Los dos textos – Padrenuestro – 3


Tiene que ser, como dicho antes, escuchada. No leída, no sabida. Vamos a buscar aquella veta de novedad que nos facilite ser, de nuevo, discípulos a los pies del Maestro Jesús. Para esto ¡qué mejor que celebrar los dos textos donde aparece! Toda la Iglesia, desde el comienzo, ha vivido que Jesús se hace presente dialogante, como Profeta, como Maestro, cuando se proclamaba el Evangelio estando la comunidad reunida. ¡Esta era la oración en común!

Los dos textos en los que aparece son Mt 5,1-7,29 (El discurso del Monte) y 10,1-11,28. En ninguno de los dos textos se percibe que la oración del Padrenuestro sea algo extraño, algo intimista, desconectado de la realidad, de la vida y de la acción. Más bien todo lo contrario, en ambos casos se introduce en medio de las actitudes más propiamente cristianas.

En Mateo lo encontramos dentro de la “oración en secreto”, pero a la vez como algo comunitario. Profunda, no por intimista, sino por nacer del diálogo íntimo de la persona y el Padre que “ve”. Es la oración del hijo, que invoca, alaba y suplica.

En Lucas lo encontramos después de la misión de los primeros discípulos, de la oración de bendición de Jesús porque hay en el mundo quienes escuchan la Palabra, y  del gran mandamiento. Y después de la oración se encuentran una serie de textos complicados, pero que permanecen en el fondo de la oración de Jesús. Estos textos nos hablan de una vida en conflicto, con tensiones, como también lo hace el Padrenuestro a poco que nos fijemos. No es una oración pasiva, o que se pueda recitar sin implicación a no ser que se quiera devaluar o desvirtuar. La oración de Jesús nace de esa relación única con Dios y con la humanidad, de la experiencia de ser continuamente como un amigo inoportuno que no deja de pedir en la noche, de confiar plenamente en que la oración abre las puertas de una nueva visión de la realidad en la que Dios está actuando y se le puede reconocer, de estar en medio de  un combate en el que hay que discernir adecuadamente lo que es de Dios y lo que no lo es. Pero sobre todo, de la conciencia única que tiene Jesús de ser el Hijo de Dios: “El que no está conmigo está contra mí”, “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Se podrían decir muchas cosas sobre ellos, pero nos quedaríamos sin escucharlos. La oración de Jesús es toda su vida, por lo que estas palabras deben ser leídas en el marco de lo que le fue ocurriendo, de lo que fue viendo, viviendo, sintiendo, diciendo,… Es el único modo de acercarnos a Jesús.

A propósito de esto señalo que probablemente uno de los problemas que tenemos los cristianos de nuestro siglo es que hemos oído muchas veces hablar sobre Jesús, pero no le hemos oído a Él. No nos hemos dejado impresionar por su Evangelio, conocidísimo cuando llega a nuestros oídos pero incapaz de llegar a nuestro corazón e impregnar nuestra vida. En el fondo, “conocemos a Jesús de oídas” pero pocas veces hemos sentido la necesidad de “conocerle a Él” en persona, de sentarnos a dialogar y de plantearle nuestras cuestiones más importantes.

Jesús, y ya sé que no es necesario decirlo, no es ningún futbolista renombrado, ni un cantante excepcionalmente aplaudido, ni un actor con reconocimiento internacional. Menos mal que Jesús sigue siendo uno más, el más pobre entre los pobres, a quien ni siquiera se le ve. Si decimos normalmente que los pobres nos pasan desapercibidos, que tenemos que esforzarnos por verlos y sentirnos a nuestro alrededor, esto nos pasa duplicado con la vida de Jesús. Él continúa siendo el Anawim, como María. Una de nuestras mayores riquezas, en el siglo XXI y habitando ciudades que nos condenan al anonimato, es el ser reconocidos “por la calle”. Sin duda alguna cuando crecemos y vamos con nuestros padres paseando y nos damos cuenta de que nos conocen a nosotros, pero no a nuestros padres, es porque empezamos a ser socialmente importantes. Esto no le pasa a un pobre, a él nadie le saluda, ni le mira tan siquiera, y casi ni conoce a aquellos con los que se cruza a diario. En el fondo, no está mal decir que Jesús sigue siendo pobre, que pocos le acogen como en Belén aunque todos canten villancicos con su nombre y su historia (que no es lo mismo que cantar a su nombre, a su salud, y dar gracias por su historia).

Esto nos debería preocupar, porque Jesús no cobra por sentarse a dialogar y no tiene tiempo que perder con la gente porque el tiempo de la gente es su tiempo. Vivimos necesitados de palabras, sin darnos cuenta de que Jesús es la Palabra.

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