, siendo ya adultos o ya iniciada la aventura de nuestra madurez, la cosa cambia. No es una oración simple, que puede ser recitada. No. Es de Jesús, el Hijo de Dios, para mí, uno de tantos que quiere seguir sus pasos y caminar por sus senderos. “Tú me enseñarás el camino de la vida. Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.

Pero volvamos al tema de dónde comenzamos. Aún más peligroso es que la “escucha de la Palabra” se haya vuelto un tópico para nosotros. Aún más peligroso, que creamos que somos personas que nos escuchamos y dialogamos, y que esto no sea cierto. ¡Estaremos igual que siempre teñidos de nuevas “ideologías” y de nuevas “herramientas” para justificarnos! ¡Este era el cometido de la ley a los ojos de Jesús: la Ley sirve para darme tranquilidad, para que pueda decir ante los demás que soy justo sin que me preocupe la Justicia, simplemente para que los demás digan de mí que soy justo! ¿Y si no somos personas dialogantes entre nosotros, cómo dialogaremos con Dios?

Evidentemente diciendo “dialogar” no queremos decir que “intercambiemos palabras”. Dialogar supone mucho más: estar abierto a que el otro tenga razón, a que me pueda decir algo que no quiero escuchar, no partir de mí mismo, estar dispuesto a llegar a un lugar común, defender lo que soy y pienso sin atacar lo que el otro es, no aceptar cualquier cosa como verdad a la primera sino examinarlo entre todos; dialogar supone además confiar en los demás, poder manifestarnos como somos sin miedo a lo que puedan decirnos; dialogar es, respecto de mí, construirme como persona, darme cuenta de lo poco que soy capaz de comunicar de todo aquello que vivo, porque no puedo convertir en palabra ni la mitad de mis sentimientos; dialogar es el único modo de acercarme a los demás. Por lo tanto, dialogar no se dialoga sólo con palabras.

¿Y si hemos oído ya demasiadas veces que debemos escuchar?. Tantas veces repetido esto al inicio de las catequesis, ya pensamos que lo importante viene después, que lo de “shema” es sólo un prólogo poco creativo.

Pero si lo pensamos un poco más, de fondo, ¿qué hay? Una opinión, que diría Sócrates: “El otro no puede hablar o no es digno de ello”, “Dios no puede hablar”; o, al menos, “no puede hablar conmigo”, bien porque no es digno de ello, bien porque no me conoce, bien porque no es nada para mí. Por eso no dialogo, y sólo cruzo palabras en el mejor de los casos. ¿Se habrá convertido para nosotros el Padrenuestro en un mero “cruce de palabras”? ¿Será que íntimamente estamos convencidos de que Dios no me puede decir nada, o que no tiene nada que decirme, o que ni siquiera ha hablado conmigo una sola vez? ¡Claro! Hemos dejado de escuchar a Jesús decir el Padrenuestro, y somos nosotros los protagonistas de la oración. ¡Claro! Ya no dialogo, ¡toca decirlo y punto!

Mantener una actitud de escucha es precisamente lo contrario: cantar y afirmar que Jesús es Palabra de Dios, que en Jesús Dios ha hablado; no sólo eso, sino que esta disposición es la proclamación más radical del Evangelio: Jesucristo ha resucitado, Jesucristo vive; no sólo habló y curó, sino que habla y cura. ¿Quizá sea Jesucristo Resucitado quien está dialogando con el Padre, y por eso invoca a Dios como Padre que estás en los cielos? ¿Quizá sea Jesús de Nazaret siendo bautizado en el Jordán quien, al iniciar su misión y ser tentado, descubre que el nombre de Dios es santo y quiere vivir en Santidad? ¿Quizá sea Jesús caminado hacia Jerusalén y encontrándose con la injusticia a la que están sometidos los leprosos, los enfermos, las mujeres y los niños, y por eso dice “Venga a nosotros tu Reino”? ¿Quizá sea Jesús en la Cruz quien últimamente dice “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”? ¡Quizá!

Todo cambia porque quizá Dios sí hable, quizá mantenga el mismo diálogo con la humanidad que mantenía con Jesús su Hijo. Quizá no tenga otras palabras, porque lo haya dicho todo ya en Jesús. O, como parece indicar Juan Evangelista en el prólogo del cuarto Evangelio, quizá Jesucristo es la Palabra viva que se prolonga en la historia con la fuerza del Espíritu Santo. ¡Quizá! Y este ¡quizá! vale la oportunidad de unos días de escucha (de escucha real) como los que tenemos delante. Pero algo está clara después de esto: ni escuchar es verborrea, ni se puede escuchar a unos sí (a Dios por ejemplo) y a otros no (a los que me caen bien), y ¡se escucha con la vida!

Y con esto, el primer criterio básico del retiro. Todo lo que toca mi corazón en lo más hondo, allí donde me siento conocido y amado, es de Dios. Nada puede tocarme tan profundamente como Dios. El corazón de la persona está reservado para ella misma y para el Señor de la Vida. Ni la persona que más quiero, ni aquella que más daño me pueda llegar a hacer pueden penetrar tan hondo. El amor en pareja y la relación de maternidad-paternidad siempre deja algo intacto de mí ante mi novio o novia, o ante mis hijos. Nunca puedo decirlo todo, ni comunicarlo todo. Siempre permanece algo de mí en el secreto, allí donde sólo yo puedo llegar, porque sólo a mí se me ha permitido vivirlo. Es el espacio donde se asienta últimamente mi libertad, y aquel rincón que el Amor pretende a toda costa conquistar.

Sólo Dios habla en el secreto. Por lo tanto es fundamental descubrir qué es aquello que queda afectado en mí, por qué queda afectado.

La oración

Sigue siendo necesario hablar de la oración antes de seguir adelante, porque de no ser así puede que toquemos una oración sublime sin saber ni siquiera qué es. Nosotros todavía no somos personas de oración, y por eso necesitamos que nos sigan hablando de ella. La prueba la encontramos en la vida misma, y en nuestra sorpresa cuando alguien nos sigue descubriendo sus misterios. ¡En esto, como en todo, estamos empezando!

Orar es básicamente dejar que esa Palabra cale en nuestro secreto más hondo, se incruste en nuestro corazón (al modo como los hebreos entendían del corazón: la libertad de las personas, no sólo el sentimiento; nuestra razón más honda, allí donde creemos guardar el sentido de nuestra vida según lo vamos construyendo; o en lenguaje de los retiros, “el ámbito de nuestros dones”, nuestro diamante). ¡Es el momento de nuestra conversión!

Cuando la Palabra del Evangelio llega “tan dentro” descubre nuestro deseo de plenitud. Entonces desearemos ser “todo”, como decía Teresa de Lisieux. Será el momento de nuestra plenitud, no sabremos por donde empezar a cambiar. Será un momento semejante a enfrentarnos con nuestra habitación totalmente desordenada, pero sabiendo que todo lo que hay en ella es nuestro: Quisiéramos poner todo en su sitio, tirar cosas, tomar otras nuevas, regalar tanto al descubrir cuántas cosas de las que tenemos no las hemos comprado nosotros ¡Ese mismo momento con algo más! Lo de querer poner en orden nuestras cosas y nuestra vida misma es algo que hemos vivido, probablemente innumerables veces, tantas que no podemos contar.

La oración tiene un algo más a todo esto. Por un lado, es ponerse a ordenar nuestra vida con alguien que la conoce más y mejor que yo mismo, que ha vivido en mi corazón desde siempre y que ha visto “en primera persona” todo lo que nos ha sucedido, todo cuanto hemos ganado y perdido, todo cuanto nosotros incluso hemos ordenado. ¡Conoce el mismo momento en que todo comenzó a tomar un color diferente! Por otro lado, es Quien nos hace ver que aquello que creíamos olvidado, pasado, sin importancia, sigue presente.

 ¡Esta sí es la experiencia de la oración! ¡Alguien vive en mí más incluso que yo mismo!

Dicho de otro modo. La puerta de la oración es, por consiguiente, el encuentro con uno mismo, el privilegio de ser conscientes de que somos personas, el secreto de mi corazón, el momento en que descubro mi libertad y el peso que va a tener ésta, el instante en que me hago consciente de que nada es “para siempre”. Y, aunque no sea políticamente correcto decirlo, da la sensación de que muchos viven diariamente consigo mismos sin darse la oportunidad de descubrirse como personas. Muchos, me atrevería a decirlo, piensan que son un montón de mierda porque no han alcanzado más allá, nunca se han lanzado a “removerse un poco”. Otros han olvidado que la libertad es tanto una aventura como un riesgo, y siempre una responsabilidad. Con la libertad, no todo vale. Ser libre y dialogar no significa ni que “todo sea igualmente bueno” ni que “todo sea igualmente cierto”.

Lo que quiero decir es que muchos no se plantean ni su libertad, ni su amor, ni aquello que las constituye íntimamente en personas. Para estos, serlo es suficiente. Pero, dando por sentado que no hay nada que hacer con la propia “personalidad”, ésta se va atando a muchas cosas, y la libertad va perdiendo peso en su vida; ésta se va agotando en sus esfuerzos por encontrar la felicidad fuera del amor, y va llenando el cor inquietum de mentiras, de envidias, de odios, de cansancios, de heridas en definitiva.

Orar no es sólo descubrir mi habitación, y que lo que hay en ella “me está haciendo” de una manera o de otra. No es sólo poner estos posters tapando determinadas heridas en las paredes, ni colocar la mesa hacia ese lado porque el resto es más oscuro y casi no podría ver allí, ni dotarme de más y más medios y cosas que me agraden como si “yo” fuera lo mismo que “mis cosas” o “mi trabajo”.

Si fuera sólo eso, no diríamos oración, sino que he descubierto que soy persona. ¡Ya importante, pero no oración! Ésta no puede quedarse en algo tan egoísta, y de éste egoísmo se ve poco, como “hablar conmigo mismo” o “descubrirme”. Esto, que en muchas ocasiones es novedoso y llamativo al comienzo de la experiencia de oración, es sólo el principio. Se comienza propiamente a orar en la experiencia del encuentro con Dios, al descubrir la presencia del Espíritu en nuestro interior y aleteando sobre el mundo, al ir entablando diálogo con Jesucristo Resucitado.

En este encuentro es especialmente importante darse cuenta de qué lugares, momentos, acontecimientos hacen presente de una manera especial ese Dios vivo que se deja encontrar libremente. Israel nunca olvidará por eso el desierto, como tampoco muchos jóvenes podrán hacer “tabula rassa” de su paso por Cercedilla. Hay personas que se quedan “conmovidas” en los hospitales, sin que eso signifique nada más que “otro sentimiento más”. Hacer oración no es “abrir carpetas” para mis sentimientos en los que coloco las experiencias de Cercedilla, las del instituto, las del colegio, las de casa, las de los amigos, las de las fiestas. Orar es dejar que Alguien corte lo que yo voy poniendo en carpetas según mis gustos y sin preocuparme de “cruzar datos”, y deje sólo una en la que ponga mi nombre.

Efectivamente, orar es hacer esa experiencia tremenda. ¡Alguien, no yo, porque yo no quiero, pone delante de mí todo lo que soy! Cuando me encuentro con mis padres, descubro que soy hijo. Cuando me encuentro con mi novio o novia, descubro que soy alguien capaz de amar a alguien de forma especial. Cuando me encuentro con mis amigas, hago la experiencia de amistad con alguien. Cuando me encuentro con un niño, me dice a la cara que soy “profesor”, “catequista”, “entrenador”. Cuando me encuentre con mis hijos, ellos dirán de mí que soy “madre”. Cuando me encuentro de fiesta, me digo a mí mismo soy joven, alegre (o al menos en determinadas fiestas, porque en otras diría más bien: soy uno más, un pasota, un tonto en determinadas ocasiones). Y así sucesivamente. La vida, y de manera especial las personas que en ella me encuentro, me van mostrando quién soy: egoísta, generoso, grosero, amable, idiota, sensible,… Ojo, no quiero decir que siempre tengan razón en los juicios que hacen sobre mí, sino que en el encuentro con el otro me voy descubriendo en mis miserias y en mis dones.

 Pero esta experiencia es siempre “en carpetas”, como si fuera por separado. El único que puede decirme todo lo que soy es Dios, el único capaz de enfrentarme con lo que soy realmente en toda profundidad. Ni más ni menos. ¡Con Dios no hay medias tintas! ¡Todo lo que soy! ¿No lo cantamos de vez en cuando en algún estribillo de nuestras canciones? Y sólo con Dios, ni siquiera conmigo mismo. O más fuerte aún, yo soy muchas veces el primero que me escondo ante mí mismo, que no acierto a ver por qué tomé tal decisión, ni por qué tengo tal idea o pienso de este modo, ni seré capaz de explicarme determinados sentimientos. ¡Sólo Dios, que es Tremendo y Fascinante, me acercará a Todo lo que soy! Y Dios, de ningún modo es una carpeta más, o columna en mi proyecto personal: Dios está presente en Todo, porque siempre está conmigo más íntimo a mí que yo mismo.

 En este encuentro con Dios surgen nuestras palabras más sinceras. Dialogando, una vez más dialogando, es como se conoce y se ama. Todos los maestros de espiritualidad coinciden en señalar, y así venimos repitiendo, que la oración es un diálogo “con quien bien sabemos que nos Ama” (con un amor incomparable y hasta entonces sólo intuido y deseado, pero no conocido). Y al momento, se apresuran a decirnos que no es un diálogo cualquiera, que no es hablar por hablar ni palabrería, sino que es la cumbre de las aspiraciones de cualquier diálogo. Cuando hablamos con una persona, la impresión que nos causa hablar se debe a que después de decir algo el otro va a conocer de mí más de lo que sabía antes, y a medida que conoce puede que le guste o puede que no. Por eso hay quienes prefieren astuta, o inconscientemente, no hablar para no revelarse.

Con Dios, como decía, es diferente, porque no diré nada sinceramente con la profundidad que se merece el diálogo con Dios sin antes haber experimentado queme quiere absolutamente y que, no sólo me conoce, sino que puedo decir incluso que “Él vive en mí”, que he sido creado “a su imagen y semejanza”. ¡Así de sublime!

Por eso en este diálogo hay algo importantísimo: “el silencio”. Y a esto sí que no nos ayuda nada el mundo en el que vivimos. Lo de escuchar nos lo podemos encontrar con relativa frecuencia, y también lo de conocernos como personas, pero lo de “hacer silencio” nada de nada. De esto ni hablar. De hecho, nos ponemos frecuentemente nerviosos cuando se hace silencio en alguna reunión, como si no se quiera decir nada “delante de mí”. Esta es la sensación que damos. Claro está sin embargo que en toda relación madura existen y deben existir los silencios, y que los silencios son momentos propicios para que surja la verdadera palabra.

 En nuestras ciudades es más bien difícil encontrarnos con este silencio, por no decir imposible. Si cerramos un poco la boca, y nos ponemos a oír descubriremos un mundo lleno de ruidos, que no de música. Una de las cosas que más impresiona a la gente de campo, o que impresionaba al menos, era la cantidad de ruidos. Y con esto tenemos un problema, porque podemos dejar de hacer cualquier cosa prácticamente menos “escuchar”. Dicho de otro modo, tengo serias dificultades para no oír aunque no quiera oír, y dentro de mí se va metiendo un “runruneo” familiar que me hace estar inseguro si no está. Esta especie de musiquilla de fondo continua es la que impide hacer silencio de verdad.

 Podemos pensar sin embargo que el silencio es una cuestión más bien interior, que puedo callarme yo y así generar este espacio, pero la verdad es que no hay monasterios en ciudades (a no ser que la ciudad se los haya tragado) ni monje que quiera quedarse a vivir en una ciudad llena de ruidos. Esto no quiere decir que tengamos que ser monjes ni que haya que proponer lo de irnos lejos de las ciudades. Simplemente ser conscientes de que el “sonidillo de fondo” que hay en nuestra vida cotidiana no es ni de Beethoven, ni de Bach, ni de Mozart, ni de Mendellson, sino que es ruido. Y que esto es importante. Un filosofo de la antigüedad clásica pensaba que el mundo era una composición de notas bien ordenadas, que la música de fondo de la existencia era agradable y que había que afirnar simplemente el oído. Hoy, esto, ¡es impensable! Ni de noche existe el silencio.

 Pero bueno, todavía nos queda el silencio interior, que muchas veces sin embargo creemos que es más fácil de conseguir. Lo cual, dicho de antemano, no es del todo cierto. A nuestra vida, para ganar ese silencio, le sobran muchas de nuestras palabras, de nuestras preocupaciones, de nuestros agobios y prisas, de nuestras tareas, de nuestras ideas y sentimientos. Cuando queremos callar por fuera, ¡aparezco yo por dentro! Pero aún hay más, porque cuando creo que cayo yo por dentro y que me controlo, ¡aparece la loca de la casa y sus continuas distracciones.

Dicho lo cual es fácil deducir que lo que todos dicen que es complicado de “la escucha” no es la escucha, sino que “yo me calle”. Por eso Dios no interviene normalmente en mis oraciones, según creo. La Palabra de Dios no son mis palabras, como dice Isaías de otro modo. ¡Esto sí cuesta!

Y nos falta radicalidad además al tratar esto. Radical en el sentido de llegar a la raíz. Si creyésemos realmente en el diálogo, todas las palabras que aparentemente son buenas pero que me estorban para escuchar son precisamente eso: obstáculos. Y no hay vuelta de hoja. Si quiero escuchar, tengo que callarme yo. Y es fácil comprobar cómo esto no es cosa baladí. Conseguir callarme a mí mismo implica el riesgo de la debilidad, de no tener qué decir, de dejar ser yo el protagonista. ¡Esto es un riesgo que no nos gusta correr!

Cuando llega este silencio puede ocurrir (básicamente dos cosas): estoy pidiendo no quedarme en lo de siempre, lo que me han enseñado no es suficiente ya porque voy creciendo, estoy “desarmado”; o puede ser que en mi oración haya sido situado “ante Dios”.  En el primer caso puedo hacer dos cosas: o continuar así y escuchar, o comenzar a hablar por miedo sin dejar que el otro hable. En el segundo de los casos, puede ocurrir también lo mismo, pero si he descubierto que Dios está de mi lado qué puedo temer (Si Dios está conmigo, ¿quién contra mí?)

En cualquier caso, el silencio es una bendición. Es en el silencio cuando escucho, por muy paradójico que esto parezca. Y puede escuchar –simplificando-: a Dios, a la loca de la casa –que me irá llevando a la superficialidad y al vacío porque aparenta que estoy en la oración pero realmente no es así, sino que vago por mis preocupaciones y tareas-, o a aquello que ni es de Dios ni es de mí mismo. Es importantísimo discernir adecuadamente de dónde provienen estos “pensamientos interiores” (lo que no se puede dudar es que, una vez silenciada la boca, el cuerpo y el corazón, se producen).

Anuncios

Un pensamiento en “No son mis palabras – Padrenuestro – 2

  1. Pingback: Post de febrero 2012 | Preguntarse y buscar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s