Entre la vida y la Vida


Gracias, hermanos, por el amor que os tenéis, por cómo lo hacéis real y tangible para quienes atraviesan las puertas de vuestra casa, y porque todos los días se renueva y continúa entregándose al otro. Gracias, porque entre vosotros me siento en casa, nada extraño, acogido y querido con el mismo amor que compartís. Y es un privilegio.

Frente a una sociedad que levanta muros para no ver todo aquello que le causa repugnancia y horror, y educa para alejarse de todo tipo de sufrimiento y fracaso, la vida real nos demuestra que esto es más concreto y usual de lo que a muchos les parece. Uno de mis alumnos me decía hoy en clase que les pintaba el “futuro demasiado negro”, que esto de la crisis es una “cuestión cíclica” y que saldremos “tarde o temprano”. A lo que le he respondido que, siendo cierto todo lo que dice según los medios de comunicación y algunos expertos, nadie se atreve a decir en estos momentos “cómo” terminará la película (y el modo es importante), y mucho menos se hacen cálculos de los “daños que causaremos” de forma directa e indirecta. Hoy por hoy, todas estas valoraciones o son quimeras y fantasías, o pérdidas de tiempo poco prácticas. Por el medio, y hasta que termine, la gente tendrá que seguir viviendo. E insisto, alguno de mis alumnos, que votarán en las próximas elecciones y consideraremos socialmente “mayores de edad”, todavía no se cree que esto es así.¿Por qué entonces tantos padres quieren proteger eternamente a sus hijos? ¿Será que ellos ya saben, como nosotros sabemos, que la realidad tiene poco que ver con la ficción y la imaginación adolescente? ¿De verdad piensan que “protegerles” será algo que puedan hacer eternamente, y que es una forma de “preparar su futuro”? Cuando lleguen a saber lo que es la vida realmente, algunos llegarán tarde. Lo siento, pero “educar es frustrar”, como slogan que se puso de moda no hace mucho, y sabiendo que no es toda la verdad, tiene algo de cierto y de necesario hoy.

Acerquémonos al sufrimiento que vemos alrededor. Nos humanizará, nos abrirá los ojos, nos dará claridad, tendrá sentido nuestra presencia en el mundo, nos ayudará a no juzgar a la ligera, superará barreras torpres y estúpidas que separan lo que no es separable, ventilará lugares cerrados y sin aire, oxigerará nuestras ideas, alentará nuestras fuerzas y ganas. El mayor problema de la juventud apática de hoy es que muchas veces se sienten como abuelos que no tienen nada que hacer, inútiles y aparcados frente a una televisión. Y cuando alguien les tiende un pañuelo para retarles a amar, para ofrecerles servir, para ver lo que no se ve en “las series monocolor”, les interroga tanto tiempo valdío y estéril.

Nadie dijo que salir de la pobreza fuera fácil. Nadie lo ha dicho jamás. Pero se dan pasos. Todavía inciertos y escasos. No conozco nadie que esté cómodo y feliz en esa situación. Los que no se rozan con ella, viven como si no existiera. Y esto es verdad. Nadie dijo, insisto, que salir de la pobreza se pueda hacer en dos días. Es más, una vez que se cae y entra en sus fauces, las posibilidades de retomar la libertad se vuelven escasas. Mejor no permitir que nadie entre. Y sumar esfuerzos, entre todos, para que alguien pueda salir de ella.Para superarla, no hay más tela que construir un mundo entre todos donde estos casos no se den. Recomiendo leer un libro, que un amigo me ha narrado hoy; el libro en el que se basa la película “Odisea en el espacio.” Ya me contaréis.

Nadie dijo que salir de la ignorancia sea fácil. Porque, al igual que la pobreza material y el hambre y la sed, el reparto no siempre es justo. Unos tienen más capacidad, otros más entorno sano, otros más capacidad de diálogo. Y no todos además lo aprovechan, como los recursos, por igual. Haciendo un paralelo con la situación económica global, encontramos inteligencias “hipotecadas” e ignorancias “endeudadas” hasta el extremo entre sus propios despilfarros, las mentiras de los otros y los engaños del de más allá. Mis alumnos dicen que les pinto la realidad muy cruda. Y tienen razón. Porque llegó el tiempo, anunciado filosóficamente por Ortega no hace mucho, de superar las masas y de remar contracorriente. De superar la cadencia e inercia a la que han sometido a las personas para alcanzar la libertad en la que, quizá no cada uno y en soledad, sino individual y comunitariamente al mismo tiempo, seamos capaces de ser serios y de acercarnos de la vida que tenemos a la Vida que podemos alcanzar recibiendo.

Nadie dijo que salir de la pasividad fuera fácil. Y abandonar el estado de bienestar, en el que hemos sido “instalados cual aparatos”, va a suponer un deterioro grande para las espectativas y esperanzas de “la gente en su conjunto”, y una oportunidad para saberse únicos y libres en el caso de las personas que se arranquen a vivir con pasión. Es una llamada a la Verdad que hace libres.

Para salir de donde estamos hacen falta personas como las que he vuelto a visitar hoy, como sus hermanos y hermanas de comunidad, gente con fe que no niegue la realidad y se consuele rebajando el sufrimiento del mundo, y que no se canse de amar porque en amar (como verbo que pide acción, como sustantivo que puedo comprar) está la Vida, la Gloria, la Paz, la Justicia, la Libertad, la Humanidad. Nada hay fuera del amor que, al menos hoy, se me antoje verdadero y firme. El resto serán otras glorias, otros honores, otras pobrezas. Sin amor, sin compasión, sin ternura, sin entrega, sin sacrificio, sin pasión, sin sentimientos, sin bondad… la humanidad, el hombre y la mujer, la familia y el trabajo queda en nada. Vacío y valdío. Lo suficientemente falso y volátil como para que una crisis (económica, financiera, del ladrillo, de la pareja, laboral, personal, familiar) descubra que eran nada.

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