Flexibilidad acordeónica


Me parece una metáfora excente para hablar de lo humano. Una realidad acodeónica, que tiende a expandirse y contraerse generando un tipo de música. Algo armónico, coordinado e intenso, que al mismo tiempo provoca desgaste pero está “en su naturaleza” inscrito. Su camino, su existencia, su latir. Contracción y dilatación, sístole y diástole. Permanentes. Ninguno de sus dos movimientos es susceptible de ser eterno, demandando su contrario.

Si lo planteo en la realidad horizontal y sincrónica, toda persona está llamada en el tiempo a abarcar multitud de realidades. Ejercicio para el que está preparado. Son muchos “seres” los que hay, matizados, dentro de cada uno de nosotros. Expandirse para llegar a lo máximo, estirarse para alcanzar, abarcar en el corazón multitud de realidades divergentes. Dándoles unidad, y ahí está el reto de la contracción. Que ninguna de ellas me haga perder mi esencia, mi condición y mi situación respecto a quién soy y cómo vivir. Por lo que tanto contacto requerirá que más de una vez “vuelva sobre mí” en la reflexión y en la vida cotidiana, para descubrirme, verme y hacer mías estas cosas en la medida en que me ayuden a ser mejor, más humano, más de Dios.

En lo vertical, diacrónico, exactamente igual. La existencia es un continuo fluir en el tiempo, haciendo historia. De nuevo, contemplamos el tiempo del engrandecimiento. No hay paso que no nos aleje más del principio, del origen de la vida, del inicio de todo nuestro devenir. Sin que eso lo perdamos de vista, también es cierto que no por eso nos alejamos existencial o esencialmente de él. Más bien, al contrario. El alejamiento temporal y real, puede acercarnos incluso más si cabe a la fuente. Misterio para el hombre. Pero absolutamente cierto. Todo se plantea de forma más intensa, más viva, con más experiencia, más densa y cargada de realidad. Lo cual significa que, aunque nos alejemos de facto, nos estamos acercando de hecho.

Pero me parece interesante colocar este paradigma también en otra línea diferente de reflexión. Respecto al “uso o desuso” que hacemos de las cosas de nuestro mundo, de las realidades que nos son dadas, del horizonte en el que nos manejamos. Toda persona humana está llamada a engrandecerse y enaltecerse respecto a las realidades creadas del mundo, ocupando un puesto privilegiado en su orden y en la administración de los bienes. No hay “cosa” que tenga vida de por sí, sino que el hombre es quien le concede la vida que tiene, entregándola. Pero al mismo tiempo, hay que procurar con frecuencia el “achique”, no sea que yendo a más y a más, se quiebre nuestra condición. No todo beneficia al hombre. Y de igual modo que tenemos claro que hay que comer de todo y variado, pero siempre bueno, también hay que aprender a “retraerse y empequeñecerse” para no recibir ni hacer nuestro algo que pueda dañarnos. Ante la vida, ante lo que nos rodea y ante lo que sucede en nuestro propio interior, no siempre podemos estar con la mano tendida a recibir lo que sea. Hay que ser selectivos, tener criterio, orientarnos y no dejarnos “engañar” pensando que todo cuanto venga será bien recibido. Porque sabemos, y si no lo sabemos lo iremos aprendiendo con el tiempo, que a la vez se dan cosas que son deseables y rechazables. Nuevo movimiento acordeónico: desear, es engrandecer la voluntad y la fuerza; rechazar, es empequeñecer la voluntad y aminorar la marcha en lo posible.

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