La esencia de la exigencia personal


Llevo tiempo dándole vueltas a la exigencia, como tema que abarca toda la vida y nunca duerme. Por exceso, es destructiva. Por defecto, caemos en la indiferencia respecto a nosotros mismos. Y curiosamente, podemos pasar de uno a otro extremo en cuestión de segundos, bien por agotamiento o bien por ingenuidad y deseo de recuperar nuestra vida. Resumiendo mucho, considero que la autoexigencia, para ser humana, no puede apoderarse en exclusiva de la vida de nadie. Por lo tanto, es necesario que se conjugue con más elementos, se coordine, se equilibre y corrija su tendencia preferentemente destructiva e insatisfactoria. Anoto, en forma de esquema sus compañeros de camino:

  1. Saber que no somos perfectos pero podemos mejorar. Disfrutamos de momentos que se acercan mucho a la perfección humana, aunque no podamos mantenerlos en el tiempo ni podamos repetirlos siempre que queramos. Y en todo, probablemente, podamos mejorar. Aunque no sea algo que debamos plantearnos cada día de golpe, en todo cuanto hacemos. Sí que hay que seguir avanzando. Mejorar no es hacer algo distinto cada mañana al despertar, algo novedoso, algo rompedor. Mejorar también puede ir de la mano de “sostener”, de “profundizar”, de “cuidar”, de “agradecer”. Un principio de mejora es la actualización, que significa mantener vivo y actual algún elemento clave de la existencia.
  2. La exigencia tiene niveles, y son muy humanos y respetables. Del 2 al 8 es muy complicado pasar. Es extraordinario. Sin embargo, avanzar del 7 al 8, es más posible. Hay márgenes, límites y condicionamientos que nos desbordan y donde la voluntad tiene poco que decir. Y con esto no se acaba el mundo, ni se termina nada. Dicho sea de paso, las limitaciones y debilidades humanas son más que agradeibles y agradables. ¡Qué condena sería no tenerlas! No todo está en nuestra mano, ni al alcance. Y esto es maravilloso. Porque reclama de otros, nos abre a los demás con exigencia para aquellos que sean más cerrados. Aunque dicho sea de paso, no es necesario llegar al límite de las propias fuezas para necesitarlo.
  3. Y por último, evitar que la exigencia se convierta en norma de vida con la que nos medimos mutuamente. “Tú has sido.” “Yo he hecho.” Hay una exigencia que procede del otro que nos abraza con cariño pidiéndonos que le perdonemos, que comprendamos su debilidad, que acojamos su situación. Y esta exigencia es, quizá incluso, mayor que la de la perfección. ¡Piénsalo! Los demás también nos exigen, y no siempre nos piden que seamos los primeros. Hay veces que quieren que lleguemos los últimos, pero que lo hagamos juntos, sin dejarles tirados por el camino.

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2 pensamientos en “La esencia de la exigencia personal

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