Encuentros sorprendentes – Padrenuestro – 1


Quien se retira de vez en cuando puede llevarse más de una sorpresa. Por un lado puede “sorprenderse” a sí mismo enfrascado en una vida que no ha sido totalmente elegida, querida, deseada, pensada. Sin embargo, un retiro no puede ser el momento en el que yo piense mi vida y vea qué tal va. Esto no lo debería hacer en momentos especiales, sino en cada instante y en cada decisión. ¿Decido mi vida en los retiros o en la calle, en mi casa, en mi trabajo, en mis amistades? En un retiro no puedo decidir mi vida, porque no tengo capacidad para hacerlo. De nada serviría un montón de buenos propósitos en “este lugar apartado” sin que se note en lo cotidiano.

Pero lo cierto es que un lugar así y un tiempo como éste lo aprovecharemos para “pensar nuestra vida”, y darnos cuenta con mayor claridad de las decisiones que vamos tomando. Por algún motivo, y cada vez más, intuyo que nos cuesta en el día a día darnos cuenta de esas cosas tan fundamentales. Si un retiro nos ayuda en este sentido, bienvenido será. Lo que no puede hacer esto es agotar todas las posibilidades del retiro.

El “desierto” –como lugar que aparece frecuentemente en la Biblia- no es un espacio para pensar mi vida. Más bien lo contrario, el desierto entra a formar parte de mi vida. Y es especial porque me abre algo que no conocía hasta que no me veía enfrascado en Él: “Alguien me acompaña incluso en el desierto”. Cuando los hebreos salieron huyendo de Egipto, o en la deportación a Babilonia, el pueblo tuvo esta impresión.

Esto es lo que sí puede ofrecer un “retiro”. Una vez que se han apartado de mi vista y preocupaciones todo aquello que a diario me obliga a decidir y que va moviendo “como sin querer” mi camino; una vez que todo esto se hace “lejano”, por así decir, surge una presencia de la que a lo mejor ni siquiera me había dado cuenta. Esta Presencia, mayúscula, se revela como Alguien del que no puedo verme privado y que me ha acompañado siempre.

Por esto, en un retiro puedo acoger otra “sorpresa” más. Quien se retira puede recibir la sorprendente visita de Quien le espera en cada uno los momentos de su vida. Quizá, y sólo quizá, un retiro es la oportunidad no sólo de conocerse y    buscar amarse y aceptarse, sino de conocerLe y dejarse conocer, de amarLe y dejarse amar.

Un “quizá” bien dicho

¿Por qué no comenzar estos días intensos dejando que este “quizá” se pose en nuestro corazón? Si nos detenemos un momento en esa palabra tan breve nos daremos cuenta que es todo un símbolo de nuestra vida.

Un “quizá” puede ser la puerta a una relación nueva cuando conocemos a alguien (“quizá sea agradable”), o lo primero que digamos ante algo que merece la pena, o el inicio de nuestra respuesta  de fe madura (“quizá sea verdad”). Hablamos de cosas que comienzan, pero también esta palabra nos acompaña en todo: es expresión de la confianza radical a la que está llamada toda persona. Pero también es la versión “lingüística” de nuestros miedos, de nuestras dudas. En esta palabra por lo tanto se puede concentrar el final de algo. Lo único que cambia es lo que vaya en su compañía: las ganas de empezar  o terminar, de confiar o desconfiar.

Nuestra vida, y a esto quiero llegar, está llena de “quizá” existenciales, pronunciados con la vida y escritos en ella de forma indeleble. Nada de lo que nos rodea es lo suficientemente fiable como para decir con seguridad: “Esto sí es verdad”. Quienes han hecho la experiencia de esta “duda” continua, “duda” metódica, se han encontrado con que gran parte lo que ellos eran y creían bien asentado, no era ni mucho menos “suyo”, en el sentido pleno con el que puedo decir “mío” a algo. Ni “mis” padres son míos porque no los he elegido, ni tampoco “mis” hermanos y hermanas. Como tampoco lo son, y nunca lo serán, “mis” compañeros, “mis” grandes momentos, “mi” estudio, incluso puede que ni siquiera lo sea la carrera que he estudiado, o los amigos que ahora conservo.

La vida está llena de estas cosas que supongo “mías” pero que en fondo me han sido dadas. No se ha contado conmigo para ellas. Pero tampoco hay que asustarse mucho de esto, porque siempre ha sido así y seguirá siéndolo. El ejemplo más grande de esta radicalidad es “mi” vida: nadie ha contado conmigo para dármela, pero tengo la oportunidad de hacerla “mía” de verdad.

Y esto, aunque parezca muy exagerado, es totalmente cierto. Se oye con frecuencia que “mi” vida sólo la puedo vivir yo. ¿Lo has pensado alguna vez? ¿No nos damos cuenta de que aquello que llamamos “mi vida” puede ser que no sea tan “mía” como decimos, sino más bien de “mis” padres, de “mis” amigos, de “mis” jefes, de “mi” sociedad, de “mí” ambiente?

Pero vamos a comenzar el retiro con dos “quizá” que puede hacernos tambalear: “¡Quizá mi vida sea mía!” Éste es sin duda el primer quizá que Dios quisiera escuchar de sus hijos. Es el principio, por así decir, de nuestra búsqueda de libertad y de autonomía. ¡Y el Padrenuestro es una oración que puede guiarnos en esta búsqueda! Es más, ¡sólo quien hace esta búsqueda puede empezar a caminar y escuchar a Jesús!

El segundo “quizá” ya lo he dicho en otro momento, señalando el verdadero sentido de un retiro: “¡Quizá Dios me acompañe en el anterior quizá!” La experiencia de mi libertad estaría unida al Dios de la Liberación, al Dios de la Vida verdadera, al Dios que no tiene que pelearse ni busca competir conmigo. ¡Quizá la vida de Jesús en la Cruz sea el Quizá mejor expresado de toda la historia!! El eco que ha dejado este acontecimiento a través de los siglos es ¡Quizá Dios esté vivo! ¡Quizá!

Frente a todos aquellos que nos plantean en negativo y como un problema tanto mi vida como a Dios, habría que decirles precisamente esto: ¡Quizá sea verdad que mi vida es mía y que Dios existe! O lo que es lo mismo, ¡nunca estaré totalmente seguro que mi vida sea totalmente mía, pero vivo! Y, dicho de otra manera, ¡mi fe sólo alcanza a un quizá que me obliga a confiar y a vivir como un hijo continuamente!

En el momento preciso en que mi vida diga que es totalmente mía la habré perdido, porque habré olvidado que muchas cosas y personas en ella no las conquisté yo sino que me fueron “regaladas”. Entonces no podré si quiera “dar gracias” por haberlas conocido, aunque no las eligiese. Y tampoco podré aventarme a un futuro en el que Dios vive “quizá” regalándome hermanos y momentos para que “mi” vida sea totalmente “mía”. Si elimino un “quizá” para mi futuro me habré convertido en el “dueño de la vida”, me habré situado en el lugar que sólo a Dios corresponde. Ya no le podré escuchar, ya no estaré abierto a su presencia. ¡Dominar la vida! ¡Me habré convertido en un dios para mí mismo! ¡Estaré enfangado en el “engaño” de creer que puedo darme todo lo que soy! ¡Y me iré escapando a mí mismo!

Por el contrario, vivir con un “quizá” a diario y a cada instante, me hace ser de esos pequeños en los que el Evangelio dice que vive Jesús. Un quizá me convierte en inseguro, en débil, en niño, en necesitado. Un simple “quizá” me revelará que no puedo todo, que he recibido y seguiré recibiendo todo aquello hermoso que tengo, que mi libertad sigue pendiente de un hilo y continúa necesitando de mis decisiones, que mis relaciones pueden ir más allá de mí mismo y “quizá” el otro sienta lo que yo, que sólo escuchando viviré realmente. ¡Quizá la persona sólo pueda vivir de amor y el resto la esté matando! ¡Quizá las cosas sólo sirvan cuando soy persona! ¡Quizá los demás sean personas! ¡Quizá las personas no se puedan controlar! ¡Quizá no sé qué va a ser de mí mañana, ni qué seré en el futuro, ni con qué personas compartiré mi vida!

En cualquier caso, detrás de todo esto, hay una verdad radical de lo que somos como personas: un corazón inquieto (cor inquietum, que dice San Agustín en una bellísima oración, “hasta que no descanse en Ti”).

¿Y todo esto tiene que ver algo con el Padrenuestro? ¡Quizá sí! ¡Quizá tenga que ver y decir muchas cosas a nuestra vida! ¡Quizá el Padrenuestro no sea tan controlable! ¡Quizá no lo aprenderemos hasta que no nos arriesguemos a vivirlo! En definitiva, ¡Quizá “mi” vida esté escondida detrás de estas palabras de Jesús!

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